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ANTONIO FERNÁNDEZ MOLINA

Después de no haber podido acceder a mi blog por problemas técnicos, aprovecho para rendir un modesto homenaje al poeta-pintor, novelista y ensayista manchego, afincado en Zaragoza, Antonio Fernández-Molina, a quien tuve la suerte de conocer hace unos cinco años y que nos dejó casi de puntillas hace seis meses. Aunque ya lo conocía indirectamente y había leído alguna de sus novelas como "Solo de trompeta", mi lazo de unión con el escritor alcazareño fue la revista Trébede, lamentablemente desaparecida hace más de dos años. Precisamente esta revista le rindió un homenaje en el número 73 de marzo de 2003, uno de sus últimos números, con la portada diseñada por Antonio: "Ramón Acín en Nueva York" y un gran número de acertados artículos. Pero Antonio, desde su humildad, recordará en la otra orilla que no fue valorado justamente en vida a pesar de su larga y profunda trayectoria literaria y artística. Sí que le han llegado, en cambio, algunos homenajes a título póstumo.
Mi homenaje de hoy - también a destiempo - es publicar una reseña inédita de su obra poética: "Fragmentos de una elegía permanente" publicada en 2002 por la editorial zaragozana "Libros del Innombrable" y dedicada a la memoria de Alicia Vidal de Biel, fallecida trágica y prematuramente. La reseña estaba preparada para Trébede, pero tras su inesperado y sorprendente cierre se la envié a Antonio en el verano de 2003. Él mismo me comunicó la noticia de la desaparición de Trébede en una calle céntrica de Zaragoza con estas palabras: "Creo que se va a tomar unas pequeñas vacaciones", que lamentablemente iban a ser definitivas.
Ahí va, pues mi homenaje a Antonio. Espero no se os haga pesada la lectura de esta reseña y os animéis a leer y conocer a este gran escritor, artista y, sobre todo, una admirable persona.

POEMAS DE LA ESPERANZA A GOLPES DE CORAZÓN
Antonio Fernández-Molina, "Fragmentos de una elegía permanente", Zaragoza, Libros del Innombrable, 2002, 70 páginas.

Cuando los sentimientos fluyen desde lo más profundo del corazón, cuando una sólida amistad entrelaza anhelos e inquietudes, cuando la presencia de la muerte se torna más cruel e inesperada, la poesía se transforma en una elegía permanente y vuela más allá de nuestros estrechos horizontes para encumbrarnos hacia las estrellas en busca de esperanza y serenidad con el fin de afrontar la cada día más difícil vereda de la existencia. Estas impresiones se desprenden de la lectura del breve poemario del novelista, poeta, dramaturgo y crítico de arte Antonio Fernández-Molina, publicado recientemente por la editorial zaragozana “Libros del Innombrable”. Fragmentos de una elegía permanente está dedicado a la memoria de Alicia Vidal de Biel, fallecida prematura e inesperadamente en septiembre de 2001. Su labor humanitaria en la India, compartida con su marido Emilio, y su talante optimista y vital han dejado, tras su ausencia, una estela agridulce de dolor, ausencia y soledad. Estas veinte composiciones, nacidas de la amistad del poeta con esta familia, no sólo son un homenaje y un recuerdo a Alicia. Cada uno de sus versos nos acerca de nuevo a un gran artista y a un excelente poeta que durante su larga trayectoria creadora ha plasmado con originalidad sus sentimientos en obras como “Platos de amargo alpiste” o “Sonetos crudos”.
La lectura sosegada y reflexiva de estos poemas nos acerca a la cruda realidad de la muerte que cual una sombra, un cataclismo, una noche oscura o un otoño permanente viene a alterar las sonrisas del amanecer, la placidez del paraíso, los estíos fugaces o el perfume de las margaritas estrelladas. El poeta manchego utiliza una serie de imágenes de herencia surrealista para sumergirnos en un clima de desasosiego no exento de momentos de lucidez y de suave melancolía. Desde la primera composición, el autor se rinde a los imperativos del destino y del azar, proclamando su insolencia: “No busques las respuestas en los bosques / con las preguntas, no busques los tesoros / acepta ya los frutos del azar / misericordioso e insolente”. El destino se erige en protagonista y se lleva a los elegidos a un ámbito incoherente y aparentemente absurdo: “Las alas del azar te han elevado / por encima de las nubes / algodonosas de la incoherencia”.
Alicia, desde el otro lado del espejo, se convierte en receptora privilegiada de los lamentos y reflexiones del poeta. Con ella participamos en esta lucha eterna entre el amor y la muerte y nos elevamos a un mundo de ensoñación y misterio: “Llevada por las alas del amor, / te vi en un vuelo inesperado / con la gracia de una / caudalosa catarata”. Al final, como en el famoso soneto de Quevedo, el amor traspasa las fronteras del más allá y triunfa decididamente de la muerte. Antonio Fernández-Molina, muestra una vez más su maestría en el manejo del endecasílabo: “Amor mueve la Tierra y las estrellas, / triunfa de las desgracias y la muerte, / construye con arena un muro fuerte, / adversas circunstancias torna bellas”. Sin embargo, la ausencia del ser querido deja un profundo vacío y la pena es como un río que crece y se agiganta: “El río de la angustia siempre / profundiza su tránsito, / crecen en el subterráneo de la pena / las hermosas raíces / de los abrazos y las lágrimas”.
La ausencia es recuerdo, inquietud y desasosiego. Una inquietud que se transforma en angustia y en vacío existencial cuando las preguntas del poeta – que son nuestras propias preguntas – no obtienen respuesta convincente. Este estado de ánimo surca con acertadas e inesperadas metáforas el ritmo cadencioso de los versos: la espina, el clavo, las cenizas, las tinieblas, la nieve dura, los relojes blandos,... conforman una escenografía desolada en medio de la cual la vida se esfuma como un miércoles efímero. El poeta retoma a los clásicos para confirmar esta verdad universal; glosa a Santa Teresa con estos versos: “Siempre es viuda la vida, / siempre es una muy mala noche en una / mala posada, Teresa lo decía”. Hay también un recuerdo del Garcilaso más solitario e incomprendido: “A los espíritus / nobles nadie puede quitarles / el dolorido sentir / ni aunque el sentido les quitaren”. Y hallamos también un poema que glosa el famoso verso de Bécquer: “Los suspiros son aire y van al cielo”.
Este poemario elegíaco se cierra con un soneto que deja abierta de par en par la puerta a la esperanza. Sólo desde la amistad, sólo desde el amor tiene sentido este fututo incierto e incoherente: “A todos en su día el amor grande / les llevará cogidos de su mano”. Es el colofón reflexivo a estos poemas que, como es frecuente en otras obras de Fernández-Molina, vienen acompañados por originales ilustraciones que muestran plásticamente el dolor – la luna que llora -, el amor – dos árboles entrelazados – o fluir inapreciable del tiempo – reloj coronando un campanario.

José María Ariño Colás
27/09/2005 19:35 Enlace permanente. LITERATURA

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gravatar.comAutor: Alicia Fernández Molina

Excelente, me encantaría leer toda su obra. Llevo su mismo apellido, soy de la Rep. Oriental del Uruguay. Mi abuelo,se llamaba Antonio Molina y era de Fuerteventura-Islas Canarias.
Hasta siempre

Fecha: 21/08/2006 05:48.


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