
Los aficionados al tenis pudimos disfrutar ayer por la tarde de una gran final entre los dos mejores tenistas del momento. No faltó de nada en la cita de París: ambiente, emoción y, sobre todo, calidad. A Nadal le costó un poco entrar en el partido y, casi sin darse cuenta, se le esfumó el primer set. A Federer le ocurrió prácticamente lo contario: empezó con mucha intensidad y se fue diluyendo a medida que avanzaban los minutos, cometiendo incluso errores impropios de un número uno. Pero luego el mallorquín impuso su poderío en tierra batida y comenzó a dominar el partido con autoridad y regularidad.
Eso sí, reinó, ante todo, la deportividad, el juego limpio y la sana rivalidad. Y esto no ocurre con demasiada frecuencia. Por eso hay que felicitar a todos los protagonistas de este gran evento: a los jugadores, a los entrenadores, a los jueces y a los organizadores. Porque fue una gran cita que eclipsó un intranscendente partido del mundial y atrajo a millones de espectadores. Y si la gana un tenista español, mejor que mejor. El joven Rafael Nadal derrochó energía, imaginación, creatividad y actuó con una madurez propia de un veterano. Por eso nos congratulamos los aficionados, que esperamos más tardes como ésta.
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