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FUTBOLISTAS PRIVILEGIADOS

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     Mientras espero en la peluquería del barrio, dos señores comentan una de las noticias deportivas de la jornada: la supresión por parte del gobierno de la llamada ley Beckham, que desde 2003 permite a los jugadores extranjeros que participan en nuestra liga tributar a Hacienda un 24 por ciento, casi la mitad que los españoles. Hablan además de lo que cobra uno de los últimos fichajes galácticos del Real Madrid: la friolera de 83.000 euros al día, juegue o no juegue, trabaje o no trabaje. Y se preguntan, ¿Por qué se ha llegado a estos extremos? ¿Quién paga a estos virtuosos del balón? La conclusión parece obvia: son los propios espectadores y telespectadores los que sostienen este negocio. Somos los aficionados los que, con nuestra presencia en los estadios o pagando por ver algunos partidos, alentamos esta dinámica y elevamos casi al infinito las ganancias de las estrellas.

     No sé si la crisis contribuirá a moderar las cifras. En algunos clubes parece que no ha influido mucho, al menos de momento. Lo que está claro es que debe desaparecer ese privilegio de Hacienda, aunque protesten los mandatarios de la Liga de Fútbol Profesional. Las razones que esgrime su presidente no son de peso, ni mucho menos. Hay equipos que, casi sin estrellas, están ofreciendo  un buen espectáculo. Hay aficionados al deporte rey que están deseando se reduzca el número de extranjeros y se potencie más la cantera. Un ejemplo claro es la selección española, que está en la élite, a pesar de los foráneos que juegan en los equipos españoles.

     Opino que esta polémica se zanjará por sí sola y volverá a reinar la sensatez. Porque a nadie se le oculta la diferencia abismal de sueldo entre un futbolista de élite y un investigador. Y la controvertida ley se hizo, sobre todo, para favorecer la llegada a España de investigadores de otros países y para recuperar cerebros establecidos en el extranjero. Es una pena que el fútbol sea cada vez más un negocio, que no se luche por los colores, que no se trabaje en equipo, que prime más el lucimiento personal de cara a la galería que el esfuerzo por ofrecer un buen espectáculo colectivo.

    La conversación sobre el tema continuaba cuando, media hora después, abandonaba la peluquería después de un moderado corte de pelo.

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