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EL CIELO DE MADRID

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            He estado leyendo durante estos días una de las últimas novelas de Julio Llamazares: El cielo de Madrid. Siempre me ha atraído la prosa del escritor leonés, especialmente sus artículos periodísticos y, sobre todo, sus relatos de viajes. Lo descubrí con la novela La lluvia amarilla (1988) que trataba del tema de los pueblos deshabitados y de la soledad de la vida en el mundo rural. Porque Julio cuando más hechiza al lector es cuando toca la fibra sensible de los pueblos aislados, de los valles perdidos, de los ríos olvidados.   

           Precisamente una de sus mejores muestras de la literatura de viaje es El río del olvido (1990), que en este relato es una metáfora y una cruda realidad. En El cielo de Madrid Llamazares nos lleva a un ambiente urbano, marginal, casi deshumanizado. Es como un círculo dantesco que se inicia en El Limbo – nombre de un local madrileño de moda en los años ochenta – y culmina en el purgatorio. Pero lo que más me ha impresionado de esta novela, que ironiza sobre el refrán “De Madrid al cielo”, es la reflexión el joven pintor protagonista a raíz de su estancia durante tres largos inviernos en Miraflores de la Sierra. Julio retoma la metáfora del río interior y nos obsequia con estas reflexiones: “A pesar del ruido y la gente, a pesar de los muchos coches que ahora quebraban la paz del pueblo y de las colonias, yo seguía oyendo los ecos de aquel río subterráneo y oscurísimo que seguía corriendo por mi interior. Aquel río de aguas turbias y fangosas, llenas del lodo de los viejos sueños, que quizás llevaba fluyendo dentro de mí desde que nací, pero que no empecé a escuchar hasta aquel invierno, pese a que el anterior ya había intuido su presencia”.   

        Estos días he contemplado otros cielos, otros horizontes, otros crepúsculos. Por el día, me quedo con el cielo de Valencia, el cielo de Massalavés. Un cielo nítido, esplendoroso, tajante. Pero por la noche me quedo con el cielo de Aliaga. Un cielo profundo, inmenso, preñado de estrellas. Son otros cielos distintos al de Madrid, que no creo que se contemple mucho por la noche. Son cielos reales y también metafóricos. Hay muchas soledades en los pueblos y muchos ríos interiores. Ríos subterráneos. Ríos del olvido. Como el del pintor que se refugió en Miraflores de la Sierra para huir del cielo de Madrid. 

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