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OCTAVIO PAZ, MAESTRO DEL ENSAYO

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     Tal día como hoy, hace diez años, falleció Octavio Paz (Mexico, 1914), uno de los grandes intelectuales del siglo XX. Paz cultivó la poesía y el ensayo, pero fue en este último género donde brilló con luz propia, en la misma senda de Borges o de Alfonso Reyes. Obras como El laberinto de la soledad, El arco y la lira, Postdata o Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, encumbran al Nobel mejicano (premio que obtuvo en 1990) a los lugares preferentes de los ensayistas contemporáneos.

     No sé por qué, últimamente prefiero la lectura de un ensayo a la de una novela. Eso sí, intento compaginar ambos géneros, sin dejar de lado la poesía y el teatro. Pero el ensayo me resulta más profundo, más crítico, más comprometido, más creativo, más personal. Eso es lo que les intento inculcar a mis alumnos de bachillerato cuando comentamos algún texto ensayístico, casi siempre breve o acotado.

      En un estudio sobre Octavio Paz de Patricio Eufraccio Solano, profesor de la Universidad Autónoma de México, afirma lo siguiente del ensayo:    

El ensayo es para mí la más completa de las manifestaciones literarias, puesto que permite la conjunción en su discurso de la sensibilidad de la poesía y la reflexión crítica de la razón. Hay en él un culto, acaso un reencuentro o reconciliación, con lo Sapiens del Hommo Spiritualis que somos. Escribir y leer un ensayo es entrar y posesionarse de la mente sensible, crítica y comprometida que forma el ser humano del escritor y, al mismo tiempo, es permitir la entrada y posesión de nuestro ser por el ensayista.

Como en ningún otro de los géneros literarios, el ensayo es fusión entre los seres que se encuentran a través del discurso. Jamás será igual la vida después de encontrarse con los ensayos de Borges o de Alfonso Reyes, de Germán Arciniegas o del propio Octavio Paz. La vida cambia para siempre después de leer un texto ensayístico de alguno de estos seres. Sé que los poetas dicen que algo así sucede con la poesía y quizá es cierto que el alma se libera entre los versos, pero en el ensayo sucede algo más que una liberación momentánea, se produce una necesidad de libertad permanente, una perenne búsqueda de la esencia del ser; una sed inagotable por el deleite que producen el comprender y el interpretar: por el saber. El sentido del ser encuentra en el ensayo la posibilidad de comprensión y a él se sujeta.

Tiene el ensayo otra virtud: no pretende ser verdad colectiva; le basta con ser verdad individualizada. Después de todo, en el mundo no hay más que individuos.

Los ensayos de Octavio Paz son una de las verdades individuales de este mundo. Reconocerse en ellas nos permite saber que los individuos de distintas latitudes y épocas han sido y son constantes en su búsqueda del ser. Que han estado aquí y, espero, continuarán estando, con la irrenunciable tarea de comprendernos.

 

 

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