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BAJO EL VOLCÁN

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     Tarde plácida de primavera a orillas del Ebro. El río se desliza con un color ceniciento, como si llevara hacia el mar las cenizas del tristemente famoso volcán islandés Eyjafjalla. Parece mentira que la erupción de un volcán con la consiguiente vomitina de cenizas y lava haya logrado paralizar casi todo el tráfico aéreo de la Europa posmoderna y civilizada. Bajo el volcán - parafraseo la novela de Malcom Lorry, llevada con éxito a la pantalla por John Huston en 1984 - han quedado sumergidos durante casi una semana muchos de los problemas que preocupan cada día al ciudadano de a pie. Bajo el volcán, y víctimas de sus cenizas, miles de ciudadanos europeos no han podido realizar el viaje soñado, regresar de vacaciones o acudir a sus obligaciones laborales. Las cenizas de ese volcán casi olvidado en las enciclopedias han logrado llamar tanto la atención, que muchos problemas hasta ahora candentes se han pospuesto o difuminado. Ni siquiera nos hemos dado cuenta de que la primavera ha llegado por fin a las riberas de este río tan histórico. Y, hablando de historia, recuerdo en este momento esa película romántica de tintes históricos que me cautivó en mis años infantiles: "Los últimos días de Pompeya" (1960). El Vesubio arrasó esa ciudad e hizo desaparecer de la faz de la tierra cientos y cientos de hectáreas. Los hombres y mujeres huyen despavoridos de los ríos de lava que descienden de esa montaña maldita, casi fantasmal. Entonces no había vuelos a través des espacio aéreo, pero las consecuencias fueron más trágicas que ahora. Las cenizas del volcán islandés nos han hecho olvidar con cierto alivio durante unos días el rifirrafe continuo de los políticos, las idas y vueltas con los casos de corrupción, la crisis griega, los problemas de la inmigración, los secuestros, la violencia de género, los accidentes de tráfico,... Pero, desde hace unas horas, cuando la situación parece que tiende a normalizarse, ha vuelto a reaparecer el fantasma del paro, las discusiones en el Senado y en el Congreso, la nueva Rumasa y los altibajos casi crónicos de la bolsa. Hasta en el deporte rey han dejado algo de rastro las cenizas nórdicas. Ayer noche casi ningún aficionado reconoció al auténtico Barcelona de Guardiola, estaban como aturdidos, timoratos, agarrotados. Y eso sorprende hasta a los menos aficionados. Menos mal que las cenizas toman otro rumbo. Tal vez así los grandes jugadores recuperen de nuevo su olfato y volvamos a disfrutar del buen fútbol de Messi y compañía.

     Todo ello surge bajo las cenizas, bajo el halo fantasmal de un volcán hasta ahora desconocido, en una plácida tarde de primavera.

(La fotografía es de bolivia24.com)

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