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Suelo viajar con frecuencia a Tarazona. En la ciudad del Queiles tengo muy buenos amigos y, cuando nos vemos allí, aprovecho para pasearme por las empinadas calles del casco histórico, orladas de edificios antiguos y preñadas de historia. Tarazona es comparable a Zaragoza en la cantidad de torres que apuntan hacia el cielo desde diversos puntos de la ciudad. Si la capital del Ebro era denominada hace tres siglos la ciudad de las torres, Tarazona merece también este apelativo y otros más.
Los turiasonenses están, además, de suerte porque dentro de unos meses - en la primavera de 2009 - abrirá de nuevo sus puertas este edificio religioso del siglo XIII, declarado en 1931 bien de interés cultural. Tuve la suerte de visitar la catedral antes del inicio de su profunda restauración e 1991. Es una joya artística por la que vale la pena desplazarse a esta ciudad cercana a las laderas del Moncayo. Gustavo Adolfo Bécquer habló de Tarazona en una de las Cartas desde mi celda y otros literatos han elegido este pintoresco lugar como marco ambiental de sus relatos. Recuerdo en este momento la excelente novela de Miguel Mena, Bendita calamidad, ambientada en la comarca del Moncayo. En ella dos hermanos con apuros económicos secuestran por error al obispo de Tarazona. El lector es invitado al final del relato a viajar con la imaginación a un recinto secreto de la catedral
Pero en el 2009 el viaje será real y los visitantes podrán disfrutar con la contemplación de las tres naves con crucero, la cabecera semicircular y la girola con capillas radiales. También podrán aprovechar para pasear por el claustro y, posteriormente, acercarse al casco histórico y conocer su amplio patrimonio mudéjar. Eso sí, para aquéllos que no conocen Tarazona, no pueden marcharse sin ver la fachada renacentista del Ayuntamiento y la Plaza de Toros vieja, de estructura octogonal y tantos otros edificios que son testigos mudos de la historia de esta ciudad.

En la provincia de Segovia, cerca de la sierra de Guadarrama y a una hora de la capital de España, se levanta en una pequeña colina un pueblo castellano pintoresco y encantador.
Me habían hablado muy bien de Pedraza de la Sierra, pero hasta que me decidí a visitarlo el pasado sábado nunca me hubiera imaginado el porqué de su bien merecida fama.
Pedraza recibe al viajero con un aliento medieval. Su arco de entrada, asentado en la piedra, le da la bienvenida. A partir de ese momento, comienza una sinfonía inacabable de arte e historia. Su castillo medieval, la iglesia de Santa María y, sobre todo, su magnífica plaza de la Edad Media seducen al viajero y le envuelven en un halo de misterio. Porque visitar Pedraza es viajar inesperadamente hacia el pasado, es embeberse de las raíces castellanas, es bucear hacia épocas casi olvidadas.
Además, ese mismo coincidía con una celebración especial que sólo se repite dos veces al año. Los vecinos y visitantes de Pedraza preparan durante toda la tarde cuarenta mil velas a lo largo y ancho de las calles del pueblo. Al caer la tarde, se encenderán estas pequeñas lámparas y se apagará la iluminación artificial. Es un viaje más hacia lo medieval, hacia la historia, hacia el silencio, hacia el encanto de un pueblo que atrae año tras año a miles de turistas.

La provincia de Ávila esta salpicada de pequeños núcleos rurales llenos de encanto y preñados de historia. Al pie de la sierra de Gredos se encuentra un pequeña localidad: Bonilla de la Sierra. Su historia se remonta a la época medieval. Formó parte del señorío abulense y su castillo fue utilizado como residencia de verano del obispado hasta el siglo XIX.
Hoy el viajero puede contemplar la enorme iglesia castrense, las murallas y el actual castillo. Lo que más llama la atención es la soledad del entorno, una especie de "locus amoenus" renacentista. Sólo tres o cuatro habitantes deambulan por sus empedradas calles. Desde la torre de la iglesia, morada habitual de las cigüeñas, se divisa un paisaje casi infinito. La luz de la tarde alarga las sombras y prolonga la mirada. Unos albañiles están reparando un tejado. Una anciana tiende la ropa en una pequeña era verde. No se ven niños, ni jóvenes. Sólo el silencio y la soledad vuelven a reinar en este pequeño pueblo abulense cuando los autobuses dejan atrás la puerta de la antigua muralla.
Pero Bonilla de la Sierra seguirá ahí, cual testigo mudo del paso del tiempo. La iglesia pide a gritos una restauración. No sé si volverá a ser lo que fue. Con la desamortización de Mendizábal, en el siglo XIX, perdió sus privilegios y esta Bona-Villa se fue quedando despoblada y quedó a merced del destino, castigada por el progreso y por la emigración. Como tantos núcleos rurales de Castilla y León, de esa España interior tan olvidada.

Aliaga está saliendo de su letargo invernal. Han sido unos meses largos, marcados por la ausencia de lluvias. Pero el mes de mayo ha sido generoso y nos ha regalado el agua para beneficio del monte, de los campos y del paisaje pintoresco que rodea a este pueblo turolense.
Pero, como todo tiene su claroscuro, los vecinos de Aliaga están preocupados por el desmantelamiento de un proyecto que puede ser un primer motor del desarrollo industrial de esta localidad. Se trata de la planta de cogeneración de CO2 que se quiere instalar a orillas del Guadalope. Por eso, bajo el lema "Salvemos la planta de cogeneración de Aliaga", se reunieron ayer en el Ayuntamiento más de 300 vecinos para desbloquear el proyecto y pedirle al Gobierno de Aragón que dé el visto bueno a un plan que puede ser parte del futuro de un pueblo que ya sufrió algo similar - aunque mucho más grave - al inicio de la década de los ochenta, con el desmantelamiento definitivo de la central térmica.
Las numerosas entidades firmantes del manifiesto, en colaboración con el Ayuntamiento, piden el apoyo de y defensa para un proyecto que es compatible con el desarrollo turístico de la localidad, que es compatible con el respeto al medio ambiente, que es un factor clave para el desarrollo de nuevas oportunidades laborales en Aliaga, que contribuye a asentar la población y a mejorar la calidad de vida de sus habitantes y que es una necesidad irrenunciable para garantizar el futuro de los ciudadanos que viven y residen en el pueblo durante los doce meses del año.
Por eso, en la página www.salvemosaliaga.org se pueden manifestar muestras de adhesión a este proyecto y apoyar desde todos los ámbitos algo que puede ser muy importante. ¿Se logrará consolidar el proyecto? Esperemos no ocurra lo mismo que en 1981. Aunque entonces el contexto social y político era muy distinto y prevaleció más el silencio que la reivindicación solidaria. Los tiempos, afortunadamente, han cambiado. Es de esperar no sea demasiado tarde para regenerar una población y una comarca demasiado castigada por la emigración desde los años sesenta.

Cobatillas es una pequeña localidad de la provincia de Teruel, perteneciente al municipio de Hinojosa de Jarque, que ofrece un especial encanto, sobre todo en otoño y en primavera. Por estas fechas de finales de mayo, cuando el cereal está en todo su esplendor, cuando los chopos centenarios engalanan el humilde río de La Val, cuando el cauce del río Seco parece despertar de su letargo invernal, este rincón turolense de unos cuarenta habitantes acoge a todos los visitantes que se dirigen desde el cruce de Mezquita a la cercana villa de Aliaga.
Aunque la carretera comarcal ya no atraviesa el pueblo como antes - con aquellas peligrosas curvas que han motivado varios accidentes - Cobatillas queda a la vera del camino. Desde Aliaga me he acercado andando, en bicicleta o en turismo a este pequeño núcleo rural y he contemplado su huerta - cada vez más reducida - su caserío pintoresco, su iglesia dedicada a la Inmaculada y esa fuente que concita a los pocos vecinos en la plaza del pueblo.
Cuando se aproxima el 22 de mayo, fiesta de Santa Quiteria - que ahora se celebra durante el fin de semana más cercano - sus vecinos se reúnen a jugar al guiñote y a compartir una comida popular. Intentan, además, recuperar algunas tradiciones, como el baile de la zorra o las enramadas. Pero lo más importante es el buen ambiente que se respira durante estos días, que anticipan unos meses con más vecinos y visitantes.
Este año - tal como se observa en la fotografía - la hoguera vespertina marcará el inicio de unas fiestas que tuvieron su apogeo durante los años sesenta. Los pocos vecinos que quedan durante el año no están dispuestos a perder estas costumbres. Lástima que la fiesta sólo dure un fugaz fin de semana.

Desde Fonfría (Teruel), en la sierra de Cucalón (1.280 m.) hasta Zaragoza, donde desemboca en el Ebro, el río Huerva sigue un itinerario más bien corto y con caudales normalmente exiguos e irregulares. Hoy, de regreso desde Valencia, nos hemos acercado a una de las localidades bañada por este río en sus primeros kilómetros de recorrido. En un mediodía caluroso, a falta de zonas de descanso en el recién inaugurado tramo de la Autovía Mudéjar, hemos hecho un alto en el camino en Ferreruela de Huerva, pequeña localidad turolense de la comarca del Jiloca.
Ferreruela me ha causado una grata impresión. No sólo por la limpieza de sus calles o por sus casas restauradas. Me ha llamado la atención sobre todo la Iglesia dedicada a Nuestra Señora de la Asunción. Como podéis ver en la fotografía tomada por Javier, es de un estilo barroco-mudéjar. Algo original, sugerente y que llama la atención a los que admiramos el mudéjar de humilde ladrillo y no comulgamos demasiado con el barroco excesivamente ornamental. Esta mezcla de estilos - que tanto agradaba a Quadrado y Parcerisa cuando recorrieron parte de Aragón en 1844 - rompe la monotonía y sugiere algo elemental en el arte: que no existe un arte puro, que hay etapas de transición y vaivenes estilísticos. Este pórtico barroco y este campanario más cercano al arte mudéjar, conforman algo que los entendidos denominan isla o islote barroco-mudéjar.
Pero Ferreruela tiene otros monumentos que despiertan la admiración de los vecinos y visitantes: los peirones. Todavía se conservan dos: el de San José y el del Cristo de Ribota. Lástima no se conserve un tercero, demolido en los años sesenta del pasado siglo. Eso sí, una calle recibe su nombre como vestigio de este monumento mágico, simbólico y con connotaciones religiosas. Ahora, con la autovía a sólo tres kilómetros del pueblo, quizás Ferreruela sea más conocida y visitada. En el ecuador de la primavera, sus extensos campos de cereal verdean en el horizonte y contrastan con otras extensiones de tierra rojiza. Otro paisaje distinto al que recorría habitualmente la desierta carretera nacional.

Más que un lema, parece ya un tópico. Algunos recurren a él desde hace unos años como si fuera la bandera reivindicativa a la que tienen que agarrarse con las dos manos, sin importarles lo que les ocurre a los demás. Y es que, en determinadas ocasiones, es muy fácil pedir. Aunque sea sin motivo. Aunque suponga un agravio comparativo. Aunque otros tengan más motivos que yo para exponer quejas y lamentos.
La última vez que contemplé estas palabras - que suenan ya a eslogan publicitario - fue en la Televisión Autonómica Aragonesa, mientras veía durante unos minutos un aburrido partido de fútbol entre el Real Murcia y el Sevilla. Aparecía intermitentemente el cartel, sobre fondo azul, para llamar más la atención del espectador. Los que han diseñado el mensaje, lo han hecho convencidos. Pero quizás no conozcan la realidad de otras regiones con la misma necesidad de agua o más que ellos. Hoy nos lo recuerda una vez más la prensa: hay más de ciento cincuenta pueblos en Aragón sin el suministro de boca asegurado para los próximos meses. Sí, de boca, como los habitantes de Barcelona. Porque también Aragón tiene sed, como rezaba un lema, hace unas décadas. Y todo ello sin demagogias, sin proyectos macrodeportivos, sin urbanizaciones sin control, sin campos de golf y sin puro y duro desarrollismo.
Uno de estos pueblos es Blesa, pequeña localidad de la comarca de las Cuencas Mineras de la provincia de Teruel, que lleva más de dos meses sin poder disfrutar de algo tan elemental como es el agua corriente. Se ha secado el pozo de suministro y los vecinos se las van arreglando como mejor pueden. Los bomberos suministran casi 200.000 litros de agua semanales, pero los pocos habitantes que quedan en invierno sólo pueden abrir el grifo cuatro horas al día. La situación podría agravarse el próximo verano, si no viene la tan esperada lluvia. Y, aunque se están realizando prospecciones para encontrar otro pozo, las obras serán lentas y costosas. Mientras tanto, nos olvidamos de Blesa y miramos hacia Barcelona, Valencia o Murcia. Como si Aragón no tuviera sed. Decir "agua para todos" supone expresar una necesidad urgente en muchos casos. En otras circunstancias, puede ser hasta un arma política.
De momento, prefiero quedarme con los encantos de Blesa y desear que se solucione pronto esta lamentable situación. En la página http://www.blesa.info/ podemos encontrar la intrahistoria de un pueblo inquieto, pintoresco y acogedor.

Hoy he vuelto a contemplar el paisaje de mi infancia desde un lugar privilegiado. He divisado a lo lejos la fisonomía callada y silenciosa de Aliaga. Y he contemplado las montañas que rodean al pueblo que me vio nacer desde otra eminencia rocosa, desde el túnel artificial construido encima del cruce de la carretera de Campos en los años cincuenta. Todavía quedan restos del armazón de hierro que sostenía las guías y las maromas de las que colgaban las vagonetas que transportaban el carbón desde la mina de Hoya Marina hasta la central térmica en el barrio de La Aldehuela. Eran años de trabajo, de un cierto impulso para la población minera.
En este día de San Jorge de 2008, mientras observo los detalles de mi pueblo desde lo alto, pienso en el pasado, me detengo en el presente e intento adivinar el porvenir. Me queda un sabor agridulce cuando atravieso el túnel con Javier - ¡qué buen trabajo realizaron en aquellos años! - y contemplo el pantano cada vez más anegado, la central cada vez más ruinosa y, a lo lejos, los montes que me resultan todavía muy familiares.
Ya en el pueblo, antes de regresar a la ciudad, camino por las calles solitarias y silenciosas. Contemplo las casas cerradas, muchas de ellas a cal y canto. Y, ya en mi calle, la calle de la Luna, recuerdo a los vecinos de mi infancia, el bullicio de los años sesenta, la ilusión de los juegos infantiles y la relativa libertad de los diez años.
En Aliaga todavía no ha llegado la primavera en todo su esplendor. Las casas conservan aún la temperatura invernal y los brotes de los chopos y de los manzanos asoman tímidamente. Sólo la flor blanca de los cerezos y de los perales anticipa una primavera marcada por la sequía y el vendaval. Pero todavía quedan dos meses para disfrutar de un paisaje verde y salpicado de aromas y colores.

Los vecinos de la localidad turolense de Calamocha están preocupados por las posibles consecuencias que puede tener la apertura del último tramo de la autovía Mudéjar para la hostelería y los servicios. Calamocha siempre ha sido un lugar ideal para que los conductores que viajan desde el norte hasta la costa valenciana o desde la costa hacia el norte se detengan a tomar un bocadillo, comer o cenar. También es importante en esta ciudad que sobrepasa los cuatro mil habitantes la industria del jamón, cada vez más consolidada en este municipio.
Pero, desde el mes de febrero, la carretera Nacional 234 entre Sagunto y Burgos ya no surca el centro de la población. La autovía pasa bastante más lejos y los conductores se lo piensan dos veces antes de acercarse a la localidad. Porque, aunque la autovía es una ventaja, puede ser un inconveniente en cierto sentido. Los vecinos se quejan, por boca del alcalde, de la deficiente señalización de las salidas y entradas desde la autovía a Calamocha, de la limitación de las direcciones en la rotonda y de la escasa iluminación de esos tramos finales.
Sería conveniente reflexionar sobre el problema. Es verdad que los calamochinos se podían imaginar desde hace años lo que iba a ocurrir. Es cierto que algunos tendrán que adaptarse poco a poco a la nueva situación y tendrán que ganarse a pulso a la clientela. Pero también es evidente que los responsables de estas vías de comunicación deben facilitar los accesos, en lugar de entorpecerlo.
Los vecinos de esta simpática e inquieta localidad turolense tienen un reto. Y creo que lograrán lo que pretenden con tesón y con un poco de imaginación.


Al parecer, gracias al impulso de la Exposición Universal de 2008 en Zaragoza, se quiere volver a una costumbre aparentemente olvidada: reforestar Aragón. Durante los años sesenta, hubo un impulso a la reforestación en algunas zonas montañosas de la provincia de Teruel. Muchos jóvenes trabajaban durante unos meses en esta tarea. Se realizaba con yuntas de bueyes y se plantaban, sobre todo, pequeños pinos. Hoy, cuarenta años después, esos pintos han crecido y dotan de vitalidad a un paisaje, antes desolado.
En la escuela también dedicábamos algunos días de la primavera - cercanos a la celebración del "Día del árbol" - para plantar un pequeño chopo a la orilla del río Guadalope. Algunos no prosperaron, pero otros orlan la ribera del río y los contemplamos con orgullo y satisfacción. Los niños de Villarquemado, pueblo situado en el llano turolense, equidistante entre Valencia y Zaragoza y muy cercano a la capital de los Amantes, van a dedicar unas horas de su tiempo libre durante este fin de semana a plantar seis mil árboles - no especifica la especie - en la laguna del Cañizar. Es una idea excelente y una actividad que vale la pena. Parece que va a ser sólo el principio de un proyecto que se extenderá luego a todo Aragón. ¡Qué satisfacción produciría a los habitantes de esta región contemplar las estepas de Belchite, las colinas de los Monegros o los montes de la comarca de Daroca llenos de pinos, abetos u otro tipo de arbolado! El paisaje no se presentaría tan desolado y quizás el aire que respiramos sería más saludable.
Villarquemado quiere embellecer uno de sus parajes más pintorescos. Ahora que la carretera nacional 234 ha quedado sólo como vía de servicio. Ahora que el continuo tráfico no atraviesa el pueblo, Villarquemado puede convertirse en un lugar acogedor. Eso sí, habrá que esperar unas décadas hasta que esos pequeños árboles se hagan adultos. Entonces el entorno ya no será tan desolado como hasta ahora. Su cercanía a la capital - a 25 kilómetros de Teruel - puede incluso facilitar pequeñas escapadas a la laguna del Cañizar. Y la autovía mudéjar pasa sólo a 500 metros del pueblo. Bienvenido sea este inicio de reforestación. Que no quede sólo en un gesto simbólico o en un impulso aislado.

En el camino de regreso desde Valencia a Zaragoza, decidimos dejar de lado la autovía mudéjar a la altura de Teruel y acercarnos a la comarca de las Cuencas Mineras para contemplar un paisaje aparentemente desolado pero muy entrañable para los que hemos nacido en esta zona.
Al llegar a la altura de Mezquita de Jarque, Javier hace una foto en blanco y negro mientras descendemos el puerto del Esquinazo, levemente tapizado por la nieve. La instantánea me recuerda los años sesenta, la década de mi infancia. Tenía la misma edad que tiene ahora Javier, pero contemplaba el paisaje de otra manera. Mezquita estaba lejos de Aliaga. Era un cruce de caminos. En este pueblo turolense de poco más de un centenar de habitantes se detenía el coche de línea que unía Teruel con Reus y, más tarde, Teruel con Barcelona. Mezquita sigue ahí, impasible. Parece que el paso del tiempo no ha alterado demasiado su inconfundible silueta. Todavía se agrupa su caserío entre la iglesia de San Lorenzo y la ermita de Santa Rosa. La localidad, ubicada entre dos lomas de ligera pendiente, está surcada por el casi recién nacido río de La Val y rodeada de extensos campos de cereal. Su población se está manteniendo, aunque el impulso agrario e industrial está todavía por despegar.
Dejamos atrás Mezquita, rodeada de un pequeño manto de nieve. Ahora no nieva como antes - le comento a Javier, que contempla ilusionado la panorámica blanquiverde. Ahora hay mejores comunicaciones. Aunque, paradójicamente, estas vías más rápidas parecen invitar a la gente a acercarse a los pueblos sólo fugazmente. Y es que el invierno es muy crudo en esta zona. Y hoy ha hecho un día verdaderamente invernal. Dejamos atrás Mezquita y nos encaminamos hacia el alto de San Just. A la izquierda, Valdeconejos y, un poco antes, una estación de ferrocarril abandonada desde hace casi un siglo. Un nuevo monumento a la soledad.

La primavera parece querer anticiparse en este valle turolense. La tarde es plácida, serena, adolescente. Sopla una pequeña brisa a la orilla del río La Val, que murmura humildemente antes de confluir con el río Miravete y emprender juntos la aventura del Guadalope hasta las aguas del Ebro en Caspe. Tarde de poda en Aliaga. Estos días de asueto nos permiten compaginar el descanso con esta actividad casi lúdica pero exigente. Me sujeto a una de las ramas con un arnés y, hacha en mano, comienzo a eliminar aquellas ramas que no van a llegar a nada. Caen al suelo sosegadas, rendidas. Nadie las recogerá, como se hacía antaño. Antes se rebuscaban hasta las más pequeñas para alimento de nuestras estufas en invierno.
De frente contemplo el barrio de Santa Bárbara, casi deshabitado en estos meses invernales. El río - más bien aprendiz de río - alegra el paisaje amarronado y surca de lado a lado las casas bajas de lo que fue un barrio minero bullidor durante los años cincuenta y sesenta. A mi espalda, el castillo semiderruido. Es la cara más oculta de esta fortaleza que jugó un papel importante durante las guerras carlistas. Después se fue desmoronando. ¿Llegarán tiempos mejores de restauración?
Desde lo alto del chopo - carcomido por dentro como el olmo machadiano - contemplo la tarde serena y reflexiono sobre el paso del tiempo. En estos pueblos parece que el tiempo se ralentiza, que las horas se multiplican por dos. Algún coche surca veloz la vecina carretera en dirección a Teruel o a Zaragoza. Poco más abajo, un agricultor prepara con mimo la tierra para la próxima siembra. De vez en cuando dirige la mirada hacia el cielo. La lluvia no acaba de llegar a estos valles. Casi no ha llovido nada desde la pasada primavera. Y las fuentes lo notan, los ríos lo sufren y el monte muestra, de momento, su cara más triste. Sólo el verdor de una pequeña pineda da una nota de vida al paisaje. Porque la primavera llegará algo más tarde, como la de Soria en los poemas de Machado. Todavía vendrán algunas heladas. ¿Volverá, por fin, la tan ansiada lluvia?

En una tarde primaveral nos hemos dirigido en autobús por la Ribera Baja del Ebro hacia la pintoresca localidad de Quinto de Ebro. El motivo de este viaje ha sido el encuentro de fútbol entre los infantiles del Club Deportivo San José y los jugadores del Quinto. En lo deportivo, el choque ha sido muy igualado y, de no haber sido por dos despistes defensivos en los últimos cinco minutos, habría terminado en tablas. Eso habría sido lo más justo. Pero de la victoria visitante - se ha estrellado un balón en el larguero - a la victoria local ha mediado sólo un contraataque. Es decir, que hemos regresado con la sensación de haber perdido lo que teníamos ganado o, al menos, empatado. A partir de ahora, habrá que apretar mucho el acelerador para mantener ese privilegiado segundo puesto que con tanta ilusión estaban defendiendo nuestros chavales.
Pero la apacible tarde ha dado mucho más de sí. Contemplar la ribera del Ebro teñida de un verde primaveral - especialmente a partir de Fuentes de Ebro - en estos tiempos de sequía, es algo que alegra la vista y levanta el ánimo. Llegar después a Quinto de Ebro, después de dejar a la izquierda el cruce de Pina y contemplar el paisaje ribereño en lontananza es algo de lo que no se disfruta todos los días. Quinto nos ha recibido a la hora de la siesta, con el arco de San Miguel, al final de la calle Mayor. Las calles son sinuosas, y casi todas van a morir a la carretera de Alcañiz. Al derecha, en dirección al campo de deportes, nos indica cómo llegar hasta el monumento más representativo de Quinto, el Piquete, situado en lo alto de este mismo cerro. Esta joya artística, castigada duramente durante la última guerra civil y restaurada recientemente en su parte exterior, no es otra que la iglesia mudéjar de Nuestra Señora de la Asunción. Vale la pena subir por una empinada calle para contemplar un panorama de la villa y de gran parte de este valle, surcado por el Ebro y beneficiado por sus cada vez más preciadas aguas.
Quiero plasmar a continuación una pequeña síntesis de un gran conocedor de este municipio zaragozano para aquellos que no conozcan Quinto de Ebro y quieran animarse a visitar sus calles, su entorno y sus monumentos:
Lo primero que llama la atención de Quinto son sus sinuosas calles, de origen morisco, que serpentean para desembocar siempre en el lugar más inesperado. Adornan el camino unos arcos sencillos y hermosos, que dignifican los pasos del caminante.
Tal vez no son tan espectaculares como los de otras localidades, pero los arcos de Quinto tienen un sabor humilde y austero, propio de las gentes de la zona, acostumbradas a luchar contra la inclemente naturaleza y su poca dadivosidad.
Pero la joya más preciada del municipio, que seguro valorará el viajero con la misma intensidad que los propios quintanos, es el conocido como "Piquete". Se trata de un templo mudéjar situado en lo alto de la localidad, cuya silueta conforma su paisaje más característico. La iglesia de la Asunción (ese fue su verdadero nombre) sufrió graves destrozos durante la Guerra Civil, pero hoy todavía conserva una abigarrada decoración mudéjar, formada por amplios paños de "sebka", en la antigua torre de planta cuadrada.
Quinto recibe al visitante con el rumor de los viejos muros, que entrañan miles de historias que se intuyen claramente y demuestran la riqueza de su patrimonio a pesar del abandono y de la dejadez de aquellos que han permitido y consentido la perdida irreversible de los Baños de Quinto que fueron referente internacional en el siglo XIX, el total abandono del palacio renacentista conocido como "la casa del cura" o las continuas agresiones de las que han sido y son objeto el "Piquete" (hoy restaurado en su exterior) y los Arcos de Quinto.
Pasear por sus aceras es acercarse un poco más, de manera más fértil, a los orígenes que Quinto comparte con otras muchas localidades, entre ellas Salduie, que tras otros nombres es hoy Zaragoza.

El gobierno central ha presentado esta semana un Plan de Actuación Específico para la provincia de Teruel. La idea es buena e incluso loable. Lo que ocurre es que estos 19 millones de euros para proyectos empresariales no vayan a parar adonde todos quisiéramos y se concentren en pocas poblaciones, especialmente en Andorra y en Utrillas. Es verdad que las infraestructuras ya están preparadas, es verdad que el proceso ya está en marcha, es verdad que ya tienen una cierta tradición industrial. Lo que ocurre, sin embargo, es que la tarta siempre se la reparten entre unos pocos. Y la verdad es que no hay demasido que repartir.
He leído con detención la noticia, he comprobado los proyectos y las adjudicaciones y me ha quedado un sabor agridulce. No sé cuál puede ser la causa: si la ausencia de propuestas, la escasez de población o las deficientes comunicaciones. El caso es que - con excepción de Villarroya de los Pinares y la citada Utrillas - las comarcas del Maestrazgo y las Cuencas Mineras se quedan prácticamente como estaban: huérfanas de proyectos industriales. Es cierto que el plan habla de reindustrialización, es decir, de una acción sobre algo que ya funciona de antemano. Y esto es como el pez que se muerde la cola: las zonas con una pequeña industria se verán revitalizadas - Alcorisa, Andorra, Cedrillas, Mora de Rubielos - y las demás (la inmensa mayoría) seguirán unos años más en el olvido. Al menos en lo que a infraestructuras industriales se refiere. Aliaga, en concreto, no figura en esta relación. No sé cuál será la causa. Inquietudes creo que no faltan. Pero, si se sigue esperando, tal vez sea demasiado tarde.
Mientras tanto, se habla de turismo, de restauración de rehabilitación de edificios antiguos o de adecentamiento de monumentos históricos. Sin embargo, quizás sean insuficientes estas actuaciones para fijar la población o para crear nuevos empleos. La industria es, sin embargo, el complemento ideal para el turismo y los servicios. Porque sin un mínimo tejido industrial, desaparecen los comercios, se cierran las entidades bancarias, se clausuran las escuelas y los pueblos de convierten en un atractivo turístico sólo para los cortos meses de verano. Y en un oasis para los jubilados. Esa es la realidad. No deja de alegrarnos, de todos modos, la rehabilitación del antiguo horno de pan de la Cañada de Benatanduz. Pero nos gustaría que fuera el indicio de la recuperación de una de las comarcas turolenses más castigadas por la emigración durante las décadas de los sesenta y de los setenta. El reto es difícil. Y va mucho más allá de un plan de reindustrialización que no le vendrá mal a la provincia.

Hoy he tenido la oportunidad de visitar Villanueva de Gállego y de comprobar in situ cómo ha evolucionado esta pequeña localidad en las últimas dos décadas. Es un pueblo de contrastes, en continuo crecimiento. La parte antigua y más pintoresca queda cada día más desdibujada por la cantidad de adosados que la convierten en ciudad dormitorio de la cada vez más cercana Zaragoza. Su población se incrementa día tras día, tal vez con demasiada rapidez. Y es que muy pocos conocen el auténtico pueblo, que fue barrio de Zaragoza en el siglo XIX y que en 1848 vio nacer a uno de los mejores pintores aragoneses de la época: don Francisco Pradilla. He recorrido las calles de Villanueva, el entorno del Sella (algunos sólo conocen la población gracias al complejo hotelero) y me he acercado luego a la recién inaugurada Universidad de San Jorge. Me ha recibido un golpe frío de cierzo y desde su vestíbulo he contemplado los campos que todavía se cultivan, las ovejas pastando en busca del sol otoñal y el trazado del AVE, como un intruso en la apacible ribera del Ebro.
El campus de San Jorge empieza con vocación de futuro e intenta cubrir aquellas demandas académicas que no oferta, de momento, la universidad pública. El interior es todo blanco, luminoso, casi inmaculado, tal vez algo aséptico. Amabilidad por doquier y luminosidad a raudales. Calidad como objetivo y estrategias creativas. Los accesos todavía no están acabados y las obras de los polígonos industriales entorpecen la llegada al recinto. Buenas instalaciones deportivas y, tal vez, demasiado cemento y poco arbolado. Pero todavía es pronto para juzgar a una entidad que acaba de nacer. Hay que dar tiempo al tiempo. De momento, me he quedado sorprendido por su ubicación. El rigor de los inviernos y de los veranos del valle del Ebro se dejará notar. Pero aún hay proyectos pendientes. Todo se andará. De momento, los futuros periodistas no tendrán que estudiar en Madrid o en otras provincias. A no ser que apuesten por la universidad pública. Todo es cuestión de gustos, intereses y maneras de pensar.

En estos tiempos de progreso, de prisas, de estrés, de innovaciones tecnológicas y mejoras a golpe de talonario, en estos tiempos de contrastes, de desigualdades y de sonrojantes diferencias en todos los ámbitos, he aprovechado para reflexionar - al hilo del programa de anoche en Antena 3 "360 grados" - sobre la España rural, sobre el Aragón rural, sobre el Teruel rural. Porque, aunque el AVE no es la panacea ni unas buenas comunicaciones lo solucionan todo, la soledad en que se quedan nuestros pueblos desde noviembre hasta bien entrada la primavera obedece, en cierto modo, a las deficientes comunicaciones. Porque las autovías llevan consigo mejoras en todos los aspectos de la vida. Y si no, que se lo pregunten a los que se han visto favorecidos por ellas. De todos modos, la paradoja continúa. Pues las comunicaciones también sirven para que a los pueblos se viaje en el día desde la capital y, por lo tanto, no consigan una vida propia. En los pequeños núcleos rurales de la España interior unamuniana sólo quedan los mayores y unos pocos más. Allí encuentran lo que falta en las grandes urbes: tranquilidad, sosiego y calidad de vida. Pero la cruda realidad es que el que se va del pueblo difícilmente vuelve a él. Es casi siempre un viaje sin retorno.
Voy a plasmar un poema de mi amigo Fernando Ainsa, que en su obra Aprendizajes tardíos reflexiona con un tono distante e irónico sobre el dilatado período invernal en un pueblo de Teruel, alejado de AVES y de autovías.
EN ESTE PUEBLO
En este pueblo
- dicen los mayores -
se llega a viejo
subiendo cuestas empinadas
y comiendo acelgas todo el año.
Siguiendo el consejo
emprendes airoso el ascenso
pero dejas el resuello
entre la panadería cerrada para siempre
y la plaza de la iglesia de la que parten
- con un adiós definitivo -
los que van al camposanto.
Tal vez
- te dices a modo de consuelo-
la decisión de pasar aquí inviernos solitarios
sospechar murmullos en el corazón de la noche
leer tantos libros postergados
recoger las hojas secas
(que todavía no se ha llevado el viento)
la has tomado demasiado tarde,
cuando ya estabas cansado.

La comarca Gúdar-Javalambre es una de las más atractivas de la provincia de Teruel desde el punto de vista paisajístico. Uno de los pueblos más pintorescos de esta comarca es Gúdar, situado a casi 1600 metros de altitud y asentado sobre una eminencia rocosa que lo convierte en un lugar atractivo para el visitante que se acerca desde la vecina localidad de Allepuz.
Esta mañana me he acercado desde Aliaga a las inmediaciones de este pueblo para disfrutar del paisaje que rodea al cauce el casi recién nacido río Alfambra. El verdor de sus pinares, el amarillo de los chopos que flanquean el cauce el río y el gris otoñal de las rocas contrastan con el tono blanco de las fachadas y el color rojizo de los tejados de un pueblo acogedor y hospitalario. Aunque ha disminuido notablemente su población a lo largo del siglo XX - llegó a tener casi 600 habitantes en 1900 y ahora ni siquiera alcanza los 100 - la actividad ganadera y agrícola se ve complementada con el auge del turismo durante todo el año, especialmente en verano y en invierno, cuando la nieve invita a acercarse a la vecina estación de Valdelinares.
Lo que más llama la atención antes de llegar a Gúdar desde Allepuz es el lamentable estado de la carretera que pide una urgente remodelación. Aunque el tráfico es escaso, después de cada curva puedes encontrarte con un turismo o un camión en sentido contrario y puedes tener problemas si no te conoces bien el trazado. De todos modos, el paisaje que se contempla a ambos lados de la ruta, invita a conducir con parsimonia y a disfrutar de los colores del otoño, tan efímeros como inesperados. Cualquier recodo del camino invita a dejar el coche y caminar por las diversas sendas que conducen a fuentes, merenderos o a alguna de las masadas que aún continúan habitadas. La subida a Gúdar es más exigente. La empinada cuesta es un reto para los buenos ciclistas y los animosos escaladores. Los dos kilómetros de carretera desde el cruce hasta el pueblo están más arreglados y uno no puede evitar acercarse al centro de la población que se convierte en improvisado mirador hacia esta parte privilegiada de la sierra turolense. Gúdar es como el portal de esta comarca que se extiende hasta la provincia de Castellón y que nos reserva sorpresas inesperadas. Su capital, Mora de Rubielos, destaca por su arquitectura y es también un enclave privilegiado. Aunque es Rubielos de Mora la que atesora más historia, más tradición y más riqueza arquitectónica.

Cae la noche sobre Aliaga. Un dulce crepúsculo comienza a envolver paulatinamente este pintoresco valle, surcado por el inquieto Guadalope. Se acerca el final de tres días intensos de fiesta, de celebración, de diversión para todos. Si ayer fue el día dedicado a la patrona, la Virgen de la Zarza, hoy ha sido el día de la comida de hermandad y del toro ensogado por las calles de la localidad.
El toro ensogado va ganando enteros año tras año. Tal vez sea uno de los mejores aciertos de las últimas comisiones. Las calle mayor se engalana, la gente se agolpa en los balcones o en la barbacana. Y los más audaces corren calle arriba o calle abajo buscando la mejor perspectiva, el mejor quiebro o incluso el mejor pase. Si anoche estaba la plaza de la Iglesia abarrotada para contemplar el segundo toro embolado, hoy la calle principal se ha llenado de colorido, de alegría, de euforia y de algún pequeño sobresalto.
Esta noche a las doce, una potente traca surcará la calle mayor de Aliaga. Y luego, los que aún pueden permitirse algún día más de vacaciones, entonarán el pobre de mí, ese canto nostálgico que tiene año tras año un sabor agridulce. Mientras tanto, las peñas - que son un motor importante de las fiestas - preparan las últimas cenas, los últimos encuentros. Y una noche dulce, más veraniega que la mayoría del pasado agosto, caerá como un oscuro telón sobre este valle, mientras resuenan los sonidos alegres de la orquesta Caramelo y, entre lágrimas de alegría o de tristeza, la mayoría comienza a soñar en el próximo verano, en las próximas fiestas. Aunque todavía queda por delante la retirada del mayo que se plantó en San Juan. Otro motivo de reencuentro para el próximo fin de semana.

Cuando me dirijo a Aliaga, o incluso a Teruel o a tierras valencianas, paso por la carretera comarcal que deja a la derecha el viejo Belchite, contemplo la torre de la iglesia semiderruida y apuntalada y no puedo evitar un recuerdo agridulce hacia las más de tres mil personas que perdieron la vida en el verano de 1937, durante la ofensiva republicana y seis meses después, durante la toma del pueblo por el bando franquista.
Precisamente esta semana se cumplen setenta años de la sangrienta batalla y el Gobierno de Aragón, junto con el ayuntamiento de la localidad zaragozana, quiere recordar esos días para que la memoria nos impulse a no repetir hechos tan lamentables. Es verdad que la memoria es ingrata, que la memoria es amarga, que la memoria es traicionera. Pero el viejo Belchite merece no sólo este fugaz recuerdo, mecere además que los casi derruidos edificios se rehabiliten o se derriben, si están muy deteriorados. Y que se pueda transitar por sus antiguas calles sin correr riesgos innecesarios. Y que las nuevas generaciones aprendan de los desastres de la incivil guerra.

Mientras los ecos del verano se van apagando poco a poco, numerosos pueblos de Aragón mantienen aún la antorcha encendida de los festejos populares y tradicionales. Uno de estos lugares es Aliaga, encantador enclave de la provincia de Teruel. Desde hace muchos años, las fiestas de septiembre en honor de la Virgen de la Zarza concitan a los vecinos y atraen a numerosos visitantes.
Los que, debido a nuestras obligaciones laborales, vivimos estos días en la distancia, recordamos las fiestas de nuestro pueblo, especialmente de aquellos años de nuestra infancia, que han quedado grabados para siempre en el disco duro de nuestra memoria. Uno recuerda los peligrosos y bravos toros, las divertidas vaquillas, el baile en la puerta de los bares o en el Bote. Uno recuerda los fuegos artificiales después de la Ofrenda de Flores a la Virgen de la Zarza y los pasacalles por la banda Esparell y tantos y tantos momentos de diversión. Se trataba de romper la rutina cotidiana y de llenar la calle de alegría y reencuentros.
Esta tarde a las siete, volverá a oírse el pregón desde el balcón del ayuntamiento. Las peñas acompañarán a la charanga por las calles del pueblo y las jotas de ronda resonarán en los portales casi a la medianoche. El recuerdo de los que amamos este pueblo volará hacia esos lugares que nos vieron crecer. E intentaremos unirnos a la fiesta durante el fin de semana. Aunque sólo sean dos días. El ambicioso programa presenta actos para todas las edades y gustos. Así que a divertirse toca, que el verano se esfuma y el invierno se eterniza en esos valles.

Hace unos años, cuando uno era más joven y estaba en mejor forma física, realizábamos la ruta en bicicleta desde Aliaga hasta Cedrillas. La ida era bastante exigente, pero el regreso compensaba todo el esfuerzo inicial. Este pueblo de la sierra de Teruel siempre ha tenido gran tradición agrícola y ganadera. Las ferias de abril y de octubre eran famosas más allá de Aragón. Ahora sólo queda la segunda, que no tiene el eco de los años sesenta, por motivos obvios.
La semana pasada nos acercamos a Cedrillas a realizar unas compras. Hace bastante que no visitaba el pueblo y me sorprendió su dinamismo, los diversos establecimientos comerciales y las ganas de agradar a los turistas y visitantes. La población de Cedrillas se ha mantenido en las últimas dos décadas. Hay una leve tendencia a recuperarse, pero la dureza del clima y del terreno - está a más de 1300 metros de altitud- alejan a muchas personas durante los crudos meses del invierno. De todos modos, Cedrillas sigue explotando sus recursos. Un paseo entre pinos hasta el nacimiento del río Mijares bien merece una excursión, aunque no sea en bicicleta.

Castellote es un pueblo de casi ochocientos habitantes, que está situado en el límite de las comarcas del Maestrazgo y del Bajo Aragón. Su clima es bastante más agradable que en los cercanos pueblos de la sierra. Su historia está cargada de acontecimientos trágicos y de importantes efemérides. Su entorno natural es envidiable y su gastronomía es famosa más allá de la comarca.
Ayer nos acercamos a este encantador lugar del Maestrazgo turolense, que se adivina desde un túnel y se asienta a los pies de una enriscada montaña coronada por un histórico castillo. Castellote está creciendo y cada vez se abre con más generosidad al turismo. Hasta allí llega el parque Dinópolis y sus servicios son tan completos, que cuenta incluso con una nueva y flamante plaza de toros. Desde el mirador se divisa una comarca agreste, sublime, original. Sus numerosos barrios rurales complementan un centro urbano que está empezando a crecer. Al mediodía, comimos en el Hostal Castellote, que con tanto acierto dirige Mariano Lecha. El trato fue exquisito y la cocina muy cuidada. Lástima que la estancia fuera tan breve. Eso sí, volveremos en otra ocasión para conocer más este entorno maravilloso y poco conocido.

Cada verano realizamos una ruta en coche por algunos de los lugares más pintorescos de la provincia de Teruel. Hoy hemos elegido la ruta que conduce al Bajo Aragón y hemos aprovechado para visitar un pueblo con historia, con arte, con gastronomía y con un extraordinario entorno natural. Es el pequeño núcleo rural de Cuevas de Cañart, esa joya olvidada, uno de los cuarenta y tres pueblos del Parque Cultural del Maestrazgo Turolense. Desde Aliaga se llega en poco más de una hora por la carretera de Ejulve, la Venta de la Pintada y Molinos. La carretera está en general en buen estado y la ruta se hace amena gracias al paisaje agreste de esta comarca.
Cuevas de Cañart es un lugar para los amantes de la tranquilidad y de una naturaleza salvaje, casi incontaminada. Cada rincón de sus calles nos evoca su pasado templario. Sus silencios guardan la memoria de un pueblo que ha conservado intacta su alma medieval. Hemos aparcado en la plaza que evoca siglos pasados con los palacios de Don Iñigo de Aragón - rehabilitado en un gran hotel - y Moliner. La iglesia parroquial barroca es impresionante. Hay que recordar que Cuevas de Cañart llegó a tener ochocientos habitantes en sus mejores tiempos. En el casco urbano destaca un magnífico horno medieval y numerosos arcos apuntados. Ya en las afueras, llaman la atención las cuevas excavadas en la montaña - posible origen del nombre del pueblo - su intacto lavadero y el derruido y abandonado convento de los monjes servitas, ejemplo de barroco tardío con decoraciones tipo rococó.
De todos modos, la sensación que recibe el visitante al abandonar este tranquilo rincón del Maestrazgo es que tuvo una época de auge que difícilmente se va a recuperar. Hay intentos e iniciativas privadas , como el hotel de Don Iñigo de Aragón, pero el peso de la decrepitud y el abandono de muchas casas deja un poso agridulce. El esfuerzo por atraer un turismo de calidad puede ser el inicio de la recuperación de este pueblo. Sin embargo, Cuevas de Cañart merece no sólo una visita sino un impulso desde todos los estamentos.

Nunca he estado en esta pequeña población de mi comarca, de la comarca turolense de las Cuencas Mineras. Tenía pensado recorrer la ruta cultural y paisajística del Río Martín el verano pasado pero, a última hora, tuve que posponer la visita. Cuando me acerque a conocer este pueblo - que en 1900 llegó a tener más de mil habitantes y ahora ronda la cicuentena - no sé si encontraré el mismo valle que muestran las imágenes de una de sus páginas de internet. Espero que la huella del reciente incendio vaya quedando poco a poco olvidada. Aunque me temo que tendrán que pasar unos años - o quizás décadas - para que Obón vuelva a ser un enclave pintoresco entre los ríos Aguas y Moyuela y un lugar digno de ser visitado y fotografiado.
Me entero por la Gran Enciclopedia Aragonesa que muy cerca de Obón se localiza un espléndido conjunto de pinturas rupestres. Destacan especialmente los yacimientos levantinos del Hocino de Chornas y El Cerro. Espero que estos restos arqueológicos no hayan sido dañados por las llamas y por el humo. En principio, me consta que no. Obón, de todos modos, bien merece una visita. Las comunicaciones no son las más idóneas, pero este rincón oculto de la provincia de Teruel mantiene su propia entidad, a pesar de estar un poco a la sombra de la cercana Montalbán.

Nuevamente, en esta espléndida y apacible tarde de la víspera de San Juan, dos toros ensogados han recorrido varias veces la calle Mayor de Aliaga. Ha sido un día intenso, con actos festivos para todos los gustos. Entre ellos hay que destacar el tradicional concurso de guiñote en los porches de la localidad y el toro de fuego o toro embolado, que resultó todo un espectáculo en la noche del viernes y que volverá hoy de nuevo a la plaza de la Iglesia.
La localidad de Aliaga recupera así un poco el ritmo y se llena de visitantes que acuden a conocer este entorno paisajístico privilegiado o a saludar a los amigos y familiares. Esta misma noche se plantará el mayo. Hace unos veinte años lo hacían los jóvenes que entraban en quintas. Hoy lo van a levantar los más jóvenes y fornidos. Permanecerá en una de las plazas del pueblo hasta que finalicen las fiestas de septiembre.
Todos los que apreciamos este pueblo nos acercamos en estas fechas tan señaladas a compartir unas horas con los amigos, vecinos o familiares. El excelente clima de esta comarca nos está acompañando y se rompe por momentos la tranquilidad cotidiana para dar paso al bullicio, el jolgorio y la celebración. Es la mejor manera de desconectar del ajetreo y la rutina de la gran ciudad. Y, además, se inician los mejores meses para esta villa. Los reclamos paisajísticos son evidentes. Lo demás, el propio visitante lo podrá comprobar.

Nos llegan buenas noticias de Aliaga: las cenizas de la gigantesca escombrera de la central térmica - cerrada en 1982 - serán retiradas y las toneladas de estos residuos contaminantes se aprovecharán como material de construcción para una cementera que se va a instalar en el cercano municipio de Andorra. Es una buena noticia para los vecinos de la localidad, especialmente para los que residen o veranean en La Aldehuela, y también para todos los amantes del este singular paisaje, del cada vez más amenazado cauce del Guadalope y de los que visitan este enclave pintoresco.
Es de esperar que se produzcan actuaciones similares para aprovechar este paraje, cada vez más degradado. El embalse va perdiendo cada vez su fisonomía habitual, el edificio de la antigua térmica semeja un esqueleto grotesco y los alrededores del pantano están sembrados de chatarra, cemento y residuos peligrosos. Al parecer, las autoridades autonómicas y municipales están por la labor. Y eso es bueno para el pueblo, para la comarca de las Cuencas Mineras y para la Provincia de Teruel.
Ha habido otras actuaciones similares en Utrillas y Escucha. Y han dado buen resultado. La lástima es que, en el caso de Aliaga, estas cenizas no se aprovechen para construir alguna industria en la localidad o supongan alguna contrapartida beneficiosa para el municipio. De momento, hay que ser cauto y pensar que La Aldehuela se puede recuperar para uso turístico y recreativo. Sería interesante que algún empresario se implicara en el proyecto. Al parecer, ya ha habido intentos. Pero no han acabado de cuajar. De momento, esta actuación es un pequeño paso hacia adelante.

En Fortanete, un pequeño y pintoresco pueblo de la provincia de Teruel enclavado en la zona oriental de la sierra de Gúdar en el Alto Maestrazgo turolense, se está llevando a cabo un ambicioso proyecto para incorporar a los jóvenes - sobre todo a las mujeres - al sector agroalimentario. Por eso, se ha creado una Escuela de Pastores y Pastoras. Este proyecto, impulsado por Savia Femenina, está dando sus primeros frutos. Precisamente durante estos últimos días de la primavera se está impartiendo un curso para la elaboración de quesos de manera artesanal. Todo un logro de los organizadores y de los alumnos y alumnas, que manifiestan esta inquietud por aprender y formarse en un campo tradicionalmente autodidacta.
Siempre he sentido admiración por los pastores. Admiro su soledad, su vida aparentemente monótona, sus horarios interminables, su espíritu aventurero... Me alegra, por tanto, que se asocien, que se unan, que intercambien experiencias y que intenten eliminar tópicos que no encajan en la sociedad actual. Hay que reconocer que en determinadas zonas de Aragón es uno de los pocos medios de vida que podrían perdurar. Aunque la figura del pastor solitario, en la falda de un monte o en el ribazo de un bancal, vaya poco a poco desapareciendo del paisaje rural aragonés. En Fortanete son pioneros en esta inquietud. A ver si se hace extensiva esta preocupación a otras comarcas de Zaragoza, Huesca y Teruel.

Me llegan de Aliaga noticias esperanzadoras, al menos en lo que al medio ambiente se refiere y en algo más importante todavía: la creación de puestos de trabajo. Es una labor lenta pero constante la que están realizando los ediles del ayuntamiento. Miran hacia el futuro e intentan ser realistas. Y quieren que el fracaso de la soñada piscifactoría de truchas sea en un futuro una realidad: piscifactoría de esturión. E intentan romper todas las trabas para que las 30 toneladas diarias de gas licuado para la planta de cogeneración no pasen por medio del pueblo, sino que lleguen a través de un ramal del gasoducto de las Cuencas Mineras. Pero la mayor novedad está en la instalación de una planta de recuperación de CO2 junto a la planta de cogeneración. Todo ello a cargo de la empresa Carboneco Aliaga. Esta planta convertirá las emisiones de CO2 en anhídrido carbónico para venderlo a las empresas de bebidas gaseosas.
El plan parece pionero. Y realista. Aunque sólo creará 4 ó 5 puestos de trabajo, no deja de ser un impulso más a esta zona cada vez más despoblada. Faltan trámites, permisos... Y pueden presentarse algunos riesgos para la fauna autóctona del río Guadalope. Me imagino se estudiarán todos estos posibles impactos ambientales. El progreso conlleva estos riesgos, pero lo importante es no cruzarse de brazos y potenciar la industria. Turismo e industria pueden ir de la mano en una zona donde la agricultura ha quedado reducida a la más mínima expresión. El terreno y el clima no son favorables. De todos modos, bienvenidos sean los proyectos de futuro en la comarca turolense de las Cuencas Mineras.

No pude ver el documental del martes en Televisión Española sobre la despoblación definitiva del pueblo oscense de Ainielle. Pero conozco la historia de esta aldea abandonada y disfruté con la lectura de la excelente novela del escritor leonés La lluvia amarilla, inspirada en el abandono de este núcleo rural del Pirineo por su último habitante en 1970.
Ainielle es, desde entonces, el símbolo de la despoblación y de la pérdida de identidad. No sé si tendrá la suerte de otros núcleos rurales aragoneses que se están recuperando gracias a la iniciativa de algunas asociaciones o de algunos particulares. Lamentablemente, hay muchos pueblos que siguen el camino de Ainielle. Un camino irreversible en la mayoría de los casos. La maleza, las zarzas, los animales salvajes se adueñarán en pocos años de lo que fueron casas solariegas, escuelas unitarias, molinos harineros o talleres artesanales. Los campos hace tiempo que se han quedado yermos y el paisaje se torna hosco y lleno de fragosidades.
Como contraste casi brutal, la gente se arracima - incluso a veces se hacina - en las grandes urbes. Se busca la cultura, el ocio, buenos servicios médicos, grandes comercios, mejor educación. Pero nos alejamos de la naturaleza, del paisaje plácido, de las noches estrelladas, del murmullo de los torrentes, del rumor del viento. La memoria se transformará en olvido. Sólo quedarán algunas novelas que nos den fe de un pasado cada vez más remoto y algún documental como el de Reyes Ramos y Miguel Ángel Viñas que nos devuelvan a ese pasado. Lo contemplaremos con una cierta estupefacción, entre la nostalgia y el olvido.

Anento es un pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza, situado casi en el límite con la provincia de Teruel. Su población es reducida y ha sufrido en las últimas décadas la casi masiva emigración de otros pequeños núcleos rurales de esta comarca de Daroca. Pero no todo son malas noticias. Sus habitantes tienen esperanza en la futura autovía mudéjar, que pasará muy cerca del pueblo. Además, Anento dispone de especiales recursos naturales - en su término se encuentra el manantial natural Aguallueve - y su paisaje es muy pintoresco.
Por eso, el ayuntamiento de Anento ha decidido adecuar el horno tradicional y transformarlo en dos servicios turísticos básicos: una cafetería y un restaurante. Todo ello está incluido en el Plan de Dinamización Turística de la comarca del Campo de Daroca. Es una iniciativa digna de elogio y un reclamo para los posibles visitantes. Además, la ruta turística puede incluir la ruta de los castillos, la cercana ciudad medieval de Daroca o la laguna de Gallocanta. No hay que olvidar tampoco los recorridos a pie por sendas naturales y la visita a la iglesia de San Blas, del siglo XIII, con uno de los retablos góticos más antiguos de Aragón.

Aunque parezca un poco tarde, aunque se considere una tarea inútil, aunque se les tache de nostálgicos, unos vecinos de Cerveruela - pequeño núcleo rural de la comarca zaragozana de Daroca - presentan esta tarde en Zaragoza un documental sobre una actividad de los años cincuenta, que ayudaba vivir a los habitantes de este pueblo aragonés, hoy casi deshabitado. "El desarrollismo de los años 60 se llevó todo - comenta uno de los protagonistas del documental -. Hoy el pueblo está muy despoblado, y sólo recobra algo de vida durante el verano y en los fines de semana".
No sé si el nuevo y polémico trazado de la autovía mudéjar Calamocha-Romanos dará algo de vida a Cerveruela y a otros pueblos de la comarca de Daroca - Romanos, Fombuena, Villadoz... -, una de las más deprimidas de la provincia de Zaragoza. Al parecer, la pérdida de población es casi irreversible. Ahora la preocupación de los pocos habitantes es de tipo ecológico y cultural. Les preocupa la destrucción del paisaje, la alteración de la calidad ambiental y la posible desaparición de algunos peirones.
En definitiva, este documental quiere ser una reflexión sobre la desintegración cultural de tantos pueblos de Aragón y de España, que parecen morirse sin remedio.

Hay bastante animación en los pueblos durante este largo puente del Primero de Mayo. Aunque no están acompañando las condiciones climatológicas, la gente viaja, se desplaza y, si puede, huye de la capital. Como tampoco son días muy propicios para disfrutar de las playas - ya llegará el verano - y se ha terminado la temporada de esquí, los que tienen una casa en los pueblos de la sierra turolense aprovechan para reunirse con las familias y para realizar pequeñas reformas en sus casas de cara al próximo verano.
Estas reformas pueden ser de muchos tipos. No es lo mismo una restauración que una rehabilitación. No es lo mismo reformar respetando la estructura original que hacerlo sin dejar huella de lo antiguo o tradicional. De todos modos, el progreso exige que la segunda residencia sea cada vez más confortable. Ello supone, con frecuencia, la desaparición de algunas dependencias que han dejado de tener un uso práctico y que sólo son huellas sentimentales del pasado. Podemos comprobar que, poco a poco, han ido desapareciendo los clásicos solanares, las tradicionales falsas o los casi imprescindibles graneros. En su lugar se han construido cómodos áticos, originales salas de estar o modernos miradores. Se gana en comodidad, pero se pierde en tradición y en romanticismo. Muchas casas ya no son lo que eran, aunque siempre quedan algunas mansiones solariegas que, después de una meticulosa restauración, mantienen sus dependencias originales y constituyen un orgullo para sus dueños. La villa turolense de Rubielos de Mora es un ejemplo de ello. Hay casas de más de cien años perfectamente conservadas y dignas de admiración. El turista lo agradece y la población puede presentarlas como reclamo para los visitantes. Para ello se necesita lógicamente un gran presupuesto y quizás alguna ayuda oficial. Pero, al fin y al cabo, se logra lo que se pretende: compaginar lo tradicional con lo moderno, la historia con el progreso.

La próxima inauguración de un albergue juvenil es una buena noticia para la comarca de las Cuencas Mineras y, especialmente, para la localidad turolense de Aliaga. Gracias al proyecto Ítaca y al Plan Miner, se va a lograr culminar la restauración y rehabilitación de la antigua fonda para trabajadores de las minas y de la central térmica, situada en el barrio Santa Bárbara de esta pintoresco pueblo. Hace ya algunas décadas, esta fonda se aprovechaba durante los veranos como albergue para los hijos de empleados de Eléctricas, que se desplazaban a disfrutar de unos días de vacaciones, aprovechando el excelente clima de esta zona.
El albergue dispondrá de 72 plazas, distribuidas en habitaciones para dos o cuatro personas. Ofrecerá, además, todas las instalaciones propias para que los jóvenes ocupen adecuadamente sus ratos de ocio. En principio, el albergue estará a disposición de grupos de estudiantes europeos - sobre todo holandeses - que se desplazan a Aliaga año tras año para completar sus estudios de geología. Hay que recordar que en Aliaga está situado uno de los mejores Parques Geológicos de Europa con un moderno Centro de Interpretación y con rutas diseñadas para observaciones y análisis de tipo geológico. Hasta ahora, estos jóvenes estudiantes se alojaban en el cámping de la localidad, pero las condiciones meteorológicas y las limitaciones del lugar no bastaban para cubrir todas sus necesidades.
Es un buen impulso para el turismo y para la regeneración de esta zona de Teruel. Y, al parecer, no va a ser el único ni el último. Todo puede redundar en la recuperación de una comarca cada vez más despoblada, especialmente en los meses de invierno.

El consejero de industria del Gobierno de Aragón, Arturo Aliaga, se desplazó ayer hasta el puerto turolense de San Just para inaugurar, muy cerca de Valdeconejos, el tercer parque eólico de Teruel. A falta de árboles, a falta de cultivos, a falta de habitantes, nuestras autoridades están buscando con la mejor voluntad del mundo nuevas alternativas para - según dicen - "asentar la población" y, si es posible, crear algún puesto de trabajo.
Pero Valdeconejos no avanza. Valdeconejos ha sufrido la sangría de tantos núcleos rurales turolenses y de los más de cien habitantes que tenía en 1980 ha pasado a los veintitantos a principios del siglo XXI. Ahora ni siquiera aparecen las estadísticas de población, porque desde hace unos años, este pequeño pueblo ha pasado a depender administrativamente del municipio y del ayuntamiento de Escucha con las consiguientes ventajas y los numerosos inconvenientes.
Siempre me ha llamado la atención el topónimo Valdeconejos. Es probable tenga relación con "valle de los conejos". Don Antonio Beltrán nos daría una explicación fiable. Conozco esta localidad por ser una de mis etapas en mis rutas ciclistas veraniegas y porque tuve allí una efímera amistad. Todavía recuerdo que se cultivaban campos de cereal y se cosechaba al modo tradicional. En Santa Águeda - con el frío de febrero - se celebran las fiestas patronales. Ahora los vecinos se reúnen en julio y agosto. La mayoría están en Valencia, Barcelona y Zaragoza. Pero tienen un foro muy activo como medio de comunicación y vehículo de inquietudes. Precisamente en este foro algunos vecinos de Valdeconejos muestran su escepticismo ante las instalación de estos 38 aerogeneradores que pueden abastecer de energía doméstica a media provincia de Teruel.
La silueta de Valdeconejos cambiará notablemente. Pero la soledad seguirá reinando en este valle. Su tranquilidad se verá alterada de vez en cuando por estos modernos molinos de viento, símbolo del progreso y de la deshumanización.

Hasta ayer, este pequeño pueblo de la provincia de Teruel era casi desconocido para la mayoría de los españoles e incluso para gran parte de los aragoneses. Pero, una vez más, tiene que ser la tragedia la que ponga a Torrecilla de Alcañiz en primer plano de la actualidad autonómica y nacional. La situación es similar a la del pequeño pueblo oscense de Fanlo. También fue un hecho trágico - muy distinto del actual - el que nos movió a consultar el mapa y a ubicar adecuadamente ese núcleo rural.
Me gustaría conocer Torrecilla de Alcañiz por otros motivos. Estuve fugazmente en los años sesenta, acompañando a Fanlo y Alquézar, dos de mis compañeros de estudios en Llinás del Vallés. Pero no tuve tiempo de visitar el pueblo. La trágica muerte de tres bebés me ha devuelto a la memoria un pueblo llano, cercano al río Mezquín y rodeado de amenas colinas.
De todos modos, preferiría seguir recordando a Torrecilla de Alcañiz como el lugar de origen de José Pardo Sastrón, famoso botánico aragonés del siglo XIX y como un pueblo tranquilo, hospitalario y celoso de sus costumbres y tradiciones.