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Está uno tan acostumbrado a la incompetencia, a la ineficacia, al oportunismo, a las verdades a medias, a la publicidad engañosa, a las promesas incumplidas, al "vuelva usted mañana", que cuando te ofrecen un trato exquisito, cuando cumplen con lo acordado, cuando se ajustan a la realidad, cuando no hablan por hablar, cuando son puntuales, cuando son eficaces, cuando actúan con profesionalidad, casi lo consideramos como un mirlo blanco, como una loable excepción.
Me ha ocurrido recientemente como cliente de una empresa privada. Y quiero dejar constancia de ello en esta época de falsas apariencias, de quiero y no puedo, de huera palabrería y de sí pero no. Porque lo más normal, por desgracia, es que comiences a desconfiar hasta de tu propia sombra. Y eso no es bueno ni positivo. Por eso te alegra un poco el cuerpo el que te traten bien, te pregunten si estás satisfecho y te emplacen para una próxima entrevista. Todo ello con el fin de mejorar la atención al cliente y de dar un salto de calidad. A ver si cunde el ejemplo.

Llueve sobre Aliaga, llueve sobre Zaragoza, llueve sobre Aragón. Dicen que va a ser un verano atípico. Que de altas temperaturas, nada de nada. Dicen que va a ser un verano de tormentas, de paradojas, de sinsentidos. Y todo esto se palpa en el ambiente. Y en las playas. Y en las montañas.
La Expo también está sufriendo las consecuencias. No va a ser un éxito. Ni tampoco un fracaso. Pero que quede claro que las expectativas no se van a cumplir al cien por cien. Es lo más normal. Y no hay que rasgarse las vestiduras.
El cielo está gris en Aliaga. El horizonte se viste de otoño y reniega una vez más de los rigores estivales. A la mayoría nos gusta este clima cambiante. Sobre todo a los que huimos del calor de la capital, del agobio, del estrés, del sinvivir. En este rincón del Maestrazgo hay sitio para el sosiego, para el solaz, para el ritmo lento, para la reflexión, para encontrarse con uno mismo y con los demás. Aliaga es la metáfora de tantos pueblos a los que hemos dado la espalda y, paradójicamente, nos brinda una vez más su cara más amable.
Ha llegado la tormenta. Ha llegado el cambio de ritmo, la ruptura de la monotonía, el olvido del calor agobiante. Desde el mirador privilegiado del solanar, observo el verde perpetuo rociado por las gotas frescas, amables, fugaces. Los tejados rojizos brillan entre el gris del paisaje. Los pinos y los abetos se convierten en dueños y señores de las montañas eternas. Cae la lluvia sobra Aliaga. Un paréntesis veraniego que sabe a bendición, a esperanza, a renacer de la naturaleza. Todo un regalo para los sentidos y para el espíritu soñador e inconformista.

Con frecuencia surgen en la vida situaciones difíciles que uno no sabe cómo solventar. Y llega entonces la impotencia, el nerviosismo y un pequeño asomo de desesperación. Algo similar me ocurrió el viernes por la tarde en Zaragoza cuando, en la avenida de Madrid, el coche no quiso seguir y tuve que quedarme sin saber qué hacer en medio de la calzada.
La reacción de los demás conductores fue la esperada: bocinazos y algún pequeño grito. Ninguno se bajó de su automóvil y se prestó a empujar o a sugerir alguna solución. Mientras tanto, intenté llamar sin éxito a mi aseguradora desde una cabina y desde un locutorio. Javier se quedó junto al coche con muestras de impotencia y de resignación. Los minutos transcurrían sin tregua y, cuando ya no sabíamos qué hacer, apareció una ciudadana anónima y nos prestó su móvil para que siguiéramos insistiendo para localizar una grúa. Al final, logramos contactar con la compañía y todo quedó en una complicada situación.
De todo esto, lo que se ma ha quedado dentro es la frase que me respondió Ana cuando le agradecí su gentileza y extrema generosidad: "Si esto le ocurre a alguien alguna vez, haz tú lo mismo". Fue una luz en medio de las sombras, un soplo de solidaridad en medio del individualismo, un gesto de generosidad encomiable.

Durante estos días de finales de junio, se multiplican los actos de despedida: entregas de diplomas, reconocimientos, homenajes,... Como padre de un alumno del instituto Pablo Serrano de Zaragoza, tuve la oportunidad de asistir el jueves pasado a uno de estos actos. Contemplé las actuaciones y entregas de premios desde la otra orilla: desde la butaca del público invitado. Lo digo porque el próximo jueves tenemos previsto otro acto similar en el instituto Ramón y Cajal. En este caso me tocará presentar el acto y entregar diplomas y obsequios a los alumnos que terminan su etapa en el Centro. En ambos casos va a predominar el tono emotivo y va a recorrer por el interior de cada uno de los protagonistas - los propios alumnos - un latido de nostalgia.
La poesía estará presente el próximo jueves en el Ramón y Cajal como ya lo estuvo el pasado jueves en el Pablo Serrano. Espigo dos fragmentos poéticos de este último acto que pueden ayudarnos a reflexionar en este final de etapa y en este inicio de un camino diferente:
Resolución de ser feliz
por encima de todo, contra todos,
y contra mí de nuevo
- por encima de todo, ser feliz -
vuelvo a tomar esa resolución.
Jaime Gil de Biedma
Sigue, sigue adelante y no regreses,
Fiel hasta el fin del camino y de tu vida.
No eches de menos un camino más fácil,
Tus pies sobre la tierra antes no hollada
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.
Luis Cernuda

Desplazarse a Aliaga durante un fin de semana supone abrir un oportuno y sosegado paréntesis después de unos días estresantes y acelerados. En este pueblo turolense se puede encontrar un oasis veraniego. Después de una primavera lluviosa, el tono verde y el aroma intenso envuelven el valle de la Val y se desplazan hacia la ribera del Guadalope.
He dejado el ordenador en Zaragoza y he abierto un pequeño paréntesis en esta página blanca. Aunque parezca mentira, sin el reclamo del portátil, el tiempo se dilata y se ralentiza. En este valle lozano se encuentra tiempo para la reflexión, tiempo para el reencuentro con los amigos, tiempo para el recuerdo, tiempo para una buena lectura, tiempo para no hacer nada.
El regreso a Zaragoza - casi caótico en los últimos kilómetros - ha supuesto el reencuentro con el ajetreo, con los asuntos pendientes para esta próxima semana, con el calor sofocante, con el cemento, con el asfalto, con la rutina. Vuelvo a mi blog - muy poco visitado en estos días prevacacionales - e intento hilvanar unas ideas, tejer unas sensaciones, trenzar unos sentimientos. De momento, se respira silencio y expectación en el entorno de mi barrio. Todos están pendientes de la selección española. De momento, no se ha movido el marcador. Pronto me enteraría si marcara la selección rojilla. Para algunos es otro partido del siglo; para otros, un encuentro importante; para una gran minoría, un escalón más para lograr algo tan difícil como ganar la Eurocopa del 2008. Porque ya ha llovido desde aquella victoria sobre Rusia en 1964 con el golazo de Marcelino. Aún lo recuerdo borrosamente, con esas imágenes imperfectas en blanco y negro. Mientras avanzan los minutos, prefiero expresar lo que siento, leer los correos electrónicos de interés - la mayoría son basura - y ponerme al día en todos los aspectos. El paréntesis ha sido muy positivo e intentaré repetirlo más a menudo.

Junio es el mes de los balances, de las valoraciones, de la autocrítica y, ¿por qué no?, de la autoestima. Junio tiene el sabor de un verano anticipado y el olor a humedad profunda, a fragancia, a flor silvestre, a nieve derretida.
Junio es también un mes ambivalente, ambiguo, contradictorio. El sabor agridulce de las despedidas se mezcla con el sabor acaramelado de los logros, de las metas alcanzadas, de los homenajes, de las vivencias compartidas, de los planes de futuro.
Es verdad que estamos en un mes de junio atípico, y que da la impresión de que el calendario se haya detenido en el mes de abril. Pero este tiempo acelerado nos acerca ya a la inauguración de la Expo de Zaragoza, a la celebración de San Juan - el solsticio de verano - y al inicio de una etapa de vacaciones, de ocio o de cambio de ocupación.
Por eso, en esta tarde lluviosa, apetece asomarse de nuevo al cauce del río Ebro, disfrutar de sus riberas recién estrenadas, observar el cielo grisáceo y caprichoso. Eso sí, siempre que lo permitan las maratonianas sesiones de evaluación, la preparación de otros exámenes extraordinarios y el intenso trabajo de estos últimos días de curso.

Hay días en que el silencio se cuela por todas las rendijas.
Hay momentos en que el recuerdo nos envuelve con su halo de nostalgia.
Hay jornadas en las que sólo cabe el poso agridulce de la memoria.
Hay fechas que es imposible olvidar.
Hay instantes dominados por la tristeza y la melancolía.
Hoy es uno de esos días,
porque un ser querido ya no está,
porque un ser querido seguiría disfrutando de la vida.
porque un ser querido cumpliría con gozo un año más.
Por eso, es tiempo de silencio,
tiempo gris, como esta tarde otoñal,
tiempo para el recuerdo y la esperanza.

No es nada nuevo recordar que vivimos en una sociedad cada vez más esclava de los números y de las estadísticas. Desde que tengo uso de razón, ha predominado el tener sobre el ser, la cantidad sobre la calidad, los números sobre las letras, los balances sobre las valoraciones, las estadísticas sobre los análisis equilibrados y coherentes.
En una cadena estatal de televisión se hablaba hoy de cuotas de pantalla. Es una de las expresiones de moda. Todo se mide por la audiencia. Aunque sea la audiencia de un solo minuto. Aunque sea una crecida instantánea y fugaz. Y el programa que no alcanza una determinada cifra de televidentes, queda eliminado de la parrilla a los pocos días, o se le pone en cuarentena. Da igual que el espectáculo sea de ínfima calidad - como una gran mayoría de los programas de las llamadas horas punta -, da igual que sea original, creativo o con un pequeño apunte cultural. Si no alcanza ese tanto por ciento soñado y deseado, se caerá a la primera de cambio. Y será sustituido por otro quizás más cutre y más popular.
Este mismo afán estadístico se ha trasladado a otros campos de la vida. Lo compruebo, sobre todo, en el ámbito educativo. Hay que conseguir más demanda de alumnado que oferta. Hay que obtener las máximas calificaciones en selectividad. Hay que sacar las mejores medias en cualquier evaluación externa. Mientras tanto, se suelen dejar de lado la calidad, el trato más cercano, la cara más humana del alumno, el fomento de las actitudes o la consideración social.
Y es que las cifras nos ahogan cada vez más. ¿Qué sería de una sociedad sin cifras, sin estadísticas, sin cuotas? Está claro que le faltaría algo. Pero, al menos, dejarían un pequeño resquicio a lo que entendemos por calidad de vida. Hoy mismo, en Zaragoza, preocupa más la altura y los metros cúbicos del caudal del Ebro que la calidad de sus aguas. Preocupa más el número de visitantes que llegarán a Zaragoza con motivo de la Expo que el tipo de acogida que se les va a otorgar. Preocupa más el número de metros cuadrados de la Muestra que la obra bien hecha o bien terminada.
Eso sí, a pesar de los números y de la contabilidad, al final lo que queda es la calidad. Ya ha sucedido con proyectos similares a la Expo de Zaragoza y sucede cada día en todos los ámbitos sociales. Incluido el ámbito económico.

Como todos los años, cuando se acercan estas fechas de finales de mayo, los alumnos de 2º de Bachillerato culminan una etapa de seis años de estancia en el Instituto. Hoy he asistido al acto de despedida de los alumnos de la promoción 2006-2008 del Instituto "Miguel Catalán" de Zaragoza. Ha sido un acto emotivo, familiar, muy cuidado. He vuelto a saludar a algunos alumnos y alumnas a los que impartí Lengua en 1º de ESO el segundo año de mi fugaz estancia en ese Centro. Todos estaban muy cambiados. De niños a jóvenes; de niñas a mujeres. Dentro de un mes volveremos a celebrar el mismo encuentro en el Instituto "Ramón y Cajal". Será un acto similar. Alegre, emotivo y con un poso agridulce. Porque todas las despedidas dejan una huella difícil de borrar y suponen un pequeño desgarro en el corazón de cada uno.
En el programa de mano que nos han entregado figuran unos versos de uno de los poemas más conocidos de José Agustín Goytisolo: Palabras para Julia. Reproduzco el poema, tantas veces cantado por Paco Ibáñez. En él se funden el recuerdo de la madre y el cariño a su hija. Son también palabras de despedida, palabras de buenos deseos, palabras agridulces y conmovedoras.
Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable,
hija mía es mejor vivir con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.
Te sentirás acorralada,
te sentirás perdida o sola,
tal vez querrás no haber nacido,
yo se muy bien que te dirán que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado,
entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.
Un hombre solo
una mujer
así tomados de uno en uno
son como polvo
no son nada,
pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otros hombres,
tu destino está en los demás,
tu futuro es tu propia vida,
tu dignidad es la de todos,
entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino,
nunca digas no puedo más y aquí me quedo,
la vida es bella
tú verás como a pesar de los pesares
tendrás amor
tendrás amigos.
Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es será todo tu patrimonio,
perdóname no sé decirte nada más,
pero tú comprende que yo aún estoy en el camino,
y siempre siempre acuérdate de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.

Una de cal y otra de arena. Esa parece ser la política de la consejería de Educación del Gobierno de Aragón a la hora de proponer mejoras para los docentes aragoneses.
Después de muchos años de demandas y de reivindicaciones, parece que se van a decidir a incentivar más las tareas de los trabajadores de la enseñanza, especialmente las de los miembros de los equipos directivos o las de los que trabajan en algunos núcleos rurales. Al parecer -dicen - la LEA (Ley de Educación Aragonesa) va a llegar con un pan debajo del brazo. Eso sí, de momento todo son buenas palabras y buenas intenciones.
Lo que no va a satisfacer tanto a los docentes es la propuesta del nuevo calendario escolar en Aragón para el curso 2008-2009. Los periodos lectivos siguen sin desligarse de las fiestas religiosas. Las vacaciones trimestrales no han cambiado con relación a años anteriores, a pesar de las propuestas razonables de algunos sindicatos. Y el curso escolar comienza cada vez más pronto, lo que conlleva prisas e improvisación.
Paralelamente a estas inquietudes, y sin salir del ámbito educativo, encontramos a un grupo de padres de la enseñanza concertada concentrados delante del departamento de Educación. Su reivindicación quizás sea justa, pero muy discutible. La enseñanza concertada nació como complemento de la pública. Y no al revés. Lo que no se puede negociar es algo tan paradójico como dejar vacíos los colegios públicos e incrementar las aulas de los concertados. Sería tirar piedras contra el propio tejado. Y Educación no está por la labor. Sería una lamentable marcha atrás.

Muchos vecinos de Zaragoza hemos aprovechado esta tarde primaveral para acercarnos al nuevo tramo del parque lineal del Ebro, recién inaugurado. Desde el original puente sobre el río Huerva - como observamos en la foto - se contempla la capital desde un ángulo distinto. Las vetustas torres del Pilar aparecen hermanadas con la erguida torre de la Seo. Es un concierto de verdes entretejido de cemento, ladrillo y arte.
Es gratificante contemplar la ciudad al caer de la tarde y pensar en los pocos días que faltan para la inauguración de la Expo, un acontecimiento excepcional en la Zaragoza del siglo XXI. Es bueno evadirse durante media hora de la rutina cotidiana y olvidar el estrés, las reclamaciones, los recursos, los contenciosos, las caras largas y los nervios a flor de piel. Es positivo mirar hacia el horizonte y adoptar un talante más optimista pensando, aunque sólo sea por unos segundos, en la solidaridad, la tolerancia, la flexibilidad, el cariño, el diálogo, la autocrítica y el buen humor. Uno se da cuenta de que son monedas poco corrientes en la sociedad actual. Y vuelve a pensar en ese acontecimiento tan importante para Zaragoza y quizás para Aragón. Aunque no puede evitar dirigir la mente hacia los Monegros - con ese fantasma del parque temático - hacia las Cuencas Mineras turolenses - con esa negativa a dar vía libre a una pequeña industria en Aliaga -, hacia las desoladas estepas de Belchite, hacia las carencias de tantos pueblos de las comarcas oscenses.
Uno regresa a casa para enfrascarse de nuevo en los libros, para llenar de contenido la página blanca del ordenador. El cielo sigue encapotado. El Ebro amenaza de nuevo. Pero en Cataluña cierran los ojos a este regalo de la primavera y hacen oídos sordos a la cruda realidad. ¡Qué difícil es rectificar! ¿No dicen que es una tarea de sabios?

Hace muchos años que no estaba en Aliaga durante estas fechas. Hace muchos años que no contemplaba por estas fechas un paisaje tan verde desde el solanar. Hace muchos años que no celebraba el 23 de mayo en mi casa natal, en mi localidad natal.
Y es que hay fechas que te quedan grabadas en la memoria a pesar del paso de los años. Por desgracia, abundan más las fechas que recuerdan acontecimientos tristes que las que rememoran vivencias alegres e, incluso, felices.
El 23 de mayo de 1963 - ya ha llovido desde entonces - fue una fecha feliz. Y una de las que más recuerdo de mi infacia en este pueblo turolense. Un grupo numeroso de niños y niñas - entre 40 y 50 - celebrábamos la Primera Comunión. Era un día señalado en Aliaga y en todos los pueblos de la comarca. Se adecentaban las casas, se realizaban algunas obras, se compraba algún regalo, se preparaba una comida especial. Los niños y niñas, que rondábamos los 9 ó 10 años, habíamos preparado este día con ilusión, pero con un cierto nerviosismo. Íbamos a ser el centro de todas las miradas, tanto en la parroquia de San Juan por la mañana como en la ermita de la Virgen de la Zarza por la tarde. Personalmente estaba inquieto y nervioso. Tenía que recitar una poesía a la patrona de Aliaga y la timidez y la vergüenza se apoderaban de mí. Al final todo salió bien. La memoria me salvó y recibí los parabienes de familiares y amigos. Era un jueves de los que se decía que brillaba más el sol. Era el día de la Ascensión. Ahora la fiesta ha sido trasladada al domingo, como tantas otras.
Cuando regreso a casa, contemplo todavía en la habitación sendos recuerdos de este ya lejano 23 de mayo. El de la comunión de mi querido y llorado hermano Antonio y el de la mía. Están enmarcados y siguen ahí mudos, viendo pasar los días y los años. De ese día sólo me quedan los primeros versos de la poesía y algunos ecos de la fiesta en cada una de las casas de los niños-protagonistas. Hoy, al regresar a Aliaga, evoco la fecha feliz y la recuerdo como una fotografía brumosa que el tiempo va desdibujando sin remedio. Pero, eso sí, siempre me quedará esta fecha en la memoria, aunque haya otras más recientes que intenten borrármela año tras año.

Todos tenemos alguna dependencia de algo - o de alguien - más o menos acentuada. Algunos de mis alumnos reconocen que no sabrían vivir sin un móvil en el bolsillo; otros, que no podrían prescindir de un MP3 o MP4; y una minoría opina que no podría vivir sin un ordenador o sin un televisor. Son dependencias que se han agudizado en los últimos años. Pero, antes de que aparecieran los telófonos móviles o los sofisticados aparatos electrónicos, también existían dependencias de todo tipo. Y si no, podríamos preguntárselo a nuestros mayores.
Esta mañana, he olvidado el reloj de pulsera en casa, encima de la mesilla - algo aparentemente normal e intrascendente -. Pero lo que no es tan normal es que me he dado cuenta a lo largo de la mañana de que padezco una "cronodependencia" (perdón por el neologismo), es decir, una dependencia del reloj. En el fondo, es una dependencia del tiempo marcada por las prisas, el estrés, lo escrupulosamente programado, lo planificado,... Esta dependencia va unida a la del calendario. No puedo prescindir del práctico calendario de sobremesa. Y menos en estos días que anuncian la cercanía del final de este largo trimestre. Una profesora de Barcelona me comunica por carta esta misma sensación de cansancio. Los mismos alumnos lo experimentan. A Javier le cuesta cada día más levantarse por la mañana. Y es que los días pesan, las semanas se acumulan y este mes de mayo parece eterno.
Voy a intentar olvidarme del reloj a partir del 30 de junio. No sé si lo conseguiré. Porque lo veo difícil. No es una dependencia preocupante para la salud física - como el tabaco o el alcohol -, pero puede influir en nuestro estado psíquico y mental. Habrá que volver durante unos días - el verano nos brinda esa oportunidad - a los relojes de sol, al sonido de las campanas o a la propia intuición. Todo ello tiene, sin embargo, una contrapartida: en septiembre nos podría costar volver a esa rutina marcada por tiempos y calendarios. Mientras tanto, he comprobado que la mañana ha transcurrido con más rapidez. Quizás haya sido porque estaba demasiado ocupado.

Las riberas del río Gállego son prácticamente desconocidas por los que viven en Zaragoza y en su entorno. Por eso, he aprovechado la agradable tarde del miércoles para acercarme por la Avenida de Cataluña a los barrios de Montañana y Peñaflor y conocer un poco más de cerca estos parajes cercanos al cauce de este río que da nombre a numerosos pueblos.
De entrada, me he topado con la prolongación del cuarto cinturón. Obras por doquier, desvíos y rotondas. Y, poco más adelante, una vez se deja a la izquierda el instituto "Ítaca", aparece Montañana, un barrio surcado todavía por una carretera que pide a gritos su correspondiente variante y, al fondo a la izquierda, la Montañanesa, esa papelera que contamina por doquier y que se divisa algunas tardes desde los lugares más insospechados de la capital. Su olor - casi hedor - me recuerda la papelera de Balaguer (Lérida), que esparcía sus efluvios en varios kilómetros a la redonda. No sé lo que pensarán los vecinos. No sé qué opinarán los ecologistas. Ignoro la postura de las autoridades y del Consejero de Medio Ambiente. Lo que está claro es que, con el crecimiento de la capital, su ubicación no es la idónea. Habría que comprobar, además, si se han adoptado las medidas oportunas para evitar ese chorro oscuro que surca los cielos primaverales y rompe la armonía del paisaje.
Poco más allá de Montañana, aparece otro barrio zaragozano, uno de los más tranquilos y encantadores: Peñaflor. La gente está en las casas, porque amenaza tormenta. Muy pocos se atreven a dar un paseo o a cultivar los huertos. El agua lo inunda todo. El verde viste de gala el entorno. Sólo la esbelta torre de la iglesia destaca entre un caserío de planta baja o algún adosado. Poco antes de llegar a este pequeño barrio, queda a la izquierda la cartuja de Aula Dei, enclave histórico y artístico dentro de la ruta de Goya. Pero la tarde invita a acercarse a la orilla del Gállego. El agua baja alegre, embravecida. Sólo algún pequeño meandro frena su ímpetu. Su caudal desembocará en el Ebro poco después. Luego seguirá hasta Caspe o hasta Mequinenza. Quizás en un futuro termine en Amposta. O tal vez sea recogida en un barco para abastecer a la gran capital de Cataluña. Dicen que se trata de algo necesario, urgente, perentorio. ¿Durará mucho este "trasvase"? Lo dudo. Muy pocos piensan que se vaya a dar marcha atrás.
Mientras tanto, prefiero disfrutar contemplando el cauce del Gállego y eludir la tormenta que se avecina. Las nubes presentan su peor semblante. Parece que quiere anochecer. Sólo la chimenea de la Montañanesa compite con el gris negruzco del cielo. Al final, se confunden en una misma amenaza: la de la lluvia y la de la contaminación.

Mientras sigo corrigiendo los artículos que me entregan los alumnos para el Anuario 2008 del Instituto, me doy cuenta de la importancia de la expresión escrita y de la dificultad de llevar a cabo una tarea que exige práctica, método, disciplina y un aprendizaje progresivo.
No me refiero solamente a la corrección ortográfica - algo que deberían tener superado los alumnos que están terminando Secundaria - me refiero sobre todo a lo que se denomina competencia lingüística, es decir, al dominio del léxico, de la sintaxis y, especialmente, del estilo.
Porque la corrección estilística es quizás el reto más difícil para el que se dedica a escribir. La lengua evoluciona constantemente, se enriquece, se adapta a los nuevos tiempos. Pero hay un sustrato gramatical y estilístico que sólo la lectura de textos selectos y la práctica cotidiana de la escritura ayudan a adquirir.
De todos modos, admiro a los alumnos que comienzan esta aventura de escribir correctamente. Y admiro también a los correctores de estilo, a los que organizan talleres de escritura y a los que han adquirido la suficiente fluidez para expresarse por escrito con corrección y coherencia.

A veces, los lunes se presentan con una dulce resaca.
A veces, el primer día laboral de la semana se muestra esquivo y paradójico.
En ocasiones, hay que mirar hacia el futuro con más optimismo y esperanza.
Son distintos los lunes cuando se esmaltan de pequeños detalles.
Si tu equipo ha vencido y le ha salido una carambola redonda, respiras de otra manera.
Los lunes tienen, de todos modos, un sabor agridulce.
Porque la primera piedra de la semana sustenta el resto de los días.
Y nadie le gusta malgastar ese tiempo que no tiene marcha atrás.
Un lunes más. Una experiencia más. Un paso más hacia el futuro.

En este momento se muestra como una diminuta esfera verde, del tamaño de un guisante. Dentro de pocos días se acercará al volumen de una aceituna verde. Luego irá creciendo paulatinamente, gracias a los frecuentes riegos y al abono más adecuado. Serán seis meses de vida. En noviembre, irá adquiriendo el color que le da su nombre y esmaltará de tonos verdeamarillentos la vega del Júcar o del Segura. Es la naranja, una fruta mundialmente apreciada, que arraigó en la península ibérica de la mano de los agricultores árabes. Cada año se realiza este milagro de la naturaleza. La flor ya ha dado paso al fruto y el árbol se viste de un verde luminoso para dar cobijo al preciado fruto.
Esta mañana he aprovechado para abonar el campo de naranjos y el lunes el agua llevará este alimento mineral a las raíces de los árboles. Las hierbas pugnan por ganar terreno al naranjo. Los caracoles buscan refugio entre las hojas y los pájaros aprovechan para fabricar unos nidos fugaces y efímeros. Es la lucha por la supervivencia en un ecosistema cada vez más frágil. Pero, ¿qué sería del paisaje del Levante sin esas extensiones verdes? Tal vez se mostraría más desolado. O quizás presentaría otro aspecto distinto. Porque los "caquis" van ganando cada vez más terreno. Y las plantaciones de arroz son cada vez más escasas en esta comarca. Ahora que el arroz dicen que se va a poner por las nubes. Ver para creer.

Dos gaviotas sobrevuelan con cautela por los campos de naranjos del término municipal de Massalavés. Se ocultan de inmediato cuando oyen el ruido de un motor. Buscan alimento en los ribazos que dividen los campos y en las acequias que conducen el agua para el riego. Es una estampa original en esta mañana de primavera. Su vuelo acompasado rompe la monotonía del verde amarronado del paisaje.
Eso sí, hay obras por todos los caminos. Están instalando las tuberías para el riego por goteo. Pronto se implantará este sistema. ¿Será la panacea en estos tiempos de escasez de agua? Eso está por ver. Al parecer, no se desperdiciará tanta agua como hasta ahora. Cada propietario tendrá su contador y pagará según llos litros que consuma. Como en cualquier hogar. Eso sí, a un precio más asequible.
A pesar de todo, algunos agricultores de esta comarca de la Ribera Alta valenciana se están planteando el abandono definitivo de los cultivos de naranja. Cada vez tienen más problemas a la hora de vender el producto. Y algunos años, ni siquiera les han pagado por la cosecha. Cada año ocurre algo similar. La incertidumbre es mala consejera. Y los mayores los saben. Ayer tarde me comentaba un vecino de Tous que en pocos años han quedado yermos muchos campos de buena tierra. La agricultura - me decía - ya no da para vivir holgadamente, a no ser que tengas muchas hectáreas. La mayoría de los propietarios del lugar compaginan las tareas del campo con el trabajo en la industria, en los servicios o en la construcción. Y, lo peor de todo, es que son muy pocos los jóvenes que se inclinan por la agricultura. ¿Quién trabajará estos campos de aquí a quince o veinte años?

Mientras mis alumnos de bachillerato se examinan de Quevedo,
la primavera inunda insolente todas los rincones del aula.
Mientras leo con interés relatos sobre el futuro del Planeta,
los árboles del jardín del instituto brotan exuberantes
y emprenden su lucha cotidiana contra un ambiente rural hostil.
Mientras imprimo fotografías de alumnos y profesores para el Anuario 2008,
un soplo de impaciencia y estrés se cuela por los pasillos.
Por eso,
y por otros motivos,
me agarro con esperanza al día a día,
a pesar de la memoria,
a pesar de los recuerdos:
seres queridos que se han ido,
vidas truncadas a destiempo,
un poso agridulce de nostalgia
y un hilo tenue de felicidad en el horizonte.

Tarde preveraniega en Zaragoza. Comida de padres y jugadores del equipo de tercera infantil de la Unión Deportiva San José en la peña La Fogata, casi en el barrio de Santa Isabel. Tarde de fútbol - nueva decepción del Real Zaragoza - de guiñote y de karaoke. Vale más la armonía que otros temas deportivos y extradeportivos.
Tarde primaveral en Zaragoza. Ciudadanos paseando por la ribera del Ebro. Ciudadanos contemplando el azud y el parque lineal, aún sin inaugurar. Zaragozanos cruzando la recién inaugurada pasarela de Javier Manterola, uno de los símbolos de la todavía futura Expo.
Tarde de abril en Zaragoza. Incertidumbres y polémicas han pasado, por un día, a segundo plano. Porque sigue la oposición al atrevido proyecto de Gran Scala. Porque continúa la polémica sobre el trasvase o cesión de agua de los regantes desde el Ebro hasta Barcelona, porque siguen en pie muchas reivindicaciones de empresas públicas y privadas.
Tarde de domingo en Zaragoza. El equipo de la capital ingresa, por derecho propio, en el pelotón de cola de la liga. La espada de dámocles del descenso sigue cada vez más cerca. Sólo nos queda el consuelo del CAI de baloncesto para la próxima temporada. Si el equipo de la capital desciende a segunda, habrá que empezar de cero. Con los de la cantera. Con los del Huesca. O con los del Ejea. Basta ya de figurines. Y de divos de talonario. Hay que rectificar. Y confiar en los de casa. Y, si viene alguno de fuera, que marque claramente la diferencia. ¡Que vuelva Lafita! ¡Que regrese Longás! Y Cani. Y Soriano. Y Corona. Y Arbeloa. Y Guerra. E Ignacio Camacho. Habrá que empezar desde cero. Y con humildad. Los aficionados queremos lucha. Y entusiasmo. Y jugadores que sientan los colores.

Las interferencias pueden ser, en ocasiones, un cruce inesperado de caminos, una casi azarosa interrelación de acontecimientos o una capichosa coincidencia de fechas o efemérides.
Los últimos días del mes de abril parecen propicios a estos juegos casi laberínticos. La incertidumbre juega un papel importante. Pero tampoco hay que descartar la voluntad humana de mezclar lo contradictorio, de confundir al ciudadano o de querer jugar con dos barajas a la vez.
Esa es la impresión que me da este retablo de las maravillas - que es la política - en la víspera de San Jorge. Hay que decir, de entrada, que el Día de San Jorge - en Aragón - se entremezcla caprichosamente con el Día del Libro - también en Cataluña - y se completa con el Día de la Rosa, en la vecina comunidad. Lo que no queda tan claro es si la fecha ha sido elegida al azar o si ha surgido como una tradición de siglos. Hoy comentan en la prensa que ni Cervantes ni Shakespeare fallecieron el mismo día. Por eso, desde hace años, aquí, en Aragón, se mezcla lo lúdico con lo reivindicativo. Pero, al parecer, este 23 de abril no va a ser ni lo uno ni lo otro. Afortunadamente, lo cultural quiere asomar la cabeza: premio de las letras aragonesas a José María Conget y libros en el Paseo de la Independencia. Pero hay otras efemérides que, sin lugar a dudas, van a eclipsar esta fiesta fugaz en mitad de la semana.
Porque lo que ahora les preocupa a los políticos aragoneses es la ya cercana inauguración de la Exposición Internacional de Zaragoza 2008. También le dan vueltas a la cabeza con el tema del complejo turístico "Gran Scala" - que cada vez halla más detractores -. Y, últimamente, ha surgido un nuevo motivo de desasosiego: el minitrasvase - o transferencia, o conducción, o cesión - del agua del Ebro a Barcelona. Aquí si que hay tajo que cortar. La polémica está servida. ¿Van a volver los viejos fantasmas de los años noventa? ¿Se movilizará el personal? ¿Tomarán partido los políticos? ¿Cuál será el próximo motivo de debate o controversia? De momento, no falta ningún ingrediente para que esta primavera se vaya calentando. Y no sólo meteorológicamente.

Siempre ha despertado mi interés e intensificado mi entusiamo la contemplación de una cascada desde el camino, desde el valle o desde un pequeño promontorio. Por eso es gratificante comprobar cómo han aparecido en el Pirineo de Huesca cascadas inusuales y sorprendentes. En una fotografía de el Periódico de Aragón de hoy - que no he podido reproducir aquí - aparece un chorro de agua impetuosa y cristalina que caía ayer en Lafortunada, sobre el túnel de las Devotas, junto al río Cinca. Obviamente, este surtidor natural es fruto de las copiosas lluvias de los últimos días y parece confirmar que esta primavera va a entrar dentro de la normalidad meteorológica. Algo que no ocurrió en el pasado invierno.
Prefiero, sin embargo, las cascadas veraniegas. Esas que abundan poco y que aparecen con cuentagotas en algún recodo del camino. Las que más conozco son las de Aragón y, en concreto, las de la provincia de Teruel. En el término municipal de Aliaga hay numerosas cascadas, aunque son pocas las que logran esquivar los rigores estivales. Una de las que casi nunca faltan a la cita es la cascada - mejor dicho, las cascadas - del barranco de La Clara. Tampoco olvido la cascada de La Tamborera - casi sin agua en los últimos veranos - y la del barranco del Hocino, que visité en agosto de 2007, cuando estaba ya en las últimas. Me olvido algunas, lógicamente, pero no quiero dejar pasar las pequeñas y cristalinas casacadas de agua que brotan de las piedras en el camino de Boca Infierno, antes de que el Guadalope se estreche hasta quedar encajado entre dos elevadas eminencias rocosas.
En otros lugares que conozco hay cascadas para todos los gustos - algunas son al mismo tiempo nacimiento de un río. Recuerdo, entre otras, las del río Pitarque, después de su espectacular nacimiento; las del nacimiento del Llobregat, en Castellar de n’Hug; las del nacimiento del río Mundo, cerca de Alcaraz; las del río Cuervo, en la provincia de Cuenca; las del río Piedra en el Monasterio de Piedra (como la de la fotografía adjunta); las del río Arazas, en el Valle de Ordesa... Y, volviendo al Pirineo, me han impresionado siempre las cascadas del valle de Pineta. Son, simplemente, maravillosas.
En estos momentos de sequía. En estos tiempos de "guerra del agua". En esta situación que genera tanta polémica, la contemplación de una cascada como la de la foto es un soplo de agua fresca. ¡Que dure y se repita un mes de abril como éste! Son de los que nos reconcilian con el paisaje y con el medio ambiente.

Uno se admira, en ocasiones, del poder de una palabra, de la magia oculta en un vocablo, del hechizo secreto de unos fonemas ordenados de un determinado modo y dotados de un significado arbitrario. ¡Cuántas veces hemos buscado en ansiedad una determinada palabra para expresar con precisión lo que pensamos o sentimos! ¡Cuántas veces hemos echado mano de un diccionario para enriquecer nuestro léxico o, simplemente, por una mera curiosidad intelectual!
Porque una palabra puede transformar una situación, pude conmover, puede avivar el fuego de la polémica o puede servir de sedante a una situación conflictiva. Y para ello hay que saber lo que se dice, cómo se dice y cuándo se dice. Muchos escritores lo saben. Y lo utilizan con corrección. Otros, son todavía aprendices. Y, hablando de aprendices de la palabra y de los conceptos, habría que referirse a algunos políticos de primera fila. Su lenguaje es, con frecuencia, ambiguo, demagógico y demasiado retórico.
Todo esto viene a cuento de la actual polémica sobre el problema del agua de boca en el área metropolitana de Barcelona. Para explicar la situación, algunos hablan de trasvase; otros, de transferencia; otros, de cesión de agua. ¿Quién tiene razón? Tal vez todos o ninguno. Porque la realidad es tan cambiante que, en ocasiones, ni siquiera la palabra más ajustada logra definir un determinado proceso o situación. Por eso se multiplican las polémicas y se recurre a los tribunales. Porque nadie quiere escuchar al otro o interiorizar su razonamiento. Y es que las palabras, a pesar de su magia, tampoco son la panacea de todos los problemas. Lo malo es que la mayoría de los políticos las utilizan más para criticar que para convencer. Es la palabra, arma de doble filo. Eso sí, un arma legal, metafóricamente hablando. Porque las armas reales son todas ilegales. Lo demás es demagogia. O falsa valoración de los conceptos.

Desde mi galería, contemplo los plataneros que orlan el principio de la calle Fray Luis Urbano, en el barrio zaragozano de Las Fuentes. Es una calle tranquila, especialmente por las noches. Sólo el autobús 24 altera de vez en cuando la relativa calma urbana. A veces pienso que me encuentro en el solanar de Aliaga. Eso sí, una vez te fijas con más atención en el paisaje, te das cuenta de que los plataneros son la causa de la alergia primaveral que padecemos casi el veinte por cien de los zaragozanos. Y te gustaría contemplar los pinos esbeltos de la montaña enfrente el solanar o los centenarios chopos de la ribera del Guadalope.
Desde mi galería, también se puede atisbar el caudal del Ebro, especialmente en los días de crecida. Y el puente de Giménez Abad. Y el puente sobre el que pasa el AVE. Pronto podré observar a las personas que cruzan andando la pasarela que está a punto de inaugurarse sobre el polémico azud. Enlaza prácticamente con el cruce de mi calle y la de Echegaray y Caballero. Pero aún están en obras. Parecen unas obras eternas. Como las de la Expo. No sé si llegarán a tiempo... A la izquierda está el parque lineal del Ebro, con un carril-bici verde sin estrenar, con bancos nuevos, con juegos infantiles nuevos, con fuentes nuevas. ¿Cuándo lo inaugurarán? Parece que la fecha está al caer. Lo que no está claro es cómo quedará esta flamante zona de ocio, que linda con el Ebro, cuando la visiten los vándalos o sea utilizada para el botellón de los fines de semana.
Desde mi galería, contemplo un retazo de cielo, un retazo de mundo, un retazo de ciudad. El latido cotidiano continúa. Aunque uno esté ausente. O aunque uno se sumerja en la lectura de una buena novela, de un buen artículo de la revista TURIA o de uno de los cien sonetos de Pablo Neruda.

En los campos de la comarca de la Ribera Alta valenciana ha llegado con fuerza la primavera. La mañana fresca y apacible cede el paso a un sol casi insolente, que actúa como barniz en las hojas verdeoscuras de los naranjos. Humilde, recatada y efímera brota la flor de azahar, con su tono blanco inconfundible y con su aroma de miel.
Recuerdo fugazmente al escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) que situó Entre naranjos, una de sus novelas costumbristas con ciertos ecos de naturalismo, en un campo cercano a la capital del Turia. El lirismo se entrecruza con la tragedia en esta novela. Sin ser de las mejores obras del polifacético escritor, es quizás una de las más conocidas, junto con La barraca o Cañas y Barro.
La primavera vista de gala los campos de naranjos. El aire suave de levante balancea las hojas de los árboles recién podados. Unas gaviotas buscan algo de comer entre el laberinto geométrico de árboles. Ni un murmullo, ni un sururro en esta mañana soleada de Viernes Santo. La tierra respira humedad después de las generosas lluvias del último otoño. Dentro de pocos días, la flor de azahar se abrirá y de su seno surgirá un pequeño fruto verdoso. Será el inicio de un nuevo ciclo vital. Un nuevo milagro de la naturaleza que durará hasta bien entrado el otoño. Mientras tanto, la efímera flor blanca se exhibe presumida desde las primeras luces del alba, en esta temprana primavera, cerca del Mediterráneo.

Hay momentos en la vida que quedan reservados para el recuerdo. Hay días que quedan atrapados por el señuelo agridulce de la memoria. Entonces uno comienza a desempolvar viejas fotografías en blanco y negro. Y la memoria se tiñe de inevitables y nostálgicos claroscuros.
Hoy he añadido una foto más a las que ya tengo en las baldas del salón. Es una fotografía en color, que contrasta con las del álbum familiar, casi todas en blanco y negro, con ese poso amarillo que va dejando el imparable paso del tiempo. Es una fotografía dulce, evocadora, vital.
José Antonio Labordeta está preparando un libro de poemas que se titulará Libro de familia. El poeta y cantautor aragonés evoca en unos poemas que anticipa en el revista Rolde los años de su infancia, el ambiente familiar, el latido del tiempo, la melancolía, la nostalgia, el desencanto. De, entre estos poemas, rescato uno con el que me identifico en estos momentos:
Aquella foto dulce
que mis padres guardaban
en el desgastado Libro de Familia
va perdiendo la luz
y con los años
quedamos sólo
mi hermano chico y yo.
El resto, como sombras,
intentan sonreír en la lejana
magnitud de la distancia
y con dudas y versos desolados
intento que me vengan. Me acompañen.
Tan sólo la amarillenta luz
del rostro de mi madre
me refleja la dulce y entrañable
distancia de mi infancia.

Esta mañana me he levantado a la misma hora que un día laborable. Me han nombrado por "sorteo" como vocal suplente y me he acercado a las ocho a mi mesa electoral, situada en el colegio Santo Domingo de Silos, en el barrio zaragozano de Las Fuentes. Comenzaban en ese momento doce horas intensas, doce horas de incertidumbre, doce horas de desfile casi ininterrumpido de votantes a sus respectivos colegios electorales. Como ya estaba puntualmente la vocal titular, me he dado un paseo por el Casco Viejo zaragozano y he desayunado, antes de regresar a depositar mi voto, a las nueve y media de la mañana. Al filo de las ocho y media, los noctámbulos comenzaban a retirarse a descansar. Muchos de ellos habían decidido acudir a las urnas antes de conciliar el sueño. Los más madrugadores se tomaban un chocolate con churros entes de depositar su voto. Era el momento de los contrastes barojianos y de las visiones urbanas valleinclanescas. Las calles permanecían casi vacías, silenciosas, sólo invadidas por los primeros rayos de sol y alteradas por el sonido estridente de la sirena de una ambulancia.
Tengo da la impresión de que las mañanas de los domingos son muy parecidas en todas las ciudades y que casi todas las zonas antiguas tienen mucha similitud. Sólo los monumentos más representativos de cada urbe, la salvan de la monotonía, de una invasión de cosmopolitismo mal entendida. Porque cada vez quedan menos vestigios costumbristas, cada vez quedan menos huellas de lo local, de lo castizo. Lo pintoresco va perdiendo fuerza a costa de una uniformidad en todo: en edificios, en establecimientos, en centros comerciales, en el diseño de las grandes avenidas,... En Zaragoza, además de El Pilar y sus aledaños, quedan algunas torres de estilo mudéjar y algunos monumentos emblemáticos. Ya al filo de las nueve, contemplo la torre de la Magdalena, al final de la calle Mayor. Siempre me ha atraído su silueta esbelta, limpia, familiar.
Desde allí, me dirijo de nuevo hacia mi colegio electoral. Esta vez como votante. Voy solo, tranquilo, decidido a ejercer mi derecho como ciudadano. En el vestíbulo del colegio aumenta el bullicio. Los policías dialogan con los interventores. El presidente de la mesa introduce mis papeletas en las respectivas urnas. Me detengo un minuto antes de recoger mi carné de identidad y noto que me falta algo. Recuerdo que las papeletas de Nieves se han quedado en casa. Durante unos segundos me invade un amargo poso de nostalgia. Y regreso a casa con el peso de la ausencia.

En esta dilatada tarde de fin de semana, en esta tarde de silencio y reflexión, me he sumergido en la lectura de algunos poemas de Luis García Montero (Granada, 1958). Me siento identificado con algunos versos del poeta andaluz. El fluir casi coloquial de sus estrofas cala hondo en mi estado de ánimo y, en ocasiones, casi me puedo mirar en sus poemas como en un espejo.
Uno de los motivos de la poesía de Luis es el viaje. No sólo alude al viaje real, sino al viaje metafórico. He elegido el siguiente poema, porque me siento como un viajero solitario en el andén de la vida, dispuesto a emprender una nueva aventura. Una aventura difícil, de soledad, de incertidumbre, de libertad. Una aventura desde la ausencia. Una aventura a contratiempo, a contranoche, a contravida.
Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.
Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.
Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.
Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.
Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.
De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.
No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.
Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.
Tiempo de habitaciones separadas.
(HABITACIONES SEPARADAS, 1994)

Una fiesta local como la Cincomarzada invita casi siempre a salir al campo, a romper la rutina cotidiana y a olvidarse por unas horas de los asuntos pendientes en la agenda. Este año la fecha no ha coincidido con el momento ideal. Por una parte, no enlaza con el fin de semana y los zaragozanos no podemos disfrutar de un puente más largo y sosegado. Por otra, la climatología ha sido espantosa, lo que ha impedido que la mayoría se desplazaran en coche o en otro medio de locomoción a un lugar más o menos tranquilo. Hasta la tradicional fiesta que se iba a celebrar en el parque de Oriente de Zaragoza ha sido trasladada al próximo 23 de abril.
Algunos hemos desafiado al tiempo y a los elementos adversos y nos hemos escapado por unas horas a Aliaga, nuestro pueblo. Una vez en la provincia de Teruel, el paisaje se ha vestido de un tenue manto blanco que contrastaba con el ceniciento del cielo y con el gris amarronado del paisaje invernal. En las proximidades de Escucha, muy cerca del puerto de San Just, nos precedía un camión que esparcía sal en la calzada. Las quitanieves iban y venían para tranquilidad de conductores y transportistas. Ya en Aliaga, el río de La Val nos recibía con su habitual humildad y con un cauce exiguo pero cristalino.
El viento no cesa y azota los chopos desnudos a lo largo de la ribera del Guadalope. Ya en la partida de Las Tablas, encendemos la estufa y nos reunimos en torno al fuego recordando tiempos no demasiado lejanos. La temperatura se eleva por momentos y, desde la ventana, oteamos un horizonte de nubes fugaces, que danzan inquietas sobre las montañas más próximas. Por la tarde, nos acercamos a la Aldehuela para contemplar, una vez más, el edificio desolado de la antigua central térmica, las aguas verdosas de un pantano cada vez más anegado, la soledad y el silencio de un barrio que parece que dormita durante los largos meses de invierno.
Nada más regresar a Zaragoza, me encuentro con un buzón saturado de propaganda electoral. ¿Para qué tanto gasto en papel?, me pregunto mientras abro uno a uno los diez sobres que me llegan por duplicado. Luego, enciendo el ordenador y consulto la bandeja de entrada del correo electrónico: once mensajes. La mayoría no deseados, no esperados, sin contenido lógico alguno. Es el famoso spam que se cuela día tras día en todos los mensajes virtuales. Me tomo la paciencia de eliminarlos sin más. Algunos son sutilmente audaces. Otros, se repiten hasta la saciedad. Y muy pocos, casi ninguno, aportan algo nuevo, interesante, creativo u original. Desconecto el ordenador y leo un poema de Luis García Montero. Mañana lo compartiré con mis alumnos. Es sugerente, profundo y tremendamente coloquial. Como la vida misma.

Desde el puente de Las Fuentes, llamado también Puente de la Unión, que enlaza las dos orillas del Ebro hacia el este de Zaragoza, observo la ciudad, contemplo las riberas y atisbo los edificios más emblemáticos de la Exposición de 2008. Durante mi recorrido matinal desde la margen derecha del Ebro, atravieso desde la altura el parque lineal, que está a punto de inaugurarse. Aparentemente, su aspecto ha mejorado respecto a la zona verde anterior. De momento, sólo veo un lunar: el descenso final hacia el cauce del Ebro ha quedado desprotegido, sucio, salpicado todavía de pequeños residuos.
Avanzo a paso ligero por encima del "gran río" - ironías de la vida - y lo contemplo amarronado, mugriento, escuálido, artificial. Parece mentira que el Ebro sea todavía fuente de discordia entre los dos grandes partidos políticos. Parece mentira que algunos hablen todavía de trasvase - o de trasferencia -. ¿Han contemplado el cauce del río en los últimos nueve meses? Les invitaría a que lo hicieran antes del 9 de marzo. Me acerco a la margen izquierda del río y pienso que el próximo domingo a estas horas ya estará en marcha toda la maquinaria electoral. Y me cuesta creer que, a estas alturas, todavía haya votantes indecisos. Y me cuesta entender que muchos votantes pasarán de todo y eligirán el camino fácil de la abstención. Ya en el parque de Oriente, en el barrio de la Jota, contemplo cómo los operarios han preparado el terreno para la celebración de la fiesta campestre de la Cincomarzada, el próximo miércoles. Mientras hago unos estiramientos, evito pisar unos cristales de una botella de licor, esquivo residuos de algún botellón de anoche y trato de sortear los numerosos excrementos caninos, sembrados por doquier.
Me aproximo a Vadorrey y al futuro embarcadero cercano al azud. Todavía no me imagino un río navegable, al estilo del Sena o del Guadalquivir. Pienso que el Ebro no tiene cauce suficiente. Pero nuestros políticos se han empeñado en aprovecharlo como fuente de recreo y de ocio. Quizás sea un acierto. Pero su cauce ya no será tan natural como el de antes. Más les valdría limpiarlo y extraer las toneladas de residuos que deben yacer en su sucio vientre. ¿Lo piensan llevar a cabo? De momento, sólo advierto que el cemento y el asfalto van ganando terreno a la hierba, a los caminos naturales, a las riberas con arbustos. Ya de regreso, descanso unos minutos en el parque. Silencio, soledad y muy poca gente en esta mañana de marzo primaveral.

Se despide un febrero atípico, un febrero bisiesto, un febrero que sólo vivimos cada cuatro años. Se despide un febrero alocado, un febrero sin nieves, sin apenas heladas, casi primaveral. Mientras tanto, la campaña electoral ha doblado ya la esquina de su ecuador. Pero todavía les quedan a los políticos siete días intensos, siete días llenos de incertidumbre y, es de desear, sin grandes sobresaltos. Mientras tanto, alborea marzo con un rostro distinto. Marzo siempre me ha parecido un mes más amable, más sosegado, más luminoso. Tal vez sea porque las horas del día se dilatan y las tardes se visten de asueto. O tal vez sea por la llegada de la primavera en el calendario - porque ahora el inicio o el final de las estaciones cada vez se desentiende más de las fechas.
Desde la ventana de mi despacho contemplo el cielo de un azul ceniciento. Es un cielo crepuscular, que invita al reposo, a la nostalgia, a la melancolía. Mientras plasmo estas impresiones en la página blanca del ordenador, una música estridente llega a mis oídos. Son los Héroes del Silencio, tan lejanos y casi olvidados. El vecino escucha un día tras otro las mismas canciones. Y uno no tiene más remedio que oírlas a la fuerza y, como es lógico, aborrecerlas. En estos momentos, prefiero una música más suave, menos estridente. Aunque lo que más me apetece es el silencio. Un silencio creativo, aserenado, profundo, liberador. Porque la tarde invita a saborear el paso sosegado de los minutos después de una semana intensa. De momento, prefiero soñar. Y mirar al futuro. Y pensar en el paréntesis del fin de semana.
Dentro de cuatro años volverá otro febrero bisiesto. Un capricho de los romanos. Un ajuste del calendario al ritmo de los astros y de las estaciones. Un día más de regalo en este año par, olímpico y electoral.

La huella de la ausencia de Nieves sigue calando lentamente en mi corazón. El paso de los días no aminora el recuerdo profundo, cercano, nítido y radical del ser querido. A raíz de esta dolorosa experiencia, la vida se ve de otra manera, el tiempo se valora de modo distinto, la soledad acude a visitarte sin ser invitada y el futuro se tiñe día tras día de oscuras sombras.
El poeta de Burbáguena Enrique Villagrasa - afincado en Tarragona - acaba de publicar Paisajes, un poemario en prosa poética. Plasmo uno de sus inspirados fragmentos porque me ha transmitido profundas sugerencias y me he visto reflejado en alguna de sus ideas creativas y metáfóricas:
Cuando tú dejes de ser tú yo seré menos yo. Doblan lentas las voces. Estériles arpegios se repiten por ti. El rasgueo del alba duplica raudo su eco. No puedes verla. Te recreas en el olor de las sábanas. Marcha ella en un taxi. Llueve esta mañana, su otra casa espera. Regresas a tu papel, a escribir. Diríase que llevas en tus manos sus palabras. Has perdido un paisaje, nunca representarás ni el amor ni el dolor. Coge una botella de sombras y compra esta noche pasiones, para encender sus ojos.