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josemarco

IMPRESIONES

LOS COLORES DEL OTOÑO

LOS COLORES DEL OTOÑO

      Se derrama el otoño en generosos colores. Un otoño particularmente cálido, un otoño extremadamente seco, un otoño suave y sereno.

      Otoño verdeamarillo a orillas del río. Otoño de contrastes, de silencios, de amaneceres suaves, de crepúsculos silenciosos.

      Si caminas por las riberas del Guadalope  a mediados de octubre, podrás disfrutar de un paisaje muy pintoresco. Los chopos cabeceros intentan sobrevivir al paso del tiempo y a su progresivo abandono, para continuar como señas de identidad de tantos pueblos, de tantos valles, de tantos riachuelos.

      Los colores se mezclan con el susurro de las hojas, que van tapizando los caminos de una sinfonía multicolor. El murmullo del río acompaña esta melodía que se incrementa a medida que avanza el crepúsculo.

     El chopo cabecero es el rey del otoño. Dentro de pocos días se despojará totalmente de su ropaje verdearmarillo. Pero mientras tanto nos regala estas sensaciones efímeras y fugaces. Como el otoño, como la vida, como esta tarde teñida de la luz del sol y de las sombras del inminente crepúsculo.    

    Hay algunos chopos - como el de la fotografía - que se están desmoronando. Son símbolos de una época. Han sido testigos silenciosos de varias generaciones. Han proporcionado madera, sombra, cobijo. Y ahora están emprendiendo el triste camino del olvido. Es una pena que se pierda lo que se había convertido en un valioso patrimonio natural. Pero a muchos ya les ha llegado su último otoño. Un otoño amarillo, ocre, amarronado, nostálgico. Un otoño que seduce los sentidos y muestra la cara más dulce de lo efímero.

OCTUBRE VERANIEGO

OCTUBRE VERANIEGO

       Ambiente prefestivo en Zaragoza en esta tarde más veraniega que otoñal. El otoño mostró sus intenciones a finales de julio pero se ha retirado hasta no se sabe cuándo a sus escondrijos secretos. Seguramente vendrá sin avisar. Y tal vez acuda a la cita de los Pilares. Una cita ineludible para la lluvia, el cierzo y las madrugadas desapacibles.

     Pero, de momento, el fin de semana antes de las fiestas del Pilar se está convirtiendo en un aperitivo exquisito. Dicen que siempre son mejores los días previos a un acontecimiento que el acontecimiento mismo. La espera conlleva ilusión, planes utópicos, sueños desgranados. Aunque también supone incertidumbre, dudas, inquietudes agridulces.

     Como suele ser habitual últimamente en esta ciudad, las obras volverán a ser protagonistas de estos nueve días: desvíos de autobuses, excavaciones en pleno centro, raíles del futuro trazado del tranvía... Y, para colmo, los parques y jardines mostrarán su cara más desagradable debido a un conflicto que no acaba de encontrar solución.

     La plaza del Pilar será el centro neurálgico de multitud de actos. Un solo y único espacio para tanta gente ávida de pregones, jotas, ofrendas y actuaciones musicales. También está Valdespartera y el recinto de Interpeñas. Pero quedan demasiado lejos. La gente prefiere el centro. Y cuanto más alboroto, mejor. En pocas ciudades he visto tanta gente en la calle durante estos días como en Zaragoza. Tal vez sea, entre otros motivos, para decir adiós al otoño. Porque una vez acaban los Pilares, una sombra gris parece teñir el cielo azuleante de la ciudad del Ebro.

CAMINOS

CAMINOS

Caminos.

Senderos del amor o del olvido,

Veredas de ternura o desengaño.

Caminos de futuro.

 

ES TAN CORTO EL AMOR

Y TAN LARGO EL OLVIDO.

 

Un amor otoñal

o tal vez un amor de primavera,

efímero y fugaz como la niebla.

Un amor hermanado

con soledad y olvido.

 

Caminos.

Sendas de soledad crepusculares,

atajos de recuerdos arrumbados

en el suave fluir de las mañanas

o en el lento aleteo de la tarde

teñida de silencios.

 

ES TAN CORTO EL AMOR

Y TAN LARGA LA AUSENCIA.

 

 

LA PORRA ILUMINADA

LA PORRA ILUMINADA

     Te recuerdo desde que di mis primeros pasos. Has sido y sigues siendo un mito viviente en la memoria de todos los que hemos vivido nuestra infancia en este valle turolense surcado por el río La Val. Cual fantasma de piedra, cual milagro silencioso de la naturaleza, te eriges imponente y altiva al borde de un cruce de caminos y escuchas día tras día el susurro del río que lame tus pies ateridos.

     Tu piel amarronada y blanquecina ha soportado el sol de todos los veranos y ha desafiado el rigor de los largos inviernos de la sierra. Tu silueta muestra el orgullo inconfundible de los bravos habitantes de estos valles. Tu perfil airoso contrasta con el verde oscuro de las riberas y con la modesta elegancia y verticalidad de los chopos que te flanquean.

     Para los habitantes de Aliaga - que muchos llaman todavía porrinos - eres junto con el castillo y las montañas que rodean al pueblo uno de los milagros de la naturaleza asociados al latido cotidiano. Si no existieras, si desaparecieras de repente, te echaríamos de menos. Vecinos y visitantes te consideran una seña de identidad con muchos siglos a tus espaldas.

     Con motivo de las fiestas de septiembre, hemos podido contemplar tu silueta en la madrugada de las noches veraniegas. Iluminada, emulas con modestia a la luna llena y renaces cual un ave fénix de las cenizas de una secular oscuridad. Quizás se haya roto un poco el hechizo de lo fantasmal, pero la caricia de la luz sobre tu fisonomía eterna saluda sin recato al visitante y despide al viajero con adioses de luz y amaneceres.

(La fotografía es de Ramón Villarroya)

UN BUEN SABOR DE BOCA

UN BUEN SABOR DE BOCA

     Aunque sólo he podido disfrutar de las últimas 48 horas de las fiestas de septiembre de Aliaga, tengo que decir que me he llevado un buen sabor de boca después de comprobar cómo la creatividad y la participación han sido la nota dominante en este último fin de semana.

     De entre todos los actos programados para estos tres últimos días, me quedaría con la ginkana de las peñas el viernes en el pabellón, con el concurso de tapas del sábado en la plaza del ayuntamiento y con el grand prix del domingo en la plaza de toros.

      Hay que destacar el trabajo de la comisión de fiestas, que se ha esmerado tanto en la elaboración del programa como en su puesta en práctica. Y hay que destacar la colaboración de las peñas para que las fiestas consigan sortear estos momentos de crisis y aglutinar a todos los vecinos y visitantes.

      Quiero mencionar, de todos modos, el programa taurino, de tanta tradición en este pueblo. Es encomiable el trabajo de los emboladores - en la foto - y el de aquellos que velan por el buen desarrollo de unos actos que suscitan siempre algunas críticas. Los amantes de la Fiesta - que son muchos en este pueblo - intentan que no desaparezca. Al contrario, que se potencie y que se defienda incluso con una declaración institucional.

     Es una lástima que estos días hayan pasado como un soplo. Pero así es la vida. La nueva comisión y los peñistas intentarán desde esta semana ir pensando en las fiestas de septiembre de 2012. De momento, a disfrutar de los buenos recuerdos y de los momentos más felices.

EL FINAL DEL VERANO

EL FINAL DEL VERANO

     Si me preguntaran cuándo pienso que es el final del verano, no sabría dar con la respuesta más atinada. Confluyen tantas vivencias. Y tantas circunstancias. Y tantos recuerdos Y tanta incertidumbre ante el futuro...

     De todos modos, hoy, día 7 de septiembre, inicio de las fiestas patronales de mi pueblo - Aliaga -  suele ser para mí un momento culminante de ese momento efímero y fugaz que mantendrá durante cinco días la llama encendida del verano en este rincón encantador de la sierra turolense. Desde mi despacho de Zaragoza, a sólo hora y media de mi pueblo, pienso en el pregón de esta mañana con el que habrán empezado las fiestas, en las vaquillas de esta tarde en la soleada plaza de la iglesia y - en este momento - en el inicio de la ofrenda de flores en el Santuario de la Virgen de la Zarza.

     Pero mi mente viaja una vez más hacia el pasado y evoca brumosamente un verano de los años sesenta que quería prolongar a toda costa hasta el 10 de septiembre, último día de las fiestas. Para un niño de once años, que no había salido prácticamente de su pueblo, las fiestas de septiembre suponían el final de una etapa feliz y el inicio de otra mucho más incierta, gris y anodina. Por eso, cuando me propusieron irme a estudiar fuera a principios de septiembre, puse como única condición que se me permitiera disfrutar de las que quizás iban a ser mis últimas fiestas durante muchos años. Luego las volví a vivir como adulto. Pero ya no iba a ser lo mismo. La ilusión de un niño no se puede cambiar por nada. Y esa ilusión suponía soñar con los toros, con las orquestas que desfilaban por la calle mayor, con los bailes en las plazas o en la carretera delante de los bares, con los fuegos artificiales desde el puente de la Virgen, con el bullicio que recorría día y noche la espina dorsal de un pueblo minero.

      Ese fue mi final de verano. Y ese será seguramente estos días el final del verano para los que han dejado atrás los festejos del pueblo, el solaz de las playas o las aventuras por montes y veredas. Un final que todos intentaremos prolongar de uno u otro modo. Lo ideal sería que ese poso de la melancolía sea dulce y nos invite a soñar con días inolvidables. Eso sí, a pesar del paso del tiempo.

REGRESO AGRIDULCE

REGRESO AGRIDULCE

     Regresas a la ciudad bajo el cielo bochornoso de este septiembre disfrazado de falso enero. Has dejado atrás kilómetros y kilómetros de carreteras secundarias, de rutas solitarias por las comarcas turolenses del Maestrazgo y de las Cuencas Mineras. Carreteras que, dentro de pocos días, se quedarán huérfanas, esperando la llegada inalterable de un invierno cada vez más inclemente.

     Regresas a tu ciudad y contemplas el cauce del río desde un mirador privilegiado. Un río con su caudal bajo mínimos y con sus aguas cada vez más turbias y amarronadas. Y evocas el cauce del Guadalope, del río Campos, y el murmullo inalterable de la funte de la Cedrilla y de los cinco chorros de la fuente casi arcádica de Cirugeda.

     Regresas a la ciudad del Ebro y te sorprende un inusual caos circulatorio, unas obras casi interminables, un ruido en ocasiones ensordecedor. Y recuerdas ese silencio de los valles turolenses que te habla del pasado, de vivencias ya olvidadas, de momentos definitivamente idos.

     Regresas al asfalto y al cemento al filo del crepúsculo. Y miras al cielo intentando contemplar con nitidez el firmamento. Y no puedes evitar el recuerdo de las noches serenas de Aliaga, de los paseos al anochecer por la Vega y por el Cascajar. De la luz plateada de la luna llena, del cortejo de estrellas, cual pinceladas de luz en el horizonte, del rumor de las acequias, del suave fluir del tiempo al filo de la medianoche.

     Septiembre se perfila en el horizonte. Con su cortejo de reencuentros, de vuelta a la rutina, a la llamada normalidad. Pero las imágenes del último verano quedarán en tu retina durante meses y alimentarán el latido invernal de la ciudad, la contemplación de un horizonte caduco, el casi imperceptible declive de los días en beneficio de las noches, el final de un verano repleto de vivencias.

LLUVIA DE ESTRELLAS

LLUVIA DE ESTRELLAS

Pinceladas de luz y de silencio

en esta noche clara

cuajada de alfileres infinitos

y surcada de miles de caminos

en el tapiz de un cielo adolescente.

 

Pinceladas de luz,

pinceladas de amor,

pinceladas de vida

cual lluvia plateada en el ocaso

contemplada fugaz desde este valle

que surca el recatado Guadalope

herido de nostalgia.

 

Hay estrellas que bullen en silencio

y cual mudos testigos del pasado

nos regalan la herencia de los siglos

en estas noches suaves de verano

con la silueta gris de las montañas

que acunaron la infancia

de los que disfrutamos del remanso

de las fugaces noches estivales.

AGOSTO CONVULSO

AGOSTO CONVULSO

      Llevamos menos de una semana del mes de agosto y se han sucedido más acontecimientos inesperados que en todo el mes pasado. Me refiero a las convulsiones económicas que amenazan a media Europa e incluso a los todopoderosos Estados Unidos, a la hambruna cada vez más cruel del cuerno de África y, a nivel doméstico, a un nuevo resurgir de los indignados que, cual un ave fénix, han vuelto a renacer de sus propias cenizas.

      Agosto siempre ha sido el mes de las vacaciones anuales por antonomasia. ¿Quién no recuerda ese "agosto y cierra España" que aparecía hace unos años en algunas tiras cómicas? Pero este año, al parecer, no está siendo un mes estival tranquilo y sosegado. Las ciudades no muestran la tranquilidad habitual, excepto los fines de semana - y si no que se lo digan a los madrileños -. Y los políticos están de vacaciones, pero con el teléfono móvil a mano y la mirada atenta a las noticias económicas que minuto a minuto alteran la tranquilidad de los políticos e inversores. Al parecer, todos tienen prisa: prisa para eliminar la incertidumbre, prisa para luchar contra la especulación, prisa para adelantar las elecciones (y si no que se lo pregunten a la nueva rectora de los destinos de Aragón).

     La única cara reconocible de agosto es su cita puntual con el calor agobiante, las playas repletas de veraneantes, las terrazas abarrotadas al filo de la tarde y las tormentas de verano, cada vez más escasas e inverosímiles. Es de esperar que el pequeño paréntesis del fin de semana calme a los mercados, modere las declaraciones de los políticos, ponga en su sitio a los especuladores y, sobre todo, suponga un avance sustancial en los planes de ayuda a Somalia y otros países africanos que tanto están sufriendo las consecuencias de una sequía letal.

     ¿Qué ocurrirá cuando dentro de tres o cuatro semanas regresemos a la rutina cotidiana, a la cruda realidad de primeros de septiembre? ¿Se habrán calmado los mercados? ¿Seguirán los especuladores con sus ataques al euro? ¿Continuarán los partidos de la oposición pidiendo un día sí y otro también elecciones anticipadas? ¿Seguirán los indignados en la calle? Todo son interrogantes. Todo son problemas que, cual espada de dámocles, están ahí. Y seguirán estando, a no ser que alguien con una vara mágica actúe de inmediato. Eso sí, sería algo improbable, utópico y, a todas luces, inverosímil.

NOCHE DE LUNA LLENA

NOCHE DE LUNA LLENA

Si miras a la luna

en esta noche clara aserenada

podrás ver mi mirada

herida por la luz de las estrellas,

preñada de nostalgia.

Si miras a la luna

desde el valle profundo y silencioso

podrás ver sin recato

el espejo profundo de mis sueños

y mi sed de futuro.

Si miras a la luna

y contemplas su pálida silueta

entablarás conmigo

un diálogo sin fin

y puede que revivas

los crepúsculos dulces de tu infancia,

el poso de una inquieta adolescencia

y el peso de la ausencia

de los seres ausentes

que vuelven cada noche

a iluminar las sombras del ocaso.

 

TARDE ESTIVAL EN ALIAGA

TARDE ESTIVAL EN ALIAGA

     Me encantan las tardes de verano en Aliaga, sobre todo si en el horizonte van apareciendo grupos de nubes grisáceas y, a lo lejos, comienzan a retumbar sonoros truenos como indicio de una inminente tormenta.

     Esta tarde de sábado, mientras miles de turolenses y de visitantes han abarrotado la plaza del Torico de la capital para dar inicio oficial a las fiestas de la vaquilla con la puesta del pañolico, algunos nos hemos quedado en este pueblo de la sierra, contemplando un arcoiris casi inverosímil que ha dejado paso a una brisa serena y a unos cielos azules, casi crepusculares.

     Tarde estival en Aliaga. Desde el solanar contemplo un paisaje colmado de verdor, después de las lluvias generosas de la primavera. En este pequeña buhardilla me acompaña Susín, un gatito encantador, que apareció ayer por el corral y que buscaba cobijo, cariño y alimento. Susín es juguetón, dormilón, atrevido. Pero se ha acostumbrado en seguida a las normas de la casa y es capaz de comportarse como un animal doméstico y adiestrado.

     Mientras escribo estas líneas, un trueno seco y potente ha roto la tranquilidad del valle y ha eclipsado incluso el sonido cantarín de las campanas de la ermita. Pero, aunque ha desaparecido el arco iris, la lluvia vuelve a cobrar protagonismo. Una lluvia ligera que es un regalo del cielo en esta tarde que invita a la lectura, a la tertulia con los amigos o a un paseo sin rumbo por la orilla del Guadalope.

     La tarde se dilata en estos primeros días de julio. La tormenta va y viene por el oeste. Susín sigue sesteando. En las eras cercanas se oyen risas de niños y niñas que, desafiando a la tormenta, inventan mil juegos para llenar las horas de ocio. Una anciana se asoma al balcón y escruta el horizonte.  La tarde se resiste a desvanecerse. Todavía queda la dulzura del crepúsculo en este valle preñado de silencios. Todavía quedan miles de sueños en el horizonte aserenado.

NO SOBRAN LAS PALABRAS

     Los últimos días de junio son días de despedidas, de emociones, de adioses. Son muchos los docentes que culminan casi cuarenta años de dedicación a la docencia. Una vida laboral densa, dilatada, gratificante. Una dedicación vocacional en la que la palabra ocupa un lugar señero. Por ello dedico este poema a todos los docentes que se jubilan durante estos días y, especialmente, a mi compañera Carmen por su optimismo, simpatía y sincera amistad.

 

               Aunque dicen que sobran las palabras,

                      Aunque  alientan los ecos del silencio,

                      Aunque florecen grises como el plomo

                     El poso del recuerdo y la memoria,

                   

                     PREFIERO RECORDARTE

                     Con las voces que laten en la sombra

                     De un corazón abierto y generoso,

                     Con los sonidos claros y cercanos

                     De una honda amistad y simpatía,

                     Con tu sonrisa franca

                     Que invita a la ilusión y la esperanza.

                   

                      NO SOBRAN LAS PALABRAS

                      Cuando llegan cargadas de cariño

                      Y rompen el hechizo cotidiano.

                   

                      NO SOBRAN LAS PALABRAS

                      Cuando surcan caminos de futuro

                      Desde el alba al crepúsculo.

                    

                       NO SOBRAN LAS PALABRAS

                       Ni se las lleva el viento alborotado.

                       Están aquí.  Muy vivas.

                       Al filo de la vida,

                       Al filo del silencio.

TOCANDO EL CIELO

TOCANDO EL CIELO

     Disfrutar de un domingo en el Pirineo de Huesca, acercarse a Villanúa y recordar cuatro veranos inolvidables, visitar las instalaciones del Campamento Cheso, recorrer con calma los caminos y veredas en un día veraniego, es un placer reservado a unos pocos.

     Pero la guinda de este delicioso pastel natural y ecológico fue la ascensión hasta las estribaciones de la Peña Collarada, uno de los picos más emblemáticos del Pirineo aragonés y uno de los retos más apasionantes para montañeros valientes y avezados. Las ocho horas de recorrido por estas montañas culminaron una jornada en la que estuvimos muy cerca de tocar el cielo con los dedos. Ese cielo azul, terso y claro que casi nos hería la vista y que rodeaba con un halo misterioso la cumbre inconfundible de este pico que alcanza casi los 2.900 metros y que no tiene nada que envidiar a otros tresmiles ilustres. Tal como se muestra en la fotografía, la Peña Collarada sirve de telón de fondo a una jornada de ilusión, de cansancio, de disfrute de la naturaleza, de soledad compartida, de parajes casi vírgenes y de valles inconmensurables.

    No pudimos hollar la cumbre. Nos faltaba poco más de una hora. Pero la tarde avanzaba sin tregua y había que regresar a Villanúa. Un descenso de 1.500 metros entre rocas, trochas y atajos inverosímiles. En el recuerdo quedará un día de aventura, de ilusión y de miradas hacia el infinito. Hacia ese cielo que nos recordaba momentos irrepetibles compartidos en Villanúa durante cuatro meses de julio inolvidables.

CONVULSO MAYO

CONVULSO MAYO

     Tarde de bochorno en la capital del Ebro. Cielos azules y despejados. Al parecer, está de moda el color azul, ese azul modernista de Rubén Darío,  ese azul machadiano, ese azul de los sueños, ese azul de las utopías. Un sol inclemente se desploma sobre las casi trescientas tiendas de campaña que cubren las losas cálidas de la Plaza del Pilar. Son tiendas multicolores. Casi todas de la misma marca. Pero en ese recinto de indignación y reflexión no predomina el azul, ni el rojo. Es una mezcla cromática de sentimientos e intereses. Intereses en juego tienen los partidos políticos aragoneses para los próximos días. Porque, aunque el mapa de Aragón se ha teñido de azul - con un sorprendente mimetismo del mapa de España - las aguas de la política bajan revueltas, amarronadas y grisáceas. Porque el horizonte social y económico sigue pintando gris. Gris sobre azul y gris sobre rojo. El rojo que se esconde y que sólo aflora como metáfora de estas temperaturas inclementes de finales de mayo.

      Tarde azulada de mayo en Zaragoza. Sin cierzo, sin brisa, sin el agobio crepuscular de los otoños. Camino por la ribera del Ebro, cada vez más escuálido, de regreso de la plaza de las Catedrales. Llevo en la retina la imagen de esa nueva ciudad casi nómada, que se erigió el quince de mayo y que no quiere pensar en la fecha de caducidad. Parece un microcosmos surgido al margen del río de acontecimientos cotidianos, al margen de la brutal incertidumbre, al margen de pactos, promesas y favores mutuos. Su mirada va más allá del azul con que se ha teñido el horizonte político. Sus proyectos superan las barreras de partidos y organizaciones. Su intención trasluce inconformismo, rebeldía pacífica, mensajes de caducidad contra un capitalismo trasnochado y cruel. Ahí están, con la ilusión por bandera, muy cerca del balcón del ayuntamiento. En el entorno, la vida sigue igual y el verano asoma por el horizonte contra viento y marea. La tarde se prolonga para todos. Aunque el protagonismo sea, una vez más, para unos pocos.

 

SINFONÍA PRIMAVERAL

SINFONÍA PRIMAVERAL

     Sinfonía primaveral en el valle del Guadalope. Concierto de aromas y colores. Murmullo monótono del agua. Eclosión de verdes y amarillos en un paisaje de ensueño. Silencio matinal en el camino que serpentea y asciende hasta una de las fuentes más conocidas de Aliaga: la Cedrilla. Desde allí se atisban los manzanos con su flor rosácea, los sembrados de cereal reverdecido, las montañas impasibles y la silueta inconfundible del castillo casi desmoronado.

     La primavera llega siempre rezagada a esta comarca de las Cuencas Mineras, muy cercana al Maestrazgo turolense. Este año ha llegado con lluvia, con un agua generosa que empapa cada tarde la tierra sedienta y transforma el color amarronado en un verde inusual. Desde Sollavientos hasta Caspe, el Guadalope se convierte en testigo de la historia cotidiana de estas tierras aragonesas, castigadas año tras año por un inclemente clima invernal y heridas de soledad y abandono. Sus orillas se engalanan con la presencia inmutable de los chopos centenarios, de la hierba fugaz, de las acequias cantarinas.

     Año tras año, el río renace con la primavera, las huertas vuelven a mostrar su mejor imagen y los amantes de la naturaleza pasean por sus riberas, contemplan el horizonte de montañas que flanquean un caserío silencioso, apiñado entre la montaña y el río, teñido de rojo y de blanco. Mientras tanto, en esta mañana soleada, uno se embebe de luz, se hace eco de los sonidos armoniosos de la naturaleza, disfruta de sus aromas y bucea en la soledad lejos de los agobios urbanos y del panorama grisáceo de las calles y avenidas.

 

EL RUMOR DEL SILENCIO

EL RUMOR DEL SILENCIO

                                                    Abanico de luz y de diamantes

                                                    Tesoro de frescor y de armonía

                                                    Efímero, fugaz, amaneciente

                                                    Al filo de la vida.

                                                   

                                                    Derramas tus esencias plateadas

                                                    Entre la umbría verde amarronada

                                                    Y siembras el paisaje de murmullos

                                                    Del crepúsculo al alba.

                                                   

                                                    Tu sinfonía hechiza al caminante

                                                    Que disfruta de todas las esencias

                                                    De este oasis de luz y de misterio

                                                    Oculto en la maleza.

          * Cascada en Los Batanes (Alcaraz)                                          

AMAPOLAS URBANAS

AMAPOLAS URBANAS

     Una primavera disfrazada de verano se cuela por todas las rendijas de la ciudad durante la hora de las siesta. El mes de abril, tradicionalmente lluvioso y desapacible, ha roto por unos días su costumbre para sorprendernos con una luminosidad inusual, con una temperatura preveraniega y con el polen inundando aceras, balcones y galerías.

     Desde mi ventana, diviso a lo lejos el cauce pausado de las aguas del río y unas flores silvestres rojizas y amarillas que orlan sus riberas cada vez más deterioradas. Me gustaría contemplar las amapolas silvestres que dentro de unas semanas teñirán de un rojo pasional los campos verdeamarillos del cereal. Pero no me da esa impresión. Antes de mi paseo vespertino, me tengo que conformar con releer a Machado, uno de los poetas que mejor han poetizado la primavera. Porque las flores que diviso en lontananza se muestran tímidas, recatadas,...como si no se atrevieran a plantarle cara al cemento y al asfalto que nos ahoga por doquier.

     Porque está claro que la primavera urbana no se vive de la misma manera que el despertar de abril en las sierras y en los valles. Ni mucho menos. Sólo de vez en cuando, el olor a hierba recién segada - que siempre ma ha seducido - el falso murmullo del río Huerva o las copas de los chopos esmaltadas de verde, que se asoman por encima de tejados y azoteas, nos muestran un retazo primaveral. Pero sólo es un esbozo, un sucedáneo, un anticipo cromático y visual de lo que serán las amapolas cuando despunten al filo del verano y se eleven desafiantes sobre las indolentes espigas .

* La fotografía es de las cercanías de Castel de Cabra (Teruel).

TIEMPO DE SUEÑOS

 

                                      Hace tiempo que sueñas primaveras

                               y besas el azul del horizonte

                               huyendo del presente.


                                Hace tiempo que anhelas un verano

                               con la pasión audaz y adolescente

                               surcada de amapolas.


                                Hace ya tiempo,

                              sí, hace tanto tiempo

                              que has roto las amarras del pasado

                              y  buceas sumido en un otoño

                              tan gris como anodino

                              que a pesar del latido de las horas

                              y de la luz crepuscular ausente

                              alientas la ilusión evanescente

                              al borde del silencio.


                               Mientras tanto,

                             te contagias del pulso acelerado

                             de estos días de luz

                             insolentes tal vez,

                             eternizados.

 

ECOS DE PRIMAVERA

ECOS DE PRIMAVERA

     Se despereza la mañana con una dulce insolencia primaveral. Todavía permanece en tu retina la esfera agigantada y blanquecina de la luna, con su halo mágico y su cercanía casi milagrosa. El sol se ha adueñado por fin del paisaje urbano y, mientras caminas por la zona alta de una ciudad casi adormecida, contemplas a lo lejos la silueta erizada de los Pirineos, cual un telón de fondo blanquinegro, con la nieve como reina de la primavera. Hacia el oeste, aparece el Moncayo machadiano y labordetiano, con su espalda coronada de nieve y con un aspecto de soledad y desamparo.

     El sonido de las campanas de una iglesia cercana rompe el silencio de esta mañana dominical. Una mañana que, a miles de kilómetros, se sigue vistiendo de incertidumbre y desolación en esa zona del noreste de Japón devastada por el maremoto y condenada a un futuro difícil con la amenaza nuclear como espada de dámocles. Una mañana que, a cientos de kilómetros, al oeste de Libia, se viste de terror bajo el estruendo indiscriminado de los bombardeos, fruto de la prepotencia, la intransigencia y el odio. ¿Hasta cuándo se prolongará esta terrible situación en pleno siglo XXI?

     Contemplas la ciudad desde una eminencia cercana al parque José Antonio Labordeta - antes Parque Primo de Rivera y Parque Grande -. Atisbas a lo lejos el perfil silencioso del nuevo tranvía, que hoy se viste de largo después de polémicas y desencuentros. Contemplas el viejo quiosco del parque, que va a ser derribado, dejando atrás sueños y vivencias infantiles de muchas generaciones. El día se presenta claro, diáfano, como esa luna que reinaba anoche en el horizonte. Unos niños juegan en el parque con la arena y los columpios. Unos jóvenes practican su deporte favorito. Montas en tu bicicleta después de tantos meses. Preparas un poco tus piernas para la nueva temporada. Para esta primavera que llama a la puerta de esta zona del planeta conmocionada también por la incertidumbre, el terror y la intransigencia.

EL TIEMPO DEL AMOR

EL TIEMPO DEL AMOR

                               El tiempo del amor

                               es tan fugaz

                               como los sueños dulces

                               de la lejana adolescencia.

                               Es un tiempo azotado

                               por la rutina gris de las mañanas

                              y el crepúsculo triste

                              de noches solitarias,

                              cual una nube rota.

 

                              El tiempo del amor

                              reclama intensidad

                              y alienta melodías de futuro

                              porque es algo tran breve

                              como el latido azul

                              de un corazón

                              herido de esperanza.

 

                              Es un tiempo fugaz,

                              breve como la vida

                              de la rosa,

                              efímero y fatal,

                              contradictorio,

                              sembrado de deseos

                              y promesas.

 

                             Es un tiempo feliz,

                             pero tan frágil...

                             como las alas de esa mariposa

                             que anticipa sin más

                             la ansiada primavera.