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OLIETE

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     Pocas veces son noticia a nivel nacional pueblos de la olvidada y cada vez más despoblada provincia de Teruel. Y cuando aparecen en las portadas de los principales medios de comunicación es para hablarnos de anomalías climáticas como temperaturas extremas en invierno, problemas en infraestructuras, conflictos laborales o - como en este caso - desastres naturales producidos por los caprichos de la meteorología.

     Uno de los municipios más afectados ha sido Oliete, pueblo que ronda los cuatrocientos habitantes, que está situado en la comarca de Andorra-Sierra de Arcos y que, como tantos otros, sufrió una brutal emigración de sus vecinos durante los años 60 y 70 del siglo XX. Esta vez los daños no han sido sólo materiales. Las consecuencias han sido mucho peores, ya que uno de sus vecinos está desaparecido desde el pasado sábado y se teme lo peor. Sorprende y atemoriza contemplar las imágenes de dos ríos, el Seco y el Martín, que han roto su caudal apacible y normalmente escaso en los meses de verano para rebelarse contra todo y contra todos.

      Sólo he estado en una ocasión en Oliete. Fue en el verano de 2006, a finales de agosto, para visitar a mi amigo Fernando Aínsa, escritor hispano-uruguayo de origen aragonés que ha vuelto a las raíces de sus antepasados y ha recuperado la casa de sus abuelos. Después de visitar a Fernando, nos acercamos al pantano de la Cueva de la Foradada y contemplamos ese río, el río Seco que paradójicamente se convirtió el sábado en un torrente incontrolado. Precisamente ese mismo día comenzaban las fiestas mayores de la localidad y después del pregón una tormenta anegó las calles y removió los barrancos. Ante esa perspectiva, decidimos volver enseguida a Aliaga. Eso sí, durante el viaje por la comarca de las Cuencas Mineras los rayos y los truenos nos llenaron de inquietud.

     Oliete tampoco me trae buenos recuerdos. Un exalumno mío del instituto de Miralbueno quedó atrapado en la sima de San Pedro mientras realizaba una actividad lúdica de espeleología.  Entonces, en la década de los 90, todavía no conocía Oliete. Había oído hablar mucho de ese pueblo porque uno de mis amigos nació allí. Pero lo más curioso es que la última vez que coincidí con Fernando en la presentación de su último libro de ensayos, le pregunté por Oliete, por su casa, por su huerta, por sus frutales y me comentó que últimamente la lluvia era escasa y la sequía avanzaba. Ahora les ha llegado el agua. Pero para mal. Ni los más ancianos del lugar recuerdan una avenida tan vilolenta. Las imágenes de la televisión hablan por sí solas. Es de esperar se encuentre con vida al vecino desaparecido. Sería la mejor noticia de este mes de agosto.

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