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TURRONES PARA SENDER

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     La poeta y traductora zaragozana Marta Fuembuena ha vuelto a poner a Ramón J. Sender en el lugar que se merece. Un lugar que ocupó durante la décadas de los 70 y 80 y que ahora parecía haber abandonado. Y lo ha hecho con la publicación de un libro que es una joya literaria, tanto en su forma como en su contenido. Tuve la oportunidad de asistir a la presentación de este ensayo literario en la librería El Pequeño Teatro de los Libros y he disfrutado con la lectura de esta obra que se centra en la estrecha relación que mantuvieron el abuelo de Marta, Eduardo Fuembuena y el escritor oscense.

     Siempre me ha atraído la prosa de Ramón J. Sender. En mis años de universitario en Barcelona tuve la suerte de leer casi todas las obras del escritor de Chalamera, editadas por Destino. Fue el resurgir de un escritor, silenciado y prohibido por la dictadura y olvidado de la crítica. Incluso estuve a punto de realizar una tesis sobre Sender y la muerte. Pero era algo tan ambicioso, que me desbordó. Por eso la lectura del libro de Marta ha vuelto a revivir en mí esa oculta querencia por el autor de obras como Réquiem por un campesino español o Crónica del alba. Además, he descubierto la faceta de Sender como articulista, como amigo de sus amigos y como enamorado de su tierra.

     En Turrones para Sender podemos encontrar un poco de todo: una excelente introducción de la autora en la que valora la ayuda inestimable de su padre para esta investigación, unas fotografías de Sender y su abuelo que se remontan a las dos visitas del novelista a España en 1974 y en 1976, un rico intercambio epistolar entre el director del periódico Aragón Expres y el escritor que reside en San Diegoun excelente artículo del crítico José Domingo Dueñas, una selección de artículos de Sender para este diario vespertino y unas selectas referencias biográficas. No se puede pedir más en tan pocas páginas.    

     Alguno se preguntará la razón del título. Marta lo explica muy bien al principio del libro: su abuelo Eduardo le enviaba a Sender cuando llegaban estas fechas unos turrones y dulces de la tierra para que los saboreara en el lejano San Diego. Una buena costumbre que dice mucho a favor de la estrecha relación entre ambos intelectuales. Aconsejo a los amantes de la literatura se lean este libro y lo regalen para esas Navidades. Y si va acompañado de algún dulce, mejor que mejor. 

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