EL CAMPOSANTO
Durante este corto fin de semana - para los que no tenemos puente - he realizado dos visitas a sendos cementerios de la provincia de Teruel. (Prefiero denominarlos camposantos). En ambos casos he recordado la profunda y sentenciosa afirmación becqueriana: "¡Qué solos se quedan los muertos!". Aunque las impresiones han sido muy distintas en cada momento. En el cementerio de Alcañiz: movimiento constante de gente, que contrastaba con el dolor de un grupo de jóvenes por la muerte en accidente de una compañera de sólo 14 años. Este camposanto es laberíntico. Cuando entras en el recinto, te hallas aprisionado entre bloques de cemento y, como si fueras el protagonista de "Todos los nombres" de Saramago, te esfuerzas en buscar el nicho donde reposan los restos de aquella persona a la que amabas y por la que lloraste. Sin embargo, en el camposanto de Aliaga, se respira una clima de paz acorde con el acogedor recinto, que libre del cemento y del diseño laberíntico, me recuerda el cementerio de Trasmoz, que inspiró a Bécquer una de sus "Cartas desde mi celda". Tapizado de verde y con las tumbas muy cuidadas, todavía mantiene una impronta que no ha alterado el paso del tiempo. De los cementerios de las grandes ciudades prefiero no hablar. Se han convertido en poblaciones anónimas de seres anónimos a los que de vez en cuando les llega un ramo de flores artificiales o la visita fugaz de un amigo o familiar. La soledad reinará a lo largo del año. Excepto durante estas fechas.
Disfrutar de los colores del otoño es un privilegio reservado a muy pocos. Al menos, esa es mi impresión. Este fin de semana he tenido la oportunidad de comprobar el lenguaje mudo de los colores en el valle de La Val y en el valle del río Miravete. Adentrarse caminando o en bicicleta por estos parajes solitarios, casi desolados, en un día agradable de otoño te ofrece la oportunidad de entablar un diálogo simbólico pero muy cercano con toda esa gama cromática que va desde el verde oscuro de las carrascas hasta el amarillo casi insolente de los chopos que flanquean las orillas del Guadalope. De todos modos, el color que me ha fascinado estos días ha sido el amarillo-ocre del acerolo o azarollo. Destaca como un invitado exótico al concierto de colores que se dan cita por muy pocos días en estos valles singulares. La soledad y el silencio, sólo acompañados por el murmullo del mermado río, completan el festín estético. Toda una gozada y una fuente de evocaciones y recuerdos: Cuando cogíamos las azarollas y las dejábamos madurar en el granero o en el solanar. Luego se elaboraban unos rosarios con este fruto, que también se puede conservar en vino o en otros licores. Algo delicioso y casi perdido, como tantas cosas.
La prensa se hacía eco esta semana de una curiosa y hasta sorprendente noticia:la prohibición de coger caracoles silvestres sin una normativa explícita o un permiso escrito. Cada vez nos cierran más las puertas al campo. Y quizás tengan razón. Porque se ha pasado de realizar una actividad como algo lúdico y de ocupación del tiempo de ocio: coger rebollones, caracoles, té o poleo, a convertirse en auténticos depredadores de nuestro entorno natural.
Septiembre se deshoja entre calores, cierzos y paisajes resecos.
Cuando acaban las tan ansiadas vacaciones de verano, algunos tienen o tenemos el llamado "síndrome de regreso o de vuelta al trabajo". Esto nos pasa tal vez por desconectar totalmente en verano - especialmente en agosto - de nuestra tarea habitual y olvidarnos de todo, hasta de lo que dejamos por acabar hace un mes o mes y medio. Pero hay que buscar el aspecto positivo a este caluroso inicio de septiembre: reencuentro cordial con los amigos o compañeros de trabajo, paseos vespertinos por Zaragoza o vuelta a las noches de terrazas, comprobación de las nuevas obras y reformas en nuestro barrio, visita a los nuevos establecimientos comerciales,...Y hay que olvidarse además de las pesadillas de este implacable mes de agosto: incendios por doquier, prolongación de la sequía, subida imparable del petróleo y rosario de accidentes de tráfico. Además, hay que volver a la ilusión del cercano fin de semana, con fiestas en muchos pueblos de Aragón, el próximo inicio de la liga en la Romareda, con nuevas caras y más ilusión, la Vuelta a España que llega por fin a Teruel y las no muy lejanas fiestas del Pilar. Proyectos e ilusiones. El que no se consuela es porque no quiere.