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POR EL VALLE DE TENA

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     Aprovechamos la mañana preprimaveral del sábado para acercarnos al Valle de Tena, una zona con encanto. A poco más de veinte kilómetros de Huesca, en el pantano de Arguis, ya se adivinaba la huella que ha está dejando el invierno en los montes, valles, ríos y embalses. Una vez alcanzado el puerto de Monrepós, la panorámica del Pirineo oscense es inigualable. El manto blanco que cubre con generosidad las montañas más altas parece una postal, un telón de fondo de un teatro que la naturaleza brinda al visitante. El descenso hasta Sabiñánigo - punto de partida del Valle de Tena - es suave, sosegado y revelador. Cada curva reserva una sorpresa, cada eminencia hace gala de contrastes, cada recodo del camino regala al viajero los frutos sazonados del invierno: luz, color, silencio y amplitud del horizonte.

     Eso es, en definitiva, lo que nos tiene reservados el Valle de Tena. La naturaleza, el arte - iglesias románicas y arquitectura popular -, la historia, los recintos lúdicos, los rincones insospechados, la huella del paso del tiempo,...todo se conjuga en variopinta armonía para atraer al que desea cambiar por unas horas el cemento frío de la gran ciudad por el color blanco de la nieve y el tono oscuro de una naturaleza que no ha despertado aún del letargo invernal.

     Para los que no conocen el Valle de Tena, hay que apuntar como lugares más relevantes la situación privilegiada de Biescas, a orillas del Gállego; el Balneario de Panticosa, cargado de historia, misterio y modernidad; la impresionante arquitectura popular de Sallent de Gállego; los centros invernales de Panticosa y Formigal, para los amantes del esquí; los museos de Larrés y de Sabiñánigo; los embalses de Búbal y de Lanuza; los picos altivos que surgen como fantasmas entre zonas de árboles de hoja perenne, y muchos otros atractivos más que el viajero sensibilizado podrá descubrir. Eso sí, si el viaje se realiza con calma, sin prisas y sin horarios.

     Hacía años que no recorría este valle. Hoy sólo ha sido un recordatorio y una nueva visión del paisaje. Un paisaje totalmente invernal, con un manto de nieve generoso, con el hielo como invitado, con los riachuelos y torrentes a punto de convertirse en cascadas sonoras, con las calles empredradas por ese manto blanco que cruje, con la amenaza de aludes en algunas zonas, con las carreteras castigadas por el crudo invierno - especialmente la que accede al Balneario - y que piden a gritos un adecentamiento. Me ha sorprendido gratamente la estación invernal de Formigal, aunque me temo que las urbanizaciones previstas - grúas y proyectos por doquier - vayan ganando terreno a una naturaleza virgen y generosa.

     Habrá que esperar un par de meses más para volver a disfrutar de este valle en primavera, cuando los árboles comiencen a teñirse de un verde luminoso, cuando los rebaños regresen a la montaña, cuando la nieve comience a derretirse y nos regale el rumor de torrentes cristalinos. Pero el invierno también ha vestido al Valle de Tena de un encanto que se prolonga durante los doce meses del año.

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