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Después de leer y saborear Dientes de leche, la excelente novela del zaragozano Ignacio Martínez de Pisón, le llega el turno al número 87 de la revista cultural TURIA. Con un monográfico dedicado a la escritora catalana Mercè Rodoreda, con colaboraciones de Enrique Vila-Matas, Javier Tomeo o José María Latorre, con unas páginas de poesía selecta y con las habituales secciones "La isla", "Sobre Aragón", "Cuadernos Turolenses" y "La Torre de Babel", las casi quinientas páginas de este último número me llegan en un momento de más reposo, de más tiempo y de más receptividad intelectual.
Extraigo como aperitivo poético un poema del polifacético escritor gaditano Felipe Benítez Reyes. Se titula Lunario de haikus. El poeta sigue fiel a esta composición tradicional japonesa tanto en la forma como en el contenido, ya que el haiku tradicional solía contener una palabra clave y buscaba describir los fenómenos naturales. Su estilo se caracteriza por la naturalidad, la sencillez, la sutileza y la austeridad. Y su aparente asimetría sugiere libertad y eternidad.
El viernes pasado contemplé en Aliaga una luna llena esplendorosa y vital. Los versos de Benítez Reyes coinciden en gran medida con las sensaciones que experimenté desde un lugar elevado del pueblo.
La luna breve
amenaza la noche
con su guadaña.
¿De quién se esconde
la luna tras las nubes
sino de sí?
La esfera errante
huyendo de la noche
que la desnuda.
La gema náufraga
disperso su confeti
de plata pura.
La siempre insomne,
en todo amanecer
transparentada.
Sólo es sí misma.
La tocan las metáforas
con guantes blancos.

La escritora África Vázquez (Zaragoza, 1990), ha obtenido con su novela Con vistas al cielo el tercer premio literario Jordi Sierra y Fabra 2008. Gracias a la inquietud literaria de este escritor catalán, que tanto hace por el fomento de la lectura entre los jóvenes, esta exalumna del Miguel Catalán, que acaba de terminar el bachillerato, ha entrado con pie firme en el campo de la narrativa y verá publicada su primera novela por la editorial SM.
Conocí a África hace seis años. Estudiaba primero de ESO en el instituto Miguel Catalán de Zaragoza y ya destacaba por su expresión escrita. Participaba con sus compañeros en el programa "enredados" y su expresión era brillante e imaginativa. Todo ello ha fructificado en un relato en el que se mezcla la historia con la fantasía. No pude asistir a la presentación de su obra en Zaragoza el pasado 13 de junio, pero espero hacerlo en algún próximo encuentro y, por supuesto, leer su libro con el mayor interés.
Como afirmaba Ramón Acín el día de la presentación, los jóvenes leen más que hace diez años. Y la lectura genera con frecuencia creación, alimenta la fantasía y ayuda a ahondar en la historia. Esa historia en la que bucea Alba, la protagonista de la novela, y que nos acerca a la cruel realidad de un campo de concentración nazi. Un buen punto de partida para la reflexión sobre un pasado que nunca más se debe volver a repetir.

La implacable dama de blanco se ha llevado por delante prematuramente a Sergio Algora, a sus 39 años. Sergio, además de componer excelentes temas musicales, se dedicó a la creación literaria y cultivó todos los géneros. Como homenaje a este inquieto joven zaragozano, plasmo uno de los artículos que, a modo de diario de un fin de semana de julio, publicó recientemente en el Heraldo de Aragón. Son fragmentos de auténtica prosa poética. Su contenido alude al paso del tiempo y a la gozosa realidad de sentirse vivo:
VIERNES. Abría la carne como lo haría la punta de una flecha y asomaba su cabeza sonriente, saliendo de la herida, como lo haría un niño al ser descubierto en el escondecucas. "¿Sabes la suerte que tienes de que sea yo y no otra la que te dañe?", decía. Decía también, "soy el fin de lo que nace".
Los capítulos de los días iban cayendo en blanco al libro de las horas porque teníamos que conseguir que aquella guerra la ganaran los bares. Aquella guerra que andaba sola y no iba con nosotros. Sintiendo mi cuerpo como un uniforme y pensando que cualquier cuerpo podía ser el siguiente dependiendo de lo que durase la Batalla del Bar.
El día de la Mujer Invisible yo fui la habitación contigua al dormitorio donde daba su amor a los otros hombres.
SÁBADO. Heredamos los libros de nuestros mayores. Es hermoso sentirse vivo y hermanado en la cama con otra persona cuando las tripas hacen ruido. Sentirse vivo. Parece que quiero vender algo. Se acercan las niñas con sus huchas y me preguntan, "y los vivos, ¿heredan los vestidos de fiesta de los muertos?", "y los vivos, ¿no se asustan cuando escuchan esas risas en la calle, esas risas que suenan sin haber personas cerca y que parecen carcajearlas las sombras?", "y los vivos, ¿tienen algo en común con alguien?". Abrazo a mi amor porque hemos heredado el hambre y lloro en su pelo.
DOMINGO. Pensando que las luces de los camarotes de los barcos en bajamar eran mi faro me eché al mar. Las ventanas brillaban como velas puestas en una mesa sin comensales. El mar leía en la noche los nombres de los barcos. El mar es sencillo como un hombre. Le es más fácil matar que amar.

Paseaba Machado
por la orilla del Duero
hace ya casi un siglo.
A su lado, Leonor,
con su cara de niña
con su mirada triste, soñadora.
El rumor de las aguas
de ese río fugaz y aserenado
acompañaba entonces
a dos enamorados.
Los álamos, los olmos, las acacias,
los chopos centenarios
llenaban de esperanza
la fugaz primavera
de estas tierras sorianas.
Hoy, hace ya cien años,
todo un pueblo recuerda a aquel poeta,
profesor y ensayista,
que ha dejado una huella entre las gentes
de los páramos altos de Castilla.
Machado en la memoria,
Machado en el recuerdo,
desde el Duero fugaz por San Saturio,
desde un olmo ya seco y descarnado,
desde la soledad, desde el silencio,
desde el paso sereno de la historia
al borde de un camino blanco y terso.

En estos días de inicio del verano, en estas jornadas de sofocante calor, es reconfortante subirse a un autobús urbano - más lleno de lo habitual por el efecto Expo - y observar las caras, los gestos y el talante de cada uno de los pasajeros. Los hay de varias nacionalidades y se advierte un clima de tranquilidad y de cierto cansancio, a últimas horas de la tarde.
Cuando el autobús está a punto de llegar a su destino final en el barrio de Las Fuentes de Zaragoza, observo en uno de los cristales el rótulo Ríos de Letras y el subtítulo Concurso de relatos hiperbreves. Leo uno de estos microrelatos y me quedo adamirado por su sugerente belleza formal y por su contenido. Corresponde al relato ganador, escrito por un alumno de cuarto de Secundaria del instituto Medina Albaida. Me he apresurado a copiarlo y lo plasmo aquí como una alusión al agua, al mar y un guiño a La Odisea de Homero:
FANTASÍA EN LA ORILLA DEL MAR: Cuando eché un último vistazo a la orilla de la playa, las olas ya habían destruido los vestigios de una gran noche junto a aquella sirena.

El Palacio de Sástago de la Diputación Provincial de Zaragoza ha sido, una vez más, escenario de un evento cultural. Se trata en este caso de la presentación de un libro colectivo. Este libro es el fruto de un buen trabajo en equipo, coordinado por el crítico y novelista aragonés Félix Romeo.
El Salón del trono ha vuelto a unir de nuevo la literatura con el deporte. Porque el deporte genera literatura. Y la literatura se inspira con mucha frecuencia en el deporte. Lo lúdico y lo cultural se han dado la mano.
Tengo ganas de leer Cuentos a patadas. Historias del Real Zaragoza. Sólo lo he podido hojear y tiene muy buena pinta. Además de los escritores que colaboran en este relato colectivo - Luis Alegre, Javier Barreiro, Joaquín Carbonell, Carlos Castán... - hay que valorar el ingrediente gráfico de la obra. Veintiún ilustradores - entre ellos mi compañero y amigo Alfredo Cabañuz - dotan de vida y color a las escenas narradas y recordadas. Son nada más ni nada menos que ochenta y cuatro ilustraciones. El mérito y el valor de la obra es evidente tanto para los aficionados al fútbol como para los degustadores de la buena literatura.
(* Ilustración de Chema Lera para un relato de Javier Tomeo)

No es la primera vez que asisto a una presentación de un libro o a un coloquio con el novelista aragonés Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960). Pero, ayer tarde, en el Centro de Historia de Zaragoza, pude comprobar de cerca cómo un narrador todavía joven ha llegado a su madurez creativa.
El motivo de la presencia de Martínez de Pisón en Zaragoza - reside en Barcelona desde 1982 - fue una actividad organizada por la Red de Bibliotecas Municipales de la ciudad del Ebro. Con el eígrafe "Encuentros con autor", los lectores eligen una obra, la leen en los clubes de lectura y, al final, entablan un diálogo con el autor.
La obra elegida fue, en este caso Dientes de leche, la última novela de Ignacio. Esta novela recorre cincuenta años de la vida de España a través de tres generaciones de una familia de origen italiano, cuya vida transcurre en Zaragoza. Con esta última novela, Martínez de Pisón culmina una especie de trilogía iniciada con Carreteras secundarias (1996) y potenciada con El tiempo de las mujeres (2003). Las tres narraciones se sitúan en Zaragoza, especialmente las dos últimas. Y en ellas se proyecta un tenue hilo autobiográfico. Pero lo más importante es, en mi opinión, la facilidad que tiene Ignacio para compaginal lo histórico con la ficción, la realidad con lo imaginario.
Lejos quedan ya los tiempos de ese autor de veintipocos años que se lanzaba al ruedo literario con La ternura del dragón (1984) o Alguien te observa en secreto (1985). El propio escritor reconocía ayer con la llaneza que le caracteriza que casi no se sentía identificado con estas primeras obras. Las consideraba audaces y poco elaboradas. Afortunadamente, el escritor aragonés lleva un camino ascendente. Un camino hacia la literatura densa, con retazos ensayísticos - como la exclente obra Enterrar a los muertos (2005). Él mismo reconocía, al final, que es un afortunado, porque siempre ha vivido de la literatura. Que es lo que realmente le gusta. De momento, ha dado un notable salto de calidad con Dientes de leche. Y sigue un camino paralelo con su labor de crítico y de guionista cinematográfico.

El poeta andaluz Pablo García Baena (Córdoba, 1923) acaba de obtener uno de los premios más prestigiosos de la literatura en lengua castellana, el XVII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. El cofundador y director de la revista Cántico en 1947 ha influido notablemente en las generaciones posteriores de poetas jóvenes y mantiene todavía su ilusión por escribir y publicar.
"La poesía salvará el mundo algún día", ha afirmado este autor al conocer la noticia del galardón. Su poesía se desmarcó de la poesía social de los años 50 y se mantuvo fiel a una estética más cercana a la Generación del 27 y al Modernismo. Plasmo un poema del vate cordobés, en el que hace gala del dominio del verso alejandrino y del conocimiento de un léxico exquisito y selecto.
COMO El ÁRBOL DORADO SUEÑA LA HOJA VERDE...
Como el árbol dorado sueña la hoja verde,
ahora que no estás y en los bosques nevados
cruje lívidas urnas, fantasmal, el invierno,
los jóvenes deseos a la deriva quieren
cubrir tu memorial de húmedas laureas.
Era el marzo feliz que oreaban los vientos
primaveral basílica los juncos erigían,
las varitas moradas de san José, la avena
como lluvia menuda y un recado secreto
la cardelina lleva por alfarjes de ramas.
Así como la tierra mi corazón hinchado
germinaba de ocultas semillas sepultadas.
Así como la tierra nupcias al mar ofrece
el oleaje crespo de los besos unía
labio y tierra en anillos de herrín indestruibles.
Veíamos el mundo juntos sobre la roca...
Qué lejos el sollozo, los dioses, la leyenda
que luego tú serías, rojeantes racimos
de riparia cubriendo, armoniosa, tu estatua
cuando ya fuiste mármol inaccesible y ciego.
Pero el cielo era puro y fugaz y la loca
alegría de vivir, esa máscara errante
y beoda reía bajo el galoneado
raso del capuchón del dominó talar,
otorgando antifaces que realidad cubrían
La tristeza, una calle por donde no pasábamos,
la poesía, una flauta que gime abandonada
y el rezo y los sociales lazos y la amistad,
esa vieja burguesa con labor de ganchillo,
nos vieron ir desnudos bajo constelaciones.
Sabíamos que un soplo acabaría con todo:
estancias en la noche centelleante de arañas,
copas alzadas, senos, más hielo, el jardín rosa
y verde de la aurora irrumpiendo en cristales,
desgarrando la cola de satén de la huida.
Sabíamos que un soplo... Y que no volvería
aquel vino jamás a mojar nuestros labios.
Confusamente turbia tiendo la mano ahora
hacia la puerta, arcano, tarot, encantamiento,
y allí encuentro tu mano entreabriendo el recuerdo.

El poeta argentino Juan Gelman recibó ayer de manos del rey don Juan Carlos el premio Cervantes, uno de los más prestigiosos de las letras hispanas. Su voz de denuncia y de reivindicación resonó ayer en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Su palabra, la palabra de un poeta comprometido, aireó ayer a los cuatro vientos los desmanes de la dictadura argentina. Y defendió la memoria. Y denunció el olvido. Y reclamó la verdad.
Su poesía - afirmó emocionado - se mantiene, a pesar de todo de pie contra la muerte. Porque es una poesía de la vida, del compromiso y de la fidelidad a unos principios.
Como homenaje a este escritor, gran admirador de Cervantes y enamorado del Quijote, plasmo un poema en el que declara sus principios y se siente orgulloso de su oficio de poeta.
Arte poética
Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,
cuando la enfermedad hunde las manos.
A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.
Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.

Las palabras fluyen cadenciosas. Los versos del poeta chileno, Pablo Neruda, se deslizan con una musicalidad preñada de aliteraciones, onomatopeyas y leves encabalgamientos. Los nueve componentes de la asociación "Tertulia Teatral de Zaragoza" leen con unción casi teatral alguno de los poemas del vate de Parral. Los que asistimos a este recital poético recordamos algunos de los versos del Nobel de Literatura y escuchamos otros por primera vez. Después de una morosa introducción de Pablo Lumbreras, presidente de la Tertulia, algunos de los Cien Sonetos de Amor nos ayudan a redescubrir a este poeta del amor, de la vida, de la naturaleza y de la muerte. Luego sigue el Crepusculario, las Odas Elementales y algunas Canciones.
Neruda siempre llega a lo más profundo del sentimiento, siempre cala hondo en el corazón de los sueñan y viven con esperanza. Esta tarde sus versos
han sido ritmo, musicalidad, hechizo, aliento vital. He seleccionado uno de los sonetos más representativos. En este poema - soneto LXXX - habla del amor, del recuerdo, del reencuentro y contiene, además, un sentimiento universal hacia los humildes de la tierra.
De viajes y dolores yo regresé, amor mío,
a tu voz, a tu mano volando en la guitarra,
al fuego que interrumpe con besos el otoño,
a la circulación de la noche en el cielo.
Para todos los hombres pido pan y reinado,
pido tierra para el labrador sin ventura,
que nadie espere tregua de mi sangre o mi canto.
Pero a tu amor no puedo renunciar sin morirme.
Por eso toca el vals de la serena luna,
la barcarola en el agua de la guitarra,
hasta que se doblegue mi cabeza soñando:
que todos los desvelos de mi vida tejieron
esta enramada en donde tu mano vive y vuela
custodiando la noche del viajero dormido.

La Biblioteca de Aragón, situada en la zaragozana calle de Doctor Cerrada no sólo es un gran centro bibliográfico. En su recinto se llevan a cabo durante todo el curso actividades culturales, lúdicas y educativas.
Esta tarde, en el pequeño y acogedor salón de actos de la planta sótano ha tenido lugar una lectura dramatizada de fragmentos representativos del teatro romántico español. Textos selectos del Macías de Mariano José de Larra, del Don Juan Tenorio de José Zorrilla o del Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas, han llegado con fuerza, unción y expresividad a un público heterogéneo.
Los profesores de Lengua y Literatura deberíamos tomar nota de esta actividad, puesta en práctica por el grupo Juglarías y organizada por la Asociación Aragonesa de Amigos del Libro. Actividad que es ideal para acercar a los alumnos de secundaria y bachillerato al teatro clásico, tan difícil de abordar en determinados momentos.
Mañana le tocará el turno a la lectura poética. Los admiradores del poeta chileno Pablo Neruda podrán escuchar una selección de sus poemas. La poesía leída o recitada es otro recurso excelente para motivar a los alumnos, aunque no se tengan que aprender los poemas como hacíamos antaño.

José Miguel Ullán - Villarino de los Aires, Salamanca, 1944 - acaba de publicar en Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores una recopilación de su poesía desde 1968 hasta 2007. Con el título Ondulaciones. Poesia reunida, el poeta salmantino ofrece a los lectores la riqueza de unos poemas que él califica como contradictorios y como aventuras sin continuidad, que nacen y mueren.
En una breve entrevista, opina sobre la poesía y su esencia: "El matiz es la respiración del poema". "De tener la poesía un territorio, sería el de la duda". "No conozco poesía que no tenga querencia por lo oscuro". "Creo que un poeta tendría que tener siempre presente que el lenguaje no es uno más de sus bienes, y menos una prótesis para alcanzar esto o lo otro, sino el bien esencial, con todas sus fluctuaciones y clarosculos".
Plasmo un poema del libro "Mortaja" (1970), que encabeza su reciente recopilación:
la voz es voz
hiciera
añicos las palabras redentoras
...la quijada blandida,
la mueca de tu hermano,
la saliva secreta, la agonía
capaz, de darte posesión primera,
última ya (oh cuerpo ensangrentado),
herencia de este salmo, tierra ajena,
fuga para siempre, libertad cautiva...
la voz es voz
no existe
no existe aroma nuevo
cerrad mis párpados

Hay días que quedarán en la memoria de muchos adolescentes cuando recuerden su estancia en el Instituto. Hay momentos en los que se aprende más que en cualquier clase teórica o práctica. Eso es lo que han vivido esta mañana los cien alumnos de bachillerato del Instituto "Ramón y Cajal" de Zaragoza. La biblioteca del Centro ha sido el lugar elegido para compartir poco más de una hora con el poeta granadino Luis García Montero. De entrada, nos ha cautivado por su sencillez, su cercanía, su naturalidad y su asombrosa sinceridad a flor de piel.
Después de una breve introducción a cargo de cuatro alumnos y de una lectura en voz alta de fragmentos seleccionados de sus poemas, el poeta andaluz ha hablado durante quince minutos de la importancia de la lectura, del valor de la literatura y de sus primeros pasos como poeta. Ha comentado Luis que la literatura es un diálogo profundo con la vida, que es algo más que una asignatura y que constituye una continua invitación a la lectura - haciendo un guiño al programa Invitación a la lectura que desde hace más de veinte años organiza el Departamento de Educación del Gobierno de Aragón.
Luis García Montero comenzó a escribir pequeños poemas desde los nueve años. En la biblioteca de su padre estaba el libro Mil mejores poesías de la lengua castellana. A partir del poema "El tren expreso", de Ramón de Campoamor, Luis intentó elaborar un final distinto, más agradable, menos trágico. Desde entonces, los libros fueron para este joven granadino una invitación a la vida y la literatura un trampolín que nos conduce a utilizar la imaginación para ver mejor la realidad y ajustar las cuentas con ella.
Nos ha hablado también de la importancia del tiempo, tan necesario para pensar en las cosas importantes de la vida; de la importancia del lenguaje para enriquecer la mirada hacia la realidad; de la importancia de la libertad. Y es que la verdadera libertad no es solamente poder decir lo que pensamos sino - como decía Antonio Machado - "poder pensar lo que decimos". El autor de Vista cansada ha reconocido la importancia de la música en sus poemas, de una música coloquial. Ha confesado su admiración por Antonio Machado, por Federico García Lorca, por Rafael Alberti, por Jaime Gil de Biedma y por Ángel González.
La poesía lo es todo para Luis García Montero: reflexión, sentimiento, ocio... La poesía y la vida están estrechamente unidas en este escritor que no se despega de lo cotidiano, que disfruta de cada momento, que valora la amistad, que tiene una gran ayuda en su compañera Almudena Grandes y que no cesa de abrir el abanico de su creatividad. Es una pena que no haya habido tiempo para plantearle más preguntas. De todos modos, ha sido una clase de literatura distinta, un momento para recordar.

Esta mañana hemos estado preparando con los alumnos de primero de bachillerato del I.E.S. "Ramón y Cajal" de Zaragoza la visita del poeta granadino Luis García Montero. Son pocos los alumnos que captan en seguida el poso profundo de cada uno de los doce poemas que hemos escuchado. Las nuevas tecnologías nos han permitido oír la voz cadenciosa y suave del poeta andaluz. Hemos valorado su aliento coloquial, el valor del recuerdo y de la memoria, el latido de las ciudades, la magia de viajar, el simbolismo del mar, y de la lluvia, y de la primavera. No nos ha dado tiempo de acercarnos al último poemario, Vista cansada. La mayoría de los alumnos están expenctanes y motivados ante el encuentro de mañana. Por eso, he seleccionado un fragmento de un poema de este último libro, en el que Luis reflexiona sobre su labor docente. Se titula El profesor.
Siempre recién llegado,
al dudar en los dogmas y afirmar en la nada,
el profesor procura,
más que decir verdades, no mentir,
más que dar ilusiones, no romperlas.
Dedicará sus años
a buscar entre sombras
una razón de claridad
y a descubrir en ojos indecisos
el equipaje abierto de un poema,
su rara conmoción,
cuando en la vida ocurren
las cosas que suceden en la literatura.
Los ojos de un alumno
son viajeros urgentes. Sólo hacen
preguntas como arenas movedizas,
preguntas por la próxima estación
en un viaje de largo recorrido.

Tengo entre mis manos el tercer libro de la escritora aragonesa Cristina Grande (Lanaja, Huesca, 1962). Después de el éxito editorial y de la buena acogida por parte de los lectores de sus dos primeras colecciones de relatos - La novia parapente y Dirección noche -, la escritora y periodista oscense ha dado un salto cualitativo y nos ha sorprendido a los amantes de la buena literatura con su novela Naturaleza infiel (RBA, Barcelona, 2008). En casi ciento cincuenta páginas, Cristina plasma una historia de ficción plagada de lirismo, humor y ternura. Demuestra además, un estilo y un talento fuera de lo común.
Ayer por la tarde se presentó la novela en Zaragoza - Librería Los portadores de sueños - y hoy he podido leer alguno de sus capítulos. Estuvieron presentes en el acto numerosos escritores, amigos y familiares de la autora. Le acompañaron en la presentación, además del representante de la edirorial, la diseñadora y amiga de Cristina, Ana Bendicho, y el crítico, periodista y novelista Antón Castro. Fue un acto emotivo, intenso y cargado de ecos literarios. Ana habló del diseño de la portada - para la que utilizó una original fotografía del padre de Cristina - y Antón analizó la novela con su peculiar perspicacia y agudeza.
"Hilo de seda" es el título del último capítulo de la obra. En él la autora sintetiza su peculiar manera de ver la vida y pone en boca de la madre de la protagonista la visión optimista de la existencia, a pesar de la cara oculta de la tragedia. La vida pende con frecuencia de un casi inapreciable hilo de seda, que marca la débil frontera entre el optimismo y la angustia, entre la esperanza y la desolación. Transcribo un breve fragmento del final de la novela:
"Hay gente que nunca tiene bastante en la vida, que sólo sabe quejarse de las pegas que van saliendo y que no aprecia lo bueno que le ha tocado, suele decir mi madre. A la larga, ella se siente una mujer afortunada y no soporta que la compadezcan. Mi madre - como mi abuela - es de las que no va al médico porque sus males siempre los ve pequeños. Para que las cosas salgan bien, hay que pensar que van a salir bien, eso como mínimo. Y hay que saber elegir, y saber resolver las cosas cuando no se ha elegido bien. (...)
Pero hace ya tiempo que el mundo se nos viene encima con cierta periodicidad y algo hemos aprendido al respecto, que no hay que dejarse llevar por el pánico. La pequeña Renata aún no ha cumplido dos años y es la niña más sana y más feliz del mundo. Es imposible que quede huérfana tan pequeña. La vida de mi hermana siempre ha estado pendiente de un hilo, un hilo de seda más resistente de lo que pueda parecer, me dijo para animarme".

Cuando regreso a Aliaga, mi pueblo natal, se mezclan en mi interior una serie de sensaciones aparentemente contradictorias. El silencio y la soledad del entorno alimentan la melancolía y devuelven mi mente hacia épocas pasadas. Sólo el paisaje permanece, alterado por el inevitable paso del tiempo y por los discutibles avances de la civilización. La memoria y el recuerdo bucean en escenas del pasado, en tardes primaverales, en noches rotundas estivales, en inviernos preñados de crudeza.
Mientras observo este paisaje tan mío, totalmente memorizado e interiorizado, vienen a mi mente algunos versos del poeta palentino Joaquín Galán - cercanos en ocasiones al gran poeta Claudio Rodríguez o al narrador Julio LLamazares. Este poeta castellano residente en Barcelona - nacido en Villarrubias a principios de la década de los cuarenta - encarna la fidelidad al origen, el regreso a las raíces. En su cuarto libro de poemas El aire original, culmina un camino poético hecho de búsqueda y de paradoja, de accidentes existenciales y de enriquecedoras experiencias. En algunas estrofas de este libro plasma ese latido sosegado de un mundo rural cargado de originales sensaciones y de un inusual colorido:
Cruzan por la mirada los arados abriendo
hazas leves que suben, musicales, la cuesta,
sordas aves, apenas tangibles por el miedo. (...)
Desde este ventanuco
casi podría acariciarse la sucesión grisácea de los cerros,
el suave ungüento del atardecer. (...)
Si miras, el silencio
del mundo se hace un bloque calcáreo, tus manos
pestañean y buscan, cuando ya el campo todo
es una luna roja relinchando en las cuadras.

Hay circunstancias en la vida que invitan a refugiarse en lo más íntimo, a bucear en las raíces de uno mismo, a reclamar la confidencia, el desahogo, la sinceridad a flor de piel. Poco antes de que naciera mi hijo Javier - en frebrero de 1995 - comencé a escribirle cariñosas cartas, nacidas desde dentro y teñidas de ternura. Algún día las leerá y las podrá valorar. Ahora, dos meses y medio después de la ausencia de Nieves, le escribo frecuentes cartas desde la soledad, el recuerdo y la cada vez más nítida memoria.
La carta siempre ha sido un recurso literario que se alimenta de intimismo, de estética y de sinceridad. Desde las primeras creaciones literarias hasta las más recientes, la carta ha reclamado un lugar privilegiado como un subgénero cercano al realismo y no exento de idealizaciones y utopías. Hoy mismo aparece en la prensa la noticia de la publicación de una carta que el escritor Francisco Umbral - fallecido en agosto de 2007 - dirigió a su esposa María España. El escritor y académico Pere Gimferrer, autor del prólogo, afirma que "el tema del que trata no es el del amor ni el de la vida en pareja; lo que aquí se ventila es el paso del tiempo, lo que va quedando de un hombre cuando vislumbra que lo que le queda por vivir es menos que lo que ha vivido".
Un escritor más joven, Carlos Castán, publica en su antología de relatos Museo de la soledad una carta de un personaje - a quien llama su hermano - a Laura, su amor ausente. Con una prosa poética y profunda, el autor plasma con estas palabras los sentimientos que genera el recuerdo y que alimenta la soledad:
Muchas veces, querida Laura, he sentido este mismo dolor en la garganta al regresar a casa tarde, con los zapatos mojados como ahora, y respirar el silencio amargo de las habitaciones. Tantas veces antes he tenido la certeza, como hoy, de romper a llorar en cualquier momento, de pie, con la frente apoyada en el cristal de la ventana, la taza de café frío en la mano y mirando la noche salpicada de ventanas encendidas.
Muchas veces he querido escribirte una carta parecida a ésta, contarte cómo duelen los besos de los demás y las parejas que caminan enlazadas, lo húmedo que ha llegado este invierno o cómo creí ver tu cara avanzando hacia mí entre un mar de paraguas y otra vez como siempre no eras tú; decirte lo cansado que me siento, la pereza que me da la palabra "futuro" y que tuve que volver el rostro para no ver el portal donde tantas veces nos despedimos en la madrugada, fumando ese último cigarro que nos resistíamos a apagar hasta que nos quemaba los labios. Y hablarte de eso, de cómo la ciudad entera a cada paso hurga en el centro de mi herida, las fachadas de los cines, los callejones, los bares donde fuimos felices aunque entonces no lo pareciera, cada lugar que nos vio pasar de la mano y, sobre todo, cada sitio donde recuerdo haberte hecho llorar. (Fragmento de "Muchas veces, querida Laura")

El poeta granadino Luis García Montero (Granada, 1958) acaba de publicar en la colección Palabra de Honor de la editorial Visor su último poemario. Su título, Vista cansada, es coloquial, como gran parte de su poesía. El poeta andaluz hablaba de esta última publicación con el crítico Juan Cruz en el suplemento literario Babelia del pasado sábado. García Montero, que en diciembre cumplirá cincuenta años, afirma entre otras cosas que el libro es como una autobiografía poética. Confiesa que el título se lo sugirió el oftalmólogo y que, al llegar al umbral de los cincuenta, "ya no sólo se puede hablar del paso del tiempo, sino del paso de la historia". Porque - afirma después - "cuando uno llega a los cincuenta, hay un abismo y sobre todo se percibe la honradez de perder la ingenuidad".
Vista cansada es una invitación sigilosa al optimismo. En sus poemas - comenta José Carlos Mainer - hay un homenaje implícito a Francisco Ayala, Jaime Gil de Biedma, Rafael Alberti, Ángel González o al propio Antonio Machado. Porque García Montero evoca con nostalgia el pasado, es consciente del heraclitiano paso del tiempo y contempla el mundo desde una cúspide privilegiada: la memoria personal y el latido histórico. "Pero la memoria - afirma - no puede convertirse en la cárcel de la nostalgia". El escritor granadino - que compagina esta vocación con su labor de profesor de Literatura - manifiesta también una cierta sensación de cansancio en la sociedad y reivindica de nuevo la conciencia individual. Son muy significativas sus afirmaciones sobre los valores de la sociedad actual: "Mi punto de referencia es la Ilustración...Y no defendemos valores democráticos que son fundamentales". "Un poeta tiene que mantener una conciencia vigilante para impedir la degradación de la democracia". Espigo estas reflexiones entre otras muchas porque afectan directamente al latido de la actualidad.
No tengo todavía este último poemario, pero quiero plasmar, como aperitivo, uno de los poemas de Vista cansada. Como veréis, no tiene desperdicio.
Memoria de la felicidad (Playa de Rota)

El poeta granadino Luis García Montero - que estará en Zaragoza dentro de un mes - ha escrito un sugerente y profundo artículo en el suplemento semanal de un periódico. En sus primeras líneas recuerda al lector el tenue cordón umbilical que une la vida y la muerte a través de la literatura.
El creador literario cita al respecto a dos escritores que sufrieron la dolorosa experiencia de la muerte de un ser querido: Wilhelm von Humboldt y Luis Rosales. El primero sufrió la pérdida de su hijo; el segundo evoca en La casa encendida la muerte de sus seres más íntimos.
En agosto de 1803 – recuerda Luis García Montero – Von Humboldt escribe desde Roma a Friedrich Schiller para contarle la muerte de su pequeño: “Nunca he temido ni me he apegado puerilmente a la vida, pero cuando a uno se le muere el ser al que amaba tiene una sensación completamente distinta. Uno cree pertenecer a dos mundos”.
Luis Rosales escribió La casa encendida – comenta García Montero – para contar que vivía también en los metros cuadrados de la memoria, junto a sus muertos más íntimos, habitando un lugar en el que pasado y presente se confunden hasta componer una alegoría cotidiana. Dos mundos respiraban el aire tranquilo de sus habitaciones.
Como amante de la literatura y como persona que ha sufrido en sus carnes recientemente la pérdida de un ser querido, hago mías las palabras del poeta andaluz y me quedo con el eco de las experiencias de Humboldt y de Luis Rosales.
En su reflexión final, García Montero va más allá de la dolorosa vivencia personal y reclama el protagonismo de la literatura como tabla de salvación del naufragio de la muerte: “La literatura – afirma – nos salva de la experiencia de la muerte porque consigue con la vida que pertenezcamos a dos mundos”.

Dos escritores zaragozanos, Agustín Sánchez Vidal - afincado desde joven en la capital del Ebro - y Luis del Val, han obtenido el primer y el segundo Premio Primavera de novela respectivamente. Sánchez Vidal es ensayista, guionista y catedrático de Historia del Cine de la Universidad de Zaragoza. Con Nudo de sangre, su segunda novela, bucea en la historia del Perú y traslada al lector al siglo XVI en la primera parte y al siglo de la Ilustración en la segunda. Aprovecha el autor para reflejar experiencias personales - viajó a la tierra de los incas hace ocho años - y para desvelar entresijos históricos no demasiado conocidos.
El periodista aragonés Luis del Val, ganador del Premio Gijón de novela en 1987 con Buenos días, señor ministro o el Ateneo con Las amigas imperfectas, ha quedado finalista de este certamen, convocado por Espasa Calpe, con la novela Crucero de otoño. El profesional de la radio ha creado una obra con todos los ingredientes de un relato moderno y clásico a la vez: intriga, espionaje, amor y ambiente cosmopolita. El autor intenta reflejar la hipocresía y el cinismo que inunda la sociedad occidental.
Corren, al parecer, buenos tiempos para la novela. Al menos, en lo que se refiere a premios, certámenes o publicaciones. Otro tema muy distinto es el de la vida cada vez más efímera de los libros, la inflación de títulos y el poco aprecio de los lectores a este tipo de publicaciones, salvo contadas excepciones. Es positivo, de todos modos, que profesionales de la enseñanza - en el caso de Agustín - o de los medios de comunicación - en el caso de Luis - nos regalen mundos de ficción no exentos de realidad y nos intenten contagiar su propia experiencia como viajeros y como agudos observadores de las personas que nos rodean.

Ayer tarde el escritor Carlos Castán presentó en la sala Fnac de Zaragoza la reedición de su libro de relatos Museo de la soledad. Estuvo acompañado del poeta y crítico Manuel Vilas y de Óscar, coeditor de la obra. Ha sido un acierto que esta antología de doce narraciones breves apareciera de nuevo para disfrute de los que están acostumbrados a degustar la buena literatura. Porque Carlos es un buen narrador, un buen estilista y un excelente observador de la realidad cotidiana.
Museo de la soledad presenta como motivo recurrente la soledad como evocación del pasado y como eco agridulce del presente. Porque la soledad es memoria, es recuerdo y es desolación. Plasmo un fragmento de uno de los relatos - Silencio tan de Silvia - con el que muchos lectores de la generación de Carlos se sentirán inmediatamente identificados.
Los veranos entonces no se acababan nunca. No había nada, de entre todas las cosas que podíamos concebir, que se pareciese más a la eternidad; por eso la primera noche era tan difícil conciliar el sueño, pensando en todas las cosas que íbamos a hacer en ese paraíso de incertidumbre. Igual que en el tintero, antes de ser abierto por primera vez, de alguna manera están ya encerrados el poema o la sentencia que alguien escribirá más tarde, nosotros notábamos que todos los gritos que íbamos a dar ese verano, los de dolor y los de alegría, los de ilusión y de guerra, estaban ya agazapados en nuestra garganta; no todavía en el viento, desde luego, pero podíamos sentirlos allí, arañándonos en la oscuridad del dormitorio, en forma de insomnio y de latido.
Bajo las sábanas escuchábamos los balidos procedentes del corral y urdíamos ya nuestros primeros planes, todo lo que haríamos a partir de que por fin se hiciera de día; excitados, nos dibujábamos el uno al otro, en el aire, los mapas de la aventura, los recorridos que seguiríamos para encontrar un tesoro al que nuestro sueño no habría alcanzado todavía a dar forma ni nombre, pero que sin saber bien por qué, a pesar de hallarnos tierra adentro hasta más no poder, relacionábamos vagamente con un mar al sur del mundo, salvajemente azul e infestado de piratas y ballenas gigantes. Y nos preguntábamos si habría llegado ya el resto de amigos forasteros con los que coincidíamos en el pueblo un año tras otro, chavales que venían de Madrid, como nosotros, o de Alemania, Cataluña y Zaragoza, todos tristes chicos de ciudad, mustios y pálidos en comparación con cualquier lugareño de nuestra edad, con un inconfundible olor a cerrado y a la humedad de la lluvia mirada sólo desde el balcón, ésa que mojaba al mundo y a los demás mientras nosotros, a buen recaudo, matábamos el rato con estúpidos rompecabezas y recortables de soldados, o llenando álbumes y más álbumes con los cromos que salían en las tabletas de chocolate y que nos mostraban un mundo más allá, barcos y volcanes, tiburones y actrices, todas las sorpresas ocultas en una caja mágica que nuestros dedos nunca alcanzaban a rozar, como en esas pesadillas en las que pretendemos alcanzar algo que a cada paso se nos escurre, la espada salvadora que resbala en nuestras manos o el seguro burladero que se va alejando como el horizonte.

Estas tres palabras se mezclan y entrecruzan en los relatos de José María Latorre (Zaragoza, 1945). El escritor zaragozano afincado en Barcelona ha visitado esta mañana el instituto "Ramón y Cajal" de la capital del Ebro y ha dialogado abiertamente con los alumnos de tercero y cuarto de secundaria. Dos de las novelas más representativas de Latorre - La mirada de la noche (2002) y La profecía del abad negro. (2006)
José María Latorre, además de ser un excelente crítico cinematográfico, destaca como narrador de relatos para adultos y jóvenes que enganchan inmediatamente al lector. El inicio de La mirada de la noche es revelador y está basado, según el autor, en hechos supuestamente reales: "Nunca había creído en fantasmas, aparecidos y vampiros hasta que vi que el cuerpo de su abuelo se movía dentro del ataúd". Además, nos ha anticipado el título de su próximo relato: Los ojos del espejo.
Al acabar el acto, algunos alumnos manifestaron su deseo de leerse otras obras del autor o de otros autores que cultivan ese mismo género. El mismo Latorre les animó a adquirir este hábito de la lectura, que tantos incovenientes encuentra en la sociedad actual, dominada por la imagen y por internet. Les comentó que hay que empezar leyendo lo que a uno le gusta y continuar después con obras más difíciles o de mayor dificultad estilística.

José María Conget (Zaragoza, 1948) es un brillante y profundo escritor, que compagina la creación literaria con la docencia en un Instituto de Educación Secundaria de Sevilla. Pero Conget es sobre todo un crítigo agudo e incisivo, un viajero impenitente y un autor al margen de los tradicionales vericuetos comerciales. Conozco muy poco de sus creaciones de ficción - espero acercarme a ellas en breve - y conozco algo más de sus artículos y ensayos. De entre ellos, he seleccionado estas líneas que escribió en el año 2003 como recuerdo y homenaje al gran escritor guatemalteco Augusto Monterroso:
De todos los escritores que he conocido personalmente, ninguno me produjo la impresión de ser dichoso, pese a todas las ineludibles melancolías que genera el tiempo, salvo Augusto Monterroso, el inolvidable Tito. Hay escritores que viven pendientes de no resbalarse de su pedestal, los hay que se apostaron frente a un simbólico juzgado de guardia para demandar de inmediato a quienes atenten contra su fama; a muchos les atormentan los honores ajenos, nunca tan merecidos como los propios, y unos cuantos, aunque no numerosos, se han resignado a su puesto en el escalafón que, eso sí, defenderán con sátiras y sonetos —los cultivadores del endecasílabo son los que peor llevan, sin cicatrizar siempre, las heridas de la literatura— contra los advenedizos que pretendan usurpar su rincón en la cuarta fila de la foto de la posteridad. Sin embargo, tengo la impresión de que Tito es de los pocos, tan pocos que a bote pronto me cuesta localizar a otro, que en sus textos confiesa padecer deficiencias morales con las que nosotros jamás le habríamos adjetivado. Así, en el prefacio de La letra e declara a propósito de su libro que «escribiéndolo me encontré con diversas partes de mí mismo que quizá conocía pero que había preferido desconocer: el envidioso, el tímido, el vengativo, el vanidoso y el amargado».
Dejemos a un lado la timidez y en esa enumeración descubriremos los atributos de la mayoría de los ciudadanos de la República de las Letras. «Es falso que entre escritores exista la camaradería, es decir que se traten con amistad y confianza», le dice a su mujer Bárbara Jacobs en uno de los diálogos que ésta reproduce en Vida con mi amigo. Mis recuerdos de Tito contradicen de forma radical, en lo que a él atañe, la anterior afirmación; incluso en conversaciones privadas y vinosas, cuando los autores aquilatan su veneno, era generoso con los colegas o, en el peor de los casos, irónico sin acritud. Para mí su personalidad y su obra resultaban de una insólita combinación de inteligencia, humor y escepticismo. Amaba los libros —no he olvidado la mezcla de sensualidad y orgullo con que me mostró su primera edición de Cantos de vida y esperanza—, había leído mucho y muy agudamente pero, tal vez por ser inocente de pedantería, carecía del exhibicionismo cultural al que tan propenso es el gremio.
De mis encuentros con él y con Bárbara lo que más me gusta evocar son las risas. Nos reímos en Chicago y muchas veces en Nueva York, nos reímos durante una noche memorable cerca del Zócalo en México y aquella tarde en casa de Álvaro Mutis recitando nuestros pésimos poemas favoritos. En el año 2002 estábamos citados en Cádiz y en París pero la reunión no fue posible. Ahora que sé que no volveremos a reírnos juntos no quiero repetir el juicio, ya inapelable, del magisterio de su obra. Fue un gran escritor y, algo mucho más difícil, un escritor feliz.

Un profesor de la Universidad Central de Barcelona hablaba con toda razón de la pobreza de vocabulario del hablante medio y de la ridícula cantidad de vocablos que usamos en la vida cotidiana. Se refería con frecuencia al diccionario como el mausoleo de las palabras. Porque es una lástima - comentaba con un cierto tono humorístico - que, de las casi cien mil palabras que contiene el Diccionario de la Real Academia Española, sólo usemos como mucho unos cinco mil términos. Aunque, eso sí, la gran mayoría de los hablantes están muy por debajo de esta cifra y se conforman con utilizar sólo unos mil o dos mil vocablos.
Estoy hablando de la década de los ochenta del siglo pasado, cuando no se habían generalizado los teléfonos móviles ni había llegado internet a nuestros hogares y centros de trabajo. Ahora el problema se ha agudizado, tal como han comprobado Amalia Pedrero, profesora de la Universidad San Pablo CEU y la escritora Alejandra Vallejo-Nágera. Amalia habla de que el mal uso de los móviles e internet empobrece la expresión, y Alejandra afirma que la lectura comprensiva está bajo mínimos en España. Ambas coinciden en el escasísimo uso del diccionario y en el progresivo empobrecimiento del lenguaje.
Es una pena que no se fomente en los colegios e institutos el uso cotidiano del diccionario en todas las asignaturas - tanto en las humanísticas como en las científicas. Y es una lástima que se haya abandonado en la etapa de secundaria, e incluso en primaria, la tarea de escribir con creatividad, el taller expresivo y literario, la comprensión de textos de todo tipo. Porque muchas de las claves del fracaso educativo en cualquier materia es la dificultad de comprender un texto y la expresión rudimentaria e incoherente. Por no hablar de las muletillas lingüísticas, los comodines, los anglicismos o la abundancia de vulgarismos. Todo ello desemboca en una falta evidente de cultura y en comportamientos sociales poco acordes con el nivel económico de las personas. Un amigo mío me confesó que tenía el diccionario como libro de cabecera. No se trata de llegar a ese extremo, pero sí de no perder el hábito de consultar un vocablo difícil y de enriquecer día a día los niveles de competetencia expresiva. Algunos programas de la televisión lo han intentado. El más conocido es Pasapalabra. Es un programa-concurso que nos muestra como en un espejo qué poco vocabulario utilizamos y cuántos miles de vocablos duermen en ese cementerio de palabras al que podemos acceder en cualquier biblioteca o en las páginas de internet.

En la sala Goya del Palacio de la Aljafería, actual sede de las Cortes de Aragón, ha tenido lugar esta tarde una nueva sesión del ciclo Conversaciones en la Aljafería. El invitado de hoy ha sido el escritor y periodista canario Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948). Han acompañado al creador tinerfeño los escritores aragoneses Ramón Acín y Ana Alcolea. Juan Cruz ha culminado así una jornada que comenzaba en los institutos de Jaca y de Sabiñánigo con sendos encuentros con alumnos de secundaria, dentro del programa Invitación a la Lectura.
Ramón Acín ha presentado a Juan Cruz y ha hecho hincapié en sus cualidades de excelente conversador y gran amigo de sus amigos. Ha recordado sus inicios en el periodismo y en la creación literaria y ha evocado alguna anécdota para referirse al sorprendente don de ubicuidad del periodista de Puerto de la Cruz. La conversación ha girado en torno a tres de sus más de veinte novelas: Crónica de la nada hecha pedazos (1972), Retrato de un hombre desnudo (2005) y Ojalá octubre (2007). Ana Alcolea ha recordado el autobiografismo de sus obras y el protagonismo de la figura del padre en su última novela. Juan Cruz ha querido evocar a su padre en esa etapa difícil de la posguerra, unos años de derrota moral y humana. Ha afirmado al respecto que "uno se convierte en el padre que tuvo". Y, en relación con la novela Ojalá octubre y con otras obras anteriores, ha hablado del espejo como elemento recurrente y de las preguntas que se plantea con frecuencia sobre la venganza, el rencor, el odio y la envidia, que podrían considerarse como retratos degradados de la humanidad.
Al hilo de la conversación, Juan Cruz ha recordado a uno de sus maestros en la Universidad de la Laguna, Emilio Lledó y ha hablado sobre el valor que otorga a la palabra. La palabra ha sido para él una forma de sobrevivir desde su infancia. Sus recuerdos evocan la omnipresencia de la radio como creadora de palabras y como ventana abierta al mundo. Se ha referido, además, al acto de escribir como algo asociado a la búsqueda de la paz y ha disertado sobre los porqués de la escritura y sobre el placer de leer. A la pregunta sobre el concepto de la memoria en sus novelas ha respondido que no tiene nostalgia, sino memoria y melancolía. Para Juan Cruz es muy importante recuperar el entusiasmo, la ternura y la perplejidad que están enraizadas en una infancia paradójicamente feliz.
Ha terminado este breve acto - acortado por imperativos del desplazamiento a Madrid - recordando tres de sus libros de cabecera: Rayuela de Cortázar, El extranjero de Camus y El gran Gatsby de Scott Fitzgerald. El periodista canario ha vuelto a aludir a su infancia y ha afirmado al respecto: "El sol de mi infancia me privó de todo resentimiento". Un maestro de la ética, un creador contra corriente y un periodista clarividente y sagaz. Así he visto a Juan Cruz en el Palacio de la Aljafería de Zaragoza.

Hay días en que da la impresión de que las horas se deslizan con más lentitud de lo habitual. Hay jornadas vestidas de gris, que avanzan pesadas como el plomo. Hay inicios de mes que vienen acompañados de sobresaltos y de cifras de víctimas de la nueva enfermedad del siglo XX. Hay tardes que parecen abocar a un ceniciento y casi irónico disfraz prenavideño.
Tengo entre mis manos el número 84 de la Revista Cultural Turia. Dedica su cartapacio al escritor francés Patrick Modiano. Trae, además, dos jugosas conversaciones con Francisco Brines y con Federico Mayor Zaragoza. Y en la sección Cuadernos Turolenses se vuelve a recordar al cineasta Segundo de Chomón. Suelo comenzar su lectura por la sección Poesía. Entre varios poemas de diversas tendencias estéticas, me quedo con estos versos de Sara Mesa, que parecen recoger en cierto modo el latido lento y moroso de esta gris tarde de diciembre.
Caen las horas como gotas de aceite,
pesadas, lentas, doradas, tibias.
El aire está inflamado de plegarias,
de cánticos oscuros y enigmáticos.
Yo sé que algo sucede.
Debe de ser que es jueves y algo pasa los jueves.
Debe de ser que es lunes y algo pasa los lunes.
Debe de ser que es sábado y algo pasa los sábados.
¿Por qué no quedan huellas de mis pies
en este asfalto ardiente?
Debe de ser que no peso bastante.
Debe de ser que está lejos la arena.
Debe de ser que el tiempo pasa lento
y aún no te he encontrado.
Se suceden las horas como un hondo rosario,
como un rosario en sombras.
Yo debería pensar ahora en otras luces,
nadar con otros peces.
Aquí estoy resguardada.
La lluvia no me moja.
Mis párpados se cierran sin asombro.
El tiempo pasa lento;
no duele, no me toca.

Ayer, casi contra todo pronóstico, el poeta argentino Juan Gelman (Buenos Aires, 1930) obtuvo uno de los mejores galardones en lengua castellana: el Premio Cervantes. Es un merecido reconocimiento a una trayectoria poética comprometida. Porque este compositor precoz - escribió sus primeros poemas a los nueve años - lleva tatuada la poesía en el cuerpo. Gelman es un poeta que vive y transpira poesía. En la palabra se recrea como pez en el agua. Y con la palabra crea, imagina, sobrevive, lucha, se rebela, exclama, interroga, construye un mundo diferente, intemporal, casi mágico. El amor, la vida y la muerte surcan unos poemas en los que la ternura convive con la angustia. Este poeta de ascendencia ucraniana, que sufrió en sus carnes y en las de sus hijos los horrores de la dictadura argentiva, sigue escribiendo día tras día. Porque la poesía es la sangre de sus venas, la semilla de su ilusión por vivir, el pájaro que revolotea en su mente todavía diáfana.
Plasmo un poema en el que el vate argentino ensalza a la poesía, hostil al capitalismo rampante del siglo XXI:
Toda poesía es hostil al capitalismo
puede volverse seca y dura pero no
porque sea pobre sino
para no contribuir a la riqueza oficial
puede ser su manera de protestar de
volverse flaca ya que hay hambre
amarilla de sed y penosa
de puro dolor que hay puede ser que
en cambio abra los callejones del delirio y las bestias
canten atropellándose vivas de
furia de calor sin destino puede
ser que se niegue a sí misma como otra
manera de vencer a la muerte
así como se llora en los velorios
poetas de hoy
poetas de este tiempo
nos separaron de la grey no sé que será de nosotros
conservadores comunistas apolíticos cuando
suceda lo que sucederá pero
toda poesía es hostil al capitalismo.

No sé si será por el otoño o para contrarrestar otro tipo de lecturas o actividades más prosaicas. El caso es que últimamente me ha dado por la lectura de poemas y, en mucha menor medida por alguna modesta creación en verso. Tengo entre mis manos un libro de poemas de don Julio Monreal y Ximénez de Embún, una edición de lujo de 1994, editada con el título Aragón en poesías. En esta antología personal, este poeta zaragozano de noble familia aragonesa (1839-1890) desgrana con peculiar lirismo y con talento creativo treinta y dos composiciones sobre Zaragoza, su historia, sus tradiciones y sus efemérides más relevantes.
Mientras Gustavo Adol