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Llevo cuatro días en la ciudad de Ávila y cada mañana descubro un nuevo secreto de esta ciudad preñada de arte e historia. Los vencejos revolotean por el recinto amurallado con las primeras luces del alba. El aire que nos llega desde la sierra de Gredos nos obliga a llevar ropa de abrigo. La panorámica que se divisa desde la capital de provincia más alta de España es pintoresca y digna de ser llevada al lienzo.
Pero Ávila es mucho más que eso. Es la tierra de Santa Teresa de Jesús. Todo en ella respira religiosidad. La Santa carmelita es un reclamo seguro para turistas y visitantes. Los que no conocíamos esta ciudad, quedamos admirados por su casco antiguo, guardado como una joya dentro de un cofre de piedra. Una piedra gris austera, berroqueña. Esta ciudad castellana es una tierra de cantos y de santos. De cantos rodados, de piedra casi milenaria. Sus calles aguardan al visitante con un silencio casi conventual. Porque Ávila está sembrada de iglesias y conventos. De palacios y casas solariegas. Sus campanas se disputan el tintineo pausado y solemne. Sus campanarios apuntan hacia el cielo de un modo austero, casi insolente.
Pasear por el casco antiguo de Ávila al caer de la tarde es sumergirte en un ambiente muy distinto al de las grandes ciudades. Es un trueque del estrés por la tranquilidad, del ritmo acelerado por el andar pausado, del entorno de cemento y asfalto por el de piedra y ladrillo. Antes de que caiga la noche, me asomo por última vez por encima del recinto amurallado. Un color verdeamarillo esmalta el paisaje. A lo lejos, se divisan caminos que se entrecruzan como en la Edad Media o en el siglo XVI. Por ellos transitó durante ese siglo una mujer decidida, trabajadora, inteligente, adelantada a su tiempo: Santa Teresa de Jesús. Ella es el alma de Ávila, la santa por antonomasia, la patrona de la ciudad.

Como han escrito recientemente Günter Grass y Umberto Eco, los países tradicionalmente civilizados han iniciado en los últimos años un camino descendente en casi todos los ámbitos de la economía y de la sociedad. Parece que el progreso - ese engañoso espejismo - está mostrando cada vez más su cara más oculta y se encamina paulatinamente hacia un periodo de vacas flacas casi impredecible.
Utilizando la metáfora de estos pensadores, el mundo camina a paso de cangrejo, es decir, hacia atrás. Hay numerosos acontecimientos que nos permiten apoyar esta afirmación. El último de ellos es la polémica propuesta de algunos países de la Unión Europea de aumentar la semana laboral hasta 65 horas. El día que me enteré de la noticia, no me lo podía creer. La interpreté, al principio, como una broma de mal gusto. Pero, al parecer, va en serio. Y, si no hay una oposición unánime de sindicatos y representantes sociales, todo puede llegar.
No sé a quién se le habrá ocurrido tan luminosa idea. ¿Creen que va a ser la mejor manera de afrontar la crisis o el principio de recesión? Hay otras muchas. Y más eficaces. De todos modos, la polémica está ya en la calle y en los medios de comunicación. Y va a dar mucho que hablar. Menos mal que la mayoría de los ciudadanos de a pie no están por la labor. Se mueven, afortunadamente, en otra sintonía: la del progreso sin onerosos peajes, la del mantenimiento de conquistas sociales, la de la mejora del nivel y de la calidad de vida, la de la sensatez y la coherencia.

Llevo más de tres años expresando mis opiniones, sentimientos y puntos de vista en las páginas de este blog y nunca se me había pasado por la cabeza que esta actividad - hobby, creación literaria - podía llegar a ser considerada de alto riesgo y, por consiguiente, podría estar sujeta a penas más o menos severas.
Me llega por los medios de comunicación la noticia de que en algunos países - China, Egipto o Irán - se vigila estrechamente la actividad libre y creativa de los bloggers a quienes se juzga en ocasiones por considerar sus ideas contrarias a la política del gobierno de turno o de la corporación local. Me sorprende no esté a la cabeza de esta censura virtual la nación más poderosa del mundo. Quizás no se les ha ocurrido todavía. O prefieren, tal vez, esperar las actuaciones y reacciones de otros países de segunda categoría.
Mi reflexión es la siguiente: ¿Se pueden poner puertas al mar? ¿Dónde quedaría entonces la tan cacareada libertad de expresión? ¿Hasta dónde puede llegar la creatividad sin herir susceptibilidades? Es verdad que en algunos casos - apología del terrorismo, pornografía infantil,... - la justicia no debe quedarse con los brazos cruzados. Pero, de ahí a vigilar cualquier contenido sospechoso de crítica solapada con el ojo implacable de un Gran Hermano, va un gran trecho. De todos modos, el tiempo nos dirá cómo se van contagiando estas actuaciones. Sería una lástima que tuviéramos que volver a tiempos pasados y utilizar la metáfora ingeniosa para ocultar una crítica o una opinión malévola. Y, eso sí, la actividad de los bloggers se extinguiría en poco tiempo por inanición o por aburrimiento.

Aunque no soy partidario de elegir una determinada fecha del año para celebrar un día mundial de algo, hoy me ha servido como punto de partida para esta breve reflexión la noticia de la celebración del Día Mundial de la Explotación Infantil. Las cifras de menores de edad que trabajan desde los cinco hasta los dieciséis años son escalofriantes. Se habla de más de doscientos millones de niños y niñas explotados de una forma y otra a lo largo de la geografía del planeta. Son niños sin una sonrisa franca, niños sin tiempo para divertirse, niños sin escuela, niños desarraigados, niños con un rictus de tristeza en los labios. Y lo peor de todo es que muchos de ellos son explotados por sus propias familias.
No es de extrañar que una niña sudamericana afirme espontáneamente que no quiere tener hijos. Que para hacerlos sufrir no es necesario traerlos a este mundo. Palabras para la reflexión y para la adopción de medidas urgentes.
En el siglo XIX se explotaba a los niños en la Europa civilizada. Dos siglos después, todavía se habla de trata de niños y niñas en numerosos países del llamado Tercer Mundo. ¿Habrá que esperar doscientos años para que desaparezca esta lacra social? ¿Cuál debe de ser el papel de los gobiernos? ¿Y el de las familias? Cuando vemos por la calle o en la guardería o en el colegio a niños sonrientes, felices, bien vestidos y bien alimentados no solemos pensar en la otra cara de la moneda, en la antítesis de este síntoma de bienestar. Porque la tristeza de un niño es un síntoma muy claro de una enfermedad social. Lo malo es que esta lacra se ha convertido en algo crónico y de difícil solución a corto o a medio plazo.

Mientras se incrementa el caos de tráfico en las carreteras españolas, mientras se acrecientan los problemas de abastecimiento de mercancías en los grandes almacenes y supermercados, mientras la cuenta atrás para la inauguración de la Expo acelera sus pasos, mientras el ambiente otoñal continúa en Zaragoza, pese a que estamos a diez días del verano, una nueva vía verde se ha inaugurado en la ribera del Ebro.
Este camino, tantos años demandado, incrementa el espacio de ocio de los zaragozanos más allá del agobio de las calles de la ciudad. Se trata de enlazar el barrio de las Fuentes con el Centro Internacional del Agua y del Medio Ambiente de La Alfranca, en Pastriz. Un recorrido de quince kilómetros, que se pueden realizar a pie, en bicicleta o en un pequeño tren, que recuerda al que iba desde el Actur hasta el galacho de Juslibol.
Hay que apuntarle un positivo a la consejería de Medio Ambiente del Gobierno de Aragón. Aunque vuelva la cabeza y se empecine en no solucionar otros problemas, - como el de la planta de cogeneración de Aliaga - en este caso se han recuperado casi cinco hectáreas de sotos del río. De todos modos, lo importante a partir de ahora, es la conservación de este Camino Natural y el uso adecuado de sus instalaciones.
Me he dado un paseo por el primer kilómetro después de comprobar en un supermercado que el desabastecimiento va a más y que la psicosis de acumular por acumular va en aumento. Parece que volvemos a tiempos pasados, como el cangrejo. Todo por la dichosa especulación que no cesa. Alguien se estará riendo de los pobres consumidores - que son los que siempre pagan el pato - a carcajada limpia. Mientras tanto, nadie mueve ficha ni aporta soluciones convincentes. Pero, al parecer, lo peor de todo no ha pasado. ¿Será sólo la punta del iceberg?

Durante estos días, el río Ebro se está convirtiendo en el río de todos los zaragozanos. Nunca había visto a tantos ciudadanos pasear por sus riberas. Nunca había visto a tanta gente en la recién inaugurada pasarela del voluntariado contemplando la gran avenida del río y recreándose en la visión de las cada vez más avanzadas obras de la Expo. Nunca había visto a tantos deportistas - en bicicleta o corriendo - por el nuevo y flamante carril-bici que discurre a lo largo de la avenida Echegaray y Caballero, una de las más largas de Zaragoza.
Al parecer, los zaragozanos, después de darle la espaldas al Ebro durante décadas, se han decidido a mirar de cara a este caudaloso río y a valorar su presencia como columna vertebral de la capital. Es verdad que sus aguas bajan turbias y llenas de residuos. Es verdad que ya no se puede disfrutar de un baño en sus aguas como hace cuatro o cinco décadas. Es verdad que la imagen del río está cada vez más artificial y encauzada. Pero, al menos, uno puede acercarse sin peligro a sus riberas y disfrutar de una tarde de primavera.
Muchos de los viandantes que observaban el cauce del río desde los distintos puentes hablaban de lo adecuado o lo inadecuado del dragado, del futuro incierto del nuevo Club Náutico o de la improvisación de algunas obras. Pero, al menos, hablaban del río. Otros se lamentaban de que todo este caudal - casi 2000 metros cúbicos por segundo - se perdiera aguas abajo, de que no se haya logrado un consenso para el Pacto del Agua, de que no se aproveche esta riqueza en tiempos de sequía.
Lo importante era que hablaban del río, que debatían sobre el uso del agua, que valoraban la nueva imagen del Ebro. Lo que no tenían muy claro es si la Exposición llegaría a tiempo el próximo día 14. ¿No habían previsto estas avenidas? No se pueden realizar unas obras de tanta envergadura con plazos tan ajustados. Porque inaugurar se inaugurará, pero con lagunas y apaños de última hora.

Vivimos en una sociedad cada vez más global, cada vez más compleja, cada vez más paradójica. El progreso - esa arma de doble filo - nos ayuda a llevar un nivel de vida cada vez más alto (al menos en teoría), pero conlleva multitud de servidumbres y un lastre importante de problemas para las generaciones futuras.
En el Año Internacional del Planeta, los problemas energéticos se están multiplicando y, cual efecto dominó, la especulación y la falta de alternativas a la hora de utilizar otros carburantes más baratos y menos agresivos contra el medio ambiente, convierten la situación en una bola de nieve que no cesa de envolvernos día tras día. Porque el incremento brutal del "oro negro" en los últimos meses no sólo repercute a la hora de llenar el depósito del vehículo, influye también en el transporte público, en los alimentos, en las industrias y en muchos servicios. Y, al parecer, el problema - según dicen los expertos - no ha hecho más que empezar.
Algunos usan el automóvil por capricho; otros, por necesidad. Me incluyo en el segundo grupo. No me gusta usar el automóvil por la ciudad. Prefiero ir andando o en transporte público. Lo que ocurre es que el horario laboral, la difícil conciliación de la vida laboral y familiar,...me obligan a usar el coche con más frecuencia de la que desearía. Es verdad que podría ir en bicicleta, o en autobús, pero no podría hacer todo lo que hago a lo largo de un día laborable. Eso sí, el fin de semana, prefiero dejar al coche tranquilo y usar la bicicleta o caminar por la ciudad (Zaragoza es llana casi en su totalidad y se puede ir andando a muchos sitios).
Eso no quita que me considere esclavo del petróleo, como todo hijo de vecino. Dicen los responsables de las gasolineras que se nota un descenso en el consumo de carburante. También ha descendido la venta de turismos. Y se ven más bicicletas por el casco urbano. ¿Será la punta del iceberg de una crisis? ¿Será el inicio de un periodo de "vacas flacas"? Lo que está claro es que hay que buscar cuanto antes alternativas eficaces al petróleo. Eso sí, que no ocurra lo mismo que con los biocombustibles. Porque, al final, sigue subiendo el petróleo y han subido casi escandalosamente la mayoría de los alimentos básicos.

Ahora que se habla y se escribe tanto en los medios de comunicación sobre el reciente y lamentable descenso del Real Zaragoza a la división de plata - al "infierno" - del fútbol español, ahora que los acontecimientos políticos y sociales de Aragón se precipitan inevitablemente hacia esa fecha mágica del 14 de junio de 2008, día de la inauguración de la Exposición Internacional, ahora que ha vuelto a la palestra política y al ruedo social el tema del agua y el inevitable trasvase - sí, trasvase - del agua del Ebro a Barcelona, ahora que el macroproyecto de Gran Scala, auspiciado por Biel - ¿obcecación o cabezonería? - vuelve a las Cortes Aragonesas, ahora que se cumplen 25 años de la constitución de este mismo parlamento autonómico, mis modestas reflexiones pueden ir por el camino de la metáfora y de la simbología, utilizando el símil del descenso de categoría deportiva del equipo de Zaragoza y de Aragón.
Porque - y hay que decirlo bien claro - la autonomía aragonesa sigue siendo de segunda división. No es que no se haya avanzado en estos 25 años - sería de ciegos no reconocerlo - pero, si nos comparamos con tres de las cuatro comunidades autónomas limítrofes, (a excepción de Castilla y León, que va a nuestro ritmo ) estamos a años luz en muchos aspectos. Tanto catalanes como valencianos o navarros están a años luz en muchos aspectos. Podemos hablar del tan socorrido tema de las comunicaciones, de la financiación autonómica o de educación y sanidad. Pero lo que más llama la atención durante estos últimos días es la relación de dependencia, de servidumbre incluso, con la vecina Cataluña. Los catalanes se siguen negando a devolver los bienes eclesiásticos de la Franja, que pertenecen a Aragón; y los catalanes han conseguido un trasvase - disfrazado de sorprendentes eufemismos - del que, al parecer, no se van a volver atrás. Aunque llueva mucho más. Aunque diluvie. Marcelino Iglesias lo sabe. Y por eso quiere ir mañana a Madrid a entrevistarse con Zapatero. No sé lo que conseguirá. Lo que está claro es que la ministra de Medio Ambiente no va a dar fácilmente su brazo a torcer. El tiempo lo dirá. Pero mal pintan las cosas para nuestra comunidad.
¿Qué es lo que ocurre? Que somos sólo poco más de un millón de votantes. Que nuestro territorio no alberga la riqueza de otros. Que el clima no nos favorece. Y que tenemos unos políticos demasiado plegados a Madrid, es decir, a los intereses de su partido. Y eso es muy difícil de solucionar.
De momento, estamos en segunda. Esperaremos un año para ascender, al mismo tiempo que el Real Zaragoza. Pero para ello hay que unir más las fuerzas y echar mano de la imaginación. Y eso, por desgracia, no está a la orden del día.

San Isidro siempre ha sido una fiesta tradicional en España, especialmente en el medio rural. Sorprende, por eso, que el patrono de los labradores sea el de la capital de España donde nació en 1080 según las crónicas. Este santo medieval, casado con Santa María de la Cabeza es venerado por los trabajadores del campo y es el patrono de los ingenieros agrónomos.
Hay que señalar, sin embargo, que esta fiesta ha ido perdiendo fuerza en muchos pueblos debido a la despoblación y al abandono de los pueblos por parte de los jóvenes. La agricultura no es una pieza apetecible para la juventud. El futuro del campo está cada vez más negro y los campos de cultivo se van quedando yermos año tras año. Por eso San Isidro figura como una estatua de cartón-piedra en los altares laterales de muchas iglesias y, como mucho, se le dedica una simbólica procesión el fin de semana más cercano a la fiesta. Sólo en Madrid tiene vigencia como fiesta y gracias a la capital de España este santo es más conocido que otros a lo largo y ancho de nuestra geografía.
Recuerdo dos celebraciones de San Isidro: una muy lejana en el tiempo y otra más cercana. La primera, en Aliaga, cuando era niño. Los pocos que todavía se dedicaban a la tierra y a la agricultura y, sobre todo, los masoveros, se reunían para comer y merendar y culminaban el día con un concurso de arado. El que trazaba mejor el surco - con caballería - recibía un premio en metálico o en especie. La segunda en Salobre, pueblo albaceteño cercano a Alcaraz y patria chica del político José Bono. Allí después de la merienda se realizaba el concurso de labranza, pero ya con tractor. Luego, una animada verbena cerraba la jornada. No sé cómo se celebrará hoy en ambos lugares y en otros pueblos de España. Pero la realidad es que el campo pierde cada vez más trabajadores y se imponen la industria y los servicios, especialmente el sector turístico. Lo que no ha cambiado es la estatua del santo labrador que, junto con la de San Roque, se mantiene erguida en el altar de la iglesia de la parroquia de San Juan en Aliaga.

Uno cada vez se convence más de que lo que ingiere cada día es más artificial y está más contaminado. Tal vez el reciente caso del aceite de girasol podría ser la punta del iceberg de muchas situaciones parecidas. Sí que es verdad que en los últimos años han mejorado los controles de sanidad, ha mejorado el etiquetado de los alimentos perecederos y aparece prácticamente en todos los productos la fecha orientativa de caducidad. De todos modos, me cuesta cada vez más creer que la pescadilla fresca que voy a cenarr esta noche está totalmente sana, que los filetes de pechuga de pollo que cocinaré mañana no tienen ningún producto hormonal o que la leche que beberé para desayunar ha pasado rigurosamente todos los controles.
Un amigo mío afirma con frecuencia que si supiéramos cómo se elabora, cómo se manipula o de dónde procede lo que ingerimos cada día, seguramente devolveríamos más de la mitad de esos alimentos. Porque uno se pregunta: ¿queda algo totalmente natural en los alimentos y en las bebidas que consumimos? Ni siquiera la lechuga fresca se libra de esas aguas contaminadas que han entrado por sus raíces. Ni la naranja o la fresa esplendorosas se libran de la cantidad de abonos y sulfatos que se filtran en el agua que les sirve de savia alimenticia.
Hace unas décadas fue la colza; hace unos años, la carne de ternera; hoy, el girasol. ¿Cuándo sonará la próxima alarma? Tal vez le toque a algún tipo de pescado. Porque, tal como están nuestros mares, - vertederos universales - cualquier cosa puede ocurrir. Esta noche cenaré pescado fresco. Aunque normalmente me alimento del congelado. Dicen que es más seguro - además de económico -. Eso sí, no es tan sabroso. Pero, si nos detenemos a pensar un poco, los alimentos naturales - fruta, verduras, carne,... - cada vez tienen menos sabor. Sólo nos queda un consuelo: al menos, alimentan.

Nos llegan cada día noticias estremecedoras de Irak, nos llegan imágenes de atentados indiscriminados en Afganistán, nos llegan ecos de los conflictos étnicos en numerosos países africanos. Pero la guerra no sólo está en esos lugares. Los conflictos siguen al rojo vivo en otras zonas más cercanas a la Europa civilizada. Uno de los más crueles e insensatos es el que mantienen desde hace décadas Israel y Palestina en la controvertida y tristemente famosa franja de Gaza. El goteo de víctimas es continuo y el desalojo indiscriminado de los refugiados palestinos constituye una herida cada vez más sangrante.
Me ha llegado esta tarde desde Barcelona un correo electrónico de un amigo con una presentación en power point en recuerdo a la joven pacifista Rachel Corrie, que murió aplastada deliberadamente y sin compasión por un bulldozer israelí, cuando intentaba manifestarse pacíficamente e impedir o retardar el desalojo y derribo de los asentamientos en Rafah, en la frontera de Gaza. Ocurrió el pasado 15 de marzo. Y, lo peor de todo, es que algunos medios israelíes intentan desmentir o tergiversar lo que manifiestan abiertamente las imágenes grabadas por unos testigos. La joven de 23 años, estudiante de la Universidad de Olympia (Washington) y miembro del movimiento por la justicia o la paz, es una "mártir" más de la insensatez y de la violencia gratuita.
Lamentablemente, cada día hay víctimas inocentes de la guerra en todas sus manifestaciones. Porque el terrorismo es guerra, los conflictos fronterizos son guerra y la violencia gratuita es guerra. La presentación audiovisual se presenta con un lema incontestable: POR LA PAZ. ¿Quién será la próxima víctima? ¿Cuántos tendrán que seguir el camino trágico de Rachel Corrie antes de que se ponga fin a la insensatez y la barbarie?

Hace tiempo que la paradoja dejó de ser solamente un recurso literario barroco y se incorporó al lenguaje cotidiano. Todos los días somos testigos de numerosas paradojas, de nítidas contradicciones. La vida misma es - se mire por donde se mire - un manojo de paradojas. Una de las más recientes la estamos viviendo con el tema del agua, a sólo dos meses y medio de la inauguración de la Expo. Cuando visité las obras del meandro de Ranillas, hace aproximadamente un mes, los comentarios más frecuentes eran que las obras no llevaban más retraso del que llevan porque el tiempo había sido benévolo. Los que afirmaban esto, no se acordaban de que quedaba una larga primavera, época más lluviosa por estos pagos. Y, al parecer, los pronósticos se están cumpliendo. Sin embargo, resulta paradójico comprobar que, mientras muchos de las cabeceras de los ríos del Pirineo aragonés están bajo mínimos, en la ribera alta del Ebro están comenzando a inundarse algunos campos y se están abriendo compuertas en algunos embalses navarros. Está claro que nunca llueve a gusto de todos.
No quiero ser agorero, pero me sorprende el mensaje de Roque Gistau, presidente de Expoagua, cuando habla de que la crecida de esta noche es menor y cuando espera que, si todo discurre racionalmente, las obras de la Expo de Zaragoza 2008 no se vean alteradas en lo esencial. Es muy optimista Gistau y espero que no se equivoque. Pero debería recordar que las grandes avenidas podrían estar todavía por llegar - algún año han sucedido en mayo -. Debería darse cuenta de que el deshielo no ha llegado todavía al Pirineo y de que los pronósticos hablan de más lluvia y de más nieve. ¿Estaba esto previsto? Dicen que sí. Pero la inquietud está ahí, aunque los medios de comunicación intenten quitarle hierro al asunto.
Desde mi galería en el zaragozano barrio de Las Fuentes, puedo contemplar el caudal del Ebro. En pocos días se ha multiplicado por veinte la cantidad de agua. Es de esperar que no vaya directamente al mar y que en Caspe o Mequinenza sea adecuadamente aprovechada. Cada metro cúbico despilfarrado será mirado de reojo por catalanes o valencianos. Ahora se habla también de trasvasar el Segre - uno de las mayores afluentes del Ebro - al Llobregat. En Barcelona también tienen sed. Y en Cataluña hay muchos más votos que en Aragón. La paradoja está servida. Los que se oponían a un trasvase, reclaman otro. ¿Han cambiado de opinión? Habrá que esperar a que avance la primavera. De momento, las aguas bajan revueltas en el tema del agua. Esperemos que no rebasen la barrera de lo razonable. Al menos, hasta que se clausure la Expo.

Año tras año, cuando llegan estas fechas de Semana Santa y Pascua, se reabre la polémica sobre las vacaciones escolares que corresponderían al final del segundo trimestre o de la segunda evaluación. A nadie se le oculta que este año la Semana Santa ha coincidido en fechas claramente inoportunas y, debido al capricho del calendario eclesial y a otros intereses económicos y sociales, hemos vivido unos días de asueto a destiempo. Esto en nada ha favorecido la programación didáctica de los centros escolares y una distribución racional de los días lectivos. A nadie se le oculta que, a fecha de hoy - 26 de marzo -, casi todos los años nos encontrábamos terminando el segundo trimestre y valorando las notas de la segunda evaluación. Pero la administración educativa optó, hace cuatro años, por un decisión aparentemente salomónica, que no ha contentado ni a los padres ni a los docentes. Se da incluso la paradoja de que las vacaciones de la Universidad no coinciden con las de los colegios e institutos. ¿Qué ocurre en las familias que tienen hijos estudiando en ambos niveles educativos? Nos lo podemos imaginar...
Lo curioso del asunto es que, después de adaptar las vacaciones de Semana Santa a las del resto de los trabajadores, con evidente perjuicio a los intereses de los docentes, algunos padres todavía se quejan. Les gustaría que los centros educativos sólo cerraran del Jueves Santo al Domingo de Pascua. Es decir, consiguieron cambiar estas fechas y aún quieren más. No se dan cuenta de la necesidad de estos periodos vacacionales para sus hijos y anteponen sus intereses al de los propios alumnos. Es verdad que no es fácil conciliar la vida laboral con la familiar. Pero, ¿saben que muchos trabajadores tienen las mismas vacaciones o más que los docentes en Navidad o en Semana Santa? Sorprende que un medio de comunicación regional haga una encuesta al respecto. La respuesta es evidente: menos vacaciones para los estudiantes. ¡Qué fácil es ver los toros desde la barrera¡ ¡Qué sencillo es opinar desde fuera, sin conocer con detalle la verdadera situación!
Y uno se pregunta, ¿no sería mejor dejar la Semana Santa como un simple puente - igual que el puente de la Inmaculada - y fijar el calendario de finales de cada trimestre independientemente de unas fechas cambiantes año tras año? Pero, ya se sabe, lo mejor es casi siempre enemigo de lo bueno. La planificación pedagógica choca con la dura realidad. Los intereses de unos y de otros seguirían claramente enfrentados. Por lo tanto, nos quedaremos como estamos. Y las quejas seguirán año tras año. Hasta que llegue el verano y se inicie una nueva polémica. A muchos les gustaría que sólo se descansara en agosto. Pero eso es harina de otro costal.

Esta tarde me he detenido durante unos minutos en la lectura minuciosa de la sección de Heraldo de Aragón dedicada a la cada vez más cruenta e injustificada guerra de Irak. En esta página, Gervasio Sánchez - famoso reportero cordobés afincado en Zaragoza - elabora hora tras hora un diario de lo que está sucediendo en las entrañas de Bagdad. En Cartas desde Bagdad el periodista español pone a los lectores en contacto con una realidad cruel. Su único comentario esperanzador es que en las zonas donde no está presente el ejército estadounidense se está pasando pauatinamente del terror a la normalidad. Por algo será, señor Bush.
Plasmo un fragmento del diario de Gervasio, redactado el domingo, 23 de marzo de 2008 - cinco años después del inicio de la guerra - a las 14 horas en Irak:
"La mañana está siendo especialmente violenta en la capital. Varios francotiradores que se desplazaban en tres coches han disparado a los transeúntes en dos concurridas calles de la capital y han matado a siete personas. Otras cinco personas han muerto en otra zona alcanzadas por la carga de proyectiles de morteros.
Otras informaciones hablan de un bombardeo de aviones estadounidenses contra el pueblo de Balad Ruz, al norte de Bagdad, que ha acabado con la vida de una docena de niños y mujeres. En otro incidente en Mosul, al norte del país, trece policías han muerto y unos treinta han resultado heridos cuando un automóvil cargado de explosivos se ha empotrado contra una comisaría".
Gervasio Sánchez ha vuelto a Irak para transmitirnos de nuevo la cara oculta del terror. No sé si los mandatarios estadounidenses se leerán algún fragmento de este diario de guerra. De momento, ya han rebasado la cifra de cuatro mil soldados muertos. ¿Hasta cuándo? Mientras tanto, los habitantes de Bagdad ya están cansados de tanta guerra. Pero la estela del terror no se detiene. Y, lo peor de todo, es que algunos confiesan que no tienen más remedio que acostumbrarse a convivir con el sobresalto cotidiano, con la sangría continua, con la agresión indiscriminada. Gervasio acaba su comentario hablando de que el único milagro posible en Irak es un mejor trato a la población y una ausencia total de fuerzas ocupantes. La realidad de los hechos es clara, contundente. Sin embargo, los que apoyan la gestión nefasta de Bush se tapan los oídos y los ojos ante esta verdad a gritos. Quizás estén en otra órbita. O tal vez sus intereses vayan por otros derroteros muy distintos al de la búsqueda de la paz.

Cinco años después de la invasión de Irak, cinco años después del inicio de la tragedia, cinco años después de esta guerra inacabable... Y ahora, ¿qué? Esta es la pregunta que se hace el ciudadano de a pie cuando contempla día tras día imágenes escalofriantes de atentados suicidas indiscriminados a lo largo y ancho de la geografía de Irak. Esta es la pregunta que se hacen las personas con sentido común cuando llegan a sus oídos las cifras casi interminables de muertos y heridos en ese escenario de la sinrazón y del sinsentido
Pero lo peor de todo es que, dos de los líderes mundiales que tomaron la decisión de derrocar a Sadam Husein en aquel fatídico 20 de marzo de 2003, aún defienden su postura e intentan convencer a la mayoría de los habitantes del planeta de que su decisión fue la más acertada y de que, a fecha de hoy, no es arrepienten en absoluto de lo que hicieron.
George Bush, el actual presidente de los Estados Unidos, acaba de afirmar: "La guerra de Irak es justa, noble y necesaria". (¿Con 4.000 soldados americanos sacrificados?). José María Aznar, expresidente del gobierno español y uno de los tres de las Azores ha declarado abiertamente: "La situación en Irak es muy buena". (¿Con 80.000 víctimas inocentes?)
Después de leer estas declaraciones, uno no sabe si tomárselo a broma, si interpretarlo en tono de parodia o si situarlo en el registro del cinismo. Parece mentira que estos señores no tengan un ápice de autocrítica. Parece mentira que no rectifiquen ni un milímetro. ¿Se creerán dioses? ¿O superhombres? No lo sé. A veces la realidad supera a la ficción y la ironía está por encima del sentido común.

Ahora que llegan las minivacaciones de Semana Santa, muchas familias se plantean si abandonar por unos días su lugar habitual de residencia o quedarse en el pueblo o en la ciudad donde residen. Este año las fechas parecen un poco a contrapelo, algo atípicas. La Semana Santa cae un mes antes de lo normal y comienza todavía en invierno - aunque las temperaturas sean bastante benignas. Por eso, los que tienen la suerte de disfrutar de una semana libre se plantean como alternativa a la playa o a disfrutar del deporte del esquí, la estancia en una casa de turismo rural o en un albergue.
Y es precisamente en estos meses de preprimavera cuando la demanda de reservas en casas rurales se dispara. Las razones pueden ser diversas e incluso dispares: la orilla del mar todavía no apetece demasiado, el deporte de la nieve está muy saturado y no es asequible para todos los bolsillos y quedarse en casa tampoco tiene mucho aliciente. Mucha gente se inclina, por tanto, hacia breves estancias en un entorno natural tranquilo, alejados de aglomeraciones - se puede comprobar estos días en Valencia - y disfrutando además de paisajes pintorescos. Un ejemplo claro es el valle cacereño del Jerte, inundado de miles de cerezos en flor. Pero hay otros lugares por descubrir: la sierra onubense de Aracena, el interior de Galicia, la zona norte de León, todo el principado de Asturias y, obviamente, algunos rincones de Aragón desconocidos hasta por los propios nativos.
Otro tipo de turismo de Semana Santa es el de las procesiones. El reclamo de las ciudades andaluzas - especialmente de Sevilla - es evidente. Pero la masificación puede ser para algunos un factor disuasorio. En algunas ciudades de Castilla y León - sobre todo Zamora y Valladolid - la Semana Santa tiene un carácter más serio que en el sur de España. Es otra manera muy distinta de vivir la religiosidad. Ambas son válidas e incluso discutibles. No podemos olvidar, lógicamente, cómo se vive esta semana en el Bajo Aragón. Las nueve localidades turolenses que forman la Ruta del Tambor y el Bombo atraen a cientos de visitantes. Calanda se lleva la palma, quizás por el peso de la figura de Buñuel, pero personalmente me quedaría con las procesiones de Alcañiz y con la subida al Calvario de Alcorisa. De todos modos, si alguno no va a salir de Zaragoza, hay reclamos turísticos que sus habitantes no acabamos de valorar. Las procesiones son uno de ellos: la del Domingo de Ramos, la del Encuentro y la del Santo Entierro son las más representativas. Y no tienen nada que envidiar a las de otras ciudades españolas.

La riqueza del lenguaje no reside solamente en su carácter denotativo, realista, objetivo y preciso. En mi opinión, la riqueza de una lengua radica, sobre todo, en su valor connotativo; es decir, en el sentido figurado de muchas palabras y en su flexibilidad semántica. Por ello, podemos cambiar de registro, ejercitar la ironía o valorar de una manera distinta una circunstancia, comportamiento, suceso real o serie de ficción. No ocurre lo mismo cuando nos dejamos llevar por los tópicos o ahogamos la espontaneidad.
Hablando de series de ficción, no puedo dejar de referirme a la miniproducción de tres capítulos que estrenó anoche Televisión Española sobre el crimen de Fago, un año después de producirse el luctuoso suceso. El asesinato de Manuel Grima el 13 de enero de 2007, hace poco más de un año, ha despertado la atención de la empresa audiovisual Mundo Ficción y ha conseguido llegar a la pequeña pantalla en horario de máxima audiencia, a pesar de las reticencias de algunos jueces. Y es que los crímenes rurales siempre han sido un atractivo motivo para urdir series más o menos misteriosas - recordemos entre otros muchos la tragedia de Puerto Hurraco o el famoso Crimen de Cuenca.
No pude ver en su totalidad la primera entrega de la serie, pero contemplé lo suficiente para hacer una serie de modestas consideraciones: la presentación audiovisual de este crimen me pareció un producto acartonado - según el diccionario de la Real Academia, que carece de vitalidad y espontaneidad -. Además, ralentiza mucho los tiempos, abusa del suspense y, en mi opinión, se aleja demasiado de la cruda, triste y sórdida realidad de aquel infausto 13 de enero. ¿Cuál puede ser el motivo? Creo que a esta serie le falta la distancia del tiempo y la frescura ambiental. Un año es demasiado poco para presentar unos hechos de los que aún no se ha demostrado todavía quién o quiénes fueron los culpables. En lo que respecta al marco ambiental, los que conocemos Fago y esa zona arcádica del Pirineo Aragonés ( ya escribí aquí sobre este tema el 19 de enero de 2007) echamos de menos su paisaje, sus veredas, sus ríos, su clima, su panorámica,... No conozco la localidad madrileña de El Berrueco pero, por mucha similitud que exista, no tiene nada que ver con este rincón de la provincia de Huesca.
Sé que la serie interesó a muchos españoles y, especialmente, a teleespectadores aragoneses. Lo que habría que conocer es cuáles fueron los motivos de su interés, si el morbo o la atracción de la tragedia. Espero que muchos opinen lo contrario y valoren su calidad. Para mí sigue siendo algo acartonado, artificial y falto de frescura. Y para ello hay que dejar que pasen unos años. O unas décadas. Y si no que se lo pregunten a grandes novelistas como a Ramón J. Sender, natural de Alcolea de Cinca, no lejos de la localidad de Fago.

Los lunes después de unas elecciones se convierten un poco en días de resaca. Son, además, jornadas de valoración y momentos de análisis y de autocrítica. Porque, después de la actividad febril de las últimas semanas, los líderes políticos encontrarán un paréntesis para el sosiego, la calma e incluso la meditación. Hay mucho que meditar. Y mucho que valorar. La prensa escrita ya se ha encargado de hacerlo nada más conocerse los primeros resultados fiables. La mayoría coinciden en el impulso al bipartidismo, en la pérdida de escaños de algunas pequeñas formaciones y en el descalabro de los partidos de izquierda. ¿Razones? Puede haber muchas y de muy distintos matices. Lo que está claro es que estamos siguiendo la estela de Estados Unidos y de otras naciones europeas.
Algunos articulistas hablan en sus valoraciones de la similitud entre el ámbito político y el deportivo. Almudena Grandes opina en su columna de El País que ahora es todo más simple que hace unas décadas, que se han perdido los matices ideológicos, que las campañas electorales se parecen cada vez más a la Liga de Fútbol, en la que suelen dominar claramente dos grandes equipos y los demás se convierten en comparsas, en meros sucedáneos. La escritora afirma con toda la razón del mundo que el bipartidismo empobrece la democracia. Podríamos preguntarnos en ocasiones por qué votamos a tal partido y para qué le votamos.
Se ha hablado mucho durante estos días del llamado voto útil. También se seguirá hablando del voto de castigo. Se podría decir que una parte considerable de ciudadanos no han votado a tal líder porque les haya convencido o porque sus ideas coincidan con sus aspiraciones. Lo han votado para evitar que triunfe el contrario. Esto mismo suele ocurrir en el ámbito deportivo. A veces animamos a un equipo no porque juegue muy bien o porque queremos que triunfe el espectáculo. Le animamos para que fracase el contrario, para que lo anule y, a ser posible, para que lo humille. Afortunadamente en el ámbito político no se explicita tanto este deseo de revancha o de humillación. Pero hay que reconocer que, en el fondo, hay un poso de resentimiento que muchos ciudadanos no pueden evitar. Luego se preguntarán si han acertado con su decisión. Y en ese momento llegarán los matices: ni todo es blanco, ni todo es negro. Existe el gris. Y en política este criterio es fundamental. Por eso será bueno que haya pactos, acuerdos,... Para que los grandes partidos no acaben de devorar a los pequeños. Para que el equilibrio no se rompa. Para que triunfe la tolerancia, la flexibilidad y el diálogo por encima de los radicalismos, fanatismos o las actitudes descalificadoras.

Hoy no ha sido un viernes cualquiera. Hacia las 13,30 horas, a poco más de 8 horas de dar por concluida la campaña electoral, tres tiros a traición de un insensato han dado al traste con el último día de quince jornadas llenas de esperanza, participación y compromiso para casi todos los partidos. Hoy ha sido un viernes gris, agridulce, teñido de sangre.
Por la mañana, mientras me dirigía en coche a mi trabajo, he contemplado en la zaragozana calle del Coso las furgonetas de uno de los partidos que concurren a las urnas. Estaban preparadas para recorrer Aragón, para tomar la palabra, para ejercer su derecho democrático, para hacerse oír. Pero, pocas horas después, el silencioso ruido de una pistola ha enmudecido las voces, ha roto lo que se prometía un final de campaña en armonía y en sana confrontación. ¡Qué fácil es dar al traste en unos segundos con la tarea de días, de meses o de años!
Hoy ha sido un viernes de clarooscuros, de luces y de sombras, de ilusión matinal y de tristeza vespertina. Algunos nos hemos acordado del jueves trágico del 2004, también en plena campaña. Y aunque ambos acontecimientos, afortunadamente, no tienen parangón, la resonancia puede ser similar. Por eso, la pregunta que muchos nos hacemos es la siguiente: ¿afectará esto a la decisión de los votantes el próximo domingo? Esperemos que no. Sería hacerle un flaco favor a la democracia.

Esta mañana ha visitado Teruel el candidato del PP a la presidencia del gobierno, Mariano Rajoy. Y lo ha hecho por la mañana, en horario laboral, en horario de jubilados y prejubilados. Los incondicionales del líder popular han vuelto a escuchar su discurso de progreso económico, de mejora de infraestructuras y de desarrollo rural. (¿A qué desarrollo rural se ha referido?). Rajoy ha aludido a su último gran fichaje, el turolense Manuel Pizarro. Porque el líder popular quiere llegar al corazón de los ciudadanos - con la leyenda de la niña incluida - a base de recetas económicas. Lo malo es que estas recetas están ya más que inventadas, más que probadas y que no dependen, ni mucho menos, del buen hacer del gobierno de turno.
Porque lo peor del líder popular - sus cualidades ya las conocemos - es que se quiere presentar como el salvador de la patria, como el impulsor de una economía maltrecha, como el solucionador de los problemas de los cuatro años anteriores. Lo peor de Rajoy es que omite deliberadamente el olvido de Teruel durante los años de aznarismo, los abucheos a Aznar, la repulsa a su equipo de gobierno, las obras interminables e inacabadas, el olvido del medio rural, la galopante despoblación,... Por eso hace bien en prometer. Y en compromenterse. Porque tiene una deuda con la capital de los Amantes y con su propio partido. En el 2004 perdió un diputado por 210 votos. Y es preciso recuperarlo. Es más que un reto para Rajoy. Pero de ahí a basar su victoria a nivel nacional en este escaño y en uno de León - según confesó su flamante mano derecha económica - hay un gran abismo. Pero soñar es fácil, soñar es gratis y hacer crecer a esta niña en Teruel queda muy poético y hasta romántico.
De todos modos, se agradece que los líderes políticos se acuerden de este pequeño puñado de votantes, aunque sea a última hora y en horario de jubilados.

Anoche seguí atentamente el debate entre Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero. No me aburrió, pero tampoco me entusiasmó. Ya me imaginaba que no iban a sacar nada nuevo a la palestra. Ya pensaba que todo lo que iban a argumentar estaba ya dicho con retintín en anteriores debates en el Congreso de los Diputados. Por eso no reparé tanto en el contenido - alusiones al terrorismo, al trasvase del Ebro, a la inmigración, al cambio climático, a la subida de los precios, a la Educación para la Ciudadanía ... - sino en el talante de cada uno de los "contendientes". Y, en ese sentido, no me cabe la menor duda de que Zapatero demostró algo que no logró alcanzar Rajoy. Porque el candidato del PP extrema demasiado los gestos, afila el brillo de las pupilas, se deja llevar por un entusiasmo desmesurado, por una pasión traicionera. Zapatero, en cambio, volvió a mostrar - una vez más - su buen talante. No sabría definir exactamente cómo. Pero advertí gestos, detalles, miradas, intenciones,... que no manifestó el contrincante. De todos modos, es sólo un mínimo detalle en medio de la selva de expresiones, improperios, tópicos, frases hechas o descalificaciones que oímos ayer en el plató y que me imagino volveremos a escuchar el próximo 3 de marzo.
Volviendo a los contenidos, me sorprendió no salieran a relucir temas como la injerencia de la iglesia y de los obispos en determinados temas sociales, la despoblación de determinadas zonas de España - entre ellas Teruel - las infraestructuras del futuro, el turismo, el deporte, la problemática agraria o el estamento miliar. Espero hayan reservado alguno de estos temas para el próximo debate. Porque si vuelven a la economía, el terrorismo y la inmigración, terminaremo de nuevo como ayer: sin ninguna idea clara y afianzados en nuestras posiciones. Me quedo, sin embargo, con el talante de Zapatero y con el buen hacer del moderador, el oscense Manuel Campo Vidal, curtido en mil batallas dialécticas.

Vivimos en unos momentos en los que el todo vale parece convertirse en una moneda común. Lo paradójico, lo esperpéntico, lo carnavalesco, lo chocante, lo contradictorio y lo inoportuno no sólo se han adueñado del ámbito de la política. También alcanzan de lleno - no podía ser de otra manera - al mundo publicitario. Pero se puede ser original sin buscar recursos tendenciosos. Se puede ser creativo sin llegar a la chabacanería. Se puede ser genial sin nombrar la soga en casa del ahorcado.
Me refiero concretamente a un anuncio que ha aparecido con fuerza en los medios de comunicación, que inunda los paneles de las calles de Zaragoza y que ha servido esta mañana de portada a algunos periódicos gratuitos. La conocida empresa ha tenido la genial idea de recordarnos a todos los que tenemos más de treinta y cinco años - al parecer no cuentan con la clientela joven - de revivir aquella fatídica tarde-noche del 23 de febrero de 1981. Bajo los lemas - asociados al último golpe de estado - ¡Daremos el golpe! y ¡Todos los precios al suelo! intentan convencer al consumidor de las bondades de sus productos y de una revolución económica que suele durar todo el año. Pero muchos, afortunadamente, no saben nada del 23F o sólo tienen vagos recuerdos.
Pero el anuncio va más allá. Porque la imagen asociada a las conocidas palabras es la de un militar golpista repleto de medallas que muestra su autoridad e impone de modo grotesco su mandato dictatorial. Podría ser Pinochet, o Tejero, o el general Pavía. En mi modesta opinión, lo inoportuno del mensaje se convierte en oportuno. No hay que olvidar que acaba de iniciar la campaña electoral y que todavía se dan actos de indisciplina en los militares españoles. Uno de ellos, el general Blas Piñar - hijo del conocido fundador de Fuerza Nueva - ha sido expedientado por indisciplina. Otro, el coronel Lorenzo Fernández, ha sido arrestado por defender sin recato los símbolos franquistas. Hay que tener en cuenta que el primero de ellos firmó en 1981 el Manifiesto de los 100, en apoyo a los golpistas del 23F.
Quizás a la mayoría les haga gracia el anuncio. A otros les puede dejar indiferentes. Pero a unos pocos - y me incluyo entre ellos - nos ha vuelto a recordar algo que parecía ya olvidado. Nos ha vuelto a revivir los fantasmas del pasado. Es de esperar que sea sólo eso: parodia, farsa y esperpento.

La mayoría de los políticos están impacientes por comenzar una campaña electoral, que culminará dentro de dos semanas con la convocatoria a las urnas a todos los ciudadanos españoles, el día 9 de marzo. Sin embargo, aunque la campaña oficial comienza hoy a las 12 de la noche, con la tradicional pegada de carteles, los inquietos aspirantes a un escaño en el Congreso o en el Senado hace días que viajan de aquí para allá a golpe de agenda para comunicar, plantear, debatir o prometer. Sobre todo para prometer. Es el verbo que más veces hemos oído desde inicios de año y el que con más facilidad sale de la boca de los candidatos.
Pero no sólo se trata de promesas más o menos creíbles, más o menos utópicas. Al futuro votante hay que ganarle con gestos, con talante, con agradable apariencia. Y está de moda en estas fechas - siempre lo ha estado - vestirse de piel de cordero durante estos quince días maratonianos. Todos buscan el disfraz que más se ajuste a su personalidad. Todos evocan el reciente carnaval y se llenan la boca de mansedumbre, tolerancia, libertad y visión de futuro. La desmemoria campa por sus anchas. Nadie quiere mirar hacia atrás. Nadie quiere recordar los momentos de crispación, el veneno negro de la crítica, la sistemática descalificación, los traspiés, las equivocaciones,... La autocrítica desaparece radicalmente durante estos días. Los políticos se visten con piel de cordero. Unos más que otros. A veces parece el mundo al revés. Y resulta hasta chocante, divertido, grotesco y esperpéntico.
Habrá que ver de todos modos cómo se desenvuelven los principales espadas de esta lidia por el poder durante los próximos días. Habrá intensos debates, encendidos mítines, sosegadas entrevistas, innumerables saludos, cenas preelectorales, paseos por las principales avenidas, olor de multitud,... Habrá que ver qué esconde cada político - ser humano, al fin y al cabo - debajo de esa piel de cordero tan cacareada últimamente. Si somos agudos y perspicaces, quizás descubramos los colmillos del lobo. En ese momento podremos afirmar que nuestro voto será coherente, responsable y ajustado a la memoria de los últimos cuatro años. No a la de los últimos cuarenta días.

Si alguien nos hubieran dicho a los jóvenes estudiantes que nos desplazábamos de Barcelona a Madrid una vez al año para realizar alguna gestión o para presentarnos a alguna prueba oficial, a principios de los años setenta, que la capital de España estaría comunicada por un tren de alta velocidad que tardaría sólo poco más de dos horas y media para realizar este recorrido de 659 kilómetros, le hubiéramos calificado de quijotesco, soñador o visionario. Hoy, treinta y cinco años después, ese sueño se ha hecho feliz realidad. Porque no deja de ser un avance y una ventaja del progreso poder viajar con comodidad, sin el inevitable miedo a volar del avión y en un tiempo récord desde Barcelona a Zaragoza o a Madrid o a Málaga o a Sevilla.
El AVE ya no es un proyecto de futuro. El AVE ya puede competir con algunos trayectos realizados con el avión. El AVE ya ha llegado a su madurez. De todos modos, el camino de este medio de transporte eficaz, rápido y competitivo no ha hecho más que comenzar. Habrá que analizar y estudiar - para eso están los amantes de las estadísticas - qué tipo de viajeros lo usan, con qué frecuencia y con qué finalidad. Habrá que multiplicar las ofertas y crear bonos especiales para los que lo utilizan habitualmente, habrá que agilizar y aplicar con realismo las ofertas de billetes vía internet. Porque da la sensación - al menos eso es lo que se desprende de los medios de comunicación - que los trenes de alta velocidad sólo están reservados para un tipo de viajero con un nivel adquisitivo alto o muy alto. Al parecer, dados los precios de cada trayecto, sólo unos pocos podrán acceder a este tipo de transporte. Los demás quizás se puedan permitir una vez al año - o una vez en la vida - el capricho de viajar en el AVE para experimentar sus bondades y poder contárselo a sus amigos.
¿Llegará el AVE al ciudadano medio? La pregunta, hoy por hoy, queda en el aire. Quizás tengan que pasar unos años - o tal vez alguna década - para poder hablar de un AVE popular, democrático y asequible a todos los bolsillos. Mientras tanto, habrá que esperar. Nos queda el coche o el autobús. Menos es nada. Lástima que las carreteras dejen todavía mucho que desear y que los coches no puedan alcanzar velocidades de ensueño. Competir con el AVE por autopista o autovía sería un caos. Y una bofetada al código de la circulación y a la propia seguridad de los viajeros.

Día a día podemos comprobar cómo los niños y adolescentes se atiborran de todo tipo de chucherías y eligen para sus desayunos o meriendas productos de bollería industrial barata. La obesidad está a la orden del día y el colesterol se detecta cada vez a edades más tempranas. Nos ha llegado, por fin, la moda alimenticia americana. No podía ser de otra manera. Imitamos en todo a los Estados Unidos. Pero nos quedamos, especialmente, con lo negativo. Esperemos no nos llegue la costumbre de llevar armas encima y utilizarlas para apuntar a todo el que se ponga por delante.
En la otra cara de la moneda se sitúan las adolescentes. Quieren adelgazar como sea. Sacrifican todo por ese erróneo culto al cuerpo. Y no se trata de echar la culpa a las pasarelas de moda, pero el espejo donde se miran muchas jóvenes es ahí, en las modelos casi anoréxicas que presumen de belleza. Yo diría que algunas son como maniquíes casi esqueléticos. Si las viéramos sin maquillar, quizás nos asustaríamos. Parece que hoy día sólo triunfa la delgadez. Y eso es una pesada carga para nuestras niñas y adolescentes. No quieren comer. Cualquier pequeño tentempié les llena y, en ocasiones, prefieren devolver cuanto antes lo que acaba de llegar al estómago.
Son las dos caras del dios Jano. Es el fruto de una sociedad consumista y excesivamente preocupada por la estética corporal. Y la estética no va siempre asociada a la salud. Ni mucho menos. Pero la publicidad tiene mucho poder. Y los niños imitan lo que ven y se comportan de manera mimética. Lo peor de todo es que en algunos comedores escolares tampoco se respete esta dieta. O que en algunos centros educativos haya máquinas con todo tipo de productos. Habría que seleccionar esos productos y contribuir a que los alumnos sepan distinguir entre la comida basura y la alimentación saludable. Aunque, eso sí, los padres son los que tienen la primera y la última palabra.

El periodista Ramón J. Campo evoca en su columna de Heraldo los años gloriosos del paso fronterizo del Canfranc. Y lo hace recordando a don Mariano Aso, alcalde la ciudad oscense de 1969 a 1975. Ramón publicó en 2002 el libro El oro de Canfranc, después de unos años de esmerada documentación y concienzudas entrevistas. Uno de los entrevistados fue precisamente don Mariano, testigo directo del cierre anunciado el trayecto Canfranc-Pau. Un cierre que ya estaba previsto por el gobierno francés, que usó para ello la excusa del tren caído en el puente del Estanguet. Pero la memoria de este exalcalde, recientemente fallecido, evoca el paso de unas mil doscientas toneladas mensuales de oro nazi siguiendo la ruta Alemania-Suiza-España- Portugal durante los años 1942-1943, en plena Segunda Guerra Mundial.
Este adiós a don Mariano podría coincidir - paradojas de la vida - con un intento definitivo y serio (hasta ahora todo han sido buenas intenciones) de la reapertura de este paso del Pirineo Central. Las ventajas serían evidentes en todos los sentidos. Parece mentira que se estén impulsando con fuerza los tramos del AVE y se dejen de lado esos pequeños ejes por pasividad, falta de decisión política o pocas ganas de negociar. Mientras tanto, la flamante estación, inaugurada con solemnidad en 1928, se va empequeñeciendo día a día y sigue ahí, anclada como un viejo fantasma gris. Don Mariano soñó con la reapertura... Ya no lo podrá comprobar en persona, pero tal vez sus hijos y nietos logren que ese sueño se haga realidad. De momento, parece que algo se mueve. Un amigo me ha dicho que la estación altoaragonesa está cubierta de andamios. ¿Será un indicio de reapertura? ¡Ojalá! Me temo, sin embargo, que tal vez se trate de un simple lavado de cara.

El poder y la versatilidad del lenguaje alcanzan, en ocasiones, cotas insospechadas. Cada vez me convenzo más de que un uso determinado de la lengua puede obrar milagros. Cada vez me sorprende más la retórica vacua de tantos comunicadores, que roza con frecuencia aquella pedantería que se criticó con acertadas parodias en la prosa aparentemente insulsa del siglo XVIII. Quiero recordar al respecto la obra Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (1758) del famoso jesuita leonés José Francisco de Isla. Esta parodia contra los pedantes, engolados y ridículos predicadores de la época - que fue prohibida por la trasnochada Inquisición - podría trasladarse al momento actual. Doscientos cincuenta años después, muchos escritores como Isla tendrían materia prima para escribir parodias similares. Aunque, en este caso, no irían dirigidas a los representantes eclesiásticos sino a los políticos de primera, de segunda o de tercera fila. (Si es que se puede establecer este tipo de jerarquía).
Y es que la precampaña cunde mucho y da para mucho. En realidad, es como una campaña disfrazada, como un auténtico eufemismo preelectoralista. Pero esta licencia del lenguaje - manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante (según del Diccionario de la Real Academia) - da mucho más de sí en el mar cada vez más embravecido de la política. A medida que se acerca la fecha mágica del 9M, a medida que se multiplican los mítines, las entrevistas, las declaraciones y los debates, las manifestaciones de los candidatos o de quienes les apoyan siguen unos vaivenes casi imprevistos, como si de caprichosos dientes de sierra se tratara. La lengua se desata, los ánimos se encrespan y el corazón va más allá de la cabeza. No es de extrañar, por eso, que algún representante político de primera fila diga algo que no quería decir y luego tenga que rectificar sin convencer a unos ni a otros. No es de extrañar que algunos candidatos hablen de transferencias en vez de trasvases, de pactos en lugar de hechos consumados, de visados para emigrantes en lugar de control discriminatorio, de libertad y tolerancia en lugar de mando y ordeno. Son unos pocos ejemplos de eufemismo, una mínima muestra de expresiones que están a la orden del día y que pueden engatusar el más ingenuo o crédulo. La retórica vacua del Siglo de las Luces vuelve a estar de moda. O, tal vez, nunca ha dejado de estarlo. Lo que ocurre es que ahora los medios de comunicación nos acercan más a esa realidad. Pero, eso sí, cada vez es más difícil discernir una verdad de una falacia, una promesa convincente de un cuento chino, una puesta en escena coherente de una farsa teatral.

Mientras los días se deslizan presurosos y el invierno nos quiere decir su adiós definitivo, muchos ciudadanos españoles ponemos la mirada en el día 9 de marzo, domingo previo al inicio de la Semana Santa. Es una fecha marcada con rojo en el calendario político. Los partidos afilan metafóricamente sus armas y cada formación política busca el punto más flaco de su rival. Aunque parezca mentira, da la impresión de que lo más importante es atacar al contrario, rebatir sus ideas, echar por tierra sus logros, menospreciar sus propuestas, criticar porque sí, descalificar sin más, avasallar sin motivo.
Eso es lo que estamos viendo en la escena política. Yo hablaría más bien de escenario. Porque la política cada vez se acerca más al teatro, no tanto como arte dramático, sino como farsa, como parodia o como esperpento. Pronto lo veremos en los mítines electorales, que se extenderán por la península dentro de dos semanas. Predominará la retórica huera, la demagogia, la autocomplacencia. Y echaremos de menos la autocrítica, los planteamientos serios y coherentes, el compromiso firme ante los electores.
Mientras se acerca el inicio de campaña electoral, algunos han empezado a echar leña al fuego. Entre otros representantes sociales, llaman la atención algunas intervenciones de los representantes del episcopado español. Muy pocos se han expresado con objetividad. Muy pocos han planteado problemas sociales. Muy pocos se han preocupado de la injusticia, la marginación o el desempleo. Al parecer, les duele más el terrorismo - y ahí se equivocan -, les duele el divorcio, les duele el aborto. Hay que respetar su opinión. Pero desearíamos que orientaran su legítima doctrina hacia los más pobres, hacia los desheredados, hacia los sin techo, hacia los que luchan día a día por sobrevivir. Eso sería más importante que su preocupación por la implantación o no de la asignatura Educación para la Ciudadanía. Si no fuera por un reducido grupo de disidentes, esta asignatura habría pasado inadvertida. Los que conocemos su contenido, no vemos nada amoral en ella. Todo lo contrario. Eso sí, el papel de la familia es fundamental. La hora semanal de esta asignatura sólo complementa la labor de los padres. Pero de eso a tildarla de imposición partidista hay un largo trecho.

Mientras Pablo Piferrer y Francisco Javier Parcerisa se disponían a emprender un viaje por el Principado de Cataluña en 1839, cuando la guerra carlista creaba pánico y desconcierto en algunas regiones de España, un intelectual de la época - J.M. Avrial - escribía una interesante y bien documentado artículo sobre la celebración de la fiesta de santa Águeda - martirizada en el siglo III a manos del gobernador Quinciano - en el pueblo segoviano de Zamarramala.
En esta década tan convulsa del siglo XIX, el costumbrismo se convirtió en un lugar común y los escritores románticos y realistas explotaron ese filón al máximo. El fragmento de J. M. Avrial me recuerda descripciones similares en alguno de los once volúmentes de Recuerdos y Bellezas de España. Tanto Piferrer en el volumen de Mallorca, como José María Quadrado en los tomos de Asturias y León y de Aragón se recrean en la contemplación del vestuario de los habitantes de la isla balear, de los trajes de los maragatos o de la indumentaria de los habitantes de los valles oscenses de Hecho y Ansó, plasmada por Parcerisa en una excelente litografía.
La descripción de esta fiesta de las mujeres casadas en Zamarramala - que se remonta según Caro Baroja y otros historiadores al siglo XIII, en plena reconquista del Alcázar - tiene ingredientes folklóricos, aderezos costumbristas y trasfondo realista. Todo un regalo para los amantes de la historia, de la tradición y de la buena literatura. Porque santa Águeda sigue teniendo en pleno siglo XXI la frescura de lo popular. Y si no que se lo pregunten a los cientos de personas que guardaban impacientes a las puertas de la parroquia del Portillo de Zaragoza para venerar las reliquias de la santa. Una vez más, religión, tradición y folklore se dan la mano. Y todo ello dentro de la semana de Carnaval. ¿Es que la celebración que describe el autor decimonónico no tiene algo de carnavalesca?
El siguiente fragmento nos puede ayudar a reflexionar sobre las fiestas populares y su repercusión en el ciudadano de a pie:
El tamboril y la dulzaina les anuncian desde muy temprano que aquel es día de asueto y holganza; los dos alcaldes primero y segundo, se disponen a ceder su autoridad, en honor de su santa patrona, a las lindas alcaldesas que, engalanadas con todo el lujo zamarriego, se presenten a recibir de manos de sus esposos la vara de la justicia y la autoridad que aquella vara representa, quedando reducidos los alcaldes, así como todos los maridos, a la obediencia y servidumbre, porque como dicen en el pueblo, aquel día mandan ellas".Esta autoridad era efectiva cuando había que resolver alguna riña o disputa entre mozos, etc.Las alcaldesas, llegada la hora de la misa, salen de casa con dulzaina y tamboril al frente, en medio del estrépito de los cohetes, y en el templo, ocupan en banco concejil o de la justicia.A la salida de la misa, que es mayor y solemne, se colocan en los lados de la puerta y piden limosna para la santa, y cuando no queda nadie dentro vuelven a casa con la misma pompa. En el resto del día, las mujeres no hacen nada y los hombres se tienen que encargar incluso de la comida de los niños.A la tarde, con la venida de la alcaldesa mayor, se anuncia el baile, en el que sólo las mujeres casadas intervienen, hasta las más viejas. Mientras tanto, los hombres juegan en la taberna y los chiquillos imitan los ademanes coreográficos de sus madres. Si algún varón indiscreto pretende entrar en la rueda, al punto es expulsado a alfilerazos. Las alcaldesas piden a los curiosos, que van a ver tan extraña fiesta, limosna, siempre para Santa Águeda. Una comida en la que entran los hombres cierra la fiesta, y el día siguiente "Santa Aguedilla", que llaman, rota la ceremonia no sólo bailan las casadas, sino también los casados, las solteras y los mozos.

Siempre que llega el mes de febrero, comienzan una serie de celebraciones populares - la mayoría de raíces religiosas - que siembran de ilusiones este mes anodino, enloquecido y paradójico. Porque febrero es un mes de transición entre el final de las celebraciones navideñas y el anuncio de la primavera. Y entre estas celebraciones tradicionales destaca la fiesta de carnaval, de origen pagano y con miles de ramificaciones en todo el planeta.
Cuando se acercan estas fechas, me vienen a la memoria dos escritores del siglo XIX: el romántico Mariano José de Larra y el realista-naturalista Leopoldo Alas Clarín. Ambos intentaron hacerse eco en sus artículos o relatos de esta festividad tan arraigada en la época. Cada uno veía y valoraba el carnaval de modo distinto: Larra criticó con agudeza y con un humor agridulce las fiestas de su época en el artículo "El mundo todo es máscaras. Todo el año es carnaval". Leopoldo Alas escribió un relato breve, "El entierro de la sardina", en el que plasma magistralmente cómo los habitantes de un pueblo asturiano celebran la despedida del carnaval. Clarín, con su ingenioso estilete crítico ofrece a los lectores lo que podríamos denominar costumbres de carnaval, "carnavaladas". El pueblo aprovechaba estas fechas para desahogarse y evadirse de la cruda realidad. Han pasado más de cien años y quizás el sentido actual de esta fiesta se más lúdico y menos reivindicativo. Aunque, eso sí, todos los días hay carnavaladas. Y si no que se lo pregunten a nuestros políticos.
Plasmo un fragmento del relato de Larra, que puede ayudarnos a comprender el sentido primitivo del carnaval. O quizás a valorar cómo esta fiesta se ha ido adaptando a las circunstancias sociales. Eso sí, cuando no estaba prohibida, como ocurría durante mi infancia.
No hay habitante de Rescoldo, hembra o varón que no confiese, si es franco, que el mayor placer mundano que ofrece el pueblo está en la noche del miércoles de Ceniza, al enterrar la sardina en el paseo de los Negrillos. Si no llueve o nieva, la fiesta es segura. Que hiele no importa. Entre las ramas secas brillan en lo alto las estrellas; debajo, entre los troncos seculares, van y vienen las antorchas, los faroles verdes, azules y colorados; la mayor parte de las sábanas limpias de Rescoldo circulan por allí, sirviendo de ropa talar a improvisados fantasmas que, con largos cucuruchos de papel blanco por toca, miran al cielo empinando la bota. Los señoritos que tienen coche y caballos los lucen en tal noche, adornando animales y vehículos con jaeces fantásticos y paramentos y cimeras de quimérico arte, todo más aparatoso que precioso y caro, si bien se mira. Mas a la luz de aquellas antorchas y farolillos, todo se transforma; la fantasía ayuda, el vino transporta, y el vidrio puede pasar por brillante, por seda el percal, y la ropa interior sacada al fresco por mármol de Carrara y hasta por carne del otro mundo. Tiembla el aire al resonar de los más inarmónicos instrumentos, todos los cuales tienen pretensiones de trompetas del Juicio final; y, en resumen, sirve todo este aparato de Apocalipsis burlesco, de marco extravagante para la alegría exaltada, de fiebre, de placer que se acaba, que se escapa. Somos ceniza, ha dicho por la mañana el cura, y... ya lo sabemos, dice Rescoldo en masa por la noche, brincando, bailando, gritando, cantando, bebiendo, comiendo golosinas, amando a hurtadillas, tomando a broma el dogma universal de la miseria y brevedad de la existencia...

Se oye el teléfono a media tarde. Siempre suele sonar en los momentos más inoportunos. Al otro lado del hilo una voz melosa, cadenciosa, con acento sudamericano. Me propone la participación en el sorteo de un coche y, si me animo, la incorporación a una peña de lotería primitiva. Accedo a regañadientes a la primera propuesta - más por educación que por convicción - pero me niego en redondo a participar en la segunda actividad lúdica.
De todos modos, siempre me han tentado los juegos de azar. Pero, desde hace unos años, puse un límite a la cantidad y diversidad de apuestas semanales - lotería nacional de los jueves y los sábados, lotería primitiva, sorteo de la ONCE, quiniela... - porque no sólo afectaban a mi bolsillo sino que reclamaban mi atención más allá de lo racional. Y, lo que es peor, ocupaban gran parte de mi valioso tiempo. Por eso, ahora estoy tranquilo en ese sentido y el único sorteo en el que participo desde hace unos veinte años es en la lotería nacional de los sábados. Un grupo de vecinos de Aliaga jugamos al mismo número y, como en el año 1991 no nos fue del todo mal, continuamos en ese mismo empeño por si las moscas. Eso sí, ni me ocupa ni me preocupa en exceso el desarrollo de cada sorteo semanal. Si cae algún buen pellizco, ya me enteraré. De eso no me cabe la menor duda.
Con el acceso cada vez más extendido de los ciudadanos a internet, los reclamos publicitarios que invitan - casi incitan - a jugar con el dinero de cada uno se han multiplicado. Y esto puede tener algunos riesgos, sobre todo para los más ingenuos o los más inexpertos. Te piden datos personales e incluso se atreven a solicitar tus datos bancarios. Y ahí está el peligro de estos señuelos aparentemente inocuos. Luego vienen las lamentaciones, los sinsabores y el arrepentimiento tardío. Es mejor cortar por lo sano y olvidarse de esos obsequios para nuevos clientes, nuevos socios o nuevos inversores. Lo ganará el bolsillo y, sobre todo, la tranquilidad personal.

El paréntesis festivo de San Valero - obispo romano de Caesar Augusta desterrado a Huesca por disidente - nos permite a los zaragozanos disfrutar de una mañana fría y soleada. Y aunque intentamos mantener los pies en el suelo y pensar en el presente, no podemos eludir los bombardeos mediáticos desde todos los medios de comunicación ante la cada vez más cercana fecha mágica del 9 de marzo. Prensa, radio, televisión,... Todos confluyen en la misma dirección: el 9M.
Porque el día de las elecciones generales está ya a la vuelta de la esquina. Los políticos lo saben y aprovechan cualquier resquicio para engordar sus programas electorales, ganarse a los votantes indecisos y explotar al máximo la imaginación. Aunque no hay que tener mucha imaginación para buscar el camino más eficaz hacia el ciudadano. La senda no es otra que la economía. Y es verdad que están acertando en la estrategia. Otro asunto muy distinto es que puedan cumplir sus promesas y sigan adelante con su ambicioso programa durante cuatro años. El ciudadano lo sabe y no es fácil engañarle. Se da cuenta de que una posible bajada de impuestos, una paga extra o una simbólica subida de sueldo no va a sacarle de sus apuros cotidianos. Porque a nadie se le oculta - basta acercarse a los supermercados o a los grandes almacenes - que los alimentos básicos han subido con insolencia en los últimos meses. La mayoría habla de pura y dura especulación. Y no les falta razón. Porque a nadie se le oculta que los tipos de interés no acaban de consolidarse a la baja y que la bolsa va dando trompicones desde hace un par de meses. El ciudadano lo nota y por eso le resbalan las promesas de tipo económico.
Los políticos tendrán que echarle todavía más imaginación al asunto. Lo que ocurre es que en casi todos los problemas que nos afectan están - eso dicen - con las manos atadas. La subida del petróleo les condiciona y nos amordaza. La economía de los Estados Unidos se tambalea y provoca un terremoto en el resto del planeta. Las heladas echan a perder la agricultura. La sequía encarece la electricidad... ¿Qué tienen que hacer ante todo eso Zapatero, Rajoy y compañía? Que se contenten, de momento, con cuidar su imagen, con mantener a raya el terrorismo y con la tarea más ardua: mantener satisfechas a las 17 autonomías. Ahí tenemos otro talón de Aquiles. Por eso muchos temas se soslayan para después del 9M. ¿Es una buena estrategia? El tiempo lo dirá. Y los votantes.

Una oleada de robos en las dos últimas semanas ha creado una más que justificada inquietud entre los pocos habitantes que permanecen en Aliaga durante los meses más crudos del invierno. Aunque parezca paradójico, los presuntos ladrones buscan un botín - casi siempre insignificante - en la soledad de los pueblos o en el aislamiento de las masadas. Quizás busquen el aislamiento y se quieran aprovechar de una menor vigilancia. Ya habían ocurrido sucesos similares en otros pueblos de la provincia de Teruel, pero en Aliaga nunca se habían encadenado hechos de este tipo en tan pocos días. ¿Quiénes son los autores de estos robos?
Da la impresión de que estamos volviendo a épocas aparentemente ya olvidadas. Lo más curioso es que, al parecer, no se trata de delincuentes noveles o debutantes. Estos cacos del siglo XXI saben muy bien lo que hacen, dónde acuden y en qué momento pueden actuar. Eso sí, afortunadamente, su profesionalidad en el oficio delictivo está aún por demostrar porque, si surge el más mínimo imprevisto, abandonan el escenario del robo y huyen con un miserable botín.
Es lamentable que se haya creado un clima de inseguridad entre los pocos vecinos que viven en Aliaga, la mayoría jubilados. Y lo peor de todo es que, si no se atajan pronto estos intentos de apropiarse de la propiedad ajena, pueda llegar el día en que los ladrones se vean tan acorralados que opten por dañar física o mentalmente a cualquiera de esas personas que buscan la tranquilidad. ¿Tomará medidas la guardia civil? ¿Seguirá la pista de estos delincuentes? Esperemos que así sea. De lo contrario, la inquietud y el miedo se pueden extender como mancha de aceite a otras poblaciones de la comarca.

Mientras el mes de noviembre se esfuma lentamente, las obras de la Exposición de Zaragoza, prevista para el verano de 2008, avanzan entre bastidores y permanecen en una especie de trastienda. Los operarios trabajan noche y día en el meandro de Ranillas, pero la ciudad parece dar la espalda, de momento, a estas moles de hierro y hormigón, presididas por la espectacular Torre del Agua. Se nos va un mes anómalo desde el punto de vista climatológico y conflictivo en el ámbito del transporte urbano. Se quejan los taxistas, porque no quieren más licencias; se quejan los trabajadores de Tuzsa, porque no están satisfechos con sus condiciones de trabajo e incluso se quejan los que se atreven a transitar en bicicleta, porque los carriles bici no están bien diseñados.
Pero este mes otoñal nos ha traído otros asuntos que copan día tras día las primeras páginas de los periódicos y las portadas de otros medios de comunicación. Tanto el macrocentro lúdico, que está previsto levantar en plena estepa monegrina, como el interminable conflicto de los bienes de la Franja, preocupan tanto o más a los ciudadanos que esas obras realizadas a la orilla del Ebro casi a contrarreloj. Y es que, al parecer, muchos zaragozanos prefieren mantenerse al margen de este evento centenario y mostrar una actitud de euforia contenida o de emoción aplacada. Aunque queden sólo seis meses, parece mucho tiempo todavía. Están las Navidades de por medio, el inicio de un año que quedará para la historia de la ciudad, las elecciones generales de marzo y otros eventos que no figuran en ninguna agenda, pero que pueden surgir en cualquier momento.
La Expo, sin embargo, sigue entre bastidores hasta que se levante definitivamente el telón y desaparezcan las grúas, los inconvenientes de las obras y las frías imágenes de esqueletos de cemento. De momento, hasta parece que las calles están más tranquilas sin la herida del cierzo. ¿Dónde están los más de mil taxis? ¿Qué ocurre con la frecuencia de los autobuses? Lo único que no podemos eludir es el sonsonete prenavideño y la invitación al consumo. Lo demás permanece aún en la trastienda, como esos muebles antiguos que hay que restaurar antes de presentarlos relucientes en el escaparate. Tal vez sea mejor así: sin estridencias, sin demasiados alardes, entre bastidores.
