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Este fin de semana me he desplazado de nuevo a Aliaga, al pueblo turolense que me vio nacer. Me gusta iniciar el viaje al filo del crepúsculo y atravesar la comarca de las Cuencas Mineras mientras cae la noche otoñal. Me gusta contemplar la silueta de los pueblos que emergen como pequeños planetas en medio de la oscuridad. A través del espejo retrovisor veo las casas de Cortes de Aragón, apiñadas formando un pequeño belén navideño. Luego se suceden los pueblos y los caseríos y las luces lejanas y las estrellas más madrugadoras. El castillo de Hoz de la Vieja exhibe su silueta inconfundible por encima de una pequeña colina. La torre de Montalbán - casi gemela de la de Aliaga - aparece en lontananza con su orgullo habitual. Utrillas, Escucha, Valdeconejos, Mezquita, Cuevas de Almudén, Jarque de la Val, Hinojosa de Jarque, Cobatillas y Aliaga. Casi me conozco el camino de memoria. A pesar de que es noche cerrada, el coche adivina las curvas, se acomoda a los recodos, surca raudo esa ruta casi habitual en los últimos años.
En Aliaga nos espera la estufa de leña recién encendida. Unas patatas se asan lentamente en el pequeño horno casero. Son las ocho de la noche y parece que sean las doce. El termómetro señala ocho grados, algo agradable por estos pagos en esta época del año. Tenemos por delante un breve fin de semana. Un fin de semana de silencio. Un fin de semana al filo de la soledad. Un fin de semana de recuerdos. Un fin de semana de nostalgia. Me gusta pisar las hojas amarronadas de los chopos cabeceros mientras inicio mi paseo matinal por las riberas de La Val y del Guadalope. Me gusta contemplar cómo se desliza esa agua cristalina, escasa, casi testimonial. Me gusta caminar por las calles vacías y recordar la época de mi infancia. Observo los rótulos de algunas calles estrechas y empinadas: calle del Sol, calle de las Estrellas,... Me acerco a lo poco que queda de aquella Escuela de Niños Unitaria, donde entré con timidez a los seis años. Por unos momentos, vuelvo a los años sesenta, al alboroto de las calles, a la animación de la calle Mayor. Por unos momentos, pienso en lo que fue Aliaga durante esas décadas, y me imagino un futuro diferente, tal vez peor que este presente incierto.
Han sido dos días sin ordenador, sin internet, sin teléfono móvil. Dos días alejado del ajetreo de la gran ciudad, del estrés, de la rutina cotidiana, de las inquietudes que nos plantea el día a día. A veces, el regreso a las raíces, aunque sea efímero y fugaz, sirve para restañar algunas heridas y para reencontrarnos con un pasado lejano y cercano a la vez.

Si no fuera porque los días se van acortando irremediablemente, si no fuera porque la brisa del amanecer penetra cada mañana de modo insolente por las rendijas más insospechadas, si no fuera porque el calendario señala sin margen de error que estamos a finales de noviembre, nadie diría que estamos en otoño.
Mediada ya la estación, y a un mes de la llegada del invierno, podemos afirmar que el otoño está pasando de puntillas por la península Ibérica y por gran parte de Europa. Salvo las nieves caídas en las cumbres de las montañas a principios de noviembre y las lluvias generosas e irregulares en el norte de España, los meses de octubre y noviembre - que deberían ser húmedos - están presentando su cara más triste y anodina en cuanto a meteorogía se refiere.
En Zaragoza ni siquiera han aparecido las molestas y prolongadas nieblas. El cierzo ha cedido su protagonismo a los vientos del sueste y, no es de extrañar, que hasta las grullas que llegan a la laguna de Gallocanta estén desorientadas.
Unos hablan de algo excepcional, otros opinan que todo ello es consecuencia del calientamiento global. Pero todos miramos con desconcierto este clima inusual que, aunque puede retrasar las tan cacareadas gripes, no favorece en nada a la agricultura, a los embalses o al entorno natural.
Eso sí, en diversas zonas naturales privilegiadas - como en los valles pirenaicos de Hecho y Ansó o en las faldas del Moncayo - han vuelto los colores del otoño, el manto de hojas orlando los caminos imposibles y los ecos del silencio ocultos en las ramas desnudas de los árboles caducos castigados por el viento.

El reciente fallecimiento del gran actor español José Luis López Vázquez ha motivado una serie de homenajes a su memoria. Mi mejor homenaje ha consistido en la visión - por segunda o tercera vez - del cortometraje La cabina, una película inquietante que me ha trasladado a la España de los años setenta, una España gris, casposa, aplastada por los tópicos y las convenciones; una España encerrada en su cáscara inaccesible, una España que pedía a gritos un nuevo clima de convivencia en libertad.
No sé si su director, Antonio Mercero, - que se inspiró en un cuento de Juan José Plans - tuvo en su mente esa intención alegórica. Es verdad que tiene más peso el motivo del terror y de la ciencia ficción, pero, al contemplar la película casi cuarenta años después, uno se da cuenta de lo mucho que ha cambiado este país. El color rojizo de la nueva camina contrasta con el gris del entorno urbano, con el gris de la policía, con el gris de los empleados de Telefónica y con el negro de los bomberos.
José Luis López Vázquez borda un papel difícil y agotador. Brinda al espectador una imagen cruda y realista. Una imagen que se podría repetir de nuevo en la actualidad, salvando las circunstancias históricas y sociales. La inquietante alegoría permanece en mi mente y podría aplicarse a este Planeta en el que estamos encerrados y en el que cada vez va a ser más difícil sobrevivir. No sé si Antonio Mercero u otro director se embarcará en una aventura similar. No le faltarán vivencias reales que evidencien la cerrazón ideológica y las cortapisas sociales. Eso en pleno siglo XXI.

Mientras espero en la peluquería del barrio, dos señores comentan una de las noticias deportivas de la jornada: la supresión por parte del gobierno de la llamada ley Beckham, que desde 2003 permite a los jugadores extranjeros que participan en nuestra liga tributar a Hacienda un 24 por ciento, casi la mitad que los españoles. Hablan además de lo que cobra uno de los últimos fichajes galácticos del Real Madrid: la friolera de 83.000 euros al día, juegue o no juegue, trabaje o no trabaje. Y se preguntan, ¿Por qué se ha llegado a estos extremos? ¿Quién paga a estos virtuosos del balón? La conclusión parece obvia: son los propios espectadores y telespectadores los que sostienen este negocio. Somos los aficionados los que, con nuestra presencia en los estadios o pagando por ver algunos partidos, alentamos esta dinámica y elevamos casi al infinito las ganancias de las estrellas.
No sé si la crisis contribuirá a moderar las cifras. En algunos clubes parece que no ha influido mucho, al menos de momento. Lo que está claro es que debe desaparecer ese privilegio de Hacienda, aunque protesten los mandatarios de la Liga de Fútbol Profesional. Las razones que esgrime su presidente no son de peso, ni mucho menos. Hay equipos que, casi sin estrellas, están ofreciendo un buen espectáculo. Hay aficionados al deporte rey que están deseando se reduzca el número de extranjeros y se potencie más la cantera. Un ejemplo claro es la selección española, que está en la élite, a pesar de los foráneos que juegan en los equipos españoles.
Opino que esta polémica se zanjará por sí sola y volverá a reinar la sensatez. Porque a nadie se le oculta la diferencia abismal de sueldo entre un futbolista de élite y un investigador. Y la controvertida ley se hizo, sobre todo, para favorecer la llegada a España de investigadores de otros países y para recuperar cerebros establecidos en el extranjero. Es una pena que el fútbol sea cada vez más un negocio, que no se luche por los colores, que no se trabaje en equipo, que prime más el lucimiento personal de cara a la galería que el esfuerzo por ofrecer un buen espectáculo colectivo.
La conversación sobre el tema continuaba cuando, media hora después, abandonaba la peluquería después de un moderado corte de pelo.

El otoño está llegando con timidez a las tierras turolenses. Es un otoño suave, dulce, cadencioso. El murmullo del escaso caudal del río Alfambra se entremezcla con el susurro espontáneo de las hojas de los chopos, que caen livianamente a las orillas de este río que nace en las inmediaciones del pico Peñarroya y se desliza por Aguilar de Alfambra, Galve, Orrios, Alfambra, Peralejos, Tortajada, Cuevas Labradas y Teruel, hasta desembocar en el río Turia, muy cerca de la capital.
En Villalba Baja - como muestra la fotografía - el contraste entre verdes, ocres y amarillos es cada día más patente. El río ha abandonado ya su trazado salvaje y sinuoso y se ha ceñido a la geografía de un valle poblado de chopos y salpicado de huertas. La temperatura es tan agradable que no parece otoñal. Los cerros desnudos y grisáceos muestran su inconfundible silueta. A lo lejos, los montes cercanos a Castelfrío, heridos de muerte el pasado verano, cuando los incendios se cebaron impunemente con esta provincia aragonesa.
Pocas turismos transitan por esta carretera durante la mañana del sábado. Algunos coches se dirigen a los pueblos más cercanos para honrar a los familiares que ya se han ido. Otros años caían las primeras nevadas por estas fechas. Otros años las heladas vestían de blanco las orillas del río. Pero durante estos días, ya casi mediado el otoño, uno piensa que el tiempo se ha vuelto loco, que las lluvias han dado la espalda a estos valles, que estamos pagando muy caro el cambio climático. Tal vez haya otros motivos. De momento, disfrutaremos de la placidez de estos días y del paisaje otoñal que, tarde o temprano, llegará de nuevo a su cita.

Recatado, discreto, camuflado
bajo la verde capa que el otoño
viste de dulces ocres y amarillos
colmando los sentidos del viajero.
Con sangre anaranjada
y tu dibujo casi inconfundible,
asomas la cabeza engalanada
de musgos y despojos vegetales.
Te llaman níscalo - aunque tu nombre
no está en el diccionario.
Pero, los que conocen tu sabor
y ese suave rugoso inconfundible,
prefieren el agudo y contundente
apelativo familiar, cercano.
No todos los que buscan tu silueta
te tratan con ternura y con cariño.
Sólo los que conocen ese frágil
y efímero latido tan caduco
te acogen con calor de terciopelo
en la cesta que colmas como un nido
de esa sangre vinosa coagulada.

Mientras escribo estas impresiones en mi ordenador, compruebo que ya escribo con más rapidez a mano que con la pluma, el bolígrafo o el lápiz. Y es que, como les ocurre a la mayoría de los creadores literarios, el bolígrafo o la pluma han dado paso al ordenador, previa etapa en la máquina de escribir. Lamentablemente la escritura manuscrita se va perdiendo a marchas forzadas. Con la irrupción de los teléfonos móviles y del correo electrónico, las nuevas generaciones cada vez usan menos el lápiz o el bolígrafo. Con la llegada de los Tablets PC a las aulas y de la pizarra digital, la caligrafía irá perdiendo terreno y la ortografía se convertirá en algo caduco e incluso obsoleto.
Esta misma mañana me he atrevido a poner a mis alumnos de Secundaria un pequeño dictado y muchos se han sorprendido. ¿Es que se está dejando de lado esta práctica? Lo mismo ocurre con las tradicionales redacciones que realizábamos a mano y con pluma estilográfica en el antiguo Bachillerato. Ahora, nuestros alumnos de Secundaria sólo son capaces de hilvanar cuatro o cinco líneas con coherencia y corrección. Por eso los armonizadores de las Pruebas de Acceso a la Universidad insisten tanto en la corrección expresiva, la coherencia de ideas y la correcta ortografía no sólo en la prueba de Lengua Castellana, sino en los demás ejercicios.
Conservo cartas escritas a mano de mis seres queridos y siguen siendo para mí un tesoro. Ahora ya no recibo misivas manuscritas. Mi buzón está lleno de papeles anónimos y burocráticos de los bancos o de otras entidades. Es verdad que los tiempos han cambiado. Pero sería deseable que ni el libro impreso desapareciera absorbido por el soporte electrónico, ni la escritura a mano quedara como una reliquia de otros tiempos.

El otoño avanza lentamente en esta Zaragoza, hija del cierzo y del Moncayo. Aprovechas las últimas horas de la tarde del jueves para asistir en el salón de actos de FNAC a la presentación del poemario La voz en la memoria, del poeta albaceteño afincado en Zaragoza Ricardo Fernández Moyano. Como anticipa su presentador, el profesor y crítico Alfredo Saldaña, el libro contiene poemas sinceros, afilados como flechas, que llegan directamente al corazón. El poeta de Minaya evoca la pérdida de un ser querido y logra transmitir al lector un sentimiento de nostalgia, de melancolía y de secreta esperanza. Transcribo uno de los poemas, leídos por miembros de la Asociación Literaria Rey Fernando de Aragón:
LUZ EN LAS SOMBRAS
Su inesperada ausencia
dejó al mundo huérfano
de su voz,
pero no de su fuerza.
Permanecerá fresca
como un torrente de ternura
que alentara nuestras huellas.
Y cuando la vida nos pida
reconciliar el alma y su destino,
invadirá alegre los corazones
un relámpago de primavera.
A pesar del otoño, una brisa primaveral recorre tus entrañas cuando abandonas el salón y caminas por el Coso entre una multitud hechizada por la fiesta y deseosa de un callejeo perpetuo. Piensas, mientras tanto, en los seres queridos ausentes, en las personas solitarias, en los que bucean en la soledad en medio del falso y engañoso bullicio. A pesar del cierzo, la plaza de los Sitios está a rebosar. Poco después, mientras te diriges al barrio San José, atraviesas una de las cunas del botellón zaragozano: el maltrecho parque de Miraflores. Botellas, vasos, inmundicia por doquier. Restos de un consumo incontrolado. Huellas de una madrugada de evasión. Símbolos de una generación desnortada y rebelde. Ya al anochecer, continúas recordando esos versos que te han alejado momentáneamente del bullicio de unas fiestas en las que pesan más las ausencias que el deseo de divertirse porque sí, porque lo señala el calendario.

La semana se desliza plácidamente en Zaragoza. Unos días semifestivos siempre ayudan a sobrellevar las jornadas laborales. Además, aprovechas para realizar algunas actividades que esperaban en tu agenda desde hace varias semanas. Paseas por el centro de la ciudad y compruebas cómo avanzan las obras del polémico tranvía. Decides caminar, porque las principales líneas de autobús están desviadas. Y, además, es bueno de vez en cuando callejear sin prisas, sin agobios, sin la servidumbre del reloj.
Los establecimientos funcionan a medio gas. La vida ciudadana está adormilada, a la espera de una tarde más bulliciosa y de una noche de verbenas y conciertos. Sólo por los medios de comunicación te enteras de la difícil negociación para que la Opel de Zaragoza no pierda ni un solo puesto de trabajo. A nivel nacional, las aguas del PP valenciano siguen convulsionadas. Por fin comienzan las dimisiones y renuncias - algo casi insólito en este partido. No sé hasta dónde llegará todo esta trama, que casi nadie comprende en esencia. Podría producirse un efecto dominó. Y quizás las consecuencias sean imprevisibles.
Mientras tanto, te preparas para salir hacia la Plaza de los Sitios, un lugar ya clásico en las fiestas del Pilar. Cerámica y productos aragoneses son un reclamo para zaragozanos y visitantes. Prefieres el jamón de Ejulve y la cecina de Castellote. De vez en cuando, hay que barrer para casa. Después recorrerás el paseo de la Independencia y observarás la cantidad de vendedores ambulantes y artistas callejeros que recalan en Zaragoza por estas fechas. Es una vida dura, nómada. Es como una huida hacia adelante. Aún les quedan unos días de permanencia en Zaragoza. Luego se dirigirán a otra ciudad, o a otro país. Sempre en busca de una difícil supervivencia. Hasta que la vida les sonría, si es que eso ocurre alguna vez.
Y es que la vida está hecha de contrastes: la algarabía y la soledad; la sobreabundancia y la penuria; la seguridad y la inquietud; el despilfarro y la miseria; la euforia y la depresión...

Hacía bastantes años que no te perdías el pregón de las Fiestas del Pilar de Zaragoza. Este año te ha sabido un poco mal porque volvía al balcón del Ayuntamiento el aragonés más carismático, José Antonio Labordeta. Y el polifacético cantautor zaragozano no defraudó, según has podido leer en diversos medios de comunicación. De todos modos, has aprovechado muy bien este fin de semana un poco más largo: viaje a Arros de Nay, pequeña localidad de la región francesa de Aquitania y del departamento de los Pirineos Atlánticos. Y te has desplazado por el Portalet, más agreste, más sinuoso, pero más pintoresco que el Somport. La lluvia ha hecho acto de presencia nada más entrar en el país vecino. Los campos verdes, los montes verdes, la naturaleza más lozana que a este lado de los Pirineos. Y ya en Arros de Nay, la hospitalidad de una familia de amigos, las visitas culturales a la cercana localidad de y el ascenso a una de las colinas más emblemáticas de los Pirineos franceses.
El regreso a tu ciudad en el día de su fiesta grande, ha venido marcado de contrastes, como era de esperar: filas de turismos por doquier, calles atestadas de gente, la plaza del Pilar a rebosar y niños, jóvenes y no tan jóvenes vestidos de los trajes regionales para inundar de flores la pirámide blanquirroja, que cada año resulta más pequeña. Todavía quedan días de celebración por delante, aunque, en realidad, los días más grandes acaban con la jornada del día trece, más local, más tranquila y menos multitudinaria. No te perderás el Rosario de Cristal e intentarás acercarte a la plaza de los Sitios y a otros lugares emblemáticos del Casco Viejo. Valdespartera te queda demasiado lejos y los conciertos tampoco tienen el gancho de otros años. Eso sí, volverás a Arros de Nay en otra ocasión y te volverás a perder en plena naturaleza, observando la altivez de las montañas, el vuelo airoso de los alimoches y esa lluvia finísima que empapa la tierra y serena el ánimo, tu ánimo y el de los que te acompañan.

Hoy la ciudad se ha despertado con otro aire, con otro talante. No sólo es la cercanía del siempre esperado fin de semana, es la inminencia de las fiestas de Zaragoza, de las fiestas del Pilar. En las calles se respira otro ambiente, los escaparates se engalanan y algunas avenidas - Coso Bajo, calle Mayor, paseo de las Damas - lucen ya el nuevo asfaltado y ese color blanco, casi níveo, de las señales de dirección o aparcamiento. En cambio, otras calles no tan céntricas tendrán que esperar unos días.
En los aledaños de la plaza de toros el ambiente prefestivo es algo especial: barras de bar provisionales en las puertas de los establecimientos, churrería instalada en el mismo lugar de siempre, colas en las taquillas de la plaza, turistas que se fotografían delante del cartel que anuncia la feria y algún revendedor que intenta hacer su agosto.
Zaragoza se vestirá de gala durante diez días. Algunos hablan de que son un poco largas las fiestas. Otros desearían se prolongaran hasta Navidad. Hay que reconocer, sin embargo, que los actos más importantes están programados en el centro de la ciudad. Eso sí, cada vez cobra más protagonismo el recinto ferial de Valdespartera y el entorno de la Expo. Hasta el buen tiempo parece que quiere acompañar. Este dulce otoño del que habla Labordeta. Estas tardes apacibles que se dilatan hasta el amanecer.
Algunos aprovecharemos estos días para alejarnos del jolgorio festivo; otros se sumergirán en la vorágine de actos y celebraciones, especialmente los más jóvenes. Muchos no saben qué actuación elegir o qué concierto seleccionar en su agenda festiva. Porque la crisis sigue rondando en el ambiente y el bolsillo no está para muchos despilfarros. Eso sí, el ayuntamiento ha conseguido algo aparentemente milagroso: más actos con menos presupuesto. ¿Cómo ha sido esto posible? Que se lo pregunten a las autoridades municipales y al concejal de festejos. Y que viva la fiesta.

A pesar de que el fin de semana ha sido corto, - en lo que a cambio de ritmo y de actividad se refiere - veintiuna horas fuera de la ciudad han sido suficientes para llenar los pulmones de aire incontaminado, para contemplar con detención los primeros colores del otoño y para embeberte en un silencio crepuscular con la luna llena como mudo testigo.
Has viajado de nuevo a la sierra, al valle que te vio nacer, a la casa de tus antepasados. Y has recordado con dificultad vivencias casi olvidadas de tu infancia. Te has imaginado el pueblo de los años sesenta, con sus calles animadas por el ir y venir de niños, jóvenes y ancianos. Te has asomado a la ventana del solanar y has contemplado la torre de la iglesia, iluminada como un faro perdido en alta mar. Hacia el norte, has adivinado la silueta inconfundible del castillo, de esa fortaleza sanjuanista que se desmorona año tras año.
El domingo ha amanecido con todo su esplendor. El clima no parecía otoñal, aunque la hierba de los campos se haya vestido del blanco de una suave rosada. Un sol radiante inunda un valle surcado por el rumoroso Guadalope. Los chopos centenarios se resisten a vestirse de amarillo. Las laderas de las montañas muestran todavía la humedad de la lluvia que ha caído hace una semana. Una lluvia escasa, intermitente, necesaria. Pocos frutales muestran su habitual lozanía. Se nota el progresivo abandono de los campos, de la fecunda huerta, de la cada vez menos atractiva agricultura.
Regresas a la ciudad después de este breve paréntesis. El sol de la tarde te ciega por momentos. Los pueblos de La Val se quedan vacíos. Un vacío de meses. Un vacío casi perpetuo. Por el espejo retrovisor contemplas un rebaño de ovejas. Apuran las últimas horas de un fin de semana fugaz, engañosamente otoñal, casi veraniego. Bebes agua cristalina de una fuente cercana. Un cartel informa de que es agua no potable. Nadie hace caso de este inútil anuncio. Ojalá todas las aguas que bebemos fueran como esta. La noche te recibe a la entrada de la ciudad. Tráfico denso. Semáforos por doquier. La radio anuncia las noticias de la semana que va a comenzar: reducción de plantilla en la Opel, oposición a las obras del tranvía, preámbulo de las fiestas del Pilar,... Pero tú te quedas con el latido del valle que te vio nacer. Un latido fugaz, un eco que permanecerá en tu interior hasta el próximo viaje, hasta un nuevo fin de semana.

Al filo del otoño
se desangra la tarde cenicienta
entre brumas y brisas
a orillas del humilde Guadalope
que surca alborozado
el valle silencioso
teñido de un color verdeamarillo
y de un poso agridulce de nostalgia.
Al filo del otoño
se va filtrando un sol crepuscular
entre nubes cárdenas
y humean las inquietas chimeneas
mientras la vida pasa
al borde del camino
flanqueado por chopos cabeceros
y por miles de arbustos
que adornan cual tapiz multicolor
los valles de la Val y Miravete.

Aprovecho esta tarde preotoñal para acercarme a las orillas del Ebro, atravesar el río por la pasarela del azud y contemplar a lo lejos la zona que parece va a ser elegida para la futura Expo Paisajes 2014. Parece ser que va ganando enteros la desembocadura del río Gállego, que acaba en el Ebro casi exhausto. Llega a Zaragoza después de un largo recorrido, cargado de residuos, lastrado por el lodo y casi irreconocible. Habrá que ver si la futura Exposición le da vida a este río, resucita sus riberas y contribuye a revitalizar su entorno.
Viene como anillo al dedo un poema del albaceteño Manuel Terrín, perteneciente al poemario El lodo turbio de la desembocadura, que obtuvo el premio del concurso de poesía Ciudad de Zaragoza 2009:
Estoy buscando un árbol donde colgar el nido
y sólo encuentro al frente montículos de arena,
una luz apagada, una voz que no suena
y un sendero sin nombre que conduce al olvido.
Dura tierra paterna, bajo cielo dormido,
convierte en pedregales lo que era manantial.
Habla el mundo de amores y el amor es un mal,
un fracaso redondo de la vieja ruleta.
Todos hemos nacido con una metralleta
colgada a la manera de nudo umbilical.

Han cambiado muchas cosas en Zaragoza - y en España - en los últimos doce meses. Ayer se "conmemoró" la clausura de la Exposición 2008. Ahora, un año después, el recinto permanece en silencio, como un esqueleto de cemento, a la espera de ese futuro parque empresarial que no acaba de llegar. La crisis económica - que comenzó hace aproximadamente un año - se está llevando por delante muchas ilusiones o proyectos para esta ciudad. Sólo las obras del futuro tranvía parecen romper con el silencio administrativo sobre temas como la tan cacareada Gran Scala, el nuevo campo de fúltbol o la segunda estación del AVE.
La incertidumbre se agudiza todavía más cuando repercute en el futuro de las personas. Este silencio afecta a miles de trabajadores de la Opel de Figueruelas, que ven cada día más amenazada la continuidad de una factoría hasta ahora modélica en toda Europa. El ocaso del verano - palpable también en lo meteorológico - se puede llevar consigo las ilusiones que muchos zaragozanos y aragoneses pusieron en la Expo. Todavía queda un poco lejos la Exposición de Horticultura de 2014. Ni siquiera se ha precisado su ubicación. Está claro que las autoridades políticas no quieren hacer demasiados planes a largo plazo. Las sorpresas surgen cada semana y uno no sabe a qué carta quedarse. Por no hablar de la gripe A y de sus posibles consecuencias en Otoño. De momento, se ha esfumado el agobiante calor y los montes respiran tranquilos.

Mañana de compras en el barrio de Las Fuentes. Algunos supermercados están a rebosar. "Parece que regalen los productos", comenta un cliente. En mi recorrido de unos quince minutos, hago una pequeña parada a orillas del Ebro, muy cerca del azud. Numerosos curiosos se agolpan en la barandilla para observar un espectáculo hasta hace poco inusual: presencia de siluros en el cauce del Ebro, peces importados de Alemania en 1974 y que desde el embalse de Mequinenza se han ido extendiendo por el Ebro y el Segre. Son peces depredadores, peces basura, peces espectáculo, peces para pescadores audaces y pacientes. Dicen que acaban con todo, hasta con las ingenuas palomas. Dicen que les gustan las aguas hediondas. Porque las aguas del Ebro dan una imagen lamentable en este final de verano. Ya sabemos que la calidad de las aguas de un río se pueden medir por los peces que habitan en él.
Ya hacia el supermercado, observo una imagen casi insólita hasta ahora: presencia de carritos de la compra por las calles casi intransitables del barrio. La inminente desaparición de las bolsas de plástico - ¡cuánto se ha tardado en tomar la decisión! - obligará a volver al carro de ruedas. Un medio de transporte de mercancías más cómodo y más discreto. Eso sí, el tráfico de las aceras se multiplicará, porque habrá un cruce de peatones, bicicletas, carritos de bebé, mochilas escolares y carros de la compra.

Desde mi regreso a la gran ciudad, desde la vorágine de actividades de preparación del inicio de curso, desde la soledad de las cuatro paredes y la visión panorámica de asfalto y cemento, recuerdo los últimos días de un verano que está a punto de fenecer. Mi mente vuela hasta Aliaga. Los vecinos más afortunados estarán quemando los últimos cartuchos de las fiestas mayores en honor a la Virgen de la Zarza y esta noche cantarán el "pobre de mí" por la calle mayor. Esa calle mayor que el domingo pasado se vistió de gala para presenciar el ya clásico toro ensogado. El pueblo se llenó de animación. Niños, jóvenes y mayores contemplaban el espectáculo o se convertían en protagonistas de rápidas carreras y algún pequeño susto. Los balcones y ventanas estaban a rebosar y la gente se divirtió de lo lindo.
A partir de mañana, el pueblo volverá a su fisonomía habitual: tranquilidad en las calles, soledad crepuscular y silencio por las noches. Menos mal que Neoelectra continuará funcionando, que la escuela acogerá a una veintena de alumnos, que el supermercado seguirá con sus provisiones y el centro de salud atenderá cualquier incidencia. El otoño llegará dulce, silencioso, amarillento. El preludio del invierno será progresivo y teñirá muchos corazones de melancolía. Los que vivimos en otro lugar, soñaremos con el próximo puente festivo, recordaremos los momentos más felices y esperaremos el próximo verano. Eso sí, todos desearemos que no se repita el pavoroso incendio de julio y que las lluvias sean mucho más generosas. La naturaleza lo necesita y el paisaje lo agradecerá.

Cuando regresas a la ciudad, después de un mes de paréntesis estival, sueñas con encontrarte un entorno distinto al que dejaste a finales de julio. Pero, lamentablemente, no ha sido así. El Plan de Inversión Local continúa dejando a muchas calles patas arriba. El tráfico se complica, un olor nauseabundo recorre algunas avenidas y los ciudadanos de a pie echan mano de la paciencia y de la imaginación para acceder a sus lugares habituales.
El problema se acrecienta si uno se acerca a los aledaños de la plaza del Portillo. Las aceras que lindan con el coso de la Misericordia están valladas porque hace dos días se desprendió un tejadillo de la azotea de la plaza y, milagrosamente, no dio de lleno con ningún viandante. Mucho tendrá que hacer la Diputación Provincial para solucionar este desaguisado. Uno más entre tantos. Cerca de la plaza, las obras del museo Pablo Serrano continúan a cámara lenta. Y, eso sí, como no todo es negativo, el colegio Joaquín Costa luce ya su nueva cara, después de una acertada restauración.
Es de esperar que, con la llegada del otoño, se vayan adecentando calles y avenidas y el ciudadano transite sin sobresaltos debajo de tejados, balcones y cornisas. Es de esperar que la tan temida gripe A no se agudice. Es de esperar que el paso no vaya a más. Es de esperar que la ciudad no siga pareciendo una trinchera pacífica. Pero esto último resultará difícil porque ya van a comenzar las obras del futuro tranvía. ¿Cómo nos desplazaremos al hospital Miguel Servet? ¿Cómo iremos a la Romareda? El tiempo lo dirá. Y las cabezas pensantes.

A medida que avanzan los días y las semanas de este efímero verano, una polifonía de colores se va adueñando de la realidad, cruda y descarnada, a pesar de las tan cacareadas vacaciones de agosto. Cual si fuera un caleidoscopio cromático, la vida cotidiana se va tiñiendo de los tonos más dispares e inverosímiles. Del color rojo agrisado de los incendios forestales, se ha pasado al tono amarronado de las tormentas, riadas y avenidas. Del color rosa de las vacaciones idílicas en una isla tranquila, se ha pasado al color negro de la dictadura del terror, que acaba de ’celebrar’ así sus bodas de oro. Del color azul del cielo, con continuos avisos de olas de calor, se ha pasado al color gris de las nubes, que se han enseñoreado por unos días de las playas del Levante. Del color blanco de la concordia y de una utópica paz social, se ha pasado al color amarillo de la envidia, del victimismo, de la sospecha continua y de las acusaciones infundadas.
Así discurre el verano. Así discurre el mes de agosto. Así discurre la vida. La gripe A continúa amenzante como una espada de Dámocles, la muerte se lleva por delante - con su dictadura incomprensible - la vida de de un deportista joven, la crisis económica se toma unos días de vacaciones antes de la inminencia del otoño, la jerarquía eclesiástica se mantiene erre que erre en sus principios trasnochados, algunas autoridades locales se empeñan en prohibir lo que ya está asumido por todos los ciudadanos, los responsables del tráfico siguen obsesionados por el exceso de velocidad y por el afán de recaudar, algunos retrógrados quieren volver a la segregación por sexos en la educación como hace más de treinta años, las obras del Fondo de Inversión Local continúan a marchas forzadas y, mientras tanto, los ciudadanos que pueden huyen de las grandes ciudades hacia las playas - que cada vez son menos paradisíacas - o hacia las montañas - que sufren año tras año la enfermedad del desarrollismo. Son los colores del verano, ahora que los calores nos han dejado, aunque sólo sea por unos días.

Tengo ganas de abandonar la ciudad durante el mes de agosto. Porque Zaragoza muestra en agosto todas sus inclemencias y miserias - tal como afirmaba Manuel Vilas en su excelente columna de Heraldo -. Las ciudades en agosto se disfrazan de polvo, sufren el asedio de las obras, se vacían de viandantes y sólo muestran su cara más amable durante las primeras horas del día o en las dilatadas noches de terrazas y de paseos sin rumbo.
Esta mañana he comenzado a despedirme por unos días de la ciudad del Ebro. Nada más salir de casa, he comprobado cómo talaban varios pinos de la calle Monasterio de la Oliva en el barrio de Las Fuentes. Los árboles estorban en la ciudad. Y en el campo son víctimas de devastadores incendios. Me dan pena las calles sin árboles. Me dan pena las calles invadidas por el cemento y acosadas por el tráfico. He caminado después por el centro de la ciudad y he observado un movimiento inusual de maletas sobre ruedas, de equipajes cargados de ilusión, de maleteros casi atestados. Es el inicio anticipado de un mes de vacaciones para muchos, un mes de huida de lo cotidiano, un mes para olvidarse de la gran ciudad.
Mientras regreso a casa para preparar mi huida veraniega, un sol inclemente cae sobre las aceras. Resulta difícil encontrar una sombra a esas horas del medio día. Ni siquiera los parques se han librado de las obras. Más cemento en el parque Bruil, más asfalto en el Camino de las Torres. ¿Cómo estará Zaragoza en septiembre? ¿Habrán avanzado las obras? ¿Se podrá transitar por la calle Salvador Minguijón? ¿Disfrutaremos de más kilómetros de carriles bici? ¿Habrán replantado alguno de los árboles talados indiscriminadamente? Estos y otros interrogantes sobrevuelan por mi mente mientras me dirijo hacia Aliaga. Encuentro literario el fin de semana y ruta ciclista hacia Cirugeda a través de un paisaje desolado y ceniciento.

Regresas a tu pueblo a disfrutar de unas horas de descanso y te encuentras con un paisaje triste, desolado, casi irreconocible. Tenías previsto realizar un recorrido en bicicleta desde Aliaga hasta Cirugeda, pero has tenido que cambiar de ruta. Si te acercas a una eminencia desde la que se contempla la Muela Cerra, te vas a llevar un tremendo disgusto. Las piedras que coronan la cima están heridas por el humo y terriblemente huérfanas. Todavía no has bajado hasta Las Erías - ¿cómo estará la masada? -. Tampoco te has acercado a La Cañadilla, ese rincón idílico en el que has pasado tardes maravillosas recogiendo rebollones y disfrutando del paisaje. De momento, prefieres esperar a que la situación se calme. Y guardas silencio. Tienes un nudo en la garganta y un ahogo en el corazón. Porque este paisaje ha alegrado los días de tu infancia, las tardes de tu juventud. Aún recuerdas tenuemente un incendio similar hace unos veinte años. Partió de la zona de Boca del Infierno. Ahora que empezaba a recuperarse la naturaleza... Los pinos y las sabinas volverán a surgir, como un ave fénix, de sus propias cenizas. Los buitres comenzarán una huida hacia ninguna parte. Pero la zona tardará, al menos, otros veinte años en recuperarse.
Es una catástrofe ecológica impresionante. Es una catástrofe natural que tardarás en asimilar. De momento, predomina el silencio y la tristeza en las caras de tus vecinos y amigos. Alguno se consuela porque podía haber sido peor. Hasta Neoelectra ha estado amenazada. Sólo hubiera faltado eso, después de los esfuerzos que ha costado mantenerla en funcionamiento. Aunque parezca duro y contundente, nada será igual en esta zona a partir de julio de 2009. Otro verano fatal. Como el de 1994 en una zona cercana. Regresas a casa. Hablas de estos incendios con los tuyos. Y piensas si se podrían haber evitado. Porque es una pena que lo que la naturaleza ha labrado durante siglos, quede asolado en pocas horas a causa de las condiciones atmosféricas de un verano inclemente.

Tarde de fuego en Zaragoza. Aire caliente del sureste. Bochorno en el ambiente. Aluvión de noticias preocupantes en este mes de verano duro e implacable. Jornadas de incendios en nuestros bosques y cultivos. Vuelve otra vez el azote del verano - como ya escribí en este blog el 5 de agosto de 2006 -, vuelven los incendios a España, vuelven los incendios al este peninsular, cerca del valle del Ebro.
La semana pasada ardieron mil hectáreas en los municipios zaragozanos de Mequinenza y Fayón. El inicio de esta semana se abre con otro incendio trágico, ya que se ha llevado por delante cuatro vidas humanas. El fuego está localizado cerca del hermoso pueblo tarraconense de Horta de Sant Joan, en la comarca de la Terra Alta, en el parque natural de Els Port. Precisamente hace dos semanas estuve muy cerca de esa zona y me marché con la intención de conocer esta comarca tan rica en patrimonio natural, histórico y cultural. Precisamente este paisaje que está siendo afectado por las llamas fue un mudo testigo de dos viajes del pintor Pablo Picasso a Horta, invitado por la familia de su amigo, Miguel Pallarés. Precisamente este año se cumple un siglo de su segundo viaje a este lugar. El pintor malagueño vuelve a Horta, huyendo del desapacible clima de París con Fernande Olivier, su primera compañera. El artista toma numerosas fotografías, tanto de personas como de animales que luego transforma en excelentes pinturas - en el cuadro adjunto, "El mulo" -. También se hace eco del paisaje, que utilizará para obras posteriores. El regreso de Horta supuso para el artista la superación de las etapas "azul" y "rosa" y el comienzo del cubismo.
No sé cómo encontraré esta preciosa comarca cuando decida acercarme seguramente en otoño. Me imagino que, en estos momentos, la desolación reina en el pueblo y en su entorno. Es una pena que el recuerdo de Picasso salga a la luz a raíz de este luctuoso suceso. No sé qué diría el genio andaluz si levantara la cabeza.
Me entero por internet de que el rosario de incendios continúa y que afecta lamentablemente a zonas boscosas de la provincia de Teruel. Han vuelto los incendios a Aliaga y, según he leído, amenazan la planta de cogeneración. Un desastre natural en la zona que no se repetía desde hace quince años. Las noticias son todavía muy confusas y preocupantes. Esperemos no se confirmen los peores augurios y puedan ser controlados estos incendios.

Desde el calor del asfalto, desde el agobio de la ciudad, desde la pantalla de mi ordenador, contemplo las fotografías que, por fin, han colgado los monitores en la página de Altabán. Y observo a los chicos y chicas felices, contentos, con el esfuerzo por bandera y con la ilusión a flor de piel.
Me imagino a Javier disfrutando de ese clima de convivencia y saboreando cada minuto de estos trece días que se escapan de los dedos. Me imagino a los más de sesenta acampados contemplando las estrellas como testigos de una noche clara, serena, silenciosa. Me imagino a los monitores motivando a todos y cada uno de los adolescentes y programando día a día las actividades más variadas.
El próximo viernes regresarán a Zaragoza cansados, satisfechos, quizás pletóricos. Y volverán al calor del asfalto, a la pantalla del ordenador, a los ruidos, a las obras, a las noticias agridulces de este verano. Les quedará para siempre el recuerdo de estas dos semanas en Pineta, lejos de la rutina, lejos de las cuatro paredes, lejos de esta vida cada vez más artificial. Son días de aventura. Y de felicidad compartida.

Regreso a la capital del Ebro. Bofetada de calor al descender del coche. Ganas de dar media vuelta. Paseo por las calles del barrio de Las Fuentes. Inmigrantes por doquier. Calles en obras. Escaparate molesto del Fondo de Inversión Local. ¿Medicina contra la crisis? ¿Antídoto contra el paro?
Regreso a Zaragoza. Manojo de recuerdos en la mente. Gratitud en el corazón. Imágenes para el recuerdo. Fotografías para la posteridad. Fin de unas minivacaciones por tierras catalanas.
Vuelta de nuevo a la rutina hasta finales de mes. Hay que dejar el curso en marcha para el próximo mes de septiembre. Javier sigue en Pineta. En tienda de campaña y al aire libre. Sin el calor sofocante de estas noches de julio. Contemplando las estrellas y las cumbres eternas del Pirineo aragonés. Sopla una ligera brisa de viento que alivia el fogonazo de calor. La semana ha sido muy agradable. Tal vez se haya tratado de un paréntesis. O de un espejismo. De momento, aguantaremos la insolencia del clima estival hasta una nueva escapada en agosto. Aún quedan unos días para soñar.
(Fotografía: En un pueblo semiabandonado de la comarca del Baix Camp)

Es positivo, en ocasiones, abandonar la ciudad habitual de residencia y de trabajo y desplazarse hacia otros lugares. Es positivo reencontrarse con los amigos, compartir experiencias con familiares cercanos, evocar recuerdos y volver al pasado.
Mientras Javier está disfrutando de unos días al aire libre en Pineta, me acerco a la vecina comunidad catalana, haciendo una breve parada en Alcañiz. Alcañiz es una ciudad que crece día a día, que ha adquirido ya su propia personalidad, que conserva sus costumbres y tradiciones y se abre hacia un futuro prometedor.
Después de una breve estancia en la ciudad bajoaragonesa, me dirijo hacia Reus, ciudad natal del arquitecto Antoni Gaudí, del pintor Mariano Fortuny y del poeta y dramaturgo Joaquín Bartrina, ciudad monumental y cultural, ciudad con encanto en su parte más antigua y con sabor a progreso. Reus rivaliza con Tarragona en muchos aspectos, pero no tiene nada que envidiar a la capital. La única ventaja de Tarragona es su proximidad al mar Mediterráneo, que lame sus cimientos y regala a los visitantes una vista inmejorable. Otra de las ventajas de la capital es su pasado romano, uno de los mejores de España. La historia de la antigua Tarraco está llena de sorpresas y de sobresaltos. Recorrer su parte más antigua, desde el circo romano hasta la impresionante catedral es un regalo para los sentidos.
De momento, el tiempo nos ha regalado unos días otoñales, aunque las playas hayan quedado vacías durante unos días. Me llegan unas fotografías del blog de Pineta - www.altaban.com - y compruebo la felicidad de los acampados y la sonrisa de satisfacción de Javier. Espero que las tormentas no alteren mucho la marcha del campamento y puedan realizar las travesías previstas.

Para una gran mayoría, el verano no comienza el 21 de junio, ni siquiera cuando aprietan las altas temperaturas. El verano comienza cuando se dobla la esquina del 30 de junio y se abre un horizonte de uno o dos meses para disfrutar, cambiar de hábitos o, simplemente, cerrar una etapa.
Porque el 30 de junio suele ser una fecha bisagra. Una fecha ambivalente para muchos. Un día para recordar y acaso para olvidar. Precisamente un 30 de junio de 1984 - hace ya la friolera de 25 años - abandoné un modo de vida y un lugar de residencia en Barcelona para desplazarme a la tierra que me vio nacer, al Aragón de mis amores. Veinte años fuera de esta tierra eran ya demasiados para mí. Y creo que acerté. Al menos, a fecha de hoy, no me arrepiento en absoluto.
Con el inicio del mes de julio comenzaron las oposiciones a profesor de secundaria. Se sucedieron los viajes a Madrid y se crearon muchas expectativas de futuro. Me costó adaptarme a una nueva vida en Zaragoza. Aquí se vive de otra manera, con otro ritmo, con otro talante. Todo ello sucedió al filo de un verano diferente. Siempre recordaré esa fecha como otras muchas que tengo marcadas en mi calendario personal. De todos modos, el verano no ha sido siempre la panacea que había soñado. Julio y agosto han sido testigos de ausencias muy dolorosas, de vueltas de tuerca, de incertidumbre. Porque las ilusiones no siempre se cumplen como uno desea. Eso sí, este verano quiero que sea una etapa de reencuentros y de expectativas. Todo ello aderezado con un talante positivo y optimista.

Regreso de Aliaga después de dos días de relativo reposo y tranquilidad. Este fin de semana culminaban las celebraciones en honor de San Juan Bautista, patrono de la localidad. Y, como suele ser habitual por estas fechas, se ha pasado de la calma al jolgorio, de la rutina cotidiana a la celebración colectiva.
Porque las fiestas de San Juan 2009 van a pasar a la historia como unas de las mejores organizadas y de las más concurridas de los últimos años. Siempre han sido unas fiestas menores, por detrás de las fiestas mayores de septiembre en honor a la Virgen de la Zarza. Pero este año, gracias a diversos factores, entre los que hay que destacar el buen hacer de la comisión, Aliaga se ya vestido de gala durante cuatro días y el fin de semana ha convocado a visitantes de toda la provincia y de otras autonomías limítrofes.
Las dos noches de toro embolado han sido los actos más valorados, a pesar de los detractores de la fiesta taurina. También hay que destacar las actividades para los niños, el tradicional concurso de guiñote, las clásicas verbenas y, como novedad, la actuación del grupo de tambores de Alcalá de la Selva.
Regreso de Aliaga con una cierta nostalgia. El pueblo se volverá a quedar semivacío hasta bien entrado el mes de agosto. Dejo atrás la suave brisa de las riberas del Guadalope, la visión agridulce de los campos abandonados, el lastre de una primavera con escasas lluvias y el paisaje eterno que rodea a este valle. Me detengo a llenar agua en la fuente de Escucha y me sorprende un cartel del Ministerio de Fomento en el que pone en grandes caracteres : AGUA NO POTABLE. Otro despropósito. ¿Nos van a engañar a los que llevamos más de veinte años bebiendo de este manantial? Ojalá fuera así el agua que sale de nuestros grifos. ¿Qué intentarán?¿Quién habrá dado la orden? A menos, podrían decir la verdad y poner, como en la fuente de Jarque de la Val, "Agua no tratada". Pero que no vengan con mentiras ni con prohibiciones vanas. Tal vez quieran cubrirse las espaldas, pero yo seguiré bebiendo de esta agua, que no tiene nada que envidiar a muchas de las que venden embotelladas.

Hoy se celebra en muchos pueblos y ciudades de España la tradicional noche de San Juan. Es una noche mágica, una noche que cautiva por su brevedad, por su significado iniciático y por su riqueza cultural y literaria.
En Zaragoza la noche de San Juan pasará casi desapercibida - salvo en algunos barrios como el de Casablanca. En otros lugares, en cambio, llegará altiva y serena acompañada de signos naturales y de ritos ancestrales. Uno de los más extendidos es el de las hogueras, especiamente en Cataluña y zonas del Levante. Tiene una explicación cercana al poder purificador del fuego y al olvido de todo lo negativo e indeseable. Hay, sin embargo, otras tradiciones de las que guardo un mejor recuerdo. Me refiero a la que se celebra y mantiene en muchos pueblos de Aragón: la fiesta de los quintos y la plantada del mayo.
En Aliaga, a pesar de que no hay prácticamente jóvenes que entran en quintas - algo que ha cambiado más con la desaparición del servicio militar obligatorio - se sigue manteniendo la tradición de plantar el mayo. Los mozos del pueblo bajan uno de los pinos más erguidos del monte, le colocan una capotade enebro o sabina y lo plantan en una de las principales plazas del pueblo. Allí permanecerá como testigo mudo y vigía natural durante todo el verano, hasta el final de las fiestas de septiembre, dedicadas a la Virgen de la Zarza. San Juan es uno de los patronos de Aliaga y su fiesta constituye el pórtico del verano, el anuncio de los meses más apacibles, más jaraneros, más intensos.
Recuerdo algunas noches de San Juan en Aliaga. Me emocionaba contemplar la llegada del mayo, arrastrado por caballerías o en un remolque. Me daba cierta pena contemplar ese pino sacrificado y condenado a un futuro caduco como el olmo seco de Antonio Machado. En esta noche mágica, he contemplado un pino abatido en la calle Fray Luis Urbano, en el barrio de Las Fuentes. Me ha recordado el pino de Aliaga. Y me ha dado cierta pena comprobar su destino, fatalmente anunciado desde hace más de treinta años, después de soportar vejaciones de todo tipo al lado del asfalto. No sé cuál será su destino. Tal vez arda esta noche en una de las hogueras que se encenderán en las plazas de los barrios. Es el final agridulce de este árbol que aún huele a resina, a brisa fresca y a esperanza verde.
En esta noche mágica, con el árbol como protagonista, no puedo dejar de lado el eco literario de los árboles. En este caso quiero plasmar un fragmento en prosa poética de Mahmud Darwix, el poeta árabe más determinante del siglo XX, recientemente fallecido. Sus palabras son mágicas, como esta noche preñada de recuerdos y emociones:
"El árbol es hermano del árbol, o un buen vecino. El grande se inclina sobre el pequeño, y le da la sombra que le falta. El alto se inclina sobre el bajo, y le envía un pájaro que le acompañe de noche. No hay árbol que hurte el fruto de otro, o que se mofe de él si es estéril. Ningún árbol mata a otro ni imita al leñador. Cuando se hace barca, aprende a nadar. Si se hace puerta, día y noche es guardián de los secretos. Si se hace banco, no olvida que antes tuvo un cielo. Y cuando se hace mesa, enseña al poeta a no ser leñador. El árbol es absolución y vigilia. No duerme ni sueña. Vela por los secretos de los soñadores, día y noche en pie. En pie protegiendo a los transeúntes y al cielo. El árbol es oración vertical. Implora a lo alto. Y cuando se dobla un poco por la tormenta, lo hace con el empaque de una monja, la mirada en lo alto...en lo alto". (De La huella de la mariposa)

Tiempo de despedida. Días de adioses. Horas de incertidumbre. Cuando el curso escolar llega a su fin, cuando se aproxima el cada vez más simbólico 30 de junio, cuando el calor del verano aprieta sus fauces y miramos de reojo las vacaciones, se preparan actos de despedida para trabajadores que se van a jubilar, se organizan comidas o cenas de cierre de etapa y se evalúan los conocimientos de miles de alumnos de primaria, secundaria, bachillerato y universidad.
Los alumnos de segundo de bachillerato soñarán impacientes con la nota de selectividad que recibirán mañana, la mayoría con satisfacción. Los profesores que se van a jubilar experimentarán un sabor agridulce cuando impartan las últimas clases de su vida y dejen definitivamente la tiza, la pizarra, los horarios y las programaciones. En otros ámbitos ocurre algo similar por estas fechas. Así, el Real Zaragoza, después de su merecido regreso a primera división, anuncia cambios, reestructuraciones y algún que otro despido más o menos amistoso. Uno de las personas más allegadas al club, Manolo Villanova, va a ser despedido por el accionista mayor, Agapito Iglesias. Me ha sorprendido la noticia. Creo que Manolo no se merecía esto. Ni mucho menos. Es verdad que esto les ocurrirá durante estos días a miles de trabajadores. Pero cuando conocemos de cerca a una persona y la apreciamos, nos duele más esta cruda realidad.
Tiempo de despedida. Oleadas de calor al filo de la tarde. Piscinas a rebosar. Playas casi atestadas. Viajes programados. Festejos populares en auge. A pesar de la crisis. Adioses dolorosos. Adioses agridulces. Adioses ingratos. Adioses calurosos. Despedidas con un hasta siempre. Eso sí, sin el desgarro que supone que prescindan de ti sin más a la primera de cambio. Ánimo, Manolo. No te mereces un adiós por la puerta pequeña. Tal vez recapaciten y rectifiquen. De lo contrario, volverían a tropezar en la misma piedra.

Me he acercado de nuevo al campus de la plaza San Francisco de Zaragoza. He recordado mis tiempos de estudiante de Tercer Grado en la facultad de Filosofía y Letras y he saludado a algunos profesores que siguen al pie del cañón. Pero el motivo que me ha llevado a la zona universitaria ha sido el inicio de las pruebas de selectividad para mis alumnos de Lengua y Literatura Castellana del Instituto "Ramón y Cajal". Hoy, con la prueba de Lengua, iniciaban una nueva etapa: la vida universitaria. A partir de septiembre se encontrarán en una ambiente distinto, con nuevos compañeros, con nuevas aulas y con un montón de ilusiones por delante. Hoy estaban un poco inquietos, al menos en los momentos previos al inicio del primer examen. Me imagino se habrán calmado un poco cuando lean un texto asequible sobre la polémica asignatura "Educación para la Ciudadanía" y cuando comprueben que la oración para analizar es de dificultad media. Les habrá alegrado también comprobar cómo les preguntaban sobre Machado y su trayectoria poética. Los versos para comentar son los que inician su inolvidable poema Retrato: "Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla..."
Ya veremos cómo afrontan esta tarde las pruebas de Filosofía o Historia y el examen de Inglés. Luego vendrán las asignaturas optativas y las de modalidad. Un maratón de tres días que les permitirá acceder a una u otra carrera según la media aritmética de estas pruebas y de su expediente de Bachillerato. A veces hasta las décimas cuentan. Y unas décimas menos pueden juegar una mala pasada. De todos modos, los futuros universitarios están pensando ya en los merecidos días de descanso que se van a tomar hasta el día 18. Luego, a esperar y a elegir. El camino está abierto. Y la libertad es cada vez más amplia.

Me acerco caminando desde el barrio de San José hasta el Paseo de la Independencia en esta casi bochornosa tarde de junio. Junio siempre trae a Zaragoza la Feria del Libro, que desde hace unos años se ha adueñado de la avenida más céntrica de la ciudad. La cultura vuelve de nuevo a la calle. Los editores se acercan más al cliente y los autores intercambian impresiones con el lector ávido e interesado.
Hay poca gente en las casetas en esta tarde de martes. En cambio, las tiendas de moda del Paseo de las Damas están mucho más concurridas. En el centro se nota menos la crisis. En el centro se respira otro aire, otras sensaciones. Me acerco a la carpa de la Feria y leo los carteles dedicados al oscense Ramón Gil Novales, Premio de las Letras Aragonesas 2008. Ya era hora que se reconociera a este escritor polifacético, un niño de la guerra y un superviviente de la oscura posguerra. Se marchó de Huesca desde muy pequeño y se ha afincado en Barcelona, donde todavía vive. Una frase de este autor me llama la atención: "Cuando me fui de Aragón, me lo llevé a cuestas y sobre todo el idioma, que es lo fundamental; es la patria de un escritor".
Me acerco a alguna de las casetas. Hojeo algunos libros, algunas publicaciones aragonesas. Compruebo con satisfacción que también está presente en la Feria la librería de las Fuentes "El pequeño teatro de los libros". Me detengo en la caseta de Prensas Universitarias de Zaragoza y compro la última obra de teatro de Gil Novales. Su título es sugerente y revelador: El penúltimo viaje. Es la última obra de este autor minoritario que ha visto cómo algunas de sus obras han llegado con éxito a escenarios de Barcelona y de Madrid. Pocos conocían a Ramón hasta hace unos meses. Guara editorial publicó sin mucho éxito algunas de sus obras. Es una pena que no se sepa valorar la calidad, la originalidad, el enfoque distinto, audaz e innovador.
Regreso hacia el barrio de San José con el libro de Ramón entre las manos. Buscaré un hueco en los próximos días para acercarme a sus obras. De momento, me quedo con la lectura de una excelente entrevista que Víctor Pardo Lancina realizó a Gil Novales y que se puede encontrar en la página web de Víctor Juan- http://www.victorjuan.net.

Tardía, exuberante, llena de intensidad y colorido ha llegado la primavera a este encantador pueblo de la provincia de Teruel, en la comarca de las Cuencas Mineras. La mañana dominical me ofrece una sinfonía sinigual de sonidos, de colores, de aromas y de paz, de profunda paz. Las riberas del río Guadalope exhiben sin pudor el verde manto de hierba multicolor y la sombra inconfundible de los chopos. El valle es un oasis primaveral. El río discurre rumoroso, sin prisas, sin agobios. Las huertas muestran su geometría inconfundible y los pocos campos de cereal exhiben sin recato el rojo insolente de las amapolas.
Me he alejado por unas horas de la gran ciudad, del agobio de las obras, de la inevitable música de la campaña electoral, de la fría panorámica de cemento, asfalto e hileras de vehículos por doquier. En Aliaga la primavera me sonríe, me tutea, me acoge en su seno. Un pajarillo trina sin cesar en lo más alto de una acacia. Un pequeño rebaño de ovejas se desparrama por la ladera de una de las montañas que cortejan el valle. Unas vacas caminan pacientemente hacia el prado que han convertido en su reino por unos meses. El sol calienta más de lo normal. Tal vez vuelva de nuevo la tormenta, como suele ser habitual por estas fechas. Bebo un sorbo de agua cristalina en la fuente de la Cedrilla y, al filo del mediodía, busco una sombra muy cerca de la ermita, del lavadero y del merendero. Sigo por la orilla del río y me detengo en un pequeño remanso. El agua cristalina se mezcla con un aire incontaminado. Observo las flores amarillas de las aliagas y pienso en lo efímero de la vida de la naturaleza, en los ciclos del tiempo, en la vida cambiante, en lo que permanece, a pesar de las modas, a pesar de las costumbres, a pesar de la influencia inevitable de las costumbres de la gran ciudad.

Hace ya cuatro años comencé a teclear en esta pantalla en blanco y a plasmar mis vivencias, impresiones, recuerdos y experiencias. Han sido más de mil páginas en las que ha predominado el aliento cultural y literario. El día a día me ha proporcionado la materia prima suficiente para intentar que estas páginas sean variadas y, a ser posible, amenas. De todos modos, son los lectores los que tienen que dar su opinión.
Quiero agradecer, una vez más, a todos los que se han acercado a este blog la atención que han prestado a su contenido y quiero dar las gracias especialmente a todos aquellos que con sus oportunos comentarios han enriquecido estas líneas y han alentado esta tarea.
De momento, espero seguir adelante con esta ilusionante tarea creativa. Hay días en los que la rutina pasa como un rodilo por encima de la creatividad y de la inspiración. De todos modos, seguirán surgiendo oasis creativos y vivencias enriquecedoras que intentaré compartir con tantos anónimos lectores. Gracias a todos, de corazón.

No sé cómo podré desplazarme mañana a mi lugar de trabajo. Tendré que aguzar el ingenio y poner a tono la imaginación. O tal vez me acerque esta noche dando un paseo por el itinerario habitual para comprobar si las paradas del autobús siguen en el mismo sitio, si alguna calle más ha sido cortada o si me obligan a dar un rodeo de película para desplazarme en coche hacia otro barrio de la ciudad. La cruda realidad es que el barrio de las Fuentes va a estar durante unos seis meses - que quizás sean nueve - casi incomunicado. Van a cortar una de sus principales arterias - la calle Salvador Minguijón - y han acotado ya el tramo de la calle Compromiso de Caspe cercano a Miguel Servet. El asunto está complicado. Habrá que volver a la caminata matinal o a la bicicleta. Aunque este último medio de transporte presenta también sus inconvenientes.
No me sorprende, por tanto, que el Ayuntamiento de Zaragoza, responsable de estas remodelaciones de calles, siempre inoportunas, se cuelgue la medalla del éxito por la promoción de la bicicleta para desplazarse por la ciudad. La "bizi-Zaragoza" ha superado todas las previsiones. Hasta tal punto que te puede ocurrir que no encuentres ninguna bicicleta disponible en el lugar habitual o que no puedas dejarla en ningún sitio porque está todo saturado. Tenía intención de sacarme la correspondiente tarjeta, pero, de momento, y visto lo visto, me lo voy a pensar. Como dice un vecino, habrá que dejar el coche en casa y el bolsillo saldrá ganando. Sin embargo, hay que pensar en la cantidad de personas del barrio que tienen el coche o la furgoneta como herramienta de trabajo. Hay que pensar en los taxistas, en las autoescuelas, en las pequeñas empresas. Habrá que esperar y comprobar cuál es la alternativa. Esta noche lo intentaré. Y mañana tomaré una decisión al respecto. De todos modos, parece que llueve sobre mojado. Este barrio zaragozano se ha quedado casi sin aparcamientos públicos y, de momento, se va a quedar sin sus dos vías principales. ¿Habrá que recurrir a alguien?

Regreso a la capital después de dos días de tranquilidad en Aliaga. Un paréntesis necesario. Tarde veraniega en Zaragoza. Entrenamiento vespertino de lo infantiles de primera del San José. Paseo por los aledaños del flamante recinto deportivo. Entorno lleno de contrastes: urbanización aceptable de los alrededores del pabellón Príncipe Felipe y dejadez absoluta del recinto de la estación de cercanías de Miraflores.
De momento, la estación de Miraflores es un edificio - o aprendiz de edificio - producto de las prisas y de la improvisación. Para llegar a los andenes hay que bordear una huerta o saltar materialmente la valla del tercer cinturón. Luego llegan los caminos, senderos, atajos y obstáculos por doquier. Es difícil encontrar la única entrada - al parecer provisional - que parece la puerta de atrás. Luego vuelven los contrastes: andenes con buena señalización, trenes casi nuevos y, eso sí, soledad y desolación en el recinto.
A las 19 horas y 31 minutos llega un tren procedente de Casetas. ¡Sin pasajeros! Nueve minutos después emprende su viaje de regreso con sólo tres personas en sus vagones. Es una lástima - comenta un vecino del barrio -. Y tiene toda la razón. Tanta inversión para nada o para casi nada. Al menos de momento. Cuando salgo de la estación para dirigirme al campo de la Unión Deportiva San José elijo otro camino: el llamado Camino de Miraflores. Otra vez el tercermundismo y la improvisación. De nuevo la dejadez municipal. Otra vez los intereses de unos pocos. Triste imagen de esta zona que, según dicen, podría ser una parte importante en la Zaragoza del futuro.

Cae la nieve sobre el valle del Guadalope. Cae la nieve sobre la sierra. Cae la nieve sobre Aliaga. Antes era algo habitual que, incluso en el mes de abril, el precioso regalo blanco vistiera de claridad los montes, las calles, los tejados. Ahora no es tan frecuente ver nevar así en primavera.
Un niño contempla atónito desde su balcón el moroso y constante descenso de los copos hacia la tierra, que los recibe agradecida. Se sorprende, se extraña, se alegra. Lástima que hoy sea día festivo. Pocas personas han salido a la calle en esta mañana blanca y desapacible. Muchos no habían visto nunca nevar así. Otros nos habíamos acostumbrado a la escasez de precipitaciones en forma de nieve. Porque contemplar la nieve desde el solanar es un espectáculo reservado a unos pocos. Son muchas las sensaciones que se dan cita en este momento. Sensaciones y emociones. Emociones y recuerdos. Recuerdos de la infancia en este valle cada vez más solitario. Recuerdos de los días de grandes nevadas y de alegría contenida en el rostro porque nos librábamos de la escuela. Recuerdos de tardes de juegos, de aventuras, de calles blancas y carreteras cortadas.
Cae la nieve sin tregua. Todo un regalo para los sentidos. Aunque tenga sus inconvenientes. Sobre todo para los que, a pesar de ser sábado, han de trabajar. O para los que han de afrontar alguna emergencia o algún viaje inaplazable. Ayer tarde nos sorprendió en la puerto de Majalinos (1450 metros), de regreso de Calanda y de Alcorisa. El “Drama del Calvario” se tuvo que suspender debido a un gran chaparrón. No había ocurrido algo igual en 32 años. Todos nos fuimos de Alcorisa cabizbajos y resignados. Otra vez será. Era el preludio de un fin de semana desapacible, de una Pascua blanca, de una serena mañana de nieve y primavera. Una primavera tardía, como tantas otras en este valle del Guadalope, a más de mil metros de altitud.

Cae la lluvia lenta sobre el tapiz verde de los campos de naranjos en la comarca valenciana de la Ribera Alta. Cae la lluvia copiosa y se deslizan sus gotas plateadas por las ramas repletas de flores de azahar. Aroma de azahar por doquier. Aroma de azahar en la ribera del río Verde, anegado en algunos tramos por residuos de todo tipo. De vez en cuando, un trueno rompe el silencio del paisaje y se filtra entre los caminos que conducen a las propiedades más recónditas. Color cárdeno en el horizonte. Color de Semana Santa. Color de un abril cambiante y caprichoso.
La lluvia primaveral cesa casi de repente y da paso a un sol insolente, casi veraniego. Es el momento del paseo, de la contemplación de un paisaje típicamente mediterráneo, de dar rienda suelta a los sentidos, de disfrutar de este paréntesis primaveral. Con el crepúsculo, volverá la lluvia. Y la humedad se filtrará por las rendijas de las ventanas. Y quedará en el horizonte una tenue luz casi inapreciable.
El largo y dilatado invierno ha cedido, por fin, el relevo a unos días de luz y de contrastes. Contraste entre el día y la noche, entre la mañana y el atardecer, entre el silencio del campo y el bullicio de la ciudad, entre la efervescencia de la naturaleza y el sopor del asfalto y el cemento. Porque abril es el pórtico de la primavera, el abanderado de la lluvia, el anticipo del verano. Por eso esta lluvia copiosa nos reconcilia con el paisaje y nos empuja, como un trampolín, hacia la vida y la esperanza.

La vida está hecha de paradojas. El paso del tiempo es una paradoja continua: queremos que llegue el mañana, soñamos en el futuro, nos ilusionamos con el porvenir, pero en el fondo nos lamentamos de que se esfumen minuto a minuto las vivencias cotidianas. Cuando explico a mis alumnos la paradoja, les suelo poner este ejemplo: "Vivir es ir muriendo cada día", frase sentenciosa del genial poeta barroco Francisco de Quevedo. Y, bien pensado, esta afirmación aparentemente contradictoria encierra una gran verdad.
Otras paradojas son menos evidentes, menos vitales y menos filosóficas. Hoy, por ejemplo, hemos adelantado a hora para ahorrar un poco de energía y hemos comezado el mal llamado "horario de verano". Pero, si nos asomamos a la galería o nos damos un paseo por la calle, podremos comprobar que el clima es más invernal que durante muchos días de febrero. Sorprende también que, en tiempos de crisis, los bares y restaurantes estén a rebosar, las carreteras se llenen de vehículos en cualquier puente o fin de semana y las playas comiencen a recibir a miles de turistas, a pesar del tiempo inestable y caprichoso.
También hay paradojas en el mundo del deporte. Ayer el Real Zaragoza, sin hacer un buen partido - como ya es habitual - se encontró con dos regalos del portero visitante. Disfrutó, como se suele decir, de la suerte de los campeones. Algo similar le ocurrió a la selección española, que ganó por la mínima a Turquía sin demostrar claramente su superioridad y sin practicar el buen fútbol al que últimamente nos tenía acostumbrados.
Las paradojas son como la salsa de la vida. Sería todo demasiado insulso, desmasiado rutinario, demasiado previsible, si no existiera esa contradicción, ese acontecimiento inesperado o esa ruptura abrupta de la lógica. Gracias a las paradojas hasta el amor puede mostrar su cara más oculta, su aliento de sorpresa, su irracionalidad.

Mañana primaveral en Zaragoza. El sol va ganando terreno a pocos días del equinoccio. Una suave brisa me acompaña en mi paseo por el barrio del Arrabal mientras los jugadores de la categoría infantil del San Gregorio y del San José preparan un encuentro muy importante para ambos equipos. Me acerco al edificio que queda de la antigua azucarera y contemplo las dos chimeneas, salvadas en el último momento de la piqueta. Me asomo a lo que será la futura biblioteca tecnológica y centro cultural del barrio. Nada de nada. Sólo puedo leer una placa que explica cómo en junio de 2008 se acabó la rehabilitación. Pero todo sigue igual desde entonces. ¿Será a causa de la crisis? Sigo mi camino por la calle de Mas de las Matas. Me gustan las calles dedicadas a pueblos y las dedicadas a ríos y a montes. Y a intelectuales. No me gustan; en cambio, las calles dedicadas a políticos, ni a santos, ni a militares. Porque luego las cambian y surge la inevitable polémica. Me aproximo al nuevo instituto de secundaria llamado también la Azucarera. Es un edificio amplio, funcional, aséptico. Mucho cemento y poco arbolado. Una nueva concesión a la dudosa modernidad urbanística.
El encuentro entre el San Gregorio y el San José está muy trabado, con muchos minutos de tanteo. Hasta que los locales inauguran el marcador con un gol facilitado por un despiste de la defensa visitante. Luego llega el empate del San José. Pero dura muy poco la alegría. Un fallo en cadena de la defensa y el portero vuelven a poner por delante al San Gregorio. La segunda parte es más de lo mismo. Los locales incrementan su ventaja en dos ocasiones. Demasiado premio para tan pocos méritos. Ha sido una lástima, porque el cambio de entrenador en el San José ofrecía alguna esperanza. Pero todo ha sido un espejismo. A pesar de todo, Javier ha mantenido el tipo durante todo el encuentro y ha cumplido con creces en su nueva ubicación de lateral izquierdo. Una lástima la imagen y el resultado. Habrá que luchar mucho para mantener la categoría. De momento, a pensar en el Amistad. Toca, de nuevo, ganar o ganar.

"Lo peor es la incertidumbre". Se oye esta frase con demasiada frecuencia y en las situaciones más dispares. Se habla así cuando a uno le ronda una enfermedad que no se acaba de diagnosticar. Se utiliza esa expresión en estos tiempos oscuros y grisáceos - como la tarde de hoy- de galopante crisis económica, de hundimiento de la bolsa y de goteo progresivo de ERES, despidos y ajustes laborales. Se pronuncian estas palabras para expresar un malestar social y político que va dando bandazos y presenta nuevas caras, nuevas mayorías, nuevas coaliciones o nuevos líderes.
La incertidumbre se ha apoderado ya de este mundo globalizado. Nadie está seguro en ninguna parte. Lo definitivo ha cedido el terreno a la provisionalidad, el largo plazo se ha convertido en una apuesta casi inmediata. La gente ha optado por hacer frente a la crisis intentando vivir el día a día. Nadie quiere sacrificar su tiempo de ocio, nadie quiere renunciar a sus caprichos, nadie quiere tirar por la borda las conquistas sociales y económicas.
Al parecer, el gobierno - los gobiernos - ya no sabe por dónde hincar el diente a la crisis. Ahora está pensando en los funcionarios. Vuelven a la palestra con su papel de privilegiados y, en el horizonte, planea una nueva congelación de los sueldos. Siempre lo pagan los mismos. Uno se pregunta si esta medida será la más idónea o, tal vez, contribuya aún más a la drástica disminución del consumo. Porque, en estos tiempos de incertidumbre, ya no se venden coches, ya no se venden pisos. Eso sí, el que puede, no renuncia a su pequeño gasto cotidiano en ocio.

Me alejo unos kilómetros de Zaragoza. Utilizo para ello la bicicleta de montaña, que ha dormido en el trastero durante este largo invierno. Después de una leve lluvia matinal, el campo huele a primavera, los primeros frutales - almendros y melocotoneros - comienzan a florecer, y los chopos muestran sin recato las yemas que albergan las futuras hojas. Falta ya muy poco para que termine el invierno. Ya ha quedado atrás febrero, ese mes caprichoso y cambiante, carnavalesco y paradójico. Marzo se presenta con otra cara, con otras perspectivas, con otros horizontes.
Hace varios meses que no montaba en bicicleta. Lo notan mis piernas, lo notan mis pulmones. Mientras regreso por el tercer cinturón, un grupo de corredores se encamina en dirección contraria, hacia el barrio de San José. Me dicen que están celebrando el centenario de La Salle en España. Y es que el deporte cada día gana más adeptos de todas las edades. Al ejercicio físico no le afecta la crisis. Además, es una buena medicina para superar el estrés y la ansiedad. Es bueno practicar cualquier deporte, aunque sólo sea una vez a la semana. El sol de marzo invita a salir al campo, o a acercarse a la montaña, o a pasear por la ciudad.
Mientras tanto, en el centro de Zaragoza se celebra el bicentenario de los Sitios. Una batalla simbólica para recordar un fracaso, una derrota, una tragedia. ¿Sirve para algo rememorar estos eventos? ¿Vale la pena quemar kilos de póvora para recordar unas jornadas sangrientas para la ciudad? Tengo mis dudas. Eso sí, la gente se divierte. Y la prensa habla de hermanamiento, de regreso al pasado, de acto lúdico. Todo es respetable. Y, como es habitual, hay opiniones para todos los gustos. En el fondo, es mejor potenciar lo festivo que regodearse en polémicas inútiles, como la de la famosa calle dedicada al fundador del Opus, el eterno proyecto de Gran Scala o la expansión urbanística de la ciudad del Ebro.

El cauce del Ebro se está agigantando durante estos días a su paso por Zaragoza. Dicen los expertos que, si no fuera por las presas construidas aguas arriba, el Ebro alcanzaría cotas casi nunca vistas. Numerosos zaragozanos han aprovechado el paréntesis laboral del fin de semana para acercarse a las orillas del río más caudaloso de España y contemplar esa masa amarronada de agua que se desliza impasible hacia la desembocadura. Ayer tarde contemplé desde el azud - en el barrio de Las Fuentes - cómo las aguas anegaban el embarcadero construido con motivo de la Expo para un uso recreativo. Esta mañana me he acercado hasta el recinto de la Expo y he visto anegadas numerosas zonas de la Muestra. Menos mal que las avenidas han llegado en invierno.
Los más perjudicados son, una vez más, los campesinos de aguas arriba del Ebro y algunos de aguas abajo. En Pradilla de Ebro están muy preocupados, no sólo por los efectos de esta riada, sino por los de la de hace dos semanas y de las que pueden volver a repetirse cuando la gran cantidad de nieve acumulada comience a fundirse en primavera. También están preocupados en Fuentes, en Pina y en Quinto de Ebro, aunque los agricultores comentan que están más preparados que en otras ocasiones. El caso es que siempre se pasa de la gran sequía a la gran remojada. Y que nunca llueve a gusto de todos. Menos mal que la lluvia nos va a dejar durante los próximos días y el anticiclón se va a adueñar de la Península. Eso sí, tal vez vuelva la niebla. Y las noches frías. A pesar de que la primavera ya se adivina en los árboles de los parques y paseos. Queda poco más de un mes. Aunque el clima no siempre suele coincidir con fechas y calendarios.

Ayer tarde, en El Pequeño Teatro de los Libros, la nueva librería zaragozana del barrio de las Fuentes, se celebró el tercer encuentro del programa Tardes de Blog, que coordina Javier López Clemente. Fue un acto entrañable, familiar, sincero, en el que, al hilo de un guión exquisitamente preparado, buceamos en las más de mil páginas de este blog, que ya va camino de los cuatro años de vida. Una radiografía profunda, una disección inteligente, un viaje al fondo del espejo supuso rescatar los recuerdos, alimentar la memoria y dar vida a tantos latidos literarios.
Durante una hora hemos reflexionado sobre la literatura - Miguel Delibes, Luis García Montero, Manuel Vilas, Antón Castro, Maruja Torres, Miguel Mena, Ana Alcolea, Lorenzo Silva, Joan Gisbert, África Vázquez,... - recordamos las vivencias de mi infancia y juventud en Aliaga, viajamos desde la evocación romántica de José María Quadrado y Francisco Javier Parcerisa hasta los ecos más recientes de Jérica y Mora de Rubielos. La conversación ha sido fluida y se ha detenido en algunos meandros, como un río de sensaciones. De este modo, al filo del espejo, ha reaparecido el río Huerva tal como era valorado en el siglo XIX, han aflorado mis experiencias creativas en la revista Trébede y en la publicación cultural Turia, ha renacido de sus cenizas mi tesis doctoral "Recuerdos y Bellezas de España. Ideología y estética", y han surgido guadianescamente alusiones a la educación - con el juez Calatayud y Victoria Camps como protagonistas -, a los premios literarios, al programa "Invitación a la Lectura" y al aliento esperanzado de Obama.
Al finalizar el acto, he tenido la sensación de haber estado contemplando una etapa de mi vida desde el fondo del espejo. Un espejo a veces transparente, a veces borroso, a veces ligeramente cóncavo. Ha sido una valoración de mi blog desde la otra orilla, desde una óptica crítica, tolerante, solidaria y reflexiva. Javier, el maestro de ceremonias, ha sabido descubrir algún filón oculto que ni siquiera había advertido. Ha supuesto un pequeño impulso para seguir adelante al menos unos meses más, desde la variedad, desde la cultura, desde la autocrítica, desde el aliento literario.

He comenzado a preparar con ilusión la entrevista-coloquio con Javier López Clemente en la tercera sesión de Tardes de Blog, que tendrá lugar el próximo sábado, 24 de enero, a las 19 horas, en la librería El pequeño Teatro de los Libros - http://teatrodelibros.blogspot.com - en la calle Silvestre Pérez, 21, del barrio zaragozano de las Fuentes. Durante una hora presentaré los aspectos más relevantes de esta aventura literaria que inicié en mayo del 2005 y que ha superado ya las mil páginas de creación.
La nueva librería será un marco excepcional para hablar de todo aquello que he ido plasmando durante estos meses en las páginas de blogia, con el sobrenombre de JOSEMARCO. Javier llevará la voz cantante. Pero detrás estarán los responsables de este privilegiado ámbito cultural y el polifacético Nacho Escuín.
No me va a resultar fácil seleccionar aquellos textos que más puedan interesar a los que se acerquen a compartir con nosotros el final de la tarde del sábado. Intentaré espigar algún fragmento de cada tema. Aragón, Pueblos, Impresiones, Cultura y, sobre todo, Literatura son los motivos que más páginas han ocupado. Pero también dejaremos un margen a la improvisación, al diálogo, a la creatividad, a la imaginación, a la poesía.

En esta tarde invernal de un domingo de enero, observo desde mi ventana que el día se prolonga paulatinamente y le va robando minutos al crepúsculo. Desde mi ventana, observo la copa de los árboles más altos de la calle Monasterio de Silos, en el barrio de las Fuentes. Es una calle corta, tranquila y muy oscura cuando llega la noche. Los chopos que orlan una de sus aceras parece que quieran despuntar antes de tiempo, como si quisieran anticipar con impaciencia una primavera todavía lejana. Se codean en las alturas con las antenas, con las chimeneas, con las azoteas más altas. Es la convivencia casi ilógica entre la naturaleza y el cemento, entre lo espontáneo y lo artificial, entre la vida y la muerte.
Me gustan estos crepúsculos invernales. Invitan a la reflexión, a la creación literaria, a la lectura reposada, al silencio. De vez en cuando, un ruido de sirena rompe la calma. Tal vez sea una ambulancia, o un coche de policía, o un camión de bomberos. Son las servidumbres de vivir en una ciudad que cada vez se hace más grande e impersonal. Eso sí, en los barrios parece que se vive como en un pequeño pueblo. La gente se conoce por las calles. Cientos de fisonomías nos son familiares. Aunque nunca les hayamos dirigido una sola palabra, ni un saludo, ni un adiós. Es el anonimato de los núcleos urbanos. Un anonimato que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Porque, a veces, nos apetecería hablar con unos y con otros, compartir sus inquitudes, intercambiar ideas. Pero, en otras ocasiones, preferimos que nadie nos detenga. Las prisas o la impaciencia nos empujan aquí o allí. Como la noche empuja al día en este crepúsculo de un domingo de enero.

Cae la nieve sobre Zaragoza. Los copos blancos se posan sosegadamente sobre los capós y los cristales de los coches que están aparcados en el garaje abierto de la comunidad. No acaba de cuajar esta especie de algodón blanco. Javier está esperando que cuaje, que la calles se vistan de blanco, que los tejados y azoteas se disfracen de blanco. Pero, al parecer, no va a ser así. No va a ocurrir lo mismo que en Madrid o en otras ciudades del norte de España. La nieve se ha convertido en aguanieve y, al final, sólo unas gotas de agua se deslizan por los cristales de las ventanas.
Estamos en pleno invierno y a nadie deberían sorprender estos fenómenos, tan frecuentes hace unas décadas. La última nevada importante que cayó en Zaragoza nos sorprendió un 22 de febrero de 2005. Lo recuerdo perfectamente. Esa mañana estaba programada la lectura de mi Tesis Doctoral. A pesar de los problemas meteorológicos, se pudo celebrar el acto con bastante normalidad. Eso sí, algunos amigos y conocidos no pudieron asitir y un miembro del tribunal, que venía de Madrid, tuvo serios problemas para desplazarse desde la estación de Delicias hasta la plaza de San Francisco. La nieve permaneció durante unos días en tejados y jardines. Después se desvaneció como el rocío de la mañana.
Siempre que veo nevar, recuerdo los inviernos de mi infancia en Aliaga, allá por los años sesenta. Caían auténticas nevadas. La carretera permanecía cortada durante varios días y la escuela tenía que cerrar sus puertas por falta de alumnos. Para los niños de entonces, era un auténtica diversión patinar por las calles heladas o fabricar muñecos por doquier. Aunque lo más interesante eran las peleas con bolos de nieve antes de entrar en la escuela o durante los recreos. Algunos chavales fabricaban bolas provistas de piedras, como munición oculta. Siempre surgía el pícaro que se saltaba las reglas del juego. También los profesores sufrían las consecuencias de estas pequeñas batallas. Era la diversión invernal, en una época sin televisiones, ni consolas, ni ordenadores.

Una tenue línea gris dibuja en el horizonte el perfil de una tarde apacible y fría de enero. La nieve no ha sido generosa en la provincia de Teruel. Casi no ha llegado ni a cuajar. Sólo, a lo lejos, las eminencias del Javalambre muestran orgullosas el tono blanquiverde de un invierno húmedo y prolongado. Avanzamos por la carretera hacia el puerto de El Esquinazo: soledad gris en los pueblos, soledad gris en los caminos solitarios, soledad gris en el cruce de Mezquita. El valle de La Val muestra sin recato algunos bancales recién labrados. Hay humedad en el ambiente. Hay soledad en los pueblos. Es el color de un invierno que se prolongará hasta bien entrado el mes de abril.
Ya en Aliaga, atravesamos el pueblo al filo de las tres y vemos a algunos conocidos que se dirigen con puntualidad al bar a jugar al guiñote . Casi sin detenernos, enfilamos la carretera hacia la Aldehuela y, al llegar a la masada del Río, - o a lo que queda de ella - tomamos un camino asfaltado para dirigirnos a la central de cogeneración de gas Neoelectra. Un perro ladrador nos aborda de inmediato. Comtemplamos la planta de la industria y tomamos algún apunte para realizar un trabajo. El río Guadalope se desliza limpio. No hay ningún indicio de contaminación, ni acústica, ni medioambiental. ¿Qué pretendía el Inaga? Nos tomamos un bocadillo a la orilla del río y regresamos sin pausa a Aliaga. El embalse de la Térrmica no está helado, simplemente sobrevive. La escombrera resiste el paso de los años y airea por doquier el gris negruzco de la contaminación. La temperatura ronda los cinco grados. El sol luce con timidez y apura sus últimos rayos. Se ven coches aparcados en la plaza. Damos una vuelta por la casa, por mi casa de toda la vida. Está vacía, fría, solitaria. Rezuma humedad por todas partes. Una humedad gris. Un color gris. El color del invierno.

El escritor Juan Goytisolo escribe hoy en El País un sugerente artículo con el título "Sueños de Nochevieja para 2009". En breves y condensados párrafos, el novelista barcelonés se imagina un mundo al revés, una sociedad sin trabas, sin atavimos, sin gobernantes ineptos, sin crispación, sin corrupción, sin fanáticos, sin especuladores, sin mojigatos, sin aguafiestas, sin terroristas, sin guerras absurdas, sin prejuicios culturales, sin doble moral.
Goytisolo deja al lector la tarea de continuar por su cuenta este sueño de nunca acabar. Todos hemos deseado a nuestros familiares y amigos un año nuevo lleno de buenos deseos y propósitos. La mayoría anhelarán mantener o mejorar su estado de salud; otros intentarán mantenerse alejados del fantasma de la crisis y, por si acaso, procurarán apretarse el cinturón; tampoco faltarán los que aboguen por la armonía familiar, por el amor sincero, por la solidaridad. Serán trescientos sesenta y cinco días de vaivenes, de contrastes, de paradojas. De todos modos, lo más importante es intentar ser realistas y procurar que alguno de esos sueños - la mayoría utópicos - sean una feliz realidad a lo largo de los próximos doce meses.

Estoy leyendo durante estos días algunas páginas del último número de la revista cultural TURIA. Una de mis secciones preferidas es La isla. En ella, el codirector de la publicación, Raúl Carlos Maícas, plasma sus ideas y reflexiones sobre lo cotidiano en forma de diario. "Los diarios - afirma Raúl en La mano sobre los ojos - son los mapamundis del yo".
De estas jugosas páginas, he seleccionado un párrafo en el que habla de la coherencia. Lo transcribo aquí - con permiso implícito del autor - porque, en este principio de año, puede servir de pequeña guía para aquellos que aspiran a actitudes coherentes y quieren estar por encima de tantos agoreros y de tantos falsos profetas:
"Sólo vive el que sabe", dijo un inspirado Baltasar Gracián. Seamos sabios, pues, y esforcémonos en vivir como pensamos, sin ataduras ni hipocresías. Y hagámoslo con plenitud y con convicción. Sin miedos ni autoengaños. Sobre las cenizas de los viejos hábitos.Y dejemos a los murmuradores, a los chismosos, a los amargados, a los envidiosos, a los infelices, que hagan y digan lo que les plazca. No existe más poderoso antídoto que el desdén sin límites hacia quien envenena nuestras vidas. Al menos, comportándonos de acuerdo a nuestras convicciones, uno se vacuna contra tanta necedad como la que como la que contamina hoy el mundo y la convivencia".

Aunque parezca un tópico, quiero desear un feliz inicio de año a todos los que os asomáis con frecuencia a esta bitácora. El año que hoy termina ha sido un año difícil, sobre todo en el aspecto personal. Además, 2008 ha culminado con una crisis económica a nivel mundial que, en mayor o menor grado nos ha afectado a todos. 2008 ha sido también un año de contrastes, de claroscuros, de paradojas. Pero, en mi opinión, ha sido un año para olvidar.
Por eso, desde estas páginas, quiero compartir con vosotros esa burbuja de esperanza que alienta en mi interior al acercarse un tiempo de estreno. Quiero que el 2009 colme con creces todas vuestras expectativas y proyectos. Quiero contagiaros un talante optimista y una visión positiva de la vida. Mañana nos despertaremos con una nueva página en blanco, la primera de 365 hojas para rellenar. Va a ser una tarea cotidiana y progresiva. Que triunfe la tolerancia, la tenacidad y el sentido común.

El fuego del hogar crepita con suavidad e intermitencia en esta dilatada tarde de Navidad. Nunca me ha gustado esta tarde festiva tradicionalmente familiar. Una vez están saturados los estómagos, el calor del salón o de la sala de estar invitan a una siesta reparadora. Mientras tanto, el sol pierde su intensidad - si la niebla no lo impide - y el crepúsculo se adueña de las calles y de las plazas de Massalavés, pequeño pueblo de la comunidad valenciana.
La noche se prolonga más que nunca. Aunque dice un refrán catalán: "per Nadal, pas de pardal" -. Y el fuego del hogar concita a todos los habitantes de la casa a situarse en torno a unos troncos de naranjo o de olivo que se consumen con rapidez y mantienen el calor físico y el calor ambiental.
La tarde de Navidad transcurre en silencio. Las calles del pueblo están casi desiertas y los establecimientos públicos permanecen cerrados a cal y canto. Los jóvenes se desplazan a Alzira o a Valencia. Las ciudades presentan más alicientes durante estos días de ocio y vacación. Menos mal que llevo siempre conmigo un par de libros y lleno algunas horas de estos días con buena literatura. Alguno se preguntará cuál es la buena literatura o si existe una buena literatura. Todo depende, en mi opinión, del momento, de la edad, de la disponibilidad y del afán de aprender. Eso sí, un buen libro tiene que estar bien escrito para que el lector disfrute no sólo con el contenido sino con la expresión sugerente, original y creativa.

Han llegado ya las fechas del consumo compulsivo, del comprar por comprar, del regalar por regalar, del malgastar, del despilfarrar. A veces uno se pregunta dónde está la crisis y reflexiona sobre la situación social de su entorno. Al parecer, los ricos son cada vez más ricos y los pobres se hunden progresivamente en la miseria.
Va uno por la calle y contempla los mercados llenos, los centros comerciales saturados, las cafeterías o restaurantes a tope. Hay que reconocer que el consumo razonable es bueno y que impulsa el crecimiento económico, pero el consumismo irracional es negativo se mire por donde se mire.
La Navidad va perdiendo paulatinamente su significado original cristiano y va volviendo a sus orígenes paganos. Muchas familias se reúnen por tradición, por compromiso, por rutina. Pero cada vez son más las personas que celebran la Nochebuena solas. Para muchos estos días se han convertido en jornadas normales. Porque no tienen nada que celebrar o no tienen a nadie con quien compartir sus vivencias. Por eso, el contraste entre los que se enganchan alegremente al tren del consumo y los que se refugian en su miseria o soledad es cada vez más evidente.

En esta tarde de niebla, paseo una vez más por una de las principales arterias del barrio zaragozano de Las Fuentes, la calle de Salvador Minguijón. A estas horas todo está bastante tranquilo. Sólo un llamativo cartel, en la puerta de la administración de lotería número 56, pregona que esta administración ha repartido un pellizco del primer premio de la lotería nacional de 2008, del llamado coloquialmente "gordo" de Navidad.
He pasado cientos de veces delante por delante de esta administración, pero nunca se me ha ocurrido entrar a comprar algún décimo de lotería o rellenar un boleto de la bonoloto o una quiniela. Me conozco la calle puerta a puerta, me conozco la manzana de memoria: la churrería Los Ángeles, el Mercado Ebro, el bar El Puente y la zapatería que hace esquina. Me han atendido en todos los establecimientos que colindan con la administración. Pero en el número 35 de la calle no me he detenido nunca. Ahora miraré ese pequeño local con otros ojos. Y pensaré con sana envidia en el centenar aproximado de agraciados que han sido tocados por la suerte. Son clientes habituales de la administración y les vendrá muy bien para tapar algún agujero o permitirse algún capricho.
La suerte ha vuelto de nuevo a Zaragoza. Y se ha acercado a dos barrios obreros: Las Fuentes y San José. Son barrios con una importante densidad de población. Son barrios que necesitan reformas. Son barrios cercanos al centro de Zaragoza. De momento, los medios de comunicación han vuelto a estos rincones de la ciudad. Aunque sólo sea con la excusa de la lotería. Observo cuando regreso que hay una cola considerable de personas comprando lotería. No creo que sean los agraciados. Son los que confían en que la suerte regrese el próximo 6 de enero. Algo muy difícil, pero no imposible. Es tan caprichosa la diosa fortuna...

No es la primera vez que dedico parte de la mañana del sábado a pasear por las tranquilas y empinadas calles del barrio zaragozano de Torrero. El encuentro de fútbol entre los infantiles del Stadium Venecia y los de la Unión Deportiva San José, me ha servido de pretexto para volver a uno de los enclaves más altos de Zaragoza. Después de aparcar muy cerca del cementerio, he bajado por la avenida de América y he vuelto a contemplar lo que queda de la antigua cárcel, hoy destinada a zona de equipamiento para el barrio. He descendido un poco más hasta atravesar el canal imperial y me he acercado a la iglesia de San Antonio de Padua.
Desde que leí Dientes de leche, la excelente novela de Ignacio Martínez de Pisón, tenía intención de acercarme a conocer in situ este monumento religioso del siglo XX, junto al cual se alza el Sacrario Militare Italiano, patrocinado por el gobierno de Mussolini y construido en 1940 como monumental mausoleo de los combatientes italianos muertos durante la guerra civil española. No he podido acceder al museo, ni subir a la torre. Desde arriba habría podido contemplar una excelente panorámica de los Pirineos y del Moncayo, coronados de nieve, en una mañana serena y despejada. Lo que tampoco me ha quedado muy claro - aunque Martínez de Pisón lo comenta en su novela - es si todos los combatiente eran del bando fascista o había alguno - muy pocos - del bando republicano. Al parecer, por las fechas y el momento de su inauguración, así como por el arquitecto pamplonés Víctor Eusa, el mausoleo parece exclusivamente dedicado a los soldados que envió Mussolini para ayudar a Franco.
A media mañana, vuelvo al Stadium Venecia. El equipo local domina claramente el partido y el tres a uno final refleja la superioridad de los de casa y ratifica su situación en los primeros puestos de la tabla. El entrenador del San José ha planteado un esquema muy defensivo y ha reaccionado tarde. Era el último partido del año y ahora vienen dos semanas de descanso. A todos nos vendrá bien para reflexionar y, si es preciso, rectificar.
* La fotografía es del blog de José Antonio Melendo (http://joseanmelendo.blogia.com)

Nos soy muy aficionado al cine en televisión. Prefiero las películas en gran formato y en una sala comercial. Pero anoche hice una excepción - el viernes se dilata más la madrugada - para ver por segunda vez la película de David Trueba Soldados de Salamina. La primera vez que la vi, me impresionó. Luego leí la excelente novela de Javier Cercas y me conmovió esa historia que oscila entre la realidad y la ficción y que realimenta la memoria de tanto desmemoriado. Ayer, sin embargo, no tuve la misma impresión que la primera vez, ni mucho menos. ¿Cuál fue el motivo? No fue el conocimiento de los hechos, ni la relectura, ni el revisionado. Fue la insoportable, repetitiva, machacona e inoportuna publicidad.
¿Adónde vamos a llegar? ¿Quién se va a decidir a poner coto a este desmesurado incremento del tiempo de publicidad en todas las cadenas de televisión? Lo peor de todo fue que, después del penúltimo corte publicitario, - que duró quince minutos de reloj - apenas pudimos ver quince minutos más y, sorprendentemente, cortaron de nuevo. En ese momento, se agotó mi paciencia y apagué inmediatamente el televisor. Eso sí, ya tengo la lección bien aprendida: la próxima vez que me interese una películar iré al videoclub más cercano o recurriré a internet.
Es una pena que ocurra esto en una cadena pública, que pagamos entre todos los contribuyentes. Es una pena que suceda en la segunda cadena, que debería ser la abanderada de la sensatez, la moderación y el equilibrio. Pero parece que en estas fechas todo roza la desmesura. Si al menos fuera en sentido positivo...

Como si quisiera despedirse con un sabor dulce y apacible, el otoño nos ha brindado hoy una tregua para disfrutar del paisaje, del ambiente y de la soledad de este valle. La mañana se ha desperezado lentamente cegada por los labios de un sol casi insolente. La humedad del suelo, la alfombra amarillenta de las hojas y el verdor del césped orlan la ribera de los dos ríos que confluyen muy cerca del centro de la población.
Aliaga vive en esta cercanía del invierno unos días de esperanza en su futuro. Aunque el visto bueno para que Neoelectra vuelva a reanudar su actividad es todavía provisional, todos pensamos que dentro de pocos días llegará el sí definitivo. En caso contrario, sería un duro golpe para este pintoresco pueblo, para la comarca de las Cuencas Mineras y para la provincia de Teruel.
Anochece al filo de las seis de la tarde y un aleteo de vida recorre la calle mayor. Numeroros vecinos y visitantes han aprovechado este largo fin de semana para visitar su lugar de origen o compartir unas horas con los amigos. La calma predomina de todos modos al filo del crepúsculo. Desde el solanar observo los cielos cenicientos y las primeras estrellas. Hoy no se va a poder contemplar la luna. Eso sí, las siluetas de la porra y del castillo se siguen enseñoreando de un paisaje que me remite, una vez más, a los días más dorados de mi infancia. La melancolía va ganando terreno mientras las luces tenues se erigen en testigos silenciosos de una noche serena, apacible y otroñal.

Hay días en los que no tengo tiempo de leer el periódico con una cierta calma y sosiego. Los exámenes se acumulan encima de la mesa de mi despacho y tienen una cierta prioridad. Pero siempre me queda en estas ocasiones la consulta rápida de la prensa digital a través de la red. Intento consultar distintos medios de comunicación para hacerme eco de la actualidad con una cierta visión objetiva, aunque lo logro a medias.
En el ámbito nacional, el aumento del paro encabeza todas las portadas. Ya tiene a quién echar la culpa el partido de la oposición. Como noticia internacional tiene especial relevancia el hecho de que el presidente saliente de los Estados Unidos reconozca - ¡por fin! - que se equivocó al creer que en Irak había armas de destrucción masiva. ¡Qué ingenuo! Lo sabía casi todo el mundo menos él. En el ámbito autonómico, se entrecruzan el tema de los bienes eclesiásticos de Aragón, que no quiere devolver la diócesis de Lérida; el asunto de la Opel, que parece se va complicando y del que sólo asoma la punta del iceberg, y - ¡cómo no! - el tema de la discriminación, olvido y trato desigual a la provincia de Teruel.
Este último asunto me da pie a algunas reflexiones: ¿Qué papel desempeñan en Madrid nuestros diputados y senadores provinciales? ¿Hasta cuándo nuestras cabezas pensantes seguirán buscando razones medioambientales para cortar las alas a todo lo que suponga progreso? ¿Cuándo tendrá la provincia unas redes de comunicación propias del siglo XXI? ¿Va a seguir teniendo la capital un campus universitario de tercera?
Las preguntas podrían multiplicarse. Pero, como es mejor acabar con buen sabor de boca, consulto la prensa deportiva y habla ya del próximo derbi aragonés. Un encuentro por todo lo alto, el del sábado entre el Real Zaragoza y la Sociedad Deportiva Huesca. Aunque soy zaragocista desde siempre, sigo cada semana al Huesca y valoro lo que está haciendo con un presupuesto mucho menor. Los técnicos están trabajando bien, se han realizado buenos fichajes y el fútbol que practica es vistoso y eficaz. Eso sí, que gane el que mejor fútbol practique y que triunfe el espectáculo.

A veces, cuando el presente nos resulta anodino, cuando el futuro muestra desafiante la espada de la incertidumbre, reviso de manera retrospectiva los escritos de esta bitácota de noviembre de 2007. Por esas fechas, no me imaginaba aún lo que me iba a deparar el último mes del año, con el adiós definitivo de Nieves. Eran días de tranquilidad, de grata compañía, de discretos silencios, de esperanza. La ascensión al Moncayo con Javier - el domingo, día 11 - y la visita al Monasterio de Veruela (en la fotografía) marcó el ecuador de un mes en el que se marcharon para siempre Fernando Fernán Gómez y Antonio Candel. Durante esos días se comenzó a plantear el ambicioso proyecto de Gran Scala. Lo reflejé en el artículo Esto no es América. Y a finales de mes, una tórtola vino a anidar durante unos días en uno de los plataneros que limitan con mi galería. Fue una estancia fugaz.
En tan sólo doce meses mi vida ha dado un vuelco radical. Con la ausencia de Nieves, el final de año se presenta de manera muy distinta. Ya no tengo la ilusión de esquiar en Valdelinares para el puente de la Constitución. Y las Navidades se acercan como unos días agridulces en los que el peso de los recuerdos actúa como un lastre difícil de sortear. Tampoco me hace ilusión la tan cacareada Lotería de Navidad. Eso sí, intento vivir el presente con el mejor talante, con la mejor disposición, con sosiego y calma, a pesar de todo.
Se esfuma un mes anodino, marcado por la palabra crisis. Numerosos ciudadanos contienen el aliento, porque están viviendo en sus carnes una etapa de vacas flacas. Se nota en el consumo y en la manera de actuar de la gente. Quizás el paréntesis navideño alivie un poco la situación - con la paga extra y los regalos -. Pero la cuesta de enero se adivina más dura y cruel. Muchos han intentado vivir por encima de sus posibilidades y consumir por consumir. Esperemos que la crisis sea breve y aprendamos de los errores. De momento, lo mejor es centrarse en el presente y vivir este domingo tranquilo. Con el poso de los recuerdos, con la reflexión sosegada, con la esperanza en el futuro.

La mejor manera de tomarle el pulso a una ciudad es caminando. Recorrer las calles de una urbe asiduamente, observar la fisonomía de sus edificios y descubrir rincones inesperados es un grato deporte para el ciudadano de a pie.
En Zaragoza es fácil dedicarse a caminar por el centro histórico, siempre que las condiciones atmosféricas lo permitan. Sin embargo, las frecuentes obras y los inesperados cortes de algunas calles alteran un recorrido teóricamente fácil y asequible. Lo mismo sucede si alquilamos una bicicleta y nos dedicamos a recorrer las principales arterias urbanas. Pero,en este caso, surgen más dificultades: o elegimos la calzada, con el riesgo consiguiente; o pedaleamos por la acera, con el conflicto entre ciclistas o peatones.
Al parecer, las mentes bienpensantes, han decidido reformar algunas calles céntricas con muy buen criterio, según ellos. Han pensado que algunos árboles estorbaban, y no han dudado en hacerlos desaparecer con potentes motosierras. Esto ha ocurrido recientemente en la zaragozana calle del Coso. De la noche a la mañana, hemos podido contemplar la calle desnuda de vegetación y los antiguos plataneros abatidos y destinados a leña o a serrín. Nadie ha dicho nada. Nadie ha explicado nada. Sólo algún ciudadano observador se ha dado cuenta del despropósito y ha trasmitido su queja al Consistorio. Eso sí, el mal ya está hecho y no sé cómo lo van a reparar.
La ciudad es frágil, la ciudad está enferma, la ciudad está saturada de cemento y asfalto, la ciudad se deshumaniza paulatinamente. Es la imagen de esta tarde de otoño en pleno centro de Zaragoza: árboles caídos, calles atestadas de vehículos, contaminación a raudales y predominio del color gris.

En ocasiones, las llamadas Nuevas Tecnologías nos juegan malas pasadas: el ordenador portátil se niega a funcionar - ni siquiera los técnicos se explican los motivos -, el servidor de esta página tampoco responde,...
Afortunadamente, después de cuatro días, vuelvo a teclear sobre esta página en blanco. Después de formatear todo el disco duro, parece que el sistema funcione mejor. Es como si estrenara un nuevo portátil - no un portátil nuevo -.
Ya no voy a escribir lo mismo que tenía pensado hace tres días. Las noticias y las vivencias se acumulan, se atropellan, se eclipsan se solapan. Hoy toca hablar - o simplemente aludir - a algunas noticas curiosas (de esas que sólo aparecen en algunos periódicos gratuitos y en algún informativo: en Santa Coloma de Gramanet han instalado placas solares en un cementerio. (La imaginación, al poder). Una discoteca valenciana sorteará el próximo 5 de diciembre, entre los asistentes, una operación de aumento de pecho. (¡Sorprendente!). Hunden un barco de piratas somalíes. (Menos sorprendente, pero más lamentable: piratas en el siglo XXI).
De todos modos, hay noticias que - lamentablemente - casi nunca se apean de los primeros puestos de la parrilla informativa: la tan cacareada crisis, el interminable culebrón del terrorismo, la violencia doméstica,... Todas son noticias negativas e indeseables. Puede, incluso, que a muchos les amarguen los turrones. Eso sí - como diría alguno - siempre nos quedará la lotería de Navidad.

Jirones de niebla sobre la ciudad
en esta mañana despacible de noviembre.
Retazos de niebla sobre el río ausente,
como un tenue muro gris
que oculta fugazmente la esperanza.
El horizonte se viste de nostalgia
y muchos se preguntan,
con un inquieto acento machadiano,
por ese Ser con mayúscula
oculto por los siglos de los siglos.
La niebla ya penetra hasta los huesos
de aquellos ciudadanos que caminan
- al borde de la crisis -
hacia la rutina oscura de los lunes
de noviembre,
hacia el paraíso gris de la nostalgia,
hacia el negro iceberg de los recuerdos,
hacia la sima cárdena de la memoria.

Las copiosas lluvias de este fin de semana en el levante español, se transformaron ayer en nieve en la provincia de Teruel. Ya de regreso hacia Zaragoza, pudimos contemplar ese manto blanco que coronaba las sierras de Gúdar y de Javalambre a ambos lados de la autovía mudéjar. Una vez abandonada la autovía, seguimos disfrutando de un paisaje invernal en los altos del Esquinazo y de San Just. La nieve caía copiosamente y, por fortuna, las máquinas quitanieves habían dejado limpia la calzada. En este último puerto los termómetros se aproximaron a los cero grados y el pueblo de Valdeconejos aparecía como en una postal de Navidad.
No es la primera vez que nieva por estas fechas. Hace unos catorce o quince años, una nevada inoportuna el día de Todos los Santos nos obligó a permanecer un día más en Aliaga. La carretera que une esta población con el cruce de Mezquita quedó invadida por un ventisquero y resultó inútil luchar contra los elementos. Por eso, aunque la nevada de ayer nos sorprendió a la mayoría, no es algo infrecuente por estas fechas. Hay que tener en cuenta que los inicios del penúltimo mes del año están llenos de refranes que aluden a este fenómeno más invernal que otoñal.
Escribo algunos refranes que hacen referencia a este "oro blanco", tan beneficioso para el monte, los ríos y la agricultura:
Por Todos Santos, frío en los campos.
Por Todos Santos, los campos blancos.
Por Todos Santos, la nieve en los campos.
Por Todos los Santos, campos verdes y montes blancos.
Por Todos los Santos, hielo en los altos.

Tarde lluviosa y gris en Massalavés. Tarde de recuerdos. Tarde de cementerios. Nunca había estado aquí un 1 de noviembre. Este año nos hemos desplazado para recordar a Nieves. Hemos guardado silencio junto a su lápida, adornada con diez orquídeas blancas. La lluvia caía suavemente y el ambiente era de serenidad.
Mientras regresaba del cementerio, mi mente ha viajado hasta Alcañiz, hasta Santa Coloma y hasta Aliaga. En esos camposantos reposan mis seres queridos. El destino ha querido que reposaran en lugares distintos. Hoy he viajado con el corazón a cada uno de ellos. Ha sido un día gris, de claroscuros, de paradojas, de esperanza.
El campo está verde, los montes lucen en este otoño húmedo y las naranjas están todavía esperando una mano que las deposite en los cajones. La noche llega pronto y el calor del hogar se agradece en esta tarde dilatada. Mientras tanto, en la televisión, el deporte llena las tardes de muchos aficionados. El libro de Victoria Camps "Creer en la educación" me acompaña durante unos minutos. Prefiero la lectura reposada al runrún del televisor, con frecuencia molesto e inoportuno.

El parque de atracciones de Zaragoza concluía esta tarde su temporada con la celebración de la Fiesta por la Integración. Disminuidos Físicos de Aragón ha colaborado en el evento y ha conseguido que este recinto de ocio se llenara de niños y adolescentes dispuestos a divertirse de la mejor manera posible.
Pero este parque de atracciones es algo más que un lugar recreativo. Su posición privilegiada lo convierte en un mirador y en una atalaya. Desde lo alto de la noria se puede contemplar no sólo la ciudad y el extrarradio metropolitano. Si el día es claro y el cielo diáfano, como en este último domingo de octubre, se puede avistar el perfil inconfundible del Moncayo, que este año muestra ha su primera capa de nieve, esa calva de la que hablaba el gran poeta andaluz Antonio Machado.
Pasear por el recinto de este parque, contemplar las atracciones, comprobar cómo disfrutan los más pequeños, es una especie de oasis al margen del cemento y del asfalto. Además, el marco privilegiado en que está ubicado - muy cerca del Parque Grande de la ciudad - facilita una atmósfera sana y un clima saludable. Eso sí, cuando sopla el cierzo, es uno de los puntos más castigados de la ciudad. Por eso, en esta tarde apacible de otoño, la contemplación del horizonte desde lo más alto ha sido la mejor medicina contra el estrés y contra la rutina cotidiana.

Un amigo mío hablaba de "vuelta a la formalidad" cuando llegaba una fecha como la de hoy: un martes insulso que anticipa claramente el inicio de un invierno cultural, recreativo y lúdico. Porque, después de cinco días de asueto - para algunos diez y para otros dos o tres - cuesta regresar al madrugón matinal, cada vez más oscuro, al trabajo que quedó inacabado, a la tarea que quedó postergada, al eterno "mañana será otro día".
De todos modos, habría que preguntarse qué es normalidad y qué es formalidad. Quizás la normalidad sea hoy día el ocio, el entretenimiento, el descanso. Quizás la formalidad no sea para algunos el trabajo cotidiano sino la actitud que hay que adoptar con frecuencia ante eventos inusuales o incluso extraordinarios. Me queda la duda y seguiré reflexionando sobre este asunto.
Lo que está claro es que no se puede programar un evento deportivo a las siete de la tarde de un día como hoy. ¿De quién habrá sido la ocurrencia? Luego se quejan de que estén las gradas casi vacías. Sorprende, además, -en otro orden de cosas - que el balance de estos días de fiesta en Zaragoza sea positivo para algunos y negativo para otros. ¿A quién hacemos caso? Es verdad que nunca llueve a gusto de todos. Pero los datos deberían ser objetivos y las valoraciones bastante más cercanas o coincidentes.
Cuando llegué por primera vez a la ciudad del Ebro, disfruté como nunca de mis primeras fiestas del Pilar. Era el año 1984, el primero de Interpeñas. Las fiestas se vivían de otra manera - o, al menos, eso me parece-. Lo que más me sorprendió - ingenuo de mí - es que, tal día como hoy, la gente seguía llenando los cafés y los bares de copas. Pensaba que los zaragozanos, acabadas las fiestas, se retirarían a sus cuarteles de invierno hasta el próximo puente festivo. Afortunadamente, no era así. Ahora ya no me sorprende comprobar cómo la fiesta se prolonga de otra manera. ¿Será la llamada normalidad? Tal vez.
De todos modos, está claro que siempre se disfruta más con lo espontáneo que con lo programado, con la novedad que con la rutina, con las pequeñas vivencias que con las grandes efemérides.

Cae la lluvia sobre Aliaga. Una lluvia dulce, apacible, regeneradora. Una lluvia escasa. Los chopos brillan a lo lejos con un amarillo alegre, esmaltado. Las laderas pedregosas de las montañas desprenden un color acerado, casi de plata. El otoño se sigue recreando en este valle con todo su esplendor.
Hoy me acerco a uno de los huertos yermos de la partida del río de La Val. Observo los frutales y compruebo que tanto las peras como las manzanas se han quedado pequeñas. No se pueden pedir milagros. Si no tienen agua, ni abono, ni pesticidas, difícilmente pueden medrar en un entorno climático casi siempre hostil. A pesar de todo, este año parece que es un año de peras. Peras dulces, acarameladas, rugosas, diminutas.
Quedan ya pocas horas para emprender mi regreso a Zaragoza. En mi mente se amontonan proyectos que han quedado pendientes. La semana será corta pero intensa. En la ciudad intentaré disfrutar del color del otoño de otra manera. No será el color amarillo del valle, ni el verde de los pinares, ni el pardo de los campos. Volveré al color gris del cemento y al amarronado del río Ebro. Es otro otoño distinto: de cemento y asfalto, de ruido y contaminación. Aunque, eso sí, la ciudad también tiene sus encantos. Lo importante es buscarlos y atesorarlos día a día.

El día ha amanecido desapacible en Aliaga. A pesar de todo, la temperatura es más bien agradable para las fechas en que nos encontramos. El otoño quiere entrar de puntillas, poco a poco, casi solapadamente. Hoy predomina el color gris en el cielo. Un gris que anuncia lluvia abundante. Aunque, de momento, sólo ha caído un pequeño chaparrón a primeras horas de la tarde.
Después de la partida de guiñote, aprovecho para dar un paseo a uno de mis lugares preferidos: el entorno de la ermita de la Virgen de la Zarza. Mi recorrido habitual comienza por la ribera del río casi a la altura de la Porra y termina después de cruzar el puente que vemos en la fotografía. Alrededor de la ermita está el lavadero, prácticamente en desuso, la tradicional fuente de agua potable, el merendero, el camping - cerrado por estas fechas - y el cementerio. El ambiente otoñal viste de melancolía este paraje tan pintoresco. El murmullo del Guadalope contrasta con el rumor del viento que va despojando sin tregua a los chopos de ese vestido amarillo tan efímero y provisional.
Desde el puente de la Virgen contemplo la mole del castillo, impasible al paso de los años. Atisbo a lo lejos los pinos que cubren la ladera de las montañas más cercanas. Su tono verde oscuro salva al paisaje de su total desolación invernal. Un rebaño de ovejas se retira remoloneando hacia un corral cercano. Se apresuran y casi se atropellan, como si adivinaran la inminencia de la lluvia. El crepúsculo avanza y los focos que iluminan la ermita inundan de repente el progresivo tinte ceniciento de la naturaleza otoñal. Regreso por la vega al centro del pueblo. Poca gente en las calles. Silencio de fin de semana. Ocaso de un sábado de octubre, víspera de la fiesta de la Virgen del Pilar, patrona de todos los aragoneses.

Amanecer otoñal en Aliaga. Sinfonía de colores a orillas del Guadalope. Durante mi paseo matinal contemplo las aguas cristalinas del río y oigo el suave crujir de las hojas amarillas bajo mis pies. Los chopos centenarios que flanquean la ribera se van despojando paulatinamente de esas hojas que, durante unos días, se transforman en alfombra multicolor. A lo lejos, unas nubes bajas intentan recordarnos que estamos en el límite de la gota fría. De todos modos, el agua no acaba de llegar. Sólo chispea durante unos minutos. La mañana se despereza mientras tanto apacible y silenciosa.
Por la tarde, nos espera el rebollón en los montes más elevados de la comarca de Gúdar-Javalambre. Han sido muchos los que han hollado los caminos y senderos en busca de este preciado fruto natural del otoño. Por eso, a pesar de la humedad, encontramos pocos rebollones. Sólo hallamos aquellos que se cobijan bajo un enebro o una mata de boj. El monte ofrece condiciones ideales, pero somos demasiados los que damos vueltas y más vueltas buscando un fruto más bien escaso. Al final de la tarde, el crepúsculo otoñal invita a relajarse y descansar en un claro del valle. Es la paz que andábamos buscando. La cesta ha quedado semivacía, pero la naturaleza nos ha regalado aire puro, silencio, sosiego y ejercicio saludable.

Como muchos zaragozanos, abandono la capital del Ebro a media mañana para dirigirme a Aliaga, el pueblo que me vio nacer. Dejo la ciudad con un sol radiante y molestas rachas de cierzo y me encamino hacia el Burgo de Ebro contemplando el verde de la ribera y el gris-pardo de las lomas de Mediana. El otoño se ha instalado en el campo de Belchite. Las ruinas amarronadas casi se confunden con el cielo, cada vez más cárdeno. Sólo algunos chopos verdeamarillos asoman con timidez en alguna vaguada. De los olivos de Belchite se pasa casi sin respiro a las viñas de Lécera y de muniesa. Los sarmientos muestran los colores ocres y amarillo de sus hojas. Han dado ya su fruto y se preparan para un largo y riguroso invierno. A lo lejos, diviso los tejados de Maicas, pequeño pueblo que me trae entrañables y nostálgicos recuerdos. Hoz de la Vieja me recibe como siempre, silenciosa y solitaria, con su torreón erguido en la colina y su campanario cargado de historia.
Llego a Aliaga hacia el mediodía. El río de la Val, aprendiz de acequia, me anticipa la escasa lluvia que ha caído durante los últimos meses. Ya a la entrada de mi pueblo, contemplo las pancartas que reclaman una solución rápida y eficaz para la empresa Neoelectra. Se advierte unidad entre todos los vecinos. Hay carteles en casi todas las fachadas y balcones. Es unánime el lema "Salvemos Aliaga". Aún hay un resquicio de esperanza. Nadie quiere la incertidumbre. Nadie desea el cierre de esta industria. Nadie se imagina un pueblo sin escuela, sin centro médico y sin supermercado. Por eso se va a luchar hasta el final. La televisión nacional se ha hecho eco del problema. Me dicen que la televisión autonómica no se prodiga tanto por aquí. Todos conocemos el motivo. Mientras tanto, el compás de espera continúa y la esperanza no se pierde. Tiene que haber un arrego. Debe haber un arreglo. Ni Aliaga, ni la comarca de las Cuencas Mineras, ni la provincia de Teruel se merecen este lamentable desaguisado.
La tarde se torna grisácea. Hay frío en el ambiente. Soplan vientos del este y parece que la esperada lluvia puede llegar por fin. Me dicen que ya ha helado durante dos o tres noches. Menos mal que los frutos de la huerta están casi todos en casa. El invierno se anticipa, aunque no llueva ni nieve como antes. Casi todos lo atribuimos al tan cacareado cambio climático. Hay partida de guiñote en el bar Alfonso. La tarde se desliza lenta, morosa, otoñal. El contraste con Zaragoza es evidente. Aquí uno busca la tranquilidad y el sosiego. Y alimenta los buenos deseos. Uno quiere que el tiempo trascurra sin sobresaltos y que las pancartas de los balcones se conviertan pronto en alegres fuegos de artificio. Por el futuro de Aliaga.

La estación otoñal lleva consigo el sello de la caducidad. Nos recuerda que en este mundo todo es caduco, efímero, perecedero. Hay proyectos que terminan porque han cumplido ya todas las previsiones y hay otros que fenecen porque tenían fecha de caducidad. Pero algunos son abortados casi antes de nacer.
Esto le ha pasado al proyecto de la piscifactoría de Aliaga. Soñado y alentado por todos los vecinos. Impulsado por los principales organismos locales y provinciales. Ninguneado por la Consejería de Medio Ambiente del Gobierno de Aragón. Y castigado severamente - mucho más que otros similares - por las implacables y cada vez más duras normativas medioambientales.
Porque la caducidad y el fin de este proyecto, impulsado en los últimos años por la empresa Neoelectra, es un durísimo golpe para este pueblo, castigado desde los años sesenta por la emigración de sus habitantes a raíz del cierre de las minas de carbón y de su central térmica. Para que nos hagamos una idea del daño que puede suponer esta casi caprichosa decisión, es como si la General Motors desapareciera de Zaragoza y de Aragón.
Va a ser un otoño triste para los once trabajadores de la empresa. Y para los habitantes de Aliaga. Porque surgen en estos momentos las inevitables preguntas: ¿Qué pasará con la escuela? ¿Y con el recién inaugurado supermercado? ¿Y con otros proyectos de futuro? La incertidumbre - que es lo peor que puede pasar - sobrevuela durante estos días por el pueblo. Nadie se lo puede creer. Todos esperamos que se produzca un giro radical. Aunque las cosas no pintan nada bien. Es el sello de una caducidad indeseable, tajante, radical. ¿Dónde está el diálogo? ¿Y la flexibilidad? ¿Y los acuerdos a dos o tres bandas? En estos momentos dudamos incluso de las mal llamadas cabezas pensantes.

Otoño suave a orillas del Guadalope. Otoño dulce y silencioso. La nueva estación se manifiesta con amaneceres transparentes, con mediodías rotundos, con crepúsculos humildes.
Otoño verdeamarillo en la ribera del río La Val. Los chopos orlan su trazado sinuoso y las huertas se perfilan a lo lejos con su cortejo de frutos, con sus sabores y olores inconfundibles.
Al filo del otoño el paisaje de va vistiendo de ocre, de azafrán, de amarillo intenso, de verde mate, de delicado tono amarronado. El contraste es evidente: perales cargados de frutos y manzanos huérfanos, desolados. Las pocas parcelas cultivadas se alternan con trozos yermos, invadidos por las zarzas, casi abandonados.
Otoño silencioso en Aliaga. Otoño de claroscuros en el valle. Otoño de contraluces en la sierra estremecida. Un pastor contempla su pequeño hatajo desde un pequeño cerro. Mientras observa a las ovejas, sueña y suspira. Pronto se acortarán los días. Y las noches teñirán de sombra el horizonte de los sueños. Mientras tanto, el mediodía luminoso de este final de septiembre parece un simulacro de un verano más. Es la rueda del tiempo. Inevitable, fugaz, casi inefable.

Los primeros días del otoño en Zaragoza suelen ser apacibles y benévolos desde el punto de vista meteorológico. Si el cierzo respeta el valle del Ebro, la capital prolonga su verano hasta mediados de octubre. A todo esto contribuye la celebración de las fiestas del Pilar, que este año darán comienzo el primer fin de semana de octubre.
Una vez concluida la Expo y, a falta de ingredientes importantes a corto plazo - porque el proyecto de Gran Scala parece el cuento de nunca acabar -, la Semana del Pilar ya empieza a preocupar y ocupar a los responsables del ayuntamiento y a los representantes de las peñas. Como cada año, se anda buscando una ubicación idónea para el pabellón Interpeñas. Este año se ha pensado en el aparcamiento de la Expo, en el barrio del Actur. Pero, al parecer, los vecinos de esta zona no están conformes y van a hacer lo posible para que los jóvenes no acudan allí por la noche. Nadie quiere zonas de ocio cerca de sus hogares. Eso sí, todos queremos que nuestros hijos se diviertan. ¿Cuál es la solución?
Tampoco hay acuerdo en el programa festivo. Es normal. Resulta difícil contentar a todos. Algo similar ocurre con el cartel anunciador, que a muchos les resulta extraño y poco representativo. Por no hablar de todos los inconvenientes que los días festivos conllevan año tras año: aglomeraciones, ruido, caos de tráfico por el centro,... Pero está claro que la fiesta es para vivirla en la calle y que, gracias a estas celebraciones, el verano se prolonga un poco más y la ciudad se resiste a entrar en el largo letargo invernal. ¿Letargo cultural, lúdico y artístico? Esperemos no sea así.

La ciudad se viste de otoño al filo de la tarde. Un ejército de nubes cárdenas sobrevuela sobre las terrazas y azoteas. Todos han regresado ya del relajante verano. Los coches inundan las calles y avenidas. Cada vez hay más vehículos en la gran ciudad. Desde lo alto se divisan como cucarachas ambulantes, nerviosas, aceleradas. Mientras tanto, los peatones - algo más prudentes - desfilan por las estrechas aceras en busca de algo o de alguien. De vez en cuando, una bicicleta sortea a los viandantes y busca su lugar natural - o antinatural - en la poblada acera.
Cuando llegan las horas más conflictivas - las llamadas horas punta - el caos se organiza de repente en las plazas y avenidas más céntricas. La plaza de España es una de las más concurridas. Autobuses y taxis se enseñorean del asfalto. Los autobuses articulados parecen lombrices rojizas que se enroscan entre los pequeños vehículos y las motocicletas. El rumor de los motores lo invade todo. Nadie se escapa de este estallido de estrés. Es el pulso acelerado de la urbe, el aliento vital de miles de ciudadanos, la prisa que, en ocasiones, no conduce a ninguna parte.
Hay muy pocos peatones que respetan los semáforos en rojo. Quizás sólo un uno o un dos por ciento. Luego pasa lo que pasa. Pero el caos, paradójicamente, es un orden desordenado. Y todo el mundo apura hasta el límite. Es el señuelo del riesgo y de la aventura. Es el afán de apurar sin tregua los minutos y los segundos. Es el irrefrenable impulso de regresar a casa cuanto antes. Es la huida hacia adelante. O hacia ninguna parte.
La ciudad preotoñal seduce, sin embargo, a propios o extraños. Porque, ¿qué sería de una urbe sin tráfico, sin prisas, sin ruido, sin estrés? Es el precio que el ciudadano tiene que pagar. Por eso algunos esperan con ansiedad la llegada del viernes para emprender una huida efímera del ruido y del asfalto. Aunque sólo sean unas horas. Aunque nada más llegar a cualquier rincón solitario, ardan en deseos de regresar al ruido, al tráfico, a los grandes almacenes, a la música estridente, a los autobuses atestados, a las aceras sin control, al paso acelerado del tiempo.

A nadie se le oculta la preferencia, cada vez más acentuada, de los medios de comunicación nacionales por la capital de España. Es cierto que siempre ha habido en nuestro país un tufo de centralismo. Es verdad que el área metropolitana de Madrid crece sin cesar y tiene una de las mayores densidades de habitantes del país. Pero de ahí a encumbrar todo lo que ocurre en esta gran urbe en detrimento de otras zonas de la amplia y variada España va un trecho muy grande.
La ciudad del oso y del madroño es el ombligo de España. Varios ejemplos pueden corroborar esta afirmación: el alcalde de Madrid aparece como adalid del futuro en un programa de televisión en horario de máxima audiencia, el Real Madrid sigue siendo el equipo de los españoles y el que ocupa más páginas de diarios deportivos y no deportivos, los eventos de todo tipo sólo suceden en España cuando ocurren en Madrid,... Hoy mismo, el teletexto de la televisión que pagamos entre todos decía: "Inicio de las pruebas de selectividad" - en Aragón terminaron la semana pasada-. Otro titular indicaba ayer: "Comienzo del curso escolar" - en otras autonomías ya llevamos una semana de docencia-. Los ejemplos se podrían multiplicar día tras día: pasarela Cibeles, Madrid-2016, granizada en la capital, final de la Vuelta Ciclista,...
Este afán por concentrar casi todos los eventos en torno a este ombligo casi perpetuo puede llegar a tal extremo que acontecimientos importantes de otras autonomías queden eclipsados y casi ninguneados por los medios de comunicación nacionales. Y si no que se lo pregunten a los aragoneses que viven lejos de su tierra y que no pudieron contemplar en directo algo único e irrepetible como es la clausura solemne de la Exposición Internacional 2008. Vivir para ver. Ya veremos lo que ocurre si Madrid es elegida - algo deseable - como sede de los Juegos Olímpicos de 2016. Los ecos de la celebración llegarán a todos los confines del país. Y el ombligo se convertirá en algo absorbente y narcisista. Tal vez se ensanche tanto que llegue a ser el ombligo de Europa.

El inicio del mes de septiembre, especialmente el comienzo del curso escolar después de unas vacaciones de casi tres meses, supone un regreso a la rutina o a la normalidad. Eso sí, quiero referirme a la rutina en sentido positivo, aunque sea difícil considerarla así. Porque rutina puede ser la vuelta a los madrugones, el regreso al estrés de la gran ciudad y la espera casi ansiosa del próximo fin de semana.
Septiembre aparece, sin embargo, aderezado con otros ingredientes que conforman un cóctel difícil de digerir. La llamada "vuelta al cole" supone un desembolso especial para muchas familias - a pesar de la gratuidad de los libros en primaria y secundaria -. Además, después de las vacaciones de verano, las tarjetas de crédito están muy castigadas y los bolsillos, casi vacíos. Esto se nota en los supermercados, en los establecimientos hoteleros y en las terrazas de verano. No hay más remedio que apretarse el cinturón, o pedir un crédito. Si es que los bancos - cada vez con menos beneficios según dicen - se dignan concederlo.
Muchas voces hablan de crisis, otras de recesión. Lo que está claro es que la vuelta a la rutina viene acompañada este año de un descenso en la venta de coches, de un aumento de la morosidad y de un recorte en el presupuesto familiar. Al parecer, el horno no está para bollos. Menos mal que ha bajado el petróleo y nos ha dado un pequeño respiro. Pero es un retroceso engañoso, ya que las petroleras no aplican el mismo porcentaje a sus productos. Tampoco ha bajado el precio de los alimentos que tanto aumentaron el pasado otoño. No sé cuál será la causa, pero lo que sube difícilmente vuelve a bajar. Como dice un amigo mío, lo único que no sube son los sueldos.
Pero todo no es negativo en esta vuelta preotoñal a la normalidad: las ciudades recobran su pulso. Los ciudadanos apuran las últimas tardes veraniegas. Las noches todavía saben a agosto. Los barrios vuelven a sus fiestas anuales. En cambio, los pueblos se han vuelto a quedar vacíos. Todos a la ciudad. Aunque de vez en cuando nuestra mente vuele al campo, a la montaña o a aquella recoleta cala. Los más optimistas ya piensan en el próximo puente o en Navidad. Aunque, eso sí, los fines de semana están muy bien inventados.

Cae la noche sobre Zaragoza, cae la noche sobre el recinto de la Expo, cae la noche sobre Aliaga. Las terrazas de la ciudad del Ebro están atestadas en esta casi bochornosa noche de viernes, previa al inicio del curso escolar. Muchos zaragozanos han decidido apurar las últimas horas del día a orillas del Ebro, en pleno recinto de la Exposición Internacional, que ha iniciado ya su inevitable cuenta atrás. En cambio, en Aliaga están viviendo con ilusión la primera noche de las fiestas patronales en honor a su patrona, la Virgen de la Zarza. No faltará el bullicio. No faltará la juerga sana. No faltará el toro embolado ni la verbena hasta que el cuerpo aguante.
Los que nos hemos quedado en la gran ciudad, contemplamos desde la distancia el perfil de la Torre del Agua, uno de los iconos de la Expo, y nos preguntamos cómo quedará el recinto de la muestra después del 14 de septiembre. Unos hablan de remodelación; otros, de desmantelamiento. La mayoría espera, sin embargo, que algunos de los pabellones más significativos queden en pie. Nos gustaría visitar el Acuario sin agobios y sin esperas. Nos gustaría volver a contemplar Zaragoza a vista de pájaro. Lo que no sabemos todavía es si podremos visitar con tranquilidad el pabellón de Aragón y el de España. Habrá que dar tiempo al tiempo y esperar. Cuando pasen unos meses, se podrá valorar con más objetividad la oportunidad de la Expo y los beneficios que ha reportado a Zaragoza.
Recuerdo mi estancia en la Expo y la extensión de cemento y asfalto en que se ha transformado la fecunda huerta de hace pocos años. Recuerdo el olor amargo del agua del Ebro a su paso delante del iceberg. Recuerdo el color aceitoso de sus aguas, casi pútridas. Esa sería una buena labor para el futuro: sanear el agua del río, transformar su caudal en algo más agradable para los sentidos. De momento, los visitantes apuran las últimas noches. Otros se han desplazado a los pueblos a pasar el fin de semana y recoger a los niños para que estén listos el lunes. En Aliaga también ha comenzado la cuenta atrás del verano. Hasta el día nueve, la diversión estará asegurada. Luego llegará el otoño y volverán las inquietudes por el futuro del pueblo. Siempre hay que luchar por la mejora del medio rural, aunque las miradas y las inquietudes vuelvan inevitablemente a la gran ciudad. Hasta el próximo verano.

Todo regreso supone un pequeño desgarro, una sorda despedida, un adiós silencioso. Regresar a la ciudad después de un mes de vacaciones conlleva, además, un reajuste mental. Porque la nueva situación - asociada a la rutina de lo cotidiano - nos exige un esfuerzo complementario después de la relajación, el ocio más o menos activo y el olvido voluntario de problemas, inquietudes o proyectos.
Regresar a Zaragoza después de dos semanas en Massalavés y otras dos en Aliaga ha supuesto para mí una vuelta a la nostalgia del pasado, al recuerdo de momentos de intimidad, de amistad, de familia. Pero esta "vuelta a casa" ha sido para mí un nuevo reto para la etapa que está a punto de comenzar. Porque la vida está hecha de retos, de ilusiones y de esperanza. Por ello, a pesar de la nostalgia, a pesar del recuerdo, ya comienzo a pensar en mi próxima visita a la Expo - tantas veces aplazada -, en el reencuetro con mis compañeros de trabajo y con mis alumnos. Tampoco olvido la vuelta de Javier a los entrenamientos y a los partidos de la Unión Deportiva San José y el descanso de los fines de semana, que están muy bien inventados.
El bagaje de vivencias de estos meses de verano ya ha quedado atrás. Ha habido de todo. Pero prefiero quedarme con lo bueno: las rutas en bicicleta, las partidas de guiñote con los amigos, las tertulias vespertinas, los paseos por el campo, las horas de lectura en el solanar, las tormentas de verano en Aliaga, los campos de naranjos de Massalavés, el calor de la familia y la satisfacción de seguir viviendo.
FOTOGRAFÍA: Tarde de tormenta en Aliaga

Mientras se despereza en Aliaga esta mañana agradable de agosto, oigo desde el solanar el sonido de unas jotas que son el preámbulo de uno de los muchos pregones que se anuncian a los cuatro vientos durante estas fechas. La verdad es que estos anuncios públicos suelen ser bastante eficaces y llegan con relativa nitidez al público interesado. Pero los pregones ya no son lo que eran. Recuerdo todavía, en los lejanos años sesenta, a aquel pregonero que con su trompetilla dorada en forma de cuerno recorría todas las calles y plazoletas del pueblo anunciando esto, eso o aquello. En Aliaga me viene a la memoria la figura de Marcelino, al que muchos niños reverenciaban y otros admiraban entre calladas sonrisas.
Hoy ya no quedan casi vestigios de esos pregones vivos, directos, espontáneos, eficaces. Como tampoco permanecen otras costumbres. Afortunadamente, el progreso ha dejado atrás los viajes a la fuente más cercana para llenar con agua cristalina los cocios de casa. También han desaparecido las idas y venidas hacia el lavadero o hacia el río para lavar y aclarar la ropa sucia. El basurero ya no pasa con su caballería y su carro por nuestros portales. Y la leña se pudre en los montes en lugar de alimentar las estufas y cocinas. El cambio ha sido radical. En sólo unas décadas. Ha cambiado más el mundo rural en los últimos cincuenta años que en varios siglos.
Todos nos hacemos, sin embargo, la siguiente reflexión: ¿será para bien? Aparentemente, así lo parece. De todos modos, desde el punto de vista ecológico, da pena ver el caudal del río cada vez más mermado, los chopos cada vez más viejos y abandonados, el lavadero, solitario y la hierba avanzando por doquier en calles, huertas y tejados. Nadie quiere, de todos modos, un retorno al pasado. Pero hay costumbres que no deberían desaparecer.

Agosto suele ser un mes de escasas noticias. Al menos aparentemente. A medida que ascienden las temperaturas, descienden los ecos políticos, los grandes rumores económicos e, incluso, las noticias deportivas. Menos mal que este año acaban de comenzar los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y ese acontecimiento mantendrá encendida durante casi un mes la llama de los aficionados al atletismo y a otros deportes de masas.
La ausencia de noticias de este mes se ve compensada casi siempre con el triste filón de los indeseables y evitables sucesos. Ya han comenzado los casi tópicos incendios - ¡qué pena!, sigue aumentando la cifra de los fallecidos en accidentes de tráfico y la montaña y el mar se cobran día tras día víctimas que se encuentran disfrutando de unos merecidos días de ocio. Es una pena que agosto sea el mes de los récords de todo tipo de accidentes. Y es una pena que no disminuya sino que aumente el número de víctimas por esa mal llamada violencia de género.
Agosto es también el mes de las prórrogas. Todo lo que no consideramos urgente ni importante lo posponemos para el mes de septiembre. Da la impresión, incluso, de que la misma crisis está solapada y se mantiene agazapada por unos días. Nadie quiere saber nada de crisis económica en este mes de vacaciones. La mayoría piensa que la crisis va a afectar solamente al bolsillo del vecino. Otros opinan que son sólo rumores. Pero la crisis está ahí. En el bolsillo del consumidor, en la subida de las hipotecas, en la disminución de la venta de coches... Eso sí, uno va por las calles de una gran ciudad y parece que aparentemente no hay crisis: terrazas atestadas, restaurantes de bote en bote y movimiento en los grandes almacenes comerciales.
De todos modos, hay que seguir disfrutando de unos días de descanso y apurar el mes. Ya llegará septiembre con sus demandas, problemas y exigencias. No será el primero ni el último.

Hay días en que uno no sabe de qué escribir. Y uno se planta ante la pantalla blanca del ordenador sin un pequeño guión o sin una idea más o menos original que compartir.
Tal vez sea el calor asfixiante de estos primeros días de agosto. O quizás la ausencia de noticias relevantes que comentar o criticar. Sin embargo, la realidad cotidiana no deja de sugerirnos temas, asuntos o motivos. En los medios de comunicación, en las vivencias aparentemente anodinas de cada día, en los proyectos de futuro, en los blogs amigos o en los recuerdos del pasado hay siempre un filón literario por explotar.
Hoy me ha sugerido un pequeño motivo la lectura del artículo de Víctor Juan Borroy en su blog "Solanar". El escritor y pedagogo recuerda los años de su infancia en el pueblo con sus abuelos. Y evoca con exquisita elegancia cómo se encaprichó con unos patines elaborados artesanalmente con cojinetes, un palo de escoba y una tabla. Con ese improvisado juguete bajaba las cuestas más empinadas. Luego su abuelo se lo escondió y le dijo esta mentira piadosa: "alguien se lo ha llevado". Poco tiempo después, recuperaría el patín, pero ya había perdido la ilusión inicial por ese artilugio.
Todos los que hemos vivido en un pueblo durante los años de la infancia hemos jugado por las calles con patinetes, con aros, con chivas o con antorchas con madera de tea. La evocación de Víctor Juan me ha trasladado a los ya lejanos años sesenta. A veces, los recuerdos de una persona de tu generación te iluminan algunas zonas oscuras de la memoria y te animan a hilvanar una líneas en medio de la tarde bochornosa. Aunque sólo sea para no perder la práctica y mantener - bajo mínimos - la valiosa tarea de escribir.
* La fotografía es de Gerald Bloncourt (1957)

Está uno tan acostumbrado a la incompetencia, a la ineficacia, al oportunismo, a las verdades a medias, a la publicidad engañosa, a las promesas incumplidas, al "vuelva usted mañana", que cuando te ofrecen un trato exquisito, cuando cumplen con lo acordado, cuando se ajustan a la realidad, cuando no hablan por hablar, cuando son puntuales, cuando son eficaces, cuando actúan con profesionalidad, casi lo consideramos como un mirlo blanco, como una loable excepción.
Me ha ocurrido recientemente como cliente de una empresa privada. Y quiero dejar constancia de ello en esta época de falsas apariencias, de quiero y no puedo, de huera palabrería y de sí pero no. Porque lo más normal, por desgracia, es que comiences a desconfiar hasta de tu propia sombra. Y eso no es bueno ni positivo. Por eso te alegra un poco el cuerpo el que te traten bien, te pregunten si estás satisfecho y te emplacen para una próxima entrevista. Todo ello con el fin de mejorar la atención al cliente y de dar un salto de calidad. A ver si cunde el ejemplo.

Llueve sobre Aliaga, llueve sobre Zaragoza, llueve sobre Aragón. Dicen que va a ser un verano atípico. Que de altas temperaturas, nada de nada. Dicen que va a ser un verano de tormentas, de paradojas, de sinsentidos. Y todo esto se palpa en el ambiente. Y en las playas. Y en las montañas.
La Expo también está sufriendo las consecuencias. No va a ser un éxito. Ni tampoco un fracaso. Pero que quede claro que las expectativas no se van a cumplir al cien por cien. Es lo más normal. Y no hay que rasgarse las vestiduras.
El cielo está gris en Aliaga. El horizonte se viste de otoño y reniega una vez más de los rigores estivales. A la mayoría nos gusta este clima cambiante. Sobre todo a los que huimos del calor de la capital, del agobio, del estrés, del sinvivir. En este rincón del Maestrazgo hay sitio para el sosiego, para el solaz, para el ritmo lento, para la reflexión, para encontrarse con uno mismo y con los demás. Aliaga es la metáfora de tantos pueblos a los que hemos dado la espalda y, paradójicamente, nos brinda una vez más su cara más amable.
Ha llegado la tormenta. Ha llegado el cambio de ritmo, la ruptura de la monotonía, el olvido del calor agobiante. Desde el mirador privilegiado del solanar, observo el verde perpetuo rociado por las gotas frescas, amables, fugaces. Los tejados rojizos brillan entre el gris del paisaje. Los pinos y los abetos se convierten en dueños y señores de las montañas eternas. Cae la lluvia sobra Aliaga. Un paréntesis veraniego que sabe a bendición, a esperanza, a renacer de la naturaleza. Todo un regalo para los sentidos y para el espíritu soñador e inconformista.

Con frecuencia surgen en la vida situaciones difíciles que uno no sabe cómo solventar. Y llega entonces la impotencia, el nerviosismo y un pequeño asomo de desesperación. Algo similar me ocurrió el viernes por la tarde en Zaragoza cuando, en la avenida de Madrid, el coche no quiso seguir y tuve que quedarme sin saber qué hacer en medio de la calzada.
La reacción de los demás conductores fue la esperada: bocinazos y algún pequeño grito. Ninguno se bajó de su automóvil y se prestó a empujar o a sugerir alguna solución. Mientras tanto, intenté llamar sin éxito a mi aseguradora desde una cabina y desde un locutorio. Javier se quedó junto al coche con muestras de impotencia y de resignación. Los minutos transcurrían sin tregua y, cuando ya no sabíamos qué hacer, apareció una ciudadana anónima y nos prestó su móvil para que siguiéramos insistiendo para localizar una grúa. Al final, logramos contactar con la compañía y todo quedó en una complicada situación.
De todo esto, lo que se ma ha quedado dentro es la frase que me respondió Ana cuando le agradecí su gentileza y extrema generosidad: "Si esto le ocurre a alguien alguna vez, haz tú lo mismo". Fue una luz en medio de las sombras, un soplo de solidaridad en medio del individualismo, un gesto de generosidad encomiable.

Durante estos días de finales de junio, se multiplican los actos de despedida: entregas de diplomas, reconocimientos, homenajes,... Como padre de un alumno del instituto Pablo Serrano de Zaragoza, tuve la oportunidad de asistir el jueves pasado a uno de estos actos. Contemplé las actuaciones y entregas de premios desde la otra orilla: desde la butaca del público invitado. Lo digo porque el próximo jueves tenemos previsto otro acto similar en el instituto Ramón y Cajal. En este caso me tocará presentar el acto y entregar diplomas y obsequios a los alumnos que terminan su etapa en el Centro. En ambos casos va a predominar el tono emotivo y va a recorrer por el interior de cada uno de los protagonistas - los propios alumnos - un latido de nostalgia.
La poesía estará presente el próximo jueves en el Ramón y Cajal como ya lo estuvo el pasado jueves en el Pablo Serrano. Espigo dos fragmentos poéticos de este último acto que pueden ayudarnos a reflexionar en este final de etapa y en este inicio de un camino diferente:
Resolución de ser feliz
por encima de todo, contra todos,
y contra mí de nuevo
- por encima de todo, ser feliz -
vuelvo a tomar esa resolución.
Jaime Gil de Biedma
Sigue, sigue adelante y no regreses,
Fiel hasta el fin del camino y de tu vida.
No eches de menos un camino más fácil,
Tus pies sobre la tierra antes no hollada
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.
Luis Cernuda

Desplazarse a Aliaga durante un fin de semana supone abrir un oportuno y sosegado paréntesis después de unos días estresantes y acelerados. En este pueblo turolense se puede encontrar un oasis veraniego. Después de una primavera lluviosa, el tono verde y el aroma intenso envuelven el valle de la Val y se desplazan hacia la ribera del Guadalope.
He dejado el ordenador en Zaragoza y he abierto un pequeño paréntesis en esta página blanca. Aunque parezca mentira, sin el reclamo del portátil, el tiempo se dilata y se ralentiza. En este valle lozano se encuentra tiempo para la reflexión, tiempo para el reencuentro con los amigos, tiempo para el recuerdo, tiempo para una buena lectura, tiempo para no hacer nada.
El regreso a Zaragoza - casi caótico en los últimos kilómetros - ha supuesto el reencuentro con el ajetreo, con los asuntos pendientes para esta próxima semana, con el calor sofocante, con el cemento, con el asfalto, con la rutina. Vuelvo a mi blog - muy poco visitado en estos días prevacacionales - e intento hilvanar unas ideas, tejer unas sensaciones, trenzar unos sentimientos. De momento, se respira silencio y expectación en el entorno de mi barrio. Todos están pendientes de la selección española. De momento, no se ha movido el marcador. Pronto me enteraría si marcara la selección rojilla. Para algunos es otro partido del siglo; para otros, un encuentro importante; para una gran minoría, un escalón más para lograr algo tan difícil como ganar la Eurocopa del 2008. Porque ya ha llovido desde aquella victoria sobre Rusia en 1964 con el golazo de Marcelino. Aún lo recuerdo borrosamente, con esas imágenes imperfectas en blanco y negro. Mientras avanzan los minutos, prefiero expresar lo que siento, leer los correos electrónicos de interés - la mayoría son basura - y ponerme al día en todos los aspectos. El paréntesis ha sido muy positivo e intentaré repetirlo más a menudo.

Junio es el mes de los balances, de las valoraciones, de la autocrítica y, ¿por qué no?, de la autoestima. Junio tiene el sabor de un verano anticipado y el olor a humedad profunda, a fragancia, a flor silvestre, a nieve derretida.
Junio es también un mes ambivalente, ambiguo, contradictorio. El sabor agridulce de las despedidas se mezcla con el sabor acaramelado de los logros, de las metas alcanzadas, de los homenajes, de las vivencias compartidas, de los planes de futuro.
Es verdad que estamos en un mes de junio atípico, y que da la impresión de que el calendario se haya detenido en el mes de abril. Pero este tiempo acelerado nos acerca ya a la inauguración de la Expo de Zaragoza, a la celebración de San Juan - el solsticio de verano - y al inicio de una etapa de vacaciones, de ocio o de cambio de ocupación.
Por eso, en esta tarde lluviosa, apetece asomarse de nuevo al cauce del río Ebro, disfrutar de sus riberas recién estrenadas, observar el cielo grisáceo y caprichoso. Eso sí, siempre que lo permitan las maratonianas sesiones de evaluación, la preparación de otros exámenes extraordinarios y el intenso trabajo de estos últimos días de curso.

Hay días en que el silencio se cuela por todas las rendijas.
Hay momentos en que el recuerdo nos envuelve con su halo de nostalgia.
Hay jornadas en las que sólo cabe el poso agridulce de la memoria.
Hay fechas que es imposible olvidar.
Hay instantes dominados por la tristeza y la melancolía.
Hoy es uno de esos días,
porque un ser querido ya no está,
porque un ser querido seguiría disfrutando de la vida.
porque un ser querido cumpliría con gozo un año más.
Por eso, es tiempo de silencio,
tiempo gris, como esta tarde otoñal,
tiempo para el recuerdo y la esperanza.

No es nada nuevo recordar que vivimos en una sociedad cada vez más esclava de los números y de las estadísticas. Desde que tengo uso de razón, ha predominado el tener sobre el ser, la cantidad sobre la calidad, los números sobre las letras, los balances sobre las valoraciones, las estadísticas sobre los análisis equilibrados y coherentes.
En una cadena estatal de televisión se hablaba hoy de cuotas de pantalla. Es una de las expresiones de moda. Todo se mide por la audiencia. Aunque sea la audiencia de un solo minuto. Aunque sea una crecida instantánea y fugaz. Y el programa que no alcanza una determinada cifra de televidentes, queda eliminado de la parrilla a los pocos días, o se le pone en cuarentena. Da igual que el espectáculo sea de ínfima calidad - como una gran mayoría de los programas de las llamadas horas punta -, da igual que sea original, creativo o con un pequeño apunte cultural. Si no alcanza ese tanto por ciento soñado y deseado, se caerá a la primera de cambio. Y será sustituido por otro quizás más cutre y más popular.
Este mismo afán estadístico se ha trasladado a otros campos de la vida. Lo compruebo, sobre todo, en el ámbito educativo. Hay que conseguir más demanda de alumnado que oferta. Hay que obtener las máximas calificaciones en selectividad. Hay que sacar las mejores medias en cualquier evaluación externa. Mientras tanto, se suelen dejar de lado la calidad, el trato más cercano, la cara más humana del alumno, el fomento de las actitudes o la consideración social.
Y es que las cifras nos ahogan cada vez más. ¿Qué sería de una sociedad sin cifras, sin estadísticas, sin cuotas? Está claro que le faltaría algo. Pero, al menos, dejarían un pequeño resquicio a lo que entendemos por calidad de vida. Hoy mismo, en Zaragoza, preocupa más la altura y los metros cúbicos del caudal del Ebro que la calidad de sus aguas. Preocupa más el número de visitantes que llegarán a Zaragoza con motivo de la Expo que el tipo de acogida que se les va a otorgar. Preocupa más el número de metros cuadrados de la Muestra que la obra bien hecha o bien terminada.
Eso sí, a pesar de los números y de la contabilidad, al final lo que queda es la calidad. Ya ha sucedido con proyectos similares a la Expo de Zaragoza y sucede cada día en todos los ámbitos sociales. Incluido el ámbito económico.

Como todos los años, cuando se acercan estas fechas de finales de mayo, los alumnos de 2º de Bachillerato culminan una etapa de seis años de estancia en el Instituto. Hoy he asistido al acto de despedida de los alumnos de la promoción 2006-2008 del Instituto "Miguel Catalán" de Zaragoza. Ha sido un acto emotivo, familiar, muy cuidado. He vuelto a saludar a algunos alumnos y alumnas a los que impartí Lengua en 1º de ESO el segundo año de mi fugaz estancia en ese Centro. Todos estaban muy cambiados. De niños a jóvenes; de niñas a mujeres. Dentro de un mes volveremos a celebrar el mismo encuentro en el Instituto "Ramón y Cajal". Será un acto similar. Alegre, emotivo y con un poso agridulce. Porque todas las despedidas dejan una huella difícil de borrar y suponen un pequeño desgarro en el corazón de cada uno.
En el programa de mano que nos han entregado figuran unos versos de uno de los poemas más conocidos de José Agustín Goytisolo: Palabras para Julia. Reproduzco el poema, tantas veces cantado por Paco Ibáñez. En él se funden el recuerdo de la madre y el cariño a su hija. Son también palabras de despedida, palabras de buenos deseos, palabras agridulces y conmovedoras.
Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable,
hija mía es mejor vivir con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.
Te sentirás acorralada,
te sentirás perdida o sola,
tal vez querrás no haber nacido,
yo se muy bien que te dirán que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado,
entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.
Un hombre solo
una mujer
así tomados de uno en uno
son como polvo
no son nada,
pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otros hombres,
tu destino está en los demás,
tu futuro es tu propia vida,
tu dignidad es la de todos,
entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino,
nunca digas no puedo más y aquí me quedo,
la vida es bella
tú verás como a pesar de los pesares
tendrás amor
tendrás amigos.
Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es será todo tu patrimonio,
perdóname no sé decirte nada más,
pero tú comprende que yo aún estoy en el camino,
y siempre siempre acuérdate de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.

Una de cal y otra de arena. Esa parece ser la política de la consejería de Educación del Gobierno de Aragón a la hora de proponer mejoras para los docentes aragoneses.
Después de muchos años de demandas y de reivindicaciones, parece que se van a decidir a incentivar más las tareas de los trabajadores de la enseñanza, especialmente las de los miembros de los equipos directivos o las de los que trabajan en algunos núcleos rurales. Al parecer -dicen - la LEA (Ley de Educación Aragonesa) va a llegar con un pan debajo del brazo. Eso sí, de momento todo son buenas palabras y buenas intenciones.
Lo que no va a satisfacer tanto a los docentes es la propuesta del nuevo calendario escolar en Aragón para el curso 2008-2009. Los periodos lectivos siguen sin desligarse de las fiestas religiosas. Las vacaciones trimestrales no han cambiado con relación a años anteriores, a pesar de las propuestas razonables de algunos sindicatos. Y el curso escolar comienza cada vez más pronto, lo que conlleva prisas e improvisación.
Paralelamente a estas inquietudes, y sin salir del ámbito educativo, encontramos a un grupo de padres de la enseñanza concertada concentrados delante del departamento de Educación. Su reivindicación quizás sea justa, pero muy discutible. La enseñanza concertada nació como complemento de la pública. Y no al revés. Lo que no se puede negociar es algo tan paradójico como dejar vacíos los colegios públicos e incrementar las aulas de los concertados. Sería tirar piedras contra el propio tejado. Y Educación no está por la labor. Sería una lamentable marcha atrás.

Muchos vecinos de Zaragoza hemos aprovechado esta tarde primaveral para acercarnos al nuevo tramo del parque lineal del Ebro, recién inaugurado. Desde el original puente sobre el río Huerva - como observamos en la foto - se contempla la capital desde un ángulo distinto. Las vetustas torres del Pilar aparecen hermanadas con la erguida torre de la Seo. Es un concierto de verdes entretejido de cemento, ladrillo y arte.
Es gratificante contemplar la ciudad al caer de la tarde y pensar en los pocos días que faltan para la inauguración de la Expo, un acontecimiento excepcional en la Zaragoza del siglo XXI. Es bueno evadirse durante media hora de la rutina cotidiana y olvidar el estrés, las reclamaciones, los recursos, los contenciosos, las caras largas y los nervios a flor de piel. Es positivo mirar hacia el horizonte y adoptar un talante más optimista pensando, aunque sólo sea por unos segundos, en la solidaridad, la tolerancia, la flexibilidad, el cariño, el diálogo, la autocrítica y el buen humor. Uno se da cuenta de que son monedas poco corrientes en la sociedad actual. Y vuelve a pensar en ese acontecimiento tan importante para Zaragoza y quizás para Aragón. Aunque no puede evitar dirigir la mente hacia los Monegros - con ese fantasma del parque temático - hacia las Cuencas Mineras turolenses - con esa negativa a dar vía libre a una pequeña industria en Aliaga -, hacia las desoladas estepas de Belchite, hacia las carencias de tantos pueblos de las comarcas oscenses.
Uno regresa a casa para enfrascarse de nuevo en los libros, para llenar de contenido la página blanca del ordenador. El cielo sigue encapotado. El Ebro amenaza de nuevo. Pero en Cataluña cierran los ojos a este regalo de la primavera y hacen oídos sordos a la cruda realidad. ¡Qué difícil es rectificar! ¿No dicen que es una tarea de sabios?

Hace muchos años que no estaba en Aliaga durante estas fechas. Hace muchos años que no contemplaba por estas fechas un paisaje tan verde desde el solanar. Hace muchos años que no celebraba el 23 de mayo en mi casa natal, en mi localidad natal.
Y es que hay fechas que te quedan grabadas en la memoria a pesar del paso de los años. Por desgracia, abundan más las fechas que recuerdan acontecimientos tristes que las que rememoran vivencias alegres e, incluso, felices.
El 23 de mayo de 1963 - ya ha llovido desde entonces - fue una fecha feliz. Y una de las que más recuerdo de mi infacia en este pueblo turolense. Un grupo numeroso de niños y niñas - entre 40 y 50 - celebrábamos la Primera Comunión. Era un día señalado en Aliaga y en todos los pueblos de la comarca. Se adecentaban las casas, se realizaban algunas obras, se compraba algún regalo, se preparaba una comida especial. Los niños y niñas, que rondábamos los 9 ó 10 años, habíamos preparado este día con ilusión, pero con un cierto nerviosismo. Íbamos a ser el centro de todas las miradas, tanto en la parroquia de San Juan por la mañana como en la ermita de la Virgen de la Zarza por la tarde. Personalmente estaba inquieto y nervioso. Tenía que recitar una poesía a la patrona de Aliaga y la timidez y la vergüenza se apoderaban de mí. Al final todo salió bien. La memoria me salvó y recibí los parabienes de familiares y amigos. Era un jueves de los que se decía que brillaba más el sol. Era el día de la Ascensión. Ahora la fiesta ha sido trasladada al domingo, como tantas otras.
Cuando regreso a casa, contemplo todavía en la habitación sendos recuerdos de este ya lejano 23 de mayo. El de la comunión de mi querido y llorado hermano Antonio y el de la mía. Están enmarcados y siguen ahí mudos, viendo pasar los días y los años. De ese día sólo me quedan los primeros versos de la poesía y algunos ecos de la fiesta en cada una de las casas de los niños-protagonistas. Hoy, al regresar a Aliaga, evoco la fecha feliz y la recuerdo como una fotografía brumosa que el tiempo va desdibujando sin remedio. Pero, eso sí, siempre me quedará esta fecha en la memoria, aunque haya otras más recientes que intenten borrármela año tras año.

Todos tenemos alguna dependencia de algo - o de alguien - más o menos acentuada. Algunos de mis alumnos reconocen que no sabrían vivir sin un móvil en el bolsillo; otros, que no podrían prescindir de un MP3 o MP4; y una minoría opina que no podría vivir sin un ordenador o sin un televisor. Son dependencias que se han agudizado en los últimos años. Pero, antes de que aparecieran los telófonos móviles o los sofisticados aparatos electrónicos, también existían dependencias de todo tipo. Y si no, podríamos preguntárselo a nuestros mayores.
Esta mañana, he olvidado el reloj de pulsera en casa, encima de la mesilla - algo aparentemente normal e intrascendente -. Pero lo que no es tan normal es que me he dado cuenta a lo largo de la mañana de que padezco una "cronodependencia" (perdón por el neologismo), es decir, una dependencia del reloj. En el fondo, es una dependencia del tiempo marcada por las prisas, el estrés, lo escrupulosamente programado, lo planificado,... Esta dependencia va unida a la del calendario. No puedo prescindir del práctico calendario de sobremesa. Y menos en estos días que anuncian la cercanía del final de este largo trimestre. Una profesora de Barcelona me comunica por carta esta misma sensación de cansancio. Los mismos alumnos lo experimentan. A Javier le cuesta cada día más levantarse por la mañana. Y es que los días pesan, las semanas se acumulan y este mes de mayo parece eterno.
Voy a intentar olvidarme del reloj a partir del 30 de junio. No sé si lo conseguiré. Porque lo veo difícil. No es una dependencia preocupante para la salud física - como el tabaco o el alcohol -, pero puede influir en nuestro estado psíquico y mental. Habrá que volver durante unos días - el verano nos brinda esa oportunidad - a los relojes de sol, al sonido de las campanas o a la propia intuición. Todo ello tiene, sin embargo, una contrapartida: en septiembre nos podría costar volver a esa rutina marcada por tiempos y calendarios. Mientras tanto, he comprobado que la mañana ha transcurrido con más rapidez. Quizás haya sido porque estaba demasiado ocupado.

Las riberas del río Gállego son prácticamente desconocidas por los que viven en Zaragoza y en su entorno. Por eso, he aprovechado la agradable tarde del miércoles para acercarme por la Avenida de Cataluña a los barrios de Montañana y Peñaflor y conocer un poco más de cerca estos parajes cercanos al cauce de este río que da nombre a numerosos pueblos.
De entrada, me he topado con la prolongación del cuarto cinturón. Obras por doquier, desvíos y rotondas. Y, poco más adelante, una vez se deja a la izquierda el instituto "Ítaca", aparece Montañana, un barrio surcado todavía por una carretera que pide a gritos su correspondiente variante y, al fondo a la izquierda, la Montañanesa, esa papelera que contamina por doquier y que se divisa algunas tardes desde los lugares más insospechados de la capital. Su olor - casi hedor - me recuerda la papelera de Balaguer (Lérida), que esparcía sus efluvios en varios kilómetros a la redonda. No sé lo que pensarán los vecinos. No sé qué opinarán los ecologistas. Ignoro la postura de las autoridades y del Consejero de Medio Ambiente. Lo que está claro es que, con el crecimiento de la capital, su ubicación no es la idónea. Habría que comprobar, además, si se han adoptado las medidas oportunas para evitar ese chorro oscuro que surca los cielos primaverales y rompe la armonía del paisaje.
Poco más allá de Montañana, aparece otro barrio zaragozano, uno de los más tranquilos y encantadores: Peñaflor. La gente está en las casas, porque amenaza tormenta. Muy pocos se atreven a dar un paseo o a cultivar los huertos. El agua lo inunda todo. El verde viste de gala el entorno. Sólo la esbelta torre de la iglesia destaca entre un caserío de planta baja o algún adosado. Poco antes de llegar a este pequeño barrio, queda a la izquierda la cartuja de Aula Dei, enclave histórico y artístico dentro de la ruta de Goya. Pero la tarde invita a acercarse a la orilla del Gállego. El agua baja alegre, embravecida. Sólo algún pequeño meandro frena su ímpetu. Su caudal desembocará en el Ebro poco después. Luego seguirá hasta Caspe o hasta Mequinenza. Quizás en un futuro termine en Amposta. O tal vez sea recogida en un barco para abastecer a la gran capital de Cataluña. Dicen que se trata de algo necesario, urgente, perentorio. ¿Durará mucho este "trasvase"? Lo dudo. Muy pocos piensan que se vaya a dar marcha atrás.
Mientras tanto, prefiero disfrutar contemplando el cauce del Gállego y eludir la tormenta que se avecina. Las nubes presentan su peor semblante. Parece que quiere anochecer. Sólo la chimenea de la Montañanesa compite con el gris negruzco del cielo. Al final, se confunden en una misma amenaza: la de la lluvia y la de la contaminación.

Mientras sigo corrigiendo los artículos que me entregan los alumnos para el Anuario 2008 del Instituto, me doy cuenta de la importancia de la expresión escrita y de la dificultad de llevar a cabo una tarea que exige práctica, método, disciplina y un aprendizaje progresivo.
No me refiero solamente a la corrección ortográfica - algo que deberían tener superado los alumnos que están terminando Secundaria - me refiero sobre todo a lo que se denomina competencia lingüística, es decir, al dominio del léxico, de la sintaxis y, especialmente, del estilo.
Porque la corrección estilística es quizás el reto más difícil para el que se dedica a escribir. La lengua evoluciona constantemente, se enriquece, se adapta a los nuevos tiempos. Pero hay un sustrato gramatical y estilístico que sólo la lectura de textos selectos y la práctica cotidiana de la escritura ayudan a adquirir.
De todos modos, admiro a los alumnos que comienzan esta aventura de escribir correctamente. Y admiro también a los correctores de estilo, a los que organizan talleres de escritura y a los que han adquirido la suficiente fluidez para expresarse por escrito con corrección y coherencia.

A veces, los lunes se presentan con una dulce resaca.
A veces, el primer día laboral de la semana se muestra esquivo y paradójico.
En ocasiones, hay que mirar hacia el futuro con más optimismo y esperanza.
Son distintos los lunes cuando se esmaltan de pequeños detalles.
Si tu equipo ha vencido y le ha salido una carambola redonda, respiras de otra manera.
Los lunes tienen, de todos modos, un sabor agridulce.
Porque la primera piedra de la semana sustenta el resto de los días.
Y nadie le gusta malgastar ese tiempo que no tiene marcha atrás.
Un lunes más. Una experiencia más. Un paso más hacia el futuro.

En este momento se muestra como una diminuta esfera verde, del tamaño de un guisante. Dentro de pocos días se acercará al volumen de una aceituna verde. Luego irá creciendo paulatinamente, gracias a los frecuentes riegos y al abono más adecuado. Serán seis meses de vida. En noviembre, irá adquiriendo el color que le da su nombre y esmaltará de tonos verdeamarillentos la vega del Júcar o del Segura. Es la naranja, una fruta mundialmente apreciada, que arraigó en la península ibérica de la mano de los agricultores árabes. Cada año se realiza este milagro de la naturaleza. La flor ya ha dado paso al fruto y el árbol se viste de un verde luminoso para dar cobijo al preciado fruto.
Esta mañana he aprovechado para abonar el campo de naranjos y el lunes el agua llevará este alimento mineral a las raíces de los árboles. Las hierbas pugnan por ganar terreno al naranjo. Los caracoles buscan refugio entre las hojas y los pájaros aprovechan para fabricar unos nidos fugaces y efímeros. Es la lucha por la supervivencia en un ecosistema cada vez más frágil. Pero, ¿qué sería del paisaje del Levante sin esas extensiones verdes? Tal vez se mostraría más desolado. O quizás presentaría otro aspecto distinto. Porque los "caquis" van ganando cada vez más terreno. Y las plantaciones de arroz son cada vez más escasas en esta comarca. Ahora que el arroz dicen que se va a poner por las nubes. Ver para creer.

Dos gaviotas sobrevuelan con cautela por los campos de naranjos del término municipal de Massalavés. Se ocultan de inmediato cuando oyen el ruido de un motor. Buscan alimento en los ribazos que dividen los campos y en las acequias que conducen el agua para el riego. Es una estampa original en esta mañana de primavera. Su vuelo acompasado rompe la monotonía del verde amarronado del paisaje.
Eso sí, hay obras por todos los caminos. Están instalando las tuberías para el riego por goteo. Pronto se implantará este sistema. ¿Será la panacea en estos tiempos de escasez de agua? Eso está por ver. Al parecer, no se desperdiciará tanta agua como hasta ahora. Cada propietario tendrá su contador y pagará según llos litros que consuma. Como en cualquier hogar. Eso sí, a un precio más asequible.
A pesar de todo, algunos agricultores de esta comarca de la Ribera Alta valenciana se están planteando el abandono definitivo de los cultivos de naranja. Cada vez tienen más problemas a la hora de vender el producto. Y algunos años, ni siquiera les han pagado por la cosecha. Cada año ocurre algo similar. La incertidumbre es mala consejera. Y los mayores los saben. Ayer tarde me comentaba un vecino de Tous que en pocos años han quedado yermos muchos campos de buena tierra. La agricultura - me decía - ya no da para vivir holgadamente, a no ser que tengas muchas hectáreas. La mayoría de los propietarios del lugar compaginan las tareas del campo con el trabajo en la industria, en los servicios o en la construcción. Y, lo peor de todo, es que son muy pocos los jóvenes que se inclinan por la agricultura. ¿Quién trabajará estos campos de aquí a quince o veinte años?

Mientras mis alumnos de bachillerato se examinan de Quevedo,
la primavera inunda insolente todas los rincones del aula.
Mientras leo con interés relatos sobre el futuro del Planeta,
los árboles del jardín del instituto brotan exuberantes
y emprenden su lucha cotidiana contra un ambiente rural hostil.
Mientras imprimo fotografías de alumnos y profesores para el Anuario 2008,
un soplo de impaciencia y estrés se cuela por los pasillos.
Por eso,
y por otros motivos,
me agarro con esperanza al día a día,
a pesar de la memoria,
a pesar de los recuerdos:
seres queridos que se han ido,
vidas truncadas a destiempo,
un poso agridulce de nostalgia
y un hilo tenue de felicidad en el horizonte.

Tarde preveraniega en Zaragoza. Comida de padres y jugadores del equipo de tercera infantil de la Unión Deportiva San José en la peña La Fogata, casi en el barrio de Santa Isabel. Tarde de fútbol - nueva decepción del Real Zaragoza - de guiñote y de karaoke. Vale más la armonía que otros temas deportivos y extradeportivos.
Tarde primaveral en Zaragoza. Ciudadanos paseando por la ribera del Ebro. Ciudadanos contemplando el azud y el parque lineal, aún sin inaugurar. Zaragozanos cruzando la recién inaugurada pasarela de Javier Manterola, uno de los símbolos de la todavía futura Expo.
Tarde de abril en Zaragoza. Incertidumbres y polémicas han pasado, por un día, a segundo plano. Porque sigue la oposición al atrevido proyecto de Gran Scala. Porque continúa la polémica sobre el trasvase o cesión de agua de los regantes desde el Ebro hasta Barcelona, porque siguen en pie muchas reivindicaciones de empresas públicas y privadas.
Tarde de domingo en Zaragoza. El equipo de la capital ingresa, por derecho propio, en el pelotón de cola de la liga. La espada de dámocles del descenso sigue cada vez más cerca. Sólo nos queda el consuelo del CAI de baloncesto para la próxima temporada. Si el equipo de la capital desciende a segunda, habrá que empezar de cero. Con los de la cantera. Con los del Huesca. O con los del Ejea. Basta ya de figurines. Y de divos de talonario. Hay que rectificar. Y confiar en los de casa. Y, si viene alguno de fuera, que marque claramente la diferencia. ¡Que vuelva Lafita! ¡Que regrese Longás! Y Cani. Y Soriano. Y Corona. Y Arbeloa. Y Guerra. E Ignacio Camacho. Habrá que empezar desde cero. Y con humildad. Los aficionados queremos lucha. Y entusiasmo. Y jugadores que sientan los colores.

Las interferencias pueden ser, en ocasiones, un cruce inesperado de caminos, una casi azarosa interrelación de acontecimientos o una capichosa coincidencia de fechas o efemérides.
Los últimos días del mes de abril parecen propicios a estos juegos casi laberínticos. La incertidumbre juega un papel importante. Pero tampoco hay que descartar la voluntad humana de mezclar lo contradictorio, de confundir al ciudadano o de querer jugar con dos barajas a la vez.
Esa es la impresión que me da este retablo de las maravillas - que es la política - en la víspera de San Jorge. Hay que decir, de entrada, que el Día de San Jorge - en Aragón - se entremezcla caprichosamente con el Día del Libro - también en Cataluña - y se completa con el Día de la Rosa, en la vecina comunidad. Lo que no queda tan claro es si la fecha ha sido elegida al azar o si ha surgido como una tradición de siglos. Hoy comentan en la prensa que ni Cervantes ni Shakespeare fallecieron el mismo día. Por eso, desde hace años, aquí, en Aragón, se mezcla lo lúdico con lo reivindicativo. Pero, al parecer, este 23 de abril no va a ser ni lo uno ni lo otro. Afortunadamente, lo cultural quiere asomar la cabeza: premio de las letras aragonesas a José María Conget y libros en el Paseo de la Independencia. Pero hay otras efemérides que, sin lugar a dudas, van a eclipsar esta fiesta fugaz en mitad de la semana.
Porque lo que ahora les preocupa a los políticos aragoneses es la ya cercana inauguración de la Exposición Internacional de Zaragoza 2008. También le dan vueltas a la cabeza con el tema del complejo turístico "Gran Scala" - que cada vez halla más detractores -. Y, últimamente, ha surgido un nuevo motivo de desasosiego: el minitrasvase - o transferencia, o conducción, o cesión - del agua del Ebro a Barcelona. Aquí si que hay tajo que cortar. La polémica está servida. ¿Van a volver los viejos fantasmas de los años noventa? ¿Se movilizará el personal? ¿Tomarán partido los políticos? ¿Cuál será el próximo motivo de debate o controversia? De momento, no falta ningún ingrediente para que esta primavera se vaya calentando. Y no sólo meteorológicamente.

Siempre ha despertado mi interés e intensificado mi entusiamo la contemplación de una cascada desde el camino, desde el valle o desde un pequeño promontorio. Por eso es gratificante comprobar cómo han aparecido en el Pirineo de Huesca cascadas inusuales y sorprendentes. En una fotografía de el Periódico de Aragón de hoy - que no he podido reproducir aquí - aparece un chorro de agua impetuosa y cristalina que caía ayer en Lafortunada, sobre el túnel de las Devotas, junto al río Cinca. Obviamente, este surtidor natural es fruto de las copiosas lluvias de los últimos días y parece confirmar que esta primavera va a entrar dentro de la normalidad meteorológica. Algo que no ocurrió en el pasado invierno.
Prefiero, sin embargo, las cascadas veraniegas. Esas que abundan poco y que aparecen con cuentagotas en algún recodo del camino. Las que más conozco son las de Aragón y, en concreto, las de la provincia de Teruel. En el término municipal de Aliaga hay numerosas cascadas, aunque son pocas las que logran esquivar los rigores estivales. Una de las que casi nunca faltan a la cita es la cascada - mejor dicho, las cascadas - del barranco de La Clara. Tampoco olvido la cascada de La Tamborera - casi sin agua en los últimos veranos - y la del barranco del Hocino, que visité en agosto de 2007, cuando estaba ya en las últimas. Me olvido algunas, lógicamente, pero no quiero dejar pasar las pequeñas y cristalinas casacadas de agua que brotan de las piedras en el camino de Boca Infierno, antes de que el Guadalope se estreche hasta quedar encajado entre dos elevadas eminencias rocosas.
En otros lugares que conozco hay cascadas para todos los gustos - algunas son al mismo tiempo nacimiento de un río. Recuerdo, entre otras, las del río Pitarque, después de su espectacular nacimiento; las del nacimiento del Llobregat, en Castellar de n’Hug; las del nacimiento del río Mundo, cerca de Alcaraz; las del río Cuervo, en la provincia de Cuenca; las del río Piedra en el Monasterio de Piedra (como la de la fotografía adjunta); las del río Arazas, en el Valle de Ordesa... Y, volviendo al Pirineo, me han impresionado siempre las cascadas del valle de Pineta. Son, simplemente, maravillosas.
En estos momentos de sequía. En estos tiempos de "guerra del agua". En esta situación que genera tanta polémica, la contemplación de una cascada como la de la foto es un soplo de agua fresca. ¡Que dure y se repita un mes de abril como éste! Son de los que nos reconcilian con el paisaje y con el medio ambiente.

Uno se admira, en ocasiones, del poder de una palabra, de la magia oculta en un vocablo, del hechizo secreto de unos fonemas ordenados de un determinado modo y dotados de un significado arbitrario. ¡Cuántas veces hemos buscado en ansiedad una determinada palabra para expresar con precisión lo que pensamos o sentimos! ¡Cuántas veces hemos echado mano de un diccionario para enriquecer nuestro léxico o, simplemente, por una mera curiosidad intelectual!
Porque una palabra puede transformar una situación, pude conmover, puede avivar el fuego de la polémica o puede servir de sedante a una situación conflictiva. Y para ello hay que saber lo que se dice, cómo se dice y cuándo se dice. Muchos escritores lo saben. Y lo utilizan con corrección. Otros, son todavía aprendices. Y, hablando de aprendices de la palabra y de los conceptos, habría que referirse a algunos políticos de primera fila. Su lenguaje es, con frecuencia, ambiguo, demagógico y demasiado retórico.
Todo esto viene a cuento de la actual polémica sobre el problema del agua de boca en el área metropolitana de Barcelona. Para explicar la situación, algunos hablan de trasvase; otros, de transferencia; otros, de cesión de agua. ¿Quién tiene razón? Tal vez todos o ninguno. Porque la realidad es tan cambiante que, en ocasiones, ni siquiera la palabra más ajustada logra definir un determinado proceso o situación. Por eso se multiplican las polémicas y se recurre a los tribunales. Porque nadie quiere escuchar al otro o interiorizar su razonamiento. Y es que las palabras, a pesar de su magia, tampoco son la panacea de todos los problemas. Lo malo es que la mayoría de los políticos las utilizan más para criticar que para convencer. Es la palabra, arma de doble filo. Eso sí, un arma legal, metafóricamente hablando. Porque las armas reales son todas ilegales. Lo demás es demagogia. O falsa valoración de los conceptos.

Desde mi galería, contemplo los plataneros que orlan el principio de la calle Fray Luis Urbano, en el barrio zaragozano de Las Fuentes. Es una calle tranquila, especialmente por las noches. Sólo el autobús 24 altera de vez en cuando la relativa calma urbana. A veces pienso que me encuentro en el solanar de Aliaga. Eso sí, una vez te fijas con más atención en el paisaje, te das cuenta de que los plataneros son la causa de la alergia primaveral que padecemos casi el veinte por cien de los zaragozanos. Y te gustaría contemplar los pinos esbeltos de la montaña enfrente el solanar o los centenarios chopos de la ribera del Guadalope.
Desde mi galería, también se puede atisbar el caudal del Ebro, especialmente en los días de crecida. Y el puente de Giménez Abad. Y el puente sobre el que pasa el AVE. Pronto podré observar a las personas que cruzan andando la pasarela que está a punto de inaugurarse sobre el polémico azud. Enlaza prácticamente con el cruce de mi calle y la de Echegaray y Caballero. Pero aún están en obras. Parecen unas obras eternas. Como las de la Expo. No sé si llegarán a tiempo... A la izquierda está el parque lineal del Ebro, con un carril-bici verde sin estrenar, con bancos nuevos, con juegos infantiles nuevos, con fuentes nuevas. ¿Cuándo lo inaugurarán? Parece que la fecha está al caer. Lo que no está claro es cómo quedará esta flamante zona de ocio, que linda con el Ebro, cuando la visiten los vándalos o sea utilizada para el botellón de los fines de semana.
Desde mi galería, contemplo un retazo de cielo, un retazo de mundo, un retazo de ciudad. El latido cotidiano continúa. Aunque uno esté ausente. O aunque uno se sumerja en la lectura de una buena novela, de un buen artículo de la revista TURIA o de uno de los cien sonetos de Pablo Neruda.

En los campos de la comarca de la Ribera Alta valenciana ha llegado con fuerza la primavera. La mañana fresca y apacible cede el paso a un sol casi insolente, que actúa como barniz en las hojas verdeoscuras de los naranjos. Humilde, recatada y efímera brota la flor de azahar, con su tono blanco inconfundible y con su aroma de miel.
Recuerdo fugazmente al escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) que situó Entre naranjos, una de sus novelas costumbristas con ciertos ecos de naturalismo, en un campo cercano a la capital del Turia. El lirismo se entrecruza con la tragedia en esta novela. Sin ser de las mejores obras del polifacético escritor, es quizás una de las más conocidas, junto con La barraca o Cañas y Barro.
La primavera vista de gala los campos de naranjos. El aire suave de levante balancea las hojas de los árboles recién podados. Unas gaviotas buscan algo de comer entre el laberinto geométrico de árboles. Ni un murmullo, ni un sururro en esta mañana soleada de Viernes Santo. La tierra respira humedad después de las generosas lluvias del último otoño. Dentro de pocos días, la flor de azahar se abrirá y de su seno surgirá un pequeño fruto verdoso. Será el inicio de un nuevo ciclo vital. Un nuevo milagro de la naturaleza que durará hasta bien entrado el otoño. Mientras tanto, la efímera flor blanca se exhibe presumida desde las primeras luces del alba, en esta temprana primavera, cerca del Mediterráneo.

Hay momentos en la vida que quedan reservados para el recuerdo. Hay días que quedan atrapados por el señuelo agridulce de la memoria. Entonces uno comienza a desempolvar viejas fotografías en blanco y negro. Y la memoria se tiñe de inevitables y nostálgicos claroscuros.
Hoy he añadido una foto más a las que ya tengo en las baldas del salón. Es una fotografía en color, que contrasta con las del álbum familiar, casi todas en blanco y negro, con ese poso amarillo que va dejando el imparable paso del tiempo. Es una fotografía dulce, evocadora, vital.
José Antonio Labordeta está preparando un libro de poemas que se titulará Libro de familia. El poeta y cantautor aragonés evoca en unos poemas que anticipa en el revista Rolde los años de su infancia, el ambiente familiar, el latido del tiempo, la melancolía, la nostalgia, el desencanto. De, entre estos poemas, rescato uno con el que me identifico en estos momentos:
Aquella foto dulce
que mis padres guardaban
en el desgastado Libro de Familia
va perdiendo la luz
y con los años
quedamos sólo
mi hermano chico y yo.
El resto, como sombras,
intentan sonreír en la lejana
magnitud de la distancia
y con dudas y versos desolados
intento que me vengan. Me acompañen.
Tan sólo la amarillenta luz
del rostro de mi madre
me refleja la dulce y entrañable
distancia de mi infancia.

Esta mañana me he levantado a la misma hora que un día laborable. Me han nombrado por "sorteo" como vocal suplente y me he acercado a las ocho a mi mesa electoral, situada en el colegio Santo Domingo de Silos, en el barrio zaragozano de Las Fuentes. Comenzaban en ese momento doce horas intensas, doce horas de incertidumbre, doce horas de desfile casi ininterrumpido de votantes a sus respectivos colegios electorales. Como ya estaba puntualmente la vocal titular, me he dado un paseo por el Casco Viejo zaragozano y he desayunado, antes de regresar a depositar mi voto, a las nueve y media de la mañana. Al filo de las ocho y media, los noctámbulos comenzaban a retirarse a descansar. Muchos de ellos habían decidido acudir a las urnas antes de conciliar el sueño. Los más madrugadores se tomaban un chocolate con churros entes de depositar su voto. Era el momento de los contrastes barojianos y de las visiones urbanas valleinclanescas. Las calles permanecían casi vacías, silenciosas, sólo invadidas por los primeros rayos de sol y alteradas por el sonido estridente de la sirena de una ambulancia.
Tengo da la impresión de que las mañanas de los domingos son muy parecidas en todas las ciudades y que casi todas las zonas antiguas tienen mucha similitud. Sólo los monumentos más representativos de cada urbe, la salvan de la monotonía, de una invasión de cosmopolitismo mal entendida. Porque cada vez quedan menos vestigios costumbristas, cada vez quedan menos huellas de lo local, de lo castizo. Lo pintoresco va perdiendo fuerza a costa de una uniformidad en todo: en edificios, en establecimientos, en centros comerciales, en el diseño de las grandes avenidas,... En Zaragoza, además de El Pilar y sus aledaños, quedan algunas torres de estilo mudéjar y algunos monumentos emblemáticos. Ya al filo de las nueve, contemplo la torre de la Magdalena, al final de la calle Mayor. Siempre me ha atraído su silueta esbelta, limpia, familiar.
Desde allí, me dirijo de nuevo hacia mi colegio electoral. Esta vez como votante. Voy solo, tranquilo, decidido a ejercer mi derecho como ciudadano. En el vestíbulo del colegio aumenta el bullicio. Los policías dialogan con los interventores. El presidente de la mesa introduce mis papeletas en las respectivas urnas. Me detengo un minuto antes de recoger mi carné de identidad y noto que me falta algo. Recuerdo que las papeletas de Nieves se han quedado en casa. Durante unos segundos me invade un amargo poso de nostalgia. Y regreso a casa con el peso de la ausencia.

En esta dilatada tarde de fin de semana, en esta tarde de silencio y reflexión, me he sumergido en la lectura de algunos poemas de Luis García Montero (Granada, 1958). Me siento identificado con algunos versos del poeta andaluz. El fluir casi coloquial de sus estrofas cala hondo en mi estado de ánimo y, en ocasiones, casi me puedo mirar en sus poemas como en un espejo.
Uno de los motivos de la poesía de Luis es el viaje. No sólo alude al viaje real, sino al viaje metafórico. He elegido el siguiente poema, porque me siento como un viajero solitario en el andén de la vida, dispuesto a emprender una nueva aventura. Una aventura difícil, de soledad, de incertidumbre, de libertad. Una aventura desde la ausencia. Una aventura a contratiempo, a contranoche, a contravida.
Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.
Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.
Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.
Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.
Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.
De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.
No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.
Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.
Tiempo de habitaciones separadas.
(HABITACIONES SEPARADAS, 1994)

Una fiesta local como la Cincomarzada invita casi siempre a salir al campo, a romper la rutina cotidiana y a olvidarse por unas horas de los asuntos pendientes en la agenda. Este año la fecha no ha coincidido con el momento ideal. Por una parte, no enlaza con el fin de semana y los zaragozanos no podemos disfrutar de un puente más largo y sosegado. Por otra, la climatología ha sido espantosa, lo que ha impedido que la mayoría se desplazaran en coche o en otro medio de locomoción a un lugar más o menos tranquilo. Hasta la tradicional fiesta que se iba a celebrar en el parque de Oriente de Zaragoza ha sido trasladada al próximo 23 de abril.
Algunos hemos desafiado al tiempo y a los elementos adversos y nos hemos escapado por unas horas a Aliaga, nuestro pueblo. Una vez en la provincia de Teruel, el paisaje se ha vestido de un tenue manto blanco que contrastaba con el ceniciento del cielo y con el gris amarronado del paisaje invernal. En las proximidades de Escucha, muy cerca del puerto de San Just, nos precedía un camión que esparcía sal en la calzada. Las quitanieves iban y venían para tranquilidad de conductores y transportistas. Ya en Aliaga, el río de La Val nos recibía con su habitual humildad y con un cauce exiguo pero cristalino.
El viento no cesa y azota los chopos desnudos a lo largo de la ribera del Guadalope. Ya en la partida de Las Tablas, encendemos la estufa y nos reunimos en torno al fuego recordando tiempos no demasiado lejanos. La temperatura se eleva por momentos y, desde la ventana, oteamos un horizonte de nubes fugaces, que danzan inquietas sobre las montañas más próximas. Por la tarde, nos acercamos a la Aldehuela para contemplar, una vez más, el edificio desolado de la antigua central térmica, las aguas verdosas de un pantano cada vez más anegado, la soledad y el silencio de un barrio que parece que dormita durante los largos meses de invierno.
Nada más regresar a Zaragoza, me encuentro con un buzón saturado de propaganda electoral. ¿Para qué tanto gasto en papel?, me pregunto mientras abro uno a uno los diez sobres que me llegan por duplicado. Luego, enciendo el ordenador y consulto la bandeja de entrada del correo electrónico: once mensajes. La mayoría no deseados, no esperados, sin contenido lógico alguno. Es el famoso spam que se cuela día tras día en todos los mensajes virtuales. Me tomo la paciencia de eliminarlos sin más. Algunos son sutilmente audaces. Otros, se repiten hasta la saciedad. Y muy pocos, casi ninguno, aportan algo nuevo, interesante, creativo u original. Desconecto el ordenador y leo un poema de Luis García Montero. Mañana lo compartiré con mis alumnos. Es sugerente, profundo y tremendamente coloquial. Como la vida misma.

Desde el puente de Las Fuentes, llamado también Puente de la Unión, que enlaza las dos orillas del Ebro hacia el este de Zaragoza, observo la ciudad, contemplo las riberas y atisbo los edificios más emblemáticos de la Exposición de 2008. Durante mi recorrido matinal desde la margen derecha del Ebro, atravieso desde la altura el parque lineal, que está a punto de inaugurarse. Aparentemente, su aspecto ha mejorado respecto a la zona verde anterior. De momento, sólo veo un lunar: el descenso final hacia el cauce del Ebro ha quedado desprotegido, sucio, salpicado todavía de pequeños residuos.
Avanzo a paso ligero por encima del "gran río" - ironías de la vida - y lo contemplo amarronado, mugriento, escuálido, artificial. Parece mentira que el Ebro sea todavía fuente de discordia entre los dos grandes partidos políticos. Parece mentira que algunos hablen todavía de trasvase - o de trasferencia -. ¿Han contemplado el cauce del río en los últimos nueve meses? Les invitaría a que lo hicieran antes del 9 de marzo. Me acerco a la margen izquierda del río y pienso que el próximo domingo a estas horas ya estará en marcha toda la maquinaria electoral. Y me cuesta creer que, a estas alturas, todavía haya votantes indecisos. Y me cuesta entender que muchos votantes pasarán de todo y eligirán el camino fácil de la abstención. Ya en el parque de Oriente, en el barrio de la Jota, contemplo cómo los operarios han preparado el terreno para la celebración de la fiesta campestre de la Cincomarzada, el próximo miércoles. Mientras hago unos estiramientos, evito pisar unos cristales de una botella de licor, esquivo residuos de algún botellón de anoche y trato de sortear los numerosos excrementos caninos, sembrados por doquier.
Me aproximo a Vadorrey y al futuro embarcadero cercano al azud. Todavía no me imagino un río navegable, al estilo del Sena o del Guadalquivir. Pienso que el Ebro no tiene cauce suficiente. Pero nuestros políticos se han empeñado en aprovecharlo como fuente de recreo y de ocio. Quizás sea un acierto. Pero su cauce ya no será tan natural como el de antes. Más les valdría limpiarlo y extraer las toneladas de residuos que deben yacer en su sucio vientre. ¿Lo piensan llevar a cabo? De momento, sólo advierto que el cemento y el asfalto van ganando terreno a la hierba, a los caminos naturales, a las riberas con arbustos. Ya de regreso, descanso unos minutos en el parque. Silencio, soledad y muy poca gente en esta mañana de marzo primaveral.

Se despide un febrero atípico, un febrero bisiesto, un febrero que sólo vivimos cada cuatro años. Se despide un febrero alocado, un febrero sin nieves, sin apenas heladas, casi primaveral. Mientras tanto, la campaña electoral ha doblado ya la esquina de su ecuador. Pero todavía les quedan a los políticos siete días intensos, siete días llenos de incertidumbre y, es de desear, sin grandes sobresaltos. Mientras tanto, alborea marzo con un rostro distinto. Marzo siempre me ha parecido un mes más amable, más sosegado, más luminoso. Tal vez sea porque las horas del día se dilatan y las tardes se visten de asueto. O tal vez sea por la llegada de la primavera en el calendario - porque ahora el inicio o el final de las estaciones cada vez se desentiende más de las fechas.
Desde la ventana de mi despacho contemplo el cielo de un azul ceniciento. Es un cielo crepuscular, que invita al reposo, a la nostalgia, a la melancolía. Mientras plasmo estas impresiones en la página blanca del ordenador, una música estridente llega a mis oídos. Son los Héroes del Silencio, tan lejanos y casi olvidados. El vecino escucha un día tras otro las mismas canciones. Y uno no tiene más remedio que oírlas a la fuerza y, como es lógico, aborrecerlas. En estos momentos, prefiero una música más suave, menos estridente. Aunque lo que más me apetece es el silencio. Un silencio creativo, aserenado, profundo, liberador. Porque la tarde invita a saborear el paso sosegado de los minutos después de una semana intensa. De momento, prefiero soñar. Y mirar al futuro. Y pensar en el paréntesis del fin de semana.
Dentro de cuatro años volverá otro febrero bisiesto. Un capricho de los romanos. Un ajuste del calendario al ritmo de los astros y de las estaciones. Un día más de regalo en este año par, olímpico y electoral.

La huella de la ausencia de Nieves sigue calando lentamente en mi corazón. El paso de los días no aminora el recuerdo profundo, cercano, nítido y radical del ser querido. A raíz de esta dolorosa experiencia, la vida se ve de otra manera, el tiempo se valora de modo distinto, la soledad acude a visitarte sin ser invitada y el futuro se tiñe día tras día de oscuras sombras.
El poeta de Burbáguena Enrique Villagrasa - afincado en Tarragona - acaba de publicar Paisajes, un poemario en prosa poética. Plasmo uno de sus inspirados fragmentos porque me ha transmitido profundas sugerencias y me he visto reflejado en alguna de sus ideas creativas y metáfóricas:
Cuando tú dejes de ser tú yo seré menos yo. Doblan lentas las voces. Estériles arpegios se repiten por ti. El rasgueo del alba duplica raudo su eco. No puedes verla. Te recreas en el olor de las sábanas. Marcha ella en un taxi. Llueve esta mañana, su otra casa espera. Regresas a tu papel, a escribir. Diríase que llevas en tus manos sus palabras. Has perdido un paisaje, nunca representarás ni el amor ni el dolor. Coge una botella de sombras y compra esta noche pasiones, para encender sus ojos.

Mañana de febrero desgarrada
por el sonido gris de los tambores
a la orilla del Ebro.
Mañana de domingo estremecida
por una niebla densa, incandescente,
al borde del abismo.
Sonido de tambores gris violeta,
anticipo de largas procesiones
cual una noria eterna
que comienza en mi infancia,
tan lejana.
Se despereza el día entre tinieblas
y me agarro a la vida
cual náufrago de luz crepuscular.
Es milagro nacer cada mañana
al gris acantilado cotidiano,
aunque sea un domingo de febrero
herido de nostalgia y desencanto.

Hay calles en Zaragoza cuyos nombres reflejan irónicamente su aspecto, ubicación y trazado. Una de ellas es el Camino de Miraflores, en el barrio de San José. Es una calle - aunque le viene mejor el nombre de camino - corta, sinuosa y llena de sorpresas. Si accedes desde Zaragoza la Vieja, piensas que es un itinerario normal. Pero pronto salta la sorpresa: después de dejar a sendos lados el colegio María Moliner y el instituto Pablo Gargallo y, una vez has superado la cuesta que desciende a las flamantes instalaciones del Club Deportivo San José, te adentras en un recorrido de unos quinientos metros llenos de emociones y sobresaltos. El ancho de la calzada se estrecha por momentos y, ya a la altura del colegio de escolapias Santa Engracia, comienza el vaivén del vehículo que puede acabar con las suspensiones más duras y sofisticadas. Son doscientos cincuenta metros de tortura, de burla, de guasa. Parece que viajas en una montaña rusa de feria o en un auto de choque zarandeado a diestra y siniestra. Como te lo tienes que tomar con calma - ¡qué remedio! - contemplas unas casas semiabandonadas, el solar desolado del antiguo campo del C.D. Arenas y, a lo lejos, la futura estación de Miraflores y el solar donde, al parecer, se ubicará el futuro campo de La Romareda.
Una vez llegas al tercer cinturón, en dirección a Las Fuentes, respiras aliviado. Un día más - menos mal que sólo son tres días a la semana - has separado la dura prueba de esta travesía infernal. Ya en tu casa te preguntas por qué se sigue llamando Camino de Miraflores. ¿No sería mejor denominarlo camino del infierno, camino de feria o camino de perdición? Cualquier apelativo sería más adecuado a este casi maldito itinerario. Es de desear que las autoridades municipales, tan ocupadas ahora en la maratoniana preparación de los fastos de la Expo, se percaten del tema y adopten las soluciones pertinentes. O quizás tengan que reclamar los vecinos del barrio, o los alumnos de los colegios colindantes, o los deportistas del San José. ¿Nos harán caso? De momento, lo veo difícil. Quizás con el nuevo campo de fútbol la zona se mejore por eso del entorno. Pero no se tendría que llegar a ese extremo. Mientras tanto, seguiremos dando bandazos a diestra y siniestra. O elegiremos una ruta alternativa, aunque sea más larga y complicada.

La vida nos va enseñando día a día que cada vez los imprevistos van ganando terreno a lo matemáticamente programado, que cada vez la improvisación es más importante, que cada vez la intuición va ganando la partida a lo reflexivamente calculado. Hoy mismo ha surgido un imprevisto que es mejor dejar en el olvido cuanto antes y mirar hacia adelante. Nunca me hubiera imaginado tener que viajar a Aliaga en esta tarde de domingo, aparentemente tranquila y apacible. Y no ha sido por un giro copernicano de la voluntad o por una "ventolera" - como decía un personaje valleinclanesco -. Un accidente doméstico de un familiar me ha obligado a desplazarme con rapidez y a regresar antes de que fuera noche cerrada. Mi intención era viajar el martes, día de San Valero. Pero está demostrado que hoy día las previsiones hay que hacerlas con cuentagotas y con muchas reservas. Una llamada telefónica puede cambiar el rumbo de tus planes y exigirte una reacción inmediata, rápida, fría, sin casi tiempo para reaccionar.
Como contrapunto a esta situación inesperada, tengo que valorar de nuevo la contemplación de ese paisaje invernal de mi infancia, la reflexión sobre la soledad de estas tierras de Teruel, la melancolía del crepúsculo al atravesar la comarca de las Cuencas Mineras - cada vez más deprimida - y el café generoso en casa de unos amigos, de los amigos de siempre, de los que desgraciadamente sólo se pueden contar con los dedos de la mano. Mañana será otro día y habrá que seguir caminando con el talante optimista y con los planes a muy corto plazo. Eso sí, sin dejar de lado la intuición y la improvisación. Son ingredientes indispensables en el mundo de hoy.

Cada vez me atrae menos la pequeña pantalla. Paradójicamente, la cada vez más variada oferta televisiva se ha llevado por delante la calidad de algunos programas. Muy pocos se salvan de la quema. No me extraña que los televidentes vayan abandonando progresivamente este medio y huyan hacia internet o hacia otros medios de comunicación más fiables.
Debido sobre todo a mi falta de tiempo, selecciono cuidadosamente aquellos programas que me interesan. Últimamente sólo dedico algunos minutos a los programas informativos y a algún evento deportivo. Las películas prefiero verlas en DVD o en un local acondicionado. Ayer noche, después de las noticias de Aragón Televisión, habían anunciado la aparición en directo del actual presidente del Real Zaragoza, don Eduardo Bandrés. Esperé con una cierta expectación la aparición en los estudios de la calle María Zambrano del exconsejero de economía del Gobierno de Aragón. Supongo que harían lo mismo a esa hora muchos aficionados del Real Zaragoza. Pensaba que iba a hablar de los entresijos del pasado - dos entrenadores en una semana -, de los problemas del vestuario, del jugador díscolo que se quiere ir a Argentina, de la cantera, de algún refuerzo inminente, de la falta de autoridad, de la falta de mano izquierda, de los errores del cuerpo técnico, de los errores de la directiva,...
De todo eso, nada de nada. Todo me sonó a teatro. A un teatro del género más bajo y degradado. A una farsa de veinte minutos. Menos mal que la comparecencia fue breve. Hasta el propio entrevistador, Pedro Hernández, optó por acabar cuanto antes, dado el cariz que presentaban las respuestas. ¡Qué buen político es Bandrés! ¡Cómo supo barrer para casa y llevar el agua a su molino! Porque no pude oír ni una sola autocrítica, ni el más mínimo autorreproche, ni la menor aclaración. Todo sigue igual de turbio, igual de confuso. Esperemos que algún día todo salga a la luz. Y que Víctor Fernández y Ander Garitano nos den su versión. Sin tapujos, sin demagogia, sin farsa. Espero que la nave zaragocista no zozobre, a pesar de que su tripulación ya no inspira confianza. Anoche don Eduardo, a quien siempre he admirado, me dejó estupefacto. Y me imagino que muchos aficionados opinarán lo mismo. ¿O se creyeron todo a pie juntillas? Afortunadamente, ya han pasado los tiempos de la ingenuidad y del asentimiento colectivo.

El crepúsculo invernal
se disfraza de nostalgia
y se emborracha de melancolía.
La tarde se deshace
como cárdena bruma
al filo del silencio.
Un negro escalofrío
visita mis entrañas
sin consuelo.
Se avecina la noche,
duende de soledad,
surco de lágrimas.
Mis ojos se humedecen
y el recuerdo recorre mis entrañas
como un duende fugaz,
inevitable.

La ciudad de Zaragoza se prepara a marchas forzadas para los fastos de la Expo. Numerosas obras surcan avenidas céntricas y calles periféricas. Operarios del ayuntamiento trabajan casi a destajo para adecentar parques, limpiar grafittis o restaurar el mobiliario urbano. El catorce de junio parece ya tan inminente, que los ediles locales están multiplicándose para ultimar casi todos los proyectos. Digo casi todos porque, cuando la Exposición Internacional abra sus puertas, todavía no estará solucionado el tema del transporte público - ni metro, ni tranvía -, aún no podremos de una nueva Romareda y el Cuarto Cinturón seguirá probablemente sin completarse.
Eso sí, al parecer se han tomado en serio el llamado Plan de riberas. Esta tarde, cuando regresaba del trabajo, he podido observar tres brigadas de operarios limpiando a fondo (nunca mejor dicho) el cauce del río Huerva. Parecía una limpieza integral, casi definitiva. Hasta que haya una nueva avenida y arrastre todos los residuos desde Mezalocha hasta Cuarte. Mientras contemplaba esta encomiable tarea, pensaba si harían lo mismo con el Ebro en los próximos días. Creía, esperanzado y algo ingenuo, que este saneamiento del aprendiz de río podría ser un ensayo para el saneamiento total del río de los ríos de España. Pero creo que eso es harina de otro costal. O tal vez me equivoque y compruebe en los próximos días cómo no sólo se inauguran los tramos de las riberas que están en obras - dicen que para la Cincomarzada - sino que los operarios trabajan con trajes de buceadores dispuestos a sacar del lecho del Ebro todos los residuos que año tras año se depositan en el fondo negro de su cauce ocupando el lugar que años atrás era propiedad de algunos peces.
Si la Expo sirve para impulsar el Plan de Riberas y para adecentar la ciudad, bienvenida sea. Lo difícil será mantener este mismo dinamismo restaurador durante el próximo otoño, cuando la Exposición de 2008 sea ya historia y quede archivada para siempre en las hemerotecas y en la memoria colectiva de los que ahora son niños o jóvenes. ¿Cuál será entonces el objetivo?

Hay jornadas que amanecen marcadas por el color negro, por el tono grisáceo, por el sello de la incompetencia y de la ineptitud. Y no me refiero sólo a la repetida debacle de las bolsas mundiales - para algunos expertos sin demasiado motivo - ; me refiero también al fluir de lo cotidiano y a lo que salpica las primeras páginas de los periódicos o los foros de internet.
En Aragón, y concretamente en Zaragoza, las obras de la próxima Exposición Internacional avanzan a marchas forzadas. Todos esperamos que se llegue a tiempo. Aunque, a fecha de hoy, la mayoría somos escépticos a sólo tres meses y medio de la inauguración. Otro de los asuntos que aún colea es el del macroproyecto turístico Gran Scala, cuya instalación está prevista en una zona todavía indeterminada de la comarca de Los Monegros. No hay nada seguro. Cada vez aparecen más detractores. Se habla de falta de planificación, de dudosos beneficios, de atentado al pasisaje, de ineptitud. Por no hablar de otros temas como la interminable polémica por la devolución de los bienes eclesiásticos de Aragón que están en Cataluña, la reapertura del Canfranc o las siempre obsoletas comunicaciones.
Y esta semana, para colmar el vaso de la ineptitud y de los despropósitos, ha surgido un esperpento en el ámbito deportivo, que produciría carcajadas en los admiradores de Valle-Inclán. De buenas a primeras, inesperadamente, sin previo aviso, casi a contratiempo, Ander Garitano, el nuevo entrenador del Real Zaragoza ha presentado su dimisión irrevocable por importantes problemas personales. Nadie ha sabido o nadie ha querido averiguar esos problemas: unos hablan de falta de palabra en la Directiva y otros hablan de problemas con el vestuario, en concreto con un jugador argentino, Andrés D'Alessandro. Desde luego, sería gravísimo que fuera este último el principal motivo. Habría que ponerle un suspenso mayúsculo a la directiva del Real Zaragoza por proteger a este joven díscolo y no apartarlo del equipo desde hace ya unos meses. Porque uno se pregunta, ¿para qué lo ficharon? ¿no conocían su carácter y su falta de disciplina? Pero, al parecer, es el niño mimado de don Agapito Iglesias. ¿O hay acaso intereses económicos detrás de este afán proteccionista? El problema sigue ahí y los aficionados estamos desconcertados. Lo que parecía una campaña ilusionante se está convirtiendo en un calvario. ¡Que acabe ya la liga!

Amanecer con niebla en la ciudad dormida. Lunes gris de enero. Los árboles de la ribera del Ebro se tiñen de un color blanquecino, como de suave y tenue nevada. La niebla envuelve parques y jardines, huérfanos de niños y de ancianos a estas horas tan tempranas.
Plasmo un sugerente poema del escritor de Almonacid de la Sierra (Zaragoza) Antonio Redondo Andújar. En Va cayendo la niebla sobre el parque, el poeta aragonés condensa sensaciones casi insospechadas:
Doce negras e indómitas prisiones
me han dejado amargura de autobuses:
la niebla se ha llevado cuanto existe.
A lo lejos, como en el primer día,
de dolor se ha llenado la catedral farsante.
Me han dejado amargura de autobuses
los trajes de domingo.
Me han dejado colgado
como a un pobre cartel publicitario
en medio de un vacío luminoso.
Negro y tristísimo adiós de los semáforos:
un camino como un pasaje negro
que no tiene final,
de piedras duras sobre los pies desnudos.
Luces rojas al fondo de la niebla:
el cuerpo de la mujer ansía la primavera,
el estío, la desnudez del sol, por eso callan.
Es verdad que callan porque están inmóviles
como puentes antiguos sobre un río indiferente.
Desperdicios ahogados en cubos olorosos:
todo reconstruido, amantes de la destrucción.
Una sílaba, tan sólo una sílaba
para quemarnos todos en la hoguera de la prepotencia.
Luces rojas al fondo de la niebla:
cabinas telefónicas esperando una voz lúgubre
que transcriba el instante, que apague este martirio.
Un campanilleo: va cayendo la niebla sobre el parque.

Siempre es inoportuna la visita de la niebla. Al menos, para los que tenemos tendencia a la melancolía. Hoy ha vuelto a caer la niebla sobre Zaragoza. Ha sido su primera cita en este 2008 recién estrenado. Pero no será la última. Ya se despidió el 2007 con días de intensa niebla. Desde el hospital Miguel Servet se observaba la ciudad sumida en esta bruma grisácea que mantiene bajas las temperaturas y nos impide gozar del tímido sol invernal.
Es verdad que Zaragoza no es Londres, ciudad envuelta por la niebla durante muchos días al año. Mi experiencia de este fenómeno no se ciñe sólo a la capital del Ebro. Durante mis dos años de estancia en Balaguer, pude comprobar cómo la niebla envolvía la capital cuando viajábamos a Lérida al dentista o a alguna gestión. Te adentrabas en la niebla como del día a la noche. El regreso era distinto, porque la niebla desaparecía nada más dejar Balaguer - ciudad que asocio al molesto olor de la papelera, al estilo de la de Montañana - y volvía a brillar un sol alegre y esperanzador. Otra ciudad azotada por la niebla es Fraga. Este enclave oscense está metido en una auténtica hoya y pocos días del invierno se libra de la niebla, cuando el anticiclón se asienta en la península.
De todos modos, dicen que la niebla es beneficiosa para algunos cultivos y que, en algunos casos, mantiene la humedad que necesitan ciertas plantas. Está claro que nunca llueve a gusto de todos. Algunos poetas también se inspiraban bajo una espesa niebla y compusieron versos dignos de recordar.

El día 22 de diciembre, cuando Nieves llevaba ya una semana ingresada y cuando la esperanza todavía se mantenía como una luz intermitente, le dediqué este poema a mi esposa. Ese mismo día, el día de la Lotería de Navidad, nos habíamos conocido en una fiesta de despedida del trimestre, en un piso de la zaragozana calle Arias. Habían pasado 18 años.
Con el poema, le regalé una orquídea, símbolo de la inmortalidad y la pervivencia. La tengo en mi despacho y la cuido con mimo cada día. Lo escribí en la calle, de prisa, con el corazón.
Amor desde el silencio,
amor profundo,
amor a contratiempo.
Amor de corazón
y de esperanza
con un sabor eterno.
Amor en la ilusión
y el sufrimiento,
amor en la alegría
y la nostalgia.
Amor que vence al tiempo
cual rescoldo infinito,
desde dentro.

Cuando se pierde a un ser querido, cuando se va para siempre la persona con la que has compartido los últimos quince años de tu vida, te queda un vacío inmenso en el alma y un desgarro profundo en el corazón. Después de casi un mes de silencio, después de veinte días de tristeza, de dolor y de desolación, vuelvo a las páginas de este blog dispuesto a seguir compartiendo mis vivencias, mi esperanza y mi afán de superación.
Quiero agradecer sinceramente desde esta página el apoyo, el cariño y los consejos de tantos y tantos amigos que me aprecian de verdad. Ha sido una experiencia muy dura. Tal vez, la más dura de mi vida. Pero quiero afrontar el futuro con entereza y con fortaleza interior. Sé que no va a ser un camino de rosas, que es un reto impresionante. Esto leyendo el libro de Jorge Bucay, El camino de las lágrimas, que aconsejo a todos los que han sufrido algún tipo de pérdida. Sus consejos son muy válidos para estos momentos.
La ausencia de Nieves crece como una sombra al filo de cada crepúsculo invernal. El desaliento merodea detrás de cada esquina y el aliento queda retenido en las horas de insomnio. Ángel González, el poeta asturiano que falleció la semana pasada, me proporciona unos versos inolvidables, que pueden servir de espejo de mi estado de ánimo. Plasmo el soneto como homenaje a mi esposa:
Me he quedado sin pulso y sin aliento
separado de ti. Cuando respiro,
el aire se me vuelve en un suspiro
y en polvo el corazón de desaliento.
No es que sienta tu ausencia el sentimiento.
Es que la siente el cuerpo. No te miro.
No te puedo tocar por más que estiro
los brazos como un ciego contra el viento.
Todo estaba detrás de tu figura.
Ausente tú, detrás de todo, nada,
borroso yermo en el que desespero.
Ya no tiene paisaje mi amargura.
Prendida de tu ausencia mi mirada,
contra todo me doy, ciego me hiero.

Es tiempo de silencio. Es tiempo de esperanza. Tengo a mi esposa, Nieves, ingresada en el hospital. Por eso estas navidades van a ser particularmente tristes. De momento, me despido temporalmente de todos los que leéis asiduamente estas páginas y os dejo con este poema, que me ha enviado una amiga desde Barcelona:
La vida es corta.
Rompe las reglas.
Perdona rápido.
Besa lentamente.
Ama verdaderamente.
Ríe incontrolablemente.
Y nunca te arrepientas de nada que te haya hecho sonreír.
Envía esto a toda la gente que quieres
y que no quisieras perder en el 2008.
La vida puede no ser la fiesta que esperamos,
pero mientras estemos aquí...
deberíamos bailarla.

La Navidad se acerca. Para algunos, a paso de tortuga. Para otros, a ritmo trepidante. Nos quieren vender felicidad, paz, fraternidad, calor familiar, armonía,... Y lo aceptamos casi como un tópico. Algo hay que hacer para romper la rutina de estos días invernales, casi anodinos. Son fechas paradójicas, agridulces. En medio de la alegría, en medio del jolgorio más o menos espontáneo, subyace un recuerdo, una nota de nostalgia, una pena secreta, una gravosa incertidumbre. Son las luces y sombras de la vida, el contraste entre la riqueza y la pobreza - agudizado durante estos días -, la rueda de la melancolía que no para de dar vueltas, el peso del azar, la sombra de una duda, la ilusión de un mañana mejor, los deseos postergados, las ilusiones perdidas,... Es la cara oculta de esta Navidad: la de los que sobreviven rebuscando en los contenedores, la de los que la sufren recluidos en una cárcel, la de los que la eluden en un hospital, la de los que buscan un cobijo para resguardarse del frío, la de los que no pueden soportar el peso de la soledad.
Los niños y los jóvenes quizás sean la excepción. Sólo ellos pueden ser capaces de eludir la melancolía, de cimentar las ilusiones, de evitar los prejuicios, de aquilatar la felicidad, de prescindir de los reuerdos, de mirar con esperanza hacia el futuro. Las Navidades de mi infancia son las que más recuerdo. Eran unas celebraciones, sencillas, entrañables, sin el afán consumista actual, sin el bombardeo publicitario, sin la desmitificación actual. ¿Se han perdido las Navidades tradicionales? Las respuestas podrían ser muy diversas y dispares. O tal vez cada uno recuerda con más cariño lo que vivió en sus años infantiles y se vuelve más escéptico con el paso de los años.

Faltan sólo quince días para que comience 2008, el año mágico para Zaragoza, no tanto para el resto de Aragón. Porque para Huesca y Teruel tal vez sólo queden pequeñas y simbólicas migajas. De todos modos, habrá que dar tiempo al tiempo. Faltan dos semanas para que el 2008 se haga realidad. Pero las obras de la Expo siguen ahí, envaradas, encalladas, aparentemente inmovilizadas. Ni siquiera los medios de comunicación le dedican lo que merecería un evento de tal magnitud para la capital del Ebro. Y es que, desde hace unas dos semanas, el nuevo proyecto Gran Scala en los Monegros está eclipsando casi totalmente la inminencia de una Exposición que ha entrado ya en la recta final. Los proyectos se solapan, los sueños se amontonan, las ilusiones no dejan ni un resquicio para el presente.
Porque el presente está aquí, en este final de otoño gélido y destemplado. En el incremento insolente de los precios de los alimentos básicos y de los productos de primera necesidad. En las compras compulsivas para una Navidad cada vez más consumista y laica - o quizás pagana -. En los balances finales de las empresas. En las tradicionales cenas de empresa. En las notas de la primera evaluación. En los buenos deseos. En el sentimiento de paz y de libertad. En las luces navideñas cada vez más ecológicas. En los horteras papás noeles rampantes en los balcones. En los belenes cada vez más sofisticados. En el calor de los centros comerciales. En el calor de la Basílica del Pilar, adonde acuden hasta los sin techo en busca de cobijo, cual personajes de un cuento de Clarín anclados todavía en el siglo XIX. Este es el presente, aunque el futuro esté ahí llamando a la puerta. Porque el futuro es como una huida hacia adelante, un agarradero de ilusiones, una lucha contra la monotonía. Una insaciable ansia de desarrollismo, al estilo del país más capitalista del mundo. ¿Será bueno para Zaragoza? ¿Y para los Monegros? ¿Y para Aragón?

Estas jornadas del mes de diciembre son tradicionalmente días de recuerdos, de adioses, de despedidas. En cierto modo, también son días de esperanza, de paz, de armonía. Las empresas programan sus cenas de Navidad, los ayuntamientos iluminan las principales calles de los pueblos o ciudades y los comercios se visten de las mejores galas para atraer al potencial consumidor.
De todos modos, se nota en el ambiente un cierto freno en el afán de consumir. Los alimentos de primera necesidad se han puesto por las nubes y los caprichos gastronómicos de estas fiestas resultan prohibitivos para una gran mayoría. Por eso, muchos miran de reojo el calendario y señalan con la pupila el día 22, el día de la lotería, la fecha de la suerte. Sin embargo, el tradicional sorteo suele acarrear año tras año más decepciones que alegrías. Y todos brindan por la salud o por un trabajo estable.
Desfile de fechas en el calendario de este mes a caballo entre el otoño y el invierno. Los días se acortan paulatinamente y la noche se prolonga sin remedio. Es un tiempo de espera. Es un tiempo de reflexión. Son unas fechas para recordar a los amigos, muchos de ellos alejados en la distancia. Y para recordar a los seres queridos que se fueron. Son unas fechas para sobrevivir al consumismo compulsivo, al bombardeo publicitario por doquier, a los papás noeles encaramados en todas las fachadas. Va a resultar difícil mantenerse al margen de toda esta parafernalia. Algunos quizás lo consigan. Felices ellos.

La tarde se adormece. Y nos regala escenas preñadas de ternura. Atardece en Zaragoza. El crepúsculo se apodera de la ciudad y viste de gris los árboles y las avenidas. Es la huella del otoño: nubes cárdenas, horizontes agrisados, escenas de contraluz.
En un humilde platanero en la calle Fray Luis Urbano, en el zaragozano barrio de Las Fuentes, una tórtola cuida y mima a sus polluelos en un ambiente hostil y desapacible. La contemplamos desde la galería. Es una escena peculiar, casi milagrosa, en esta vorágine de asfalto, hierro y hormigón. La madre alimenta y cuida a sus polluelos. No los deja ni a sol ni a sombra. Quizás al anochecer se atreva a buscar algo de comida en los aledaños del Tercer Cinturón.
Ignoro cuál será el futuro de este animalillo desprotegido. Las hojas desaparecen día a día. Y el cierzo amenaza con volver en cualquier momento. Por eso parece inquieta, asustada, angustiada. Son muchos los enemigos que acechan en el horizonte. Y el ser humano es uno de ellos. Por eso parece que pida protección, amparo, acogida. En estos días casi prenavideños, la tórtola solitaria en pleno casco urbano no deja de ser una metáfora del destino de tantos seres desvalidos, marginados, sin hogar.
Javier ha captado la imagen con sigilo, para que el ave no se asuste ni se sienta amenazada. No sé cuándos días aguantará en este hogar frágil y provisional. No sé cuál será el destino de sus polluelos. Sólo sé que, en esta tarde gris de noviembre, este indefenso animal ha puesto una nota de ternura a los que amamos la naturaleza y apreciamos el riesgo y la aventura. Un milagro de la naturaleza en una zona tranquila de la ciudad.

El domingo se despereza atenazado por las dentelladas de un aire frío, casi helador. Las calles de mi barrio están casi desiertas cuando voy a comprar la prensa. En las aceras, los restos de cada fin de semana: bolsas de plástico, alguna lata y excrementos, muchos excrementos de animales de cuatro patas. Una hora después, mientras la pequeña pantalla nos mostraba a un Ferrer incapaz de plantarle cara a Federer, vuelvo a la calle desafiando el ambiente invernal: carrera continua por el puente de Las Fuentes, recorrido por Vadorrey y regreso por el puente de Manuel Giménez Abad. Desde la altura, contemplo el cauce escuálido del Ebro y compruebo el avance sin retorno del tan cacareado azud. Me pregunto si después de la Expo servirá para algo y qué ocurrirá cuando se desencadene una gran avenida.
Pero, como la mañana dominical da mucho de sí si uno remolonea en la cama, al filo de las doce, me acerco al rastro de la calle Pignatelli. Javier quiere cambiar algunos cromos de la liga 2007 y yo aprovecho para visitar los tenderetes de libros. Siempre hay alguna joya literaria escondida donde menos te lo esperas. Me quedo con los tres volúmenes de Los gozos y las sombras del escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester, a un precio más que asequible. Desde la glorieta Aznárez hasta la plaza del Portillo, oleadas de ciudadanos de todas las culturas y nacionalidades desfilan premiosamente delante de los puestos de venta, muy bien instalados algunos; otros, improvisados caóticamente sobre el frío asfalto. Todos buscamos el tímido sol otoñal. Muy pocos encuentran lo que buscan, si es que buscan algo. La mayoría se contenta con observar, comprobar o preguntar por un determinado producto o artilugio. Son escasos los que se atreven a regatear. Y muy pocos los que se van con el producto deseado. Lo normal es quedarse con lo que uno no necesita, acumular objetos, colmar la sed de posesión, ejercer de anticuario o de restaurador o de coleccionista de lo que sea. Al filo de las dos, la calle Pignatelli va volviendo paulatinamente a su habitual fisonomía. Eso sí, tendrán que pasar los de FOCSA para dejar esas calles transitables, sin cartones, sin envases, sin perchas, sin residuos de residuos. Porque lo que sobra, lo que no se ha vendido, volverá al mismo lugar el próximo domingo. Aunque haga tanto frío como hoy. Al parecer, la ciudad necesita de este tipo de zocos. El problema es que nadie los quiere en su barrio, ni en la puerta de su domicilio. Pero cientos de zaragozanos voverán cada domingo a los aledaños del Portillo para comprobar si hay algún producto nuevo, original o incluso único.
Para volver a casa hemos esperado durante varios minutos el autobús. La impaciencia se contagia entre los que poblamos la marquesina. El indicador de frecuencias lleva más de un mes sin funcionar y se le ha acumulado el polvo. Por fin llega uno, aunque no es el que esperábamos. Habrá que hacer trasbordo en la plaza de España. Allí tampoco funciona el indicador electrónico. Decenas de viajeros esperan bajo el frío. Al final, hemos de cambiar de nuevo a otro autobús que nos deja algo más lejos de casa. Llegamos tarde a comer. Y es que, últimamente, parece que algunos autobuses van a paso de tortuga. Pero no pasa nada. Es domingo y no hay que acudir a la Romareda a las cinco. Será una tarde sin liga, tal vez algo anodina, dilatada, crepuscular, otoñal. El colofón dominical de un buen fin de semana.

El tren de los adioses
surca las soledades y el silencio
del valle de la Val, cerca de Aliaga.
El tren de los adioses
se tiñe de los ocres y amarillos
de este plácido otoño,
preludio de los días más fugaces
de esta sierra olvidada.
El tren de los adioses
se viste de nostalgia y de ternura
al filo del crepúsculo
mientras el pastor muestra
sus eternas arrugas,
huellas de vida y luz,
memoria estremecida del ocaso.

Hay días de recuerdos y de celebraciones. Hay jornadas en las que el tiempo fluye con más suavidad y delicadeza. Hay atardeceres de otoño que simulan un océano sin horizontes. Hay momentos que uno quisiera apresar para siempre y archivarlos en la memoria de la eternidad. Pero lo peor de todo es que, en algunas ocasiones, el trabajo cotidiano, la rutina burocrática y las inquietudes permanentes impiden disfrutar con más calma de un aniversario, de una efemérides o de un fugaz momento de felicidad.
Hoy mismo me hubiera gustado tener tiempo de leer algo sobre el nuevo premio Planeta Juan José Millás. O de acercarme a la obra de Vicente Molina Foix, Premio Nacional de Narrativa 2007. O visitar alguna de las interesantes exposiciones que hay en Zaragoza. O disfrutar de este otoño apacible por las calles de la ciudad. Pero los imperativos de algunas jornadas maratonianas le impiden a uno elegir sus momentos de ocio y le obligan incluso a condensar en breves líneas sus vivencias e impresiones. Opino, sin embargo, que posponer algunas actividades culturales no es perderlas. Siempre podrán surgir días más dilatados, jornadas más plácidas y momentos propicios para una lectura, para una charla entre amigos, para una celebración sin prisas. Y ese día puede ser, tal vez, mañana. ¿Por qué no?

Después de permanecer cuatro días fuera de Aragón, me he vuelto a convencer - si es que no lo estaba todavía - de lo poco que cuenta nuestra región fuera de sus fronteras. A muy pocos kilómetros de la provincia de Teruel, ni esta provincia existe, ni las celebraciones del Pilar existen, ni el día grande de Zaragoza capital existe. Los medios de comunicación nacionales apenas se han hecho eco de las efemérides de estos días. Alguna alusión rápida a la Ofrenda de Flores y al concierto de Héroes del Silencio y poco más.
Al parecer, desde que nuestra comunidad autónoma dispone de televisión y de emisora de radio propias, las demás cadenas se han olvidado totalmente de este millón y pico de españoles para dedicarse a otros asuntos. Es una lástima, pero esa es la cruda realidad. Esta tarde, mientras atravesaba de sur a norte la provincia de Teruel, mientras contemplaba las sabinas en las proximidades de la Puebla de Valverde, las tierras rojizas de Alfambra, los pinares en las inmediaciones de Escucha, volvía a reencontrarme con mi tierra. El día invitaba a la reflexión y el paisaje casi solitario abría sus brazos de par en par a los que regresábamos al lugar que nos vio nacer o a la ciudad que nos acoge día tras día. Atrás ha quedado un paréntesis de cuatro días que, desde la distancia, ha potenciado todavía más el amor a nuestra tierra. Eso sí, por encima del olvido y de la indiferencia de los medios de comunicación.

Este largo fin de semana de octubre - llamado por algunos "Puente del Pilar" - me he acercado hasta Valencia, hasta un pueblo de la comarca de la Ribera Alta, Massalavés. La lluvia me ha dado la bienvenida sin previo aviso. Una lluvia pausada, fecunda, otoñal. Al parecer, como dicen algunos vecinos, este otoño es como los de antes. Algunos miran repetidamente al cielo y recuerdan todavía la riada de octubre de 1982, cuando la antigua presa de Tous no pudo aguantar y el río se desbordó dejando pueblos anegados y a muchas personas sin hogar. Nadie espera que se repitan esos hechos. Todos confían, sin embargo, en que esta lluvia de temporal no derive en "gota fría". Está bien que se llenen los embalses, pero nadie desea que el agua anegue los campos de naranjos o de caquis con su cosecha a punto y sus árboles felices de verdor.
Me encuentro en la biblioteca de este pequeño pueblo de poco más de mil habitantes. Está situada en la planta baja del ayuntamiento. Es un recinto pequeño, austero, pero acogedor. Los libros reposan mudos en las estanterías y los niños se disputan una hora en uno de los ocho ordenadores que están conectados a "internet rural". Ninguno de ellos lee la prensa, o consulta algún portal informativo, o escribe en algún blog. La mayoría - por no decir todos - se entretienen con uno de los miles de juegos que les brinda la red o chatean con amigos o conocidos. Uno se pregunta si la red de redes está aprovechada en un centro cultural como éste. Quizás haya que reflexionar sobre el papel de internet en el mundo actual y sobre su propio uso cultural. Eso sí, de momento he acudido a mi cita diaria con esta página, aunque hoy sólo hayan sido impresiones generales, acordes con esta tierra, que tan bien me acoge desde hace años.

Me llegan a través de la ventana de mi despacho los ecos de la charanga de la peña "Los que faltaban", una de las muchas agrupaciones festivas de Zaragoza. Su sonido me devuelve al pasado, su melodía me recuerda las bandas musicales que desfilaban por las calles de Aliaga con motivo de las fiestas de septiembre en honor de la Virgen de la Zarza. Me acerco a la galería y observo a cuatro jóvenes que sostienen una pancarta y encabezan un grupo de unas cincuenta personas. Esta peña, como otras tantas de la ciudad del Ebro, llena de alegría las calles y nos recuerda que aún estamos en fiestas, aunque hoy haya sido día laborable y mañana vuelvan a abrirse las aulas para los escolares.
Las peñas son una parte muy importante de las fiestas del Pilar. Cuando llegué a Zaragoza a principios de los ochenta, empezaban a crearse estos grupos, a imitación de las fiestas de San Fermín y paralelamente a las peñas de las fiestas de la Vaquilla de Teruel. Entonces había todavía pocos peñistas y se conocían casi todos. El recinto de interpeñas, que se hallaba cerca de la Romareda, era un lugar sin aglomeraciones, un sitio donde te encontrabas con tus amigos o conocías a gente nueva. No había tantos conciertos ni tantos actos callejeros. Pero, poco a poco, los Pilares fueron adoptando un esquema más o menos fijo. Ahora la fiesta ha desbordado a propios y extraños y la oferta es tan amplia que uno no sabe adónde acudir. Personalmente, me quedo con las fiestas de verano de los pueblos turolenses. Y me quedo sobre todo con las de Aliaga. Allí la charanga anima las calles del pueblo durante unos días, las peñas tienen un protagonismo más directo en las fiestas y no existen atascos ni aglomeraciones.
Mañana me alejaré durante unos días de Zaragoza. Echaré de menos algunos actos. Recordaré el pregón y los fuegos artificiales del primer día. Y volveré con la ilusión de contemplar desde le puente de la Unión los fuegos del día 14 que cerrarán nueve días de fiesta, con ecos de charanga, con jolgorio en las calles, sin muchos incidentes y con un buen sabor de boca para niños, jóvenes y mayores.

He dedicado parte de la tarde de hoy a acercarme en coche hasta el recinto ferial de Valdespartera. Quería conocer el lugar exacto de su ubicación y pasear un poco por su recinto. He conseguido lo primero, pero no lo segundo. Las señales de prohibición para turismos eran frecuentes y casi todas las avenidas estaban cortadas al tráfico. He vagabundeado, por tanto, por la calle La diligencia, por la calle Cantando bajo la lluvia y por la dedicada a Los siete samurais. Al final, después de dar tantos rodeos, he decidido acercarme hasta Plaza Imperial, que está en pleno auge aunque funciona todavía a medio gas. Eso sí, antes de abandonar Valdespartera he comprendido a los dirigentes de Interpeñas. Su intención de no alejarse hasta esa estepa es bastante razonable. Lo que no acabo de entender es la oposición de los vecinos de Valdespartera al recinto ferial. Creía que lo tenían a pocos metros de su casa y no es así, ni mucho menos.
En Plaza Imperial la impresión ha sido muy distinta: aparcamientos llenos de coches, colas para comprar en los grandes almacenes y obras, obras por doquier. Una nube plomiza ha descargado mientras tanto un pequeño chaparrón. El asfalto destacaba con su negro intenso y contastaba con las montañas cercanas y con el amarillo de los pabellones de la Feria de Muestras. La ciudad crece hacia el sur. Ya de regreso, también Puerto Venecia quiere emular a Plaza Imperial. Me preguntaba desde el cuarto cinturón si habrá consumidores para tanta oferta, si habrá clientes para tanto centro comercial. El tiempo lo dirá. De momento, el asfalto sigue ganando terreno a la estepa mientras el Huerva discurre humildemente debajo de puentes y viaductos. La huerta de sus riberas tiene, al parecer, los días contados. Es una vega fecunda y pintoresca que pide respeto y protección. Al menos, a corto plazo.

Hay tardes que se deslizan como minúsculos gusanos de seda. Otras se visten con la túnica del sosiego y oscilan ralentizadas entre la espera o el dilema. Con la lectura de la prensa ha abierto el pulso cotidiano de esta tarde otoñal disfrazada de verano. He echado de menos la sección La ciudad de las gaviotas de Mariano Gistaín. Me he ceñido, sin embargo, a las páginas de opinión. Las demás se llenan de anuncios y de escuetas noticias que se repiten en casi todos los periódicos. Sólo los columnistas y alguna carta al director rompen la tónica de la mayoría de los medios escritos Espero que Gistaín regrese pronto a su cita diaria con esta página impar y la siga vistiendo de poesía y de literatura.
Nada más salir de casa, mi primer dilema ha sido simple, intrascendente: ¿tomaré el autobús hasta la plaza del Portillo o será mejor ir andando? Ha llegado un autobús totalmente nuevo, con olor y sabor a estreno y no he podido a negarme a subir. Sé que realiza un auténtico recorrido turístico por el centro de la ciudad, sé que andando habría ganado tiempo, sé que sus frecuencias son muy irregulares. Pero he preferido salir de casa con un estreno simbólico y aprovechar la atalaya de este transporte ecológico para observar con calma la ciudad. Sin prisas. Sin horarios. Sin inquietudes aparentes.
La tarde se abre como un abanico de colores a medida que nos acercamos al centro: colores amarillos y negros de los aficionados del Aris griego, que se pasean por el Coso; colores azules y blancos de las bufandas de los zaragocistas, que esperan un autógrafo de sus ídolos en las inmediaciones del hotel Zentro; tapiz multicolor de ciudadanos que caminan, dialogan o simplemente miran desde las aceras de la avenida del Conde de Aranda. El autobús avanza a ritmo lento, como si quisiera mostrar a todos los zaragozanos que es nuevo, que es un "FVX", que lo importante es la ruta, el recorrido, la espera sin relojes y sin alarmas.
Dejo para otra ocasión los dilemas intrascendentes que rondan por mi mente como una aureola invisible. Plasmo, sin embargo, algunos dilemas de mis amigos y conocidos. Ernesto, que acaba de trasladarse a vivir a Valdespartera no sabe si alejarse de la ciudad durante las fiestas del Pilar: ¿Le dejarán dormir las ferias? Inés vive en Montemolín, muy cerca del pabellón Príncipe Felipe. Es joven y le gusta divertirse. Por eso se alegra de que el pabellón Interpeñas se mantenga allí, en San José, al menos un año más. Ignacio vive en el barrio de Las Fuentes. No sabe si irse al pueblo a descansar o quedarse para acudir al pregón y presenciar algún concierto. Se decidirá mañana. Se ha guardado unos días de vacaciones para la próxima semana. Sólo unos pocos van a tener ese privilegio.
Tarde de espera en Zaragoza. Colas en las taquillas de la plaza de toros. Ambiente europeo en los aledaños de la Romareda. Compás de espera de los trabajadores de TUZSA. Días de dilemas. Dilemas que son la salsa de lo cotidiano, el latido de todos los días, el regalo otoñal de esta tarde plácida y dilatada.

En Zaragoza hay muchas calles que guardan entre sus edificios el sabor inconfundible de la historia. Son calles estrechas, sinuosas, llenas de contrastes. La mayoría se encuentran, como es lógico, en pleno Casco Viejo o Centro Histórico de la ciudad. Y suelen llevar nombres de personajes ilustres de la capital del Ebro o de Aragón. Una de estas calles es la dedicada a Agustina de Aragón, la heroína de los Sitios de Zaragoza.
Aunque está muy cerca del lugar donde trabajo, ya que linda por la parte norte con el Instituto de Educación Secundaria Ramón y Cajal, pocas veces la he recorrido de una punta a otra. Precisamente esta mañana he dado un pequeño rodeo y he caminado sin prisas por esta calle peatonal. Comienza en la calle Ramón y Cajal y termina el la histórica plaza del Portillo. La flanquean edificios de todo tipo y colorido. Unos son bastante recientes y otros soportan el peso de los años y piden a gritos un derribo o una urgente restauración. Por la mañana, la calle estaba solitaria y silenciosa. Tiene muy pocos comercios - sólo una panadería y un taller de motos - y sólo al inicio de la calle hay dos bares nocturnos que permanecen cerrados a estas horas. Esta tranquilidad me ha transportado a principios del siglo XIX, en la época de los Sitios, cuando las caballerías y algún carro la cruzaban para dirigirse al centro o a las afueras de la ciudad. Galdós evocó este ambiente en sus famosos Episodios Nacionales, en el volumen Zaragoza. He evocado el grito de "agua va" y he pensado en los motivos de su poca anchura y trazado irregular. Quedan muchas calles como estas en los barrios más antiguos de las grandes ciudades. Poco a poco van viendo la luz y se van adaptando al siglo XXI. Eso sí, sin perder su sabor a pasado, sus raíces históricas y su carácter original. Los románticos se volverían a entusiasmar contemplando esta calle, que ha quedado eclipsada por la avenida del Conde de Aranda, que circula casi paralela, y que sólo ha aparecido en la prensa estos últimos meses para denunciar el deterioro de algunos edificios y el desalojo de algunos vecinos debido a una inminente amenaza de derrumbe. A ver cuándo publican algo sobre su cara oculta, su historia y sus perspectivas de futuro.

Hay en la vida ocasiones en las que hay que nadar a contracorriente. Esta locución verbal se puede aplicar a muchas y muy diversas circunstancias en estos últimos días del verano. A contracorriente han ido los habitantes del pueblo oscense de Lalueza, a quienes ha sorprendido una tremenda granizada en plenas fiestas mayores. A contracorriente han tenido que actuar los dirigentes de la Unión Deportiva San José, que no han podido disponer esta tarde del flamante campo de césped artificial debido a que un colector desbordado ha dejado todos los residuos en una parte del terreno de juego. A contracorriente siguen trabajando los operarios que están adecentando las riberas del Ebro. Dicen que valdrá la pena esta reforma y que veremos el río con otros ojos. A contracorriente han comenzado hoy las clases algunos alumnos universitarios, después de unas dilatadas vacaciones. A contracorriente han iniciado este lunes gris los aficionados al baloncesto, después de la inesperada derrota de la selección española en la final europea.
Menos mal que las tormentas de granizo no se han generalizado. Parece ser que la cosecha de fruta y la vendimia han quedado a salvo casi en su totalidad. Hacía tanta falta la lluvia que el agua se multiplicaba por las avenidas y plazas. Al menos, habrá servido para limpiar las alcantarillas. Por eso los residuos afloraban por todas partes. ¿Será el primer anuncio del otoño? Seguramente. Lo que está claro es que nunca llueve a gusto de todos.

La semana que termina - que podemos considerar de vuelta a la normalidad (¿o a la anormalidad?) - nos ha proporcionado desencuentros, alguno de ellos turbulentos, en casi todos los ámbitos sociales y políticos, locales, autonómicos, nacionales e internacionales. Con la vuelta a las aulas de todo el alumnado no universitario, que se ha desarrollado con bastante normalidad, los problemas nos llegan desde afuera. En las grandes ciudades - entre ellas en Zaragoza - hemos sufrido de nuevo los atascos, las interminables obras, las prisas y el estrés. A los pequeños núcleos rurales ha vuelto la soledad y ha regresado el fantasma de la despoblación - oculto momentáneamente durante los meses de verano. Pero las turbulencias, los desencuentros, han ido más allá de esta percepción cotidiana y, en ocasiones, rutinaria.
Los extremos se tocan y se repelen. Eso es lo que está ocurriendo en el siempre agitado e incierto ámbito político. Y lo peor de todo es que fallan las formas. Las de unos y las de otros. Y, a veces, se pierden los papeles. Y lo más frecuente es que nadie dimita, todos se exculpen y muy pocos rectifiquen -¡Qué cara se ha puesto la autocrítica! En Estados Unidos se agudizan los enfrentamientos y discrepancias por la incomprensible posguerra de Irak. En Europa se tambalean algunos bancos y comienzan a sufrir las consecuencias de los créditos hipotecarios. En España continúa el rifirafe entre los conservadores y progresistas, entre los monárquicos y los republicanos. (Algunos siguen añorando tiempos pretéritos. ¡Qué gran error!) En Aragón la polémica está servida en el tema del medio ambiente y en el tema de las comunicaciones. Y en Zaragoza continúa la pugna por ese inmenso barco varado en el centro de la ciudad, que es el Fleta. Y el dragado del Ebro siguen enfrentando a ingenieros, políticos y ecologistas. Y la polémica del tráfico se ha centrado en la circulación de bicicletas por el centro de la ciudad. Las aceras no son para todos y la calzada es una trampa para el más débil.
Mientras tanto, seguimos expectantes ante las incertidumbres del futuro. La normalidad parece desbordarnos en algún momento. Y los fines de semana - aderezados con el buen tiempo y atractivas citas deportivas - se han convertido en el mejor invento. Aunque en el deporte también son frecuentes los desencuentros. Y si no que se lo pregunten a Luis Aragonés, al jugador Óscar González o a los dirigentes y técnicos del equipo McLaren.

Hay días que presentan un color especial en el calendario. El once de septiembre se ha convertido en uno de ellos. Mi memoria vuela hacia el ya lejano 1964 - con Franco como autoridad absoluta y con el pequeño seiscientos rodando por las penosas carreteras de una España que caminaba hacia el controvertido desarrollismo. En un once de septiembre de ese año abandoné por primera vez Aliaga, mi pueblo de toda la vida, para viajar a Llinás del Vallés y emprender un camino sin retorno.
Ese mismo día, nueve años después, ha quedado grabado en el calendario de Chile como uno de los más trágicos y tristes. Salvador Allende era derrocado y asesinado en el Palacio de la Moneda en uno de los golpes de estado más vergonzosos de la historia: el que protagonizó el prepotente salvapatrias Augusto Pinochet. Pocos años después, de nuevo en España, llegaría la democracia y Cataluña recuperaría sus libertades en la famosa Diada, simbolizada el regreso del exilio del presidente Josep Tarradellas.
Ya en el siglo XXI, esta fecha marcaría para muchos años el devenir de la humanidad. Todos pudimos presenciar al filo de las tres de la tarde el terrible atentado contra las Torres Gemelas y el caos posterior. El terrorismo presentó su cara más negra y los atentados se han extendido desde entonces a la Europa civilizada y aliada de Bush, sobre todo a España. Luego vendrían las invasiones de Afganistán y de Irak, los errores de las guerras y posguerras y el recorte casi irracional de las libertades.
A pesar de todo, hay que dejar el pasado y dar paso al presente. Un presente que nos devuelve a la rutina laboral, al inicio de las clases en los colegios e institutos y al final del verano. Un verano que sólo se mantiene en el calendario. Para la mayoría, el verano terminó cuando regresamos a lo cotidiano y bajaron el telón las fiestas de los pueblos con un "pobre de mí" agridulce. Esta noche la ciudad ya respira otro ambiente: se van cerrando las terrazas, los adolescentes vuelven antes a casa pensando en qué les van a decir mañana en el instituto y a qué profesores van a tener. Algunos se agarran a los móviles y al MP4 antes de que les obliguen a dejárselo en casa u ocultarlo en el oscuro fondo de la mochila. Víspera de inicio de las clases. Aunque los más pequeños ya llevan dos días. Días de ilusión para los niños de Gistaín, que recupera su escuela cerrada desde hace trece años. Días de tristeza para los niños de Cortes de Aragón, que no podrán acudir a su escuela de siempre y tendrán que madrugar un poco más para acercarse a Muniesa. Son las luces y sombras de una realidad que se disfraza de incertidumbre y nos sorprende cada minuto. Algunos todavía van a tener suerte: en Alcañiz y Andorra continúan las fiestas. Otros sueñan con las de Delicias y la mayoría, con las fiestas grandes del Pilar.

Dicen que los españoles somos los reyes de la improvisación, de las prisas de última hora y de las obras a contrarreloj. Y, efectivamente, eso es lo que estoy comprobando en mi observación cotidiana y en las noticias que me llegan a través de los medios de comunicación. En Zaragoza tenemos uno de los ejemplos más claros: las obras de la Expo 2008. ¿Se llegará a tiempo? Seguramente sí, pero a costa de horas extras los últimos días y de falta de tiempo para pruebas y ensayos. Algo similar ocurre con las obras que se están realizando en el puente de Piedra. Avanzan, a pesar de las polémicas. El futuro dirá si ha sido un acierto o no quitar la solera histórica de uno de sus arcos. Todos sabemos que las prisas no son buenas consejeras. En el ámbito político hay prisas por inaugurar, por promulgar determinadas leyes, por ocupar puestos de privilegio, por emular a quien sea o como sea. Lo mismo podríamos decir de determinados medios de comunicación. El afán de ganarse audiencia, a costa de lo que sea, convierte a ciertos programas en improvisados platós ocupados por una basura mediática. Sin comentarios.
Con septiembre, se acerca el nuevo curso escolar. Y también en el ámbito educativo se advierten prisas, improvisación y decisiones a contrarreloj. Y esto sólo provoca inútiles polémicas, como la incomprensible oposición de ciertos sectores de la iglesia y de algunos sectores políticos retrógrados a una asignatura que ni conocen ni han experimentado. Se debería haber explicado mejor el por qué y para qué de esta materia. Aunque hubiera entrado en vigor un curso o dos más tarde. Pero hay tantas prisas... Obras en los colegios sin acabar, libros sin editar, proyectos a medias. Lo malo es que algunos aprovechan este río revuelto para afilar su lengua viperina y arremeter a diestro y siniestro. Y si no que se lo pregunten a un famoso locutor de la cadena COPE. ¿Cuándo se callará? ¿Quién le respalda? ¿Qué intereses hay detrás de este programa? Muchos sentimos vergüenza ajena de este turolense reconvertido en profeta de nada y en agorero de todo.

Agosto está dando sus últimos coletazos. Y se despide entre adioses y polémicas. La prensa - con tan pocas noticias durante estos días - ha encontrado de nuevo excelentes filones. Lo peor de todo es que la mayoría de estas páginas se visten de luto y de tragedias. Luto en el deporte, por el fallecimiento repentino del joven futbolista Antonio Puerta. Luto en la literatura, por el adiós definitivo del incombustible, polémico, audaz y original escritor Francisco Umbral. Luto en el cine y el teatro, por la desaparición de la actriz Emma Penella, que dejó su impronta en El Verdugo, La Estanquera de Vallecas o en la serie Aquí no hay quien viva. Y luto en el mundo de la cultura y de la educación, por el fallecimiento de Palmira Pla, esa maestra de Cretas, comprometida con la educación y la libertad en tiempos de la República. La polémica también está servida en casi todos los ámbitos y situaciones. A pocos días de comenzar el curso, se reabre la polémica sobre la asignatura "Educación para la ciudadanía"´- algunos quieren matarla antes de que nazca -. Polémica también entre los ecologistas, arqueólogos y gestores del ayuntamiento de Zaragoza debido a las obras que van a afectar a parte de la solera del histórico Puente de Piedra. Polémica y dimisión de la directora de la Biblioteca Nacional, Rosa Regás. Se han cruzado declaraciones contradictorias entre la veterana escritora y el nuevo ministro de cultura, César Antonio Molina. Lo más triste de todas estas polémicas, especialmente de esta última, es que sus consecuencias las sufren los que viajan con ilusión a Madrid, pasan muchas horas consultando archivos en la Biblioteca Nacional y tienen que soportar controles cada vez más rigurosos y exhaustivos. Todo por culpa de algún desaprensivo que se cree que los libros son para usar y tirar. O para enriquecerse en el mercado negro. Es una pena que esta institución cultural sufra estos robos o mutilaciones. Pero tampoco se puede culpar a nadie sin pruebas fehacientes. |

Aprovechando la mañana preotoñal, hemos ascendido a la popular Loma de San Antón, llamada también la Cubeta, para contemplar este panorama de Aliaga a vista de pájaro. Después de cuarenta y cinco minutos de ascensión, hemos llegado hasta el simbólico pino para reponer fuerzas y disfrutar del paisaje. A nuestros pies, el valle donde se asienta Aliaga, y más allá el cauce del río de la Val con Hinojosa, Jarque y Cuevas de Almudén como telón de fondo. A la derecha hemos contemplado además el barrio de Campos y, un poco más lejos, el pintoresco rincón donde se asienta Cirujeda.
Antes de emprender el regreso, hemos bordeado la montaña y nos hemos acercado al monte vecino, donde se asientan las antenas de televisión y de telefonía móvil. Desde allí, la panorámica es bastante distinta: el barrio de la Aldehuela, el cada vez más anegado embalse y el cada vez más desguazado esqueleto de la Térmica. Las sensaciones han sido muy dispares: silencio, soledad, nostalgia, paz, sosiego y un pequeño poso de melancolía.

Aliaga ofrece al visitante multitud de excursiones a lugares recónditos y pintorescos. Hoy hemos elegido el barranco del Hocino. A pesar de la sequía estival, la poza conserva su encanto y el lugar mantiene su atractivo por lo sublime. En esa pequeña hondonada, orlada de elevadas rocas y rica en vegetación, uno se siente alejado de la realidad y fuera de la civilización.
Hemos completado el recorrido con una larga caminata en dirección a Miravete. Como se acercaba el crepúsculo y comenzaba a anochecer, hemos decidido cambiar de plan y volver sobre nuestros pasos. No se pueden emprender aventuras cuando la tarde avanza acelerada. Al final, regreso a casa casi al anochecer y satisfacción por haber conocido - por fin - uno de los lugares más atractivos el entorno de Aliaga. La próxima vez, iremos en otoño o en primavera, cuando las lluvias animen la cascada y engalanen el entorno.

He aprovechado esta tranquila y fresca mañana estival para acercarme, acompañado de Javier y de Pablo, al nacimiento del río Pitarque. Ya conocía este ingular entorno paisajístico y natural pero, en estos momentos de escasez de agua y de cambio climático, uno valora todavía más este hermoso paraje. Contemplar las aguas cristalinas de este río que alimenta al Guadalope, oír el murmullo de la corriente que desciende hacia esta pequeña población turolense o disfrutar de sus cascadas a lo largo del recorrido es un placer que experimentan los numerosos visitantes que se acercan durante estos días a este lugar.
El camino es cómodo y está muy bien señalizado. Desde Pitarque se puede realizar tranquilamente en una hora y media aunque, a buen paso, en poco más de una hora hemos llegado allí. La escasez de lluvias durante los meses de verano no nos ha impedido contemplar ese chorro de agua que nace con ímpetu debajo de las piedras. El regreso ha sido mucho más llevadero y hemos aprovechado el resto de la mañana - es mejor realizar pronto este recorrido - para acercarnos a los famosos Órganos de Montoro, contemplar las truchas asalmonadas de la piscifactoría de Villarluengo y descansar en el parque de la pequeña y pintoresca localidad de Montoro de Mezquita, a orillas de un Guadalope que viene de Aliaga entre estrechos y barrancos. Una jornada completa. Eso sí, no hay que olvidar un buen bocadillo y la cámara digital. Después puede uno recrearse contemplando las fotografías en el ordenador y recordando esta jornada.

Cada ciudad, cada pueblo, cada aldea, tienen un pequeño lugar que evoca con más nitidez épocas pasadas e invita a la reflexión, al solaz o a la conversación reposada. En Aliaga, uno de estos lugares son los tradicionales porches, donde todavía se instalan los comerciantes ambulantes y donde su privilegiada ubicación es un reclamo para el que, ya en el ecuador del verano, busca un ambiente más fresco y un banco donde sentarse a reposar.
La parte baja de la villa de Aliaga es la más antigua y la más señorial. Se conservan fotografías de principios del siglo XX en las que se puede observar cómo los toros se dirigían por las cercanas calles, flanqueadas por dos hileras de porches, a la plaza de la Iglesia. Esta zona adquirió su importancia en otros tiempos como centro de encuentro de mercaderes, ganaderos y agricultores. Se intercambiaban productos o se vendían al público en fechas señaladas.
Actualmente, desde los porches podemos acercarnos al remodelado ayuntamiento de la población, contemplar los juegos de los niños que en verano corretean por la calle mayor o acercarnos a la cercana iglesia de San Juan Bautista. Cuando llegan las fiestas patronales, en este histórico recinto se celebran los campeonatos de guiñote o se sirve algún aperitivo. En invierno, cuando el frío arrecia o aparece la lluvia o la nieve, los vecinos de Aliaga se encuentran en este lugar cercano y familiar. Un lugar de reencuentro.

Cuando comienzan las rutas de montaña - y casi todas lo son en esta zona del Maestrazgo Turolense - una de las más asequibles es la que he realizado hoy desde Aliaga hasta el puerto del Esquinazo. Es una buena ruta para comenzar el rodaje después de algunos días de inactividad. Uno se acostumbra fácilmente al terreno llano, pero cuando comienzan las pendientes es todo muy distinto. La mañana es fresca, casi preotoñal, y el sol asoma tímidamente entre los chopos que flanquean el río de la Val. Los primeros kilómetros son tranquilos y el paisaje acompaña. En pocos minutos se llega al barrio de Santa Bárbara y poco después dejo a la izquierda a Cobatillas, pequeño núcleo de población rodeado de campos y de huertas. Desde allí hasta Hinojosa de Jarque la carretera serpentea levemente y el paisaje se torna más adusto. En Hinojosa contemplo algunas creaciones de ese ambicioso Parque Escultórico y me dirijo a la vecina Jarque: casas restauradas, la iglesia en un pequeño montículo y silencio en el entorno. Ya queda poco para llegar al cruce de la carretera general Teruel- Alcañiz. Antes hay que ascender una pequeña pendiente, muy cerca de Cuevas de Almudén, que sirve como aperitivo para el puerto del Esquinazo. Desde Mezquita comienza una ascensión de tres kilómetros. Es una pendiente progresiva y continua. Busco el ritmo adecuado y me doy cuenta de que no estoy en mi mejor momento de forma. De todos modos, corono el puerto y desde allí, a casi 1.400 metros, contemplo el valle de la Val que ahora está en todo su esplendor. Se han recogido las últimas cosechas de cereal y la huerta verdea entre las vegas. El río ha menguado durante estos meses de verano. Hace falta más agua para limpiar su cauce. Pero, de momento, la lluvia pasa de largo.
El regreso ha sido rápido. Sólo un inoportuno pinchazo ha interrumpido mi marcha. De todos modos, la ruta inicial ha merecido la pena. Hoy he usado bicicleta de carretera. Quizás el próximo día opte por la de montaña. La gravilla y algún pequeño bache no favorecen el uso de ciertas bicicletas. Pero vale la pena practicar este deporte y disfrutar de este paisaje solitario, agreste y acogedor.

Al caer la tarde, decido dar un paseo en bicicleta desde Massalavés hasta Sumacarcer. Una vez en la nueva Gavarda, que es pionera en la promoción de bioviviendas, comienza una ruta casi paralela al río Júcar, que en este tramo final de su recorrido muestra todo su esplendor. En Antella, famosa por su azud, los bañistas disfrutan del agua fresca y clara. El color verdoso del río se torna azulado con los destellos del sol de poniente. Unos piraguistas aprovechan al caudal para practicar su deporte favorito. El Júcar se remansa en Antella y serpentea desde Sumacarcer, pueblo ribereño entre la montaña y la llanura tapizada de naranjos.
Al regresar hacia Carcer, contemplo de nuevo desde la carretera este cauce casi envidiable. Este año su aspecto es bastante mejor que en años anteriores. Mientras veo cómo el Júcar se desliza casi cristalino, me acuerdo de muchos ríos de Aragón que estarán sufriendo por estas fechas una notable merma en sus caudales. Incluyo entre ellos al Ebro, víctima una vez más del estiaje. Y de la especulación. Ahora, a menos de un año de la Expo, todo son disputas por un río al que casi siempre se le ha dado la espalda. Mientras pedaleo, ya cerca de Alberique, el sol se pone en el horizonte y la naturaleza se viste de gala. Es bonito el paisaje valenciano y sus recursos hídricos son, al parecer, suficientes. ¿Para qué querrán el trasvase? Cambiaría el río Júcar por muchos ríos de Aragón.

Siempre he considerado el último día de julio como la fecha que marca el ecuador del verano. Aunque, en mis tiempos de estudiante, agosto ya señalaba el momento de abandonar el pueblo, dejar la familia y volver al internado. Creo que las vacaciones no eran tan largas y dilatadas como ahora. Hoy día, los niños y adolescentes disponen de casi tres meses de asueto. Tienen tiempo para todo: para divertirse con los amigos, para ir unos días de campamentos, para desplazarse al pueblo en fiestas o para aburrirse en los portales con el teléfono móvil en la mano. Son pocos los que aprovechan para perfeccionar un idioma, potenciar la lectura o realizar algún viaje cultural.
Agosto siempre ha sido, sin embargo, el mes más esperado. Y un mes de contrastes, por muchos motivos. La mayoría de los españoles eligen estas fechas para sus vacaciones. Y hasta las ciudades se vuelven más tranquilas y más acogedoras. Las playas están atestadas y muchos prefieren desplazarse a un lugar tranquilo en la montaña o en el interior. Otros eligen viajes fuera de España. Pero algunos tienen que volver a trabajar después de finalizar sus vacaciones. Su único consuelo es soñar, desde el lunes, en el próximo fin de semana.
Durante este mes que va a comenzar, prefiero la montaña a la playa, la tranquilidad del pueblo al ajetreo de las costas, las carreteras secundarias a las autovías, los caminos de herradura a las rutas del asfalto, un buen libro a una buena película, una partida de guiñote a una de futbolín, un recorrido en bicicleta o caminando a la ruidosa moto o el cómodo utilitario, el aire fresco del amanecer a los mediodías implacables, las noches de charla con los vecinos a las juergas interminables. Aunque es verdad que todo se puede compaginar y que un día de asueto ofrece múltiples posibilidades. Lo peor es que con agosto comienza de nuevo la cuenta atrás. Es ley de vida. Y septiembre nos espera agazapado a la vuelta de la esquina.

Tarde soleada de julio. Oasis cultural en el Centro de Historia de Zaragoza. El Espacio Informativo Cultural del Ayuntamiento, equipado con conexión wifi, permite a los ciudadanos navegar por la red, consultar o escribir sus correos, acercarse a los blogs amigos o asomarse a la prensa. Las noticias llegan minuto a minuto a la pantalla de los diarios virtuales. Noticias políticas, culturales, deportivas,... Destacan entre otras, unas duras palabras del Rey contra el terrorismo. Y es que hoy, hace diez años, fue cruelmente asesinado el joven concejal de Ermua, Miguel Ángel Blanco. Se consumó la amenaza en una tarde eterna. No hubo milagro. Los terroristas apretaron el gatillo con frialdad de fieras.
Pero la vida sigue. Y la actualidad nos habla de una marea negra en las costas de Ibiza, de una situación insostenible en el Líbano, de la muerte cerebral de una de las heridas en el atentado del Yemen. En lo deportivo, continúan los fichajes. El mercado se ha vuelto loco. Y nos anuncian ya los enfrentamientos en la jornada inaugural de la liga. Una liga que empieza a finales de agosto. Es de locura. Lo cultural se diluye en pequeños anuncios, que pasan casi inadvertidos: alguna charla, alguna proyección, algún encuentro literario. Casi nada. Porque los teatros ya están cerrados por vacaciones. Y los cines desaparecen paulatinamente: los últimos han sido los multicines Buñuel, en pleno centro de Zaragoza. Todo se traslada a la periferia: Plaza, Valdespartera, Ikea. Es época de despliegue mediático, de grandes obras. Es tiempo de pre-Expo, de pre-inauguraciones, de cambios en los gobiernos, de incertidumbre, de pre-vacaciones.
Lo que no decae es el ocio estival de los que todavía siguen en la ciudad: terrazas atestadas en las aceras de cualquier calle, lleno total en el parque Bruil, ir y venir a las piscinas, callejeo sin rumbo por el centro, atisbos de fin de semana. Lo que importa es huir de la rutina. Una huida hacia adelante. Es mejor olvidar el pasado. Aunque el lastre de los acontecimientos y de las vivencias nos atenace como un pesado grillete. En ocasiones, sólo nos puede salvar la cultura: un buen libro, una buena película, una visita a alguna exposición. "Orwell en el frente" sigue en el Centro de Historia hasta agosto. Continúa con éxito en este oasis cultural. Porque las bibliotecas también se han ido de vacaciones. Y el lector inquieto no tiene más remedio que adquirir un buen libro o leer algún fragmento on line. Afortunadamente, siempre queda un resquicio para la cultura.

En Aliaga, la noche se viste de silencio y se disfraza de fecunda soledad en este inicio de verano suave y apacible. Y la noche nos habla desde la penumbra y la oscuridad de una luna nueva. Es la noche soñada por todos: recuerdo, evocación, regreso a la infancia, sueño a flor de piel. Al parecer, los amantes del bullicio de las playas, los enamorados de la gran ciudad, no conocen o no valoran lo suficiente la serena suavidad de esta noche casi interminable.
Las estrellas destacan entre el negro del firmamento. Y una luz tenue y escurridiza ilumina la calle que conduce al castillo mítico e inmemorial. La noche en Aliaga es como un regalo de los dioses reservado para una minoría privilegiada. Porque son muy pocos los que valoran la soledad de la montaña, el silencio de la sierra, la voz profunda de las estrellas.
Antes de retirarme a descansar, observo este cielo cuajado de estrellas. Es el mismo cielo de mi infancia. El cielo de mis primeros sueños, de mis primeras ilusiones, de mis primeros amores. Lo demás es mejor no recordarlo y vivirlo de nuevo. Hay veces que sobran las palabras, porque la elocuencia de la naturaleza supera a cualquier expresión estética. Por eso, para muchos artistas y creadores literarios, esta noche de la sierra puede evocar belleza, placer estético y serenidad interior.

Al parecer, es un año de cerezas. Es tiempo de cerezas. Lo pude comprobar en Caspe hace poco más de un mes. Y ayer por la tarde me lo confirmó mi viaje hacia Valencia por la comarca del Jiloca. Es una comarca afortunada. En la parte baja, a la vera del río, se cultivan todo tipo de hortalizas, si la climatología lo permite. En la parte alta de estos pueblos ribereños, en el secano, se cultivan los cerezos, que exhiben sin recato sus colores verdi-rojos o sus matices verdi-amarillos. Ayer tarde no pude resistir la tentación de detenerme en Burbáguena, a orillas de un Jiloca alegre, cantarín, entusiasta. Varias personas, a la sombra de los árboles o bajo una improvisada sombrilla, habían montado su tenderete y mostraban la dulce mercancía en cajas de madera. Compré un kilo a la primera señora que se acercó al coche y tuve que comprometerme a comprarle más a otra señora en el próximo viaje. Aunque amigas y conocidas, todas rivalizaban por vender las cerezas y regresar a su casa satisfechas al anochecer.
Me hablaron de su pueblo, de la dureza del invierno, de las dificultades cotidianas, de la bonanza climática de la última primavera. Pero también me expresaron sus temores: la próxima inauguración del tramo de autovía desde Romanos a Calamocha alejará de estos pueblos turolenses - San Martín del Río, Báguena, Burbáguena, Luco de Jiloca - a tantos viajeros y visitantes. ¿Dónde venderán estas exquisitas cerezas? ¿Qué conductor desviará su camino para comprarlas? El tiempo lo dirá. De momento, ya ha aparecido la inquietud. Quizás se pierda esta tradicional costumbre. Quizás desaparezca este cuadro pintoresco. Un sacrificio más en aras de un progreso necesario y, a todas luces, irreversible.

El curso escolar llega a su fin. Aunque para algunos la rueda sigue girando y el lunes comenzaremos a preparar el próximo curso. Eso sí, el ritmo será más tranquilo y sosegado. Algunos profesores culminarán mañana muchos años de docencia y dedicación a niños y adolescentes. Se jubilan con todo merecimiento, aunque en algunos casos les quede un sabor agridulce. La nostalgia siempre está presente en estas comidas o cenas de despedida. Y afloran los recuerdos. Eso sí, la memoria es muy selectiva y abandona los malos momentos en la cuneta de la vida y se queda con lo mejor. Con lo más dulce. Con lo más sazonado.
Los compañeros que se jubilan este año han valorado, sobre todo, la amistad. Es un valor muy cotizado y cada vez más escaso. Nunca pasa de moda. Permanece por encima de edades y condiciones. Y, si es auténtica, dura para siempre. Sus vidas van a dar un giro más o menos acentuado. Pero todos dejan la vida laboral con la ilusión de dedicarse a sus aficiones, a viajar, a ocuparse en aquello que el trabajo cotidiano no les ha permitido. Se van con alegría, con entusiasmo. Aunque, en el fondo, les quede el poso agridulce del paso del tiempo. Ese fluir irreversible que nos afecta a todos. Y hay momentos en que se evidencia más. Este quizás sea uno de ellos.

Tarde de junio en Aliaga. Verdor en los montes. Herencia de una primavera pródiga en lluvias. Como las de antes. El monte se ha engalanado para dar la bienvenida a este verano que llega puntual a su cita.
Tarde de junio en Aliaga. Víspera de la fiesta de San Juan. Ilusiones infantiles, sueños de adolescencia, recuerdos de madurez. El día se dilata entre sombras. El sol apura sus últimos rayos en las cumbres de las montañas que flanquean este valle silencioso.
Tarde de junio en Aliaga. Sabor a fiesta, a reencuentro, a hogar, a amistad, a crepúsculo dulce y fugaz. El castillo se mantiene cual baluarte de siglos. la porra airea su esbelta figura cual fantasma de piedra. Sueños de futuro, de verano, de vacación. Sueños fugaces y efímeros. Como la vida misma.

Se desliza el mes de junio presuroso, casi acelerado. Aunque a uno se le antojen largas como los días estas últimas jornadas del trimestre escolar. Aunque las clases ya están acabando, quedan las reuniones, consultas, boletines, reclamaciones, certificados, recuperaciones, matrículas, actos de despedida y un sinfín de pequeñas tareas que cada docente tiene que desempeñar. Los alumnos se lo toman de otra manera más pausada y, en general, más relajada. Los que acabaron los exámenes de selectividad el jueves pasado, se han tomado una semana de vacaciones en la playa. El día 22 conocerán las notas. Mientras tanto, prefieren desconectar unos días y salir de la rutina. Los alumnos que acaban etapa - primaria o secundaria - ya están preparando sus documentos para matricularse. Mientras tanto, piensan qué optativa van a elegir y consultan las novedades para el próximo curso. Con el nuevo currículum aragonés va a haber algunos cambios.
Javier ya tiene los impresos para matricularse en primero de secundaria en un instituto de Zaragoza. Por una parte, está contento y feliz; por otra, siente la nostalgia de abandonar la que ha sido su segunda casa durante nueve años. ¡Toda una vida! En septiembre tendrá que madrugar un poco más y se enfrentará a una jornada intensiva de seis horas. Luego vendrán las tareas, los trabajos y el tiempo de estudio. Pero, de momento, ya piensa en el verano y en los momentos de ocio que le van a deparar estos dos meses largos de vacaciones. Julio y agosto también se escurrirán de las manos. Es bueno por lo tanto, acariciar el presente y disfrutar de este inicio de la temporada estiva. Y de la víspera de San Juan. En Aliaga ya preparan el mayo y algún espectáculo taurino. En otros pueblos se multiplican las hogueras. En todos se prolonga la noche hasta el amanecer y se da la bienvenida al nuevo ciclo. Toda una tradicion y un símbolo. Los sorianos y los alicantinos celebran estas fiestas por todo lo alto. Aunque no hay que olvidar el arraigo que tienen en Cataluña y en otras comarcas del Mediterráneo.

Tiempo de espera en esta mañana de domingo, casi otoñal, con una agradable temperatura y con la lluvia cayendo suavemente sobre la ciudad adormecida. Tiempo de espera para que los nuevos alcaldes de las localidades aragonesas maduren sus nuevos proyectos y preparen su equipo de gobierno - ¡qué lástima lo de Lucía Gómez en Teruel y lo de Ana Cristina Vera en Tarazona, dos buenas alcaldesas que, por supuestos pactos entre partidos o por dudosas disciplinas, se hayan quedado en el camino -. Tiempo de espera para los estudiantes de primaria y secundaria, que sueñan ya en las cercanas vacaciones y en lograr unas holgadas calificaciones al finalizar el curso. Tiempo de espera para los aficionados al fútbol: unos sueñan con la liga, otros con la UEFA y otros con permanecer un año más en primera división. Tiempo de espera para un inminente verano, que no acaba de llegar, para alegría de algunos y desconsuelo de otros.
La vida se convierte en un tiempo de espera casi permanente, en un buzón de ilusiones perdidas, en un hervidero de planes, proyectos o pretensiones. La vida sólo se entiende desde la incertidumbre de cada minuto, desde el mirador de un presente hecho futuro, desde la atalaya de la anticipación. La vida es, en ocasiones, una mirada furtiva a los relojes, a los calendarios, a las agendas. Porque el presente nos agobia, nos quema, ralentiza la existencia. Y uno quiere vivir hacia adelante, apropiarse del próximo minuto, huir de lo efímero. Aunque sepa que el futuro seguirá el mismo camino de caducidad. Por eso es mejor esperar, ilusionarse, soñar despierto.

Hay días que se presumen tranquilos, serenos, apacibles, como este primer martes de junio, todavía primaveral, con lluvia intermitente y relajante humedad en el ambiente.
Hay días que se adivinan con optimismo, que se sueñan sin sobresaltos, que se esperan con ilusión renovada para celebrar, compartir o simplemente recordar.
Hay jornadas que amanecen sin recovecos, abiertas de par en par a la esperanza, con soplo de paz y atmósfera de libertad.
Ese día, esa jornada, podría haber sido este 5 de junio. Pero, lamentablemente, quizás pase a la historia por todo lo contrario: por el anuncio de la ruptura de una tregua, por el resurgir de las amenazas y chantajes, por el regreso del miedo a espuertas, por la vuelta del terror indiscriminado y por una espada de Damocles apuntando a la cerviz de la democracia. Jornada gris, jornada negra, jornada de sabor agridulce.

Fin de semana preveraniego. El suave cierzo nos alivia de los calores estivales y, al parecer, se va a cumplir el famoso refrán Hasta el cuarenta de mayo... Mañana dominical de deporte: en bicicleta por el tercer cinturón. Han cambiado el color de las pistas, pero se han olvidado de marcar las direcciones. Y cada uno circula por donde buenamente puede. Tampoco han quitado los bordillos. Cerca del cementerio hay uno a prueba de pinchazos. Además, las obras interrumpen con frecuencia los tramos, sobre todo cerca de la Facultad de Veterinaria. ¿Qué están haciendo? Nadie sabe explicarlo. Sólo hay algo evidente: están destruyendo la huerta de las Fuentes. (Alguno dirá, ¿y la de Ranillas? ¿y la de Movera?) El asfalto y el cemento se comen la naturaleza y el paisaje. Basta observar el desvío a ese templo del consumo llamado IKEA, desde el tercer cinturón. ¿Cuántos pinos han sido talados? ¿Cuál habrá sido la afección para la flora y la fauna? Nos dirán que son peajes que hay que pagar al progreso. Una realidad cada día más palpable. ¿Desarrollismo salvaje? Yo creía que esto sólo ocurría en la costa mediterránea.
Tarde de tranquilidad en casa. Sin el eco de los goles del domingo - ¡vaya parón de la liga tan inoportuno! -, sin carruseles ni conexiones en directo. Me dedico a blogear y consulto las bitácoras de mis amigos: excelentes poemas de Fernando Sarria, aguda captación de erratas de Mari Sancho Menjón, excepcional página de Antón Castro, que se hace eco de la presentación del último libro de Víctor Juan, Por escribir sus nombres", buen comentario crítico de Mario Ornat, noticias al minuto de Mariano Gistaín en "Zaragózame"... A última hora, me acuerdo de la Feria del Libro. Es tarde para acercarme con calma al Paseo de la Independencia. Lo pospongo para el próximo fin de semana. Una cita ineludible con la cultura y con la creatividad.
Día de elecciones autonómicas y municipales en España. Día de elecciones en todos los municipios de Aragón. Con casi el cien por cien escrutado, las fuerzas progresistas siguen gobernando en la Comunidad Autónoma y en casi todos los ayuntamientos más importantes. El mapa político aragonés no va a cambiar demasiado. Quizás haya un vuelco en la alcaldía de Teruel y cambios significativos en Alcañiz y Tarazona. Lo importante es que, a partir de mañana, se pongan a trabajar