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CONTRA VIENTO Y MAREA

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El alcalde zaragozano Juan Alberto Belloch ha hecho lo posible y casi lo imposible para que el río Ebro deje de ser un nido de suciedad y de residuos y se convierta en un vehículo de ocio. Y la intención es buena. Pero los frutos tal vez no sean tan apetecibles como los deseados.

Todos sabemos que el progreso está reñido con la naturaleza - quien diga lo contrario casi miente - y que el cemento y el asfalto disgustan a los ecologistas. Todos sabemos también que el río Ebro ha sido navegable en otras ocasiones, pero lo ha sido por necesidad y no con una finalidad lúdica. Por eso, los planes de Belloch van a chocar contra la voluntad de muchos ciudadanos que afirman que con la construcción del azud se va a hacer un daño irreversible al río.

Uno diría que el daño ya está hecho desde hace bastante tiempo. Y que, ahora que nos toca mirar hacia el río casi sin querer, nos damos cuenta de que sus aguas están casi pútridas, su caudal es casi ridículo y su cauce es cada vez más artificial y caprichoso. Esto no impide que, como motivo de la Expo 2008, pequeñas embarcaciones - como la de la fotografía - surquen río arriba sus aguas. Eso sí, si no sopla el cierzo. De lo contrario, tienen que permanecer amarradas como el bonito catamarán, que espera paciente su bautismo en las aguas de este caudaloso río.

Otro tema es el del dragado del río. La polémica está servida de nuevo. Unos dicen que no perjudica al río; otros opinan que es un atentado contra su cauce natural. Cada uno aporta sus convincentes razones. Pero, en lo que coincide la mayoría, es en que el río cada vez da menos de sí, en que está cada vez más explotado y en que la próxima avenida - que esperemos no llegue hasta el 2009 - hará que las aguas vuelvan a su cauce.

Mientras tanto, Belloch y su consistorio siguen adelante. Contra viento y marea. De momento, mientras dure la Expo. Luego, ya se verá. Todo dependerá de muchos factores. Si los zaragozanos acogen positivamente estos paseos en barca, igual se deciden a sanear sus aguas. Porque, a fecha de hoy, yo no me veo montado en el catamarán con un plato exquisito delante y soportando al mismo tiempo el hedor del agua del río. Algunos dirán que lo mismo ocurre en el Sena o en el Danubio. Pero su caudal es mucho más copioso y su entorno totalmente distinto. Mientras tanto, a disfrutar con este pequeño aprendiz de lago, como lo hacían ayer tarde los numerosos piragüistas. Sin prejuicios y, afortunadamente, sin cierzo.

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