LEER EN VOZ ALTA

Hoy dedica un artículo El Periódico de Aragón a hablar de los libros. Bajo el epígrafe El buen momento del libro en el mundo, el autor afirma: "El libro resiste, y muy bien. En los países desarrollados y en los que están en vías de desarrollo. La novela y el ensayo. Los dirigidos a públicos exigentes y los destinados al consumo masivo. Se lee mucho, se escribe mucho, de casi todo, y, sobre todo, se edita mucho. El libro sigue siendo la primera referencia cultural en el mundo".
Sorprenden estas afirmaciones en la era de internet y en un momento de total dominio de los medios audiovisuales y digitales. Pero, aunque parezca una paradoja, estos mismos medios pueden contribuir a potenciar la cultura impresa. El problema es cuándo se lee, dónde se lee y cómo se lee. Luis Alberto de Cuenca conoce perfectamente la realidad de la letra impresa y va más allá de ediciones, ventas o certámenes literarios. En un sugerente poema que publica la revista cultural Turia - en su número 88 - aboga por compartir la lectura, por volver a la lectura en voz alta, con su entonación, su énfasis y su rescoldo emocional.
Siempre ando con un libro en las manos. Ya sea
uno viejo y gastado del siglo XIX
con láminas y pauta final para ubicarlas
en el texto, ya sea otro nuevo e intrépido
que recibí ayer mismo y huele todavía
a tinta fresca y joven, ya sea un libro antiguo
que viajó por el tiempo hasta esa estantería
de mi cada vez más poblada biblioteca...
El vicio de leer suele ser solitario,
pero puede, también, compartirse. Los griegos
de la época de Sócrates leían en voz alta.
Lo mismo hacía Nietzsche. A mí me gusta mucho
leer en compañía y en voz alta los grandes
libros de nuestra tribu, esa tribu perversa,
racista y miserable que disfruta creyéndose
superior. De ese modo, recuerdo haber leído
el Poema del Cid, Beowulf, los Nibelungos,
la Divina Comedia, los Salmos, la Canción
de Rolando, La isla del tesoro y la Ilíada,
tal y como los griegos leían hace siglos,
alto y claro, lanzando las palabras al aire,
porque la voz añade temblor de biografía
personal y caduca a tanta eternidad,
al vértigo solemne de tanta permanencia.
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