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josemarco

CONSUMO

CONSUMO

     El viernes pasado por la tarde, último día de agosto, tuve que acercarme a unos de los templos del consumo zaragoza, para realizar una compra concreta y necesaria. Hace días que no me acercaba a ese recinto lúdico, hechizante y acogedor. Por eso me sorprendió desde el principio el afán de los ciudadanos de a pie - especialmente jóvenes y adolescentes - por apurar hasta el último minuto de agosto para adquirir el producto apetecible, al precio que sea. Eso sí, se trataba también de esquivar la inmediata e injustificable subida del IVA del día siguiente.

    Hay personas que no son capaces de pasar un día sin consumir. Son consumidores compulsivos. Si tienen un poco de dinero en el bolsillo, lo funden en unas horas y si tienen tarjeta de crédito la dejan temblando en pocos minutos. Su mayor cruz son los días festivos, cuando cierran los grandes almacenes. De todos modos, con la próxima libertad de horarios, no evitarán la fiebre consumista ni un solo día. A veces me pregunto qué ocurriría en el medio rural si, a muy pocos kilómetros, instalaran unos grandes almacenes. ¿Se frenaría la progresiva y casi irreversible despoblación de nuestros pueblos? ¿Se acercarían más los urbanitas a los campos desolados y las montañas agrestes? No lo sé.

     Nunca he entendido a las personas que compran por comprar. Tampoco he adquirido la respetable costumbre de mirar y remirar escaparates. Y ni siquiera me he estrenado con alguna adquisición virtual en la red. Me gusta comprar lo que necesito. Y evito caer en la tentación de adquirir lo que no tenía previsto. Tampoco me gusta acumular. A pesar de la subida del IVA, a pesar de que puede escasear el producto, a pesar de la publicidad agresiva y engañosa.

     Me temo que los consumidores se olvidarán pronto de la subida del IVA y volverán a sus habituales paseos vespertinos por los grandes almacenes. Presiento además que las empresas harán lo posible por minimizar los efectos de la subida del impuesto para no perder a su clientela. No faltarán ofertas, saldos y demás zarandajas. Algunos ya han empezado a anunciar en sus escaparates que van a asumir la subida para que no repercuta en los clientes. Sin embargo, el único beneficiado será el Estado. ¿Servirá para asomar la cabeza del profundo pozo de la crisis? Tengo mis dudas y soy cada vez más escéptico.

 

 

    

    

    

INCENDIOS

INCENDIOS

     Después de la crisis, la prima de riesgo o las olas de calor, no se habla de otra cosa en los últimos días. Son el azote de cada verano para todas y cada una de las zonas arboladas de la geografía española. Pero este verano, a causa de la prolongada sequí y de las extremas temperaturas, está siendo un fenómeno desolador. No sólo para los que lo sufren en sus propias carnes - tierras, viviendas... - sino para los que defendemos ante todo un entorno natural verde para nuestros hijos y nietos.

     Estamos a finales de agosto - aún queda septiembre - y las hectáreas quemadas en España en lo que llevamos de año ya rondan las doscientas mil. Una auténtica barbaridad. Lo peor de todo es que nuestras autoridades no saben cómo poner freno a esta plaga que, la mayoría de las veces obedece a descuidos e incluso a una clara intencionalidad.

     El último incendio ha afectado directamente a tierras aragonesas. Es curioso comprobar cómo uno de los primeros grandes incendios del año - el de Castanesa en marzo - también comenzó en Aragón. Del Pirineo al Moncayo, dos parques naturales de esta tierra cada vez más seca y necesitada de agua. Lo peor de todo es que, cuando iniciamos un viaje, nos vamos acostumbrando a ver esas zonas grises, cárdenas, desoladas y fantasmales.

     Hace una semana tuve la oportunidad de contemplar por primera vez, al filo del crepúsculo, los efectos de uno de los incendios más devastadores en Aragón en los últimos años, el que afectó a los términos municipales de Aliaga, Ejulve y La Zoma. Regresaba del Bajo Aragón y, nada más cruzar Ejulve, me llegó como un vendaval oscuro, la silueta todavía calcinada del entorno del Majalinos, el entorno desolado de La Cañadilla, los pinos como convidados fantasmales de piedra a una noche veraniega vestida de soledad y silencio. Eso sí. unos cuantos animales - cabras, liebres, comadrejas, ...- cruzaron la carretera sin tráfico como si intentaran adueñarse de una vez por todas de lo que les arrebataron las llamas durante esos terribles días de julio de 2009.

    Hoy, al contemplar en televisión las imágenes del incendio del Moncayo, pienso en los habitantes de Calcena, de Talamantes, de Tabuenca. Y recuerdo ese otoño de 2007 en el que ascendí a este dios que ya no ampara - en palabras de Labordeta - y contemplé el amarillo de las hojas de los árboles de este parque natural amenazado por la sequía y el clima cada vez más cálido. Y recuerdo a los habitantes de La Gomera, de la sierra de Valencia, del sur de León, de Robledo de Chavela, de la provincia de Girona,... Serán zonas desoladas durante varias décadas y luego volverá la rueda de los incendios como una sinrazón estival.

RETORNOS

RETORNOS

    Al filo del crepúsculo, emprendes tu camino de regreso a la gran ciudad con el equipaje lleno de nostalgia y de incertidumbre. Te vas despidiendo mentalmente de todos los vecinos, de todos los amigos. Dejas atrás tardes interminables de guiñote, rutas pintorescas en bicicleta, marchas senderistas, partidas de frontenis en el trinquete, encuentros festivos en los pueblos de la sierra y un verano inclemente que parece no querer llegar a su fin.

    Miras de vez en cuando por el retrovisor del coche y contemplas las primeras luces de Hinojosa de Jarque en plenas fiestas, atestada de coche, aunque sólo sea por tres cortísimos días. Avanzas hacia la ciudad, hacia el cemento, hacia la rutina, hacia un ritmo de vida muy distinto. Ahora sólo piensas en algún fin de semana otoñal. Y esperas que vuelvan las tan esperadas lluvias, que el río vuelva a renacer, que la humedad rezume por todas las esquinas, que el campo se vista de un amarillo otoñal, no de un amarillo de sequía y desolación.

    Cada retorno es distinto. Pero, en el fondo, casi todos los regresos de vacaciones tienen el sabor agridulce de la nostalgia. Eso sí, te consuela tal vez el reencuentro con los amigos que se quedaron en la ciudad, la vuelta a una mal llamada normalidad, la ilusión de soñar con nuevas metas y diferentes retos. Pero, en el fondo, no puedes evitar el peso del recuerdo y la sensación de fugacidad de tantas vivencias. Te despides hasta el año que viene, hasta el verano que viene, hasta las próximas vacaciones. Y piensas en lo inmediato. En los asuntos que te quedan pendientes, en los temas siempre diferidos, en los momentos de silencio y soledad que acompañarán muchos de tus días.

    Ya estás llegando a tu destino. Ha sido poco más de hora y media de viaje. Lo suficiente para lanzar esa mirada retrospectiva a un mes largo de ocio, de tranquilidad y - por qué no - de actividades de todo tipo. Un verano más en tu memoria. Un verano más en el sendero abonado de los sueños.

FIESTAS

FIESTAS

      ¿Qué sería de los pequeños pueblos de nuestra geografía sin la celebración de las fiestas patronales? ¿Qué quedaría de tantos núcleos rurales si desapareciera es fecha que todos los vecinos tienen marcada con rojo en su calendario?

     La celebración de las fiestas anuales en los pueblos turolenses - la mayoría en agosto - supone un motivo de reencuentro para vecinos, amigos, familiares y simpatizantes. Durante tres o cuatro días el pueblo se engalana para recibir a cientos de visitantes que intentan disfrutar de unos días de solaz, de diversión y - ¿por qué no? - de aliento cultural. Porque las fiestas patronales son cada vez más diversificadas y, a pesar de la crisis, intentan mantener un difícil equilibrio entre la tradición y la modernidad, entre lo lúdico y lo cultural, entre el jolgorio desbocado de los jóvenes y el ocio más sosegado de los mayores.

     Las fechas de estas celebraciones suponen, en muchos casos, un antes y un después en el latido vital de los pequeños núcleos rurales. Al ver las plazas y calles llenas de personas de todas las edades con ganas de divertirse, al ver la alegría de los niños, el bullicio de las peñas o las noches de verbena interminables, algunos piensan ya en el día después, en las próximas semanas, en los meses otoñales. Y se preguntan si todo este ambiente es un espejismo que contrasta brutalmente con la realidad cotidiana de los pueblos, con las calles vacías, con las casas cerradas, con los adioses fugaces y llenos de nostalgia. Esa es la realidad. Pero, mientras tanto, habrá que disfrutar de estas celebraciones que mantienen viva la llama de los pueblos aunque sólo sea por unas semanas.

     En el entorno de Aliaga, son muchas las fiestas que se celebran durante las semanas centrales de agosto. Y en todas ellas hay algo peculiar: el Dance de Jorcas, el Reinao de Miravete de La Sierra, las vaquillas de La Cañada de Benatanduz, el toro embolado de Aguilar o las actividades culturales de Campos o de Cirugeda. Todos estos actos suponen una preparación previa a cargo de las comisiones de fiestas y con el respaldo de los ayuntamientos. Si no fuera por el impulso de las jóvenes generaciones, las fiestas irían languideciendo, pero todavía se mantienen vivas, en muchos casos a contracorriente.

(Fotografía: Anuncio de las fiestas de La Cañada)

CASTILLOS

CASTILLOS

     Desde mi ventana contemplo cada mañana después de desayunar la silueta austera e inconfundible del castillo. En realidad, lo que diviso hacia el oeste es la mole de piedra sobre la que se asentó el antiguo castillo sanjuanista de Aliaga, lugar fortificado erigido en una eminencia desde la que se podían vigilar las entradas y salidas a la ilustre villa turolense.

    La historia de este castillo se remonta, al menos, al siglo XII. Fue reconquistado por Alfonso I en 1118, pero volvió a manos musulmanas pocos años después. Se sabe con seguridad que en 1163 perteneció a la orden de San Juan y a partir del siglo III se conformó una importante encomienda en torno a esta fortificación. Los episodios más recientes se remontan a la segunda guerra carlista. En 1840 el general O’Donnel sitió el castillo de Aliaga que se sometió a las fuerzas isabelinas sin sufrir grandes destrozos.

     Pero la realidad actual es muy distinta a la que muestran los antiguos grabados. Durante el siglo XX el abandono y deterioro del castillo fue constante. Y así se ha llegado a una situación difícil de solucionar. Ruinas, escombros y algún fragmento de la antigua muralla son testigos mudos de esos 4000 metros cuadrados de su recinto. Se antoja como algo utópico hablar de una posible restauración, pero no sería una idea descabellada trazar una pequeña ruta desde el pueblo hacia el castillo para que los vecinos y turistas pudieran ascender con una cierta comodidad y contemplar desde lo más alto no sólo la población sino incluso parte de la comarca.

     En esta mañana veraniega, mientras asciendo al castillo por un camino estrecho y pedregoso, recuerdo los sueños de mi infancia, las aventuras con los amigos al pie de sus maltrechas murallas, las cabañas, los juegos, la huida de lo cotidiano y la búsqueda de vestigios de otros tiempos. Eso sí, la mole sobre la que se asentaba la antigua fortaleza sigue siendo una de las señas de identidad del pueblo, junto con la Porra y todas las montañas que conforman este importante Parque Geológico. Desde arriba contemplo el pueblo en este día caluroso de agosto. Contemplo los perfiles de las casas, la huerta, el cauce desolado del Guadalope, la hilera de chopos centenarios, el horizonte azul sin una nube que anuncia el regalo tan esperado de la lluvia.

    Hay tantos castillos abandonados en España, hay tantas fortalezas diseminadas por la geografía aragonesa que es casi imposible pensar en una restauración de estos enclaves históricos para usos turísticos o culturales. En la provincia de Teruel, ciudades como Alcañiz o Mora de Rubielos tienen excelentes castillos perfectamente restaurados y transformados en paradores. Pero queda mucho camino por recorrer. De momento, uno se contentaría con ese acceso a lo más alto y un pequeño Centro de Interpretación.

    

FUENTES

FUENTES

     Cuando se tiene sed, nada hay más placentero que beber agua directamente de una fuente o de un manantial. Es como comer un pan recién horneado o saborear una fruta recién cogida del árbol. Todo ello, a pesar de las prevenciones y de los avisos de los precavidos dirigentes sanitarios. Muy cerca del puerto de San Just, en la carretera de Teruel a Alcañiz, está la famosa fuente del Vaso. Es un lugar de parada obligada para muchos viajeros que aprovechan para llenar sus garrafas de agua, haciendo caso omiso del cartel que indica que es agua no potable. Tendrían que indicar que es agua no tratada. Cada cosa por su nombre.

     En el término municipal de Aliaga hay varias fuentes y manantiales. Debido a su orografía y a su singular situación geográfica, este pueblo turolense está rodeado de norte a sur de diversas fuentes, todas ellas con su nombre y su peculiaridad. Si llegamos al pueblo desde Teruel o Zaragoza, poco antes de llegar al barrio de Santa Bárbara, se encuentra en una pequeña cueva, al borde de la carretera, la fuente de la Canaleta. Un lugar fresco, agradable y recoleto. Poco antes de llegar a Aliaga, está la fuente de la Porra, un pequeño manantial castigado últimamente por la sequía y el estiaje. Si tomamos la carretera de Miravete, siguiendo el cauce del río Guadalope, dejamos a la izquierda, después de cruzar el río, una de las fuentes más emblemáticas de Aliaga, la de la Cedrilla, siempre con su pequeño chorro de agua fresca, a pesar de la sequía que estamos padeciendo. Poco más adelante está la fuente de los Baños, con su correspondiente abrevadero para el ganado de las masadas más cercanas. En el mismo pueblo, muy cerca de la ermita, el merendero y el cámping, está la fuente de la Virgen, que está tomada de la red de suministro de agua a la población. Y hacia el oeste, en la parte alta de Aliaga, muy cerca de las antiguas escuelas, se encuentra la fuente de Capileta, casi siempre seca, adonde acudíamos a refrescarnos en los recreos de nuestros tiempos de escolares. Y ya un poco más lejos, tomando un camino a la izquierda desde la carretera de la Aldehuela, se esconde una de las fuentes más escondidas y desconocidas, la fuente del Molar, con un agua de excelentes propiedades medicinales.

     Siempre que vuelvo a mi pueblo natal, me gusta visitar todos estos lugares y saborear sus cristalinas aguas. Son pequeños oasis que tal vez las jóvenes generaciones ni siquiera conozcan. Son rincones en los que hemos disfrutado de meriendas con los amigos, de encuentros vespertinos o de avituallamientos durante una larga travesía. A veces me pregunto qué sería de Aliaga sin sus fuentes. Para mí siguen siendo una de sus señas de identidad.

 (FOTOGRAFÍA: La escondida y pintoresca fuente del Molar)

HUERTOS

HUERTOS

     Se están poniendo de moda los huertos urbanos. Con el incremento del paro, las prejubilaciones y la prolongación de los años de vida, muchos hombres, y también algunas mujeres, ocupan su tiempo de ocio en cultivar una pequeña parcela y disfrutar del aire libre y de las hortalizas que a los pocos meses van produciendo. Pero los huertos con más historia y tradición son los huertos rurales.

     Antes los huertos eran un medio más de vida y, en algunos casos, un medio de supervivencia. Casi todos los pueblos de la provincia de Teruel estaban surcados por un río o una acequia y rodeados de una superficie de huerta más o menos cultivable. Los tiempos han cambiado y el huerto va cediendo paso a las parcelas para edificar segundas residencias, a los espacios para que paste el ganado o al recinto de recreo para la familia o los amigos.

    En Aliaga todavía quedan algunos excelentes huertos – como el que figura en la fotografía -. Pero, lamentablemente, cada vez son menos las personas que se animan a cultivar un trozo de tierra. La zona que tiene las mejores huertas es la de la Vega, muy cerca del pueblo. También se siguen cultivando pequeños huertos en la zona de la Masada Romero, en Las Tablas o en los aledaños del Cascajar. Sin embargo, los terrenos que bordean el río La Val en dirección a Santa Bárbara están casi todos yermos y abandonados desde hace varios años. Poco a poco van desapareciendo los límites entre un huerto y otro,  se van cegando las acequias y la maleza se está adueñando de lo que hace unas décadas eran lozanas huertas. Sólo quedan como testigos mudos algunos frutales, una partida de chopos y los robustos chopos cabeceros.

     Algunos hablan de una posible vuelta al campo y al cultivo de estas tierras yermas y abandonadas. Soy escéptico al respecto. Muy mal se tienen que poner las cosas para que nuestros hijos o nietos regresen a la azada, al tractor o la mula mecánica. Ojalá no sea así. De todos modos, tal como están las cosas, nada se puede descartar. Eso sí, está claro que la mayoría de los jóvenes prefieren dedicar el tiempo de ocio a otra actividad. El cultivo de la huerta no les atrae, salvo contadas excepciones. Los huertos los asociamos a las personas mayores. Quizás no debería ser así. Pero es lo que hay, como decía un amigo mío.

 

LAS ERAS

LAS ERAS

     Todavía recuerdo que, en mi temprana infancia, las eras eran un lugar de juegos, de aventuras, un recinto lúdico. En mi pueblo había eras de todo tipo. Estaban cubiertas de hierba y en verano, cuando llegaba el tiempo de la cosecha, recibían la mies espigada que era triturada por el trillo que daba vueltas y más vueltas como una noria, y aventada por una máquina rudimentaria, que entonces nos parecía el invento más sofisticado.

     Recuerdo especialmente la era del tío Juan – que aparece en la fotografía adjunta -. Está situada en el lugar más elevado del pueblo. Desde allí se divisaba el perfil de las casas arracimadas hacia el castillo, las cruces del calvario y la airosa torre de la iglesia de San Juan Bautista. Esperábamos ansiosos la llegada de las caballerías, que acarreaban el cereal y lo esparcían formando un curioso círculo. Todos buscábamos la oportunidad de montarnos encima de la tabla del trillo y comenzar a rodar y rodar. Eso sí, intentábamos mantener el equilibrio y huir como de la peste de esos filos dentados que suponían un peligro para nuestra integridad física. Mientras tanto, la aventadora no paraba de expulsar un polvo insolente que llamaba nuestra atención, pero nos mantenía lo suficientemente alejados para evitar cualquier imprevisto.

      En Aliaga había dos eras un poco más grandes, como de más categoría. Eran las eras largas y las eras cortas. En ellas se concentraban varios corrales y se trillaban varias cosechas de mies al mismo tiempo. Las que más me gustaban eran las eras largas. En ellas, cuando llegaban las fiestas de septiembre, se celebraban diversos juegos populares como carreras de sacos, carreras de burros o la captura de un gallo que pendía de un palo alto en forma de cucaña. Todo ello ya pertenece al álbum olvidado de la memoria.

      Hoy las eras son lugares solitarios y desolados. Los pequeños corrales están abandonados o se han convertido en garajes o almacenes. Sólo queda el recinto cubierto de hierba y de maleza. Ha ocurrido lo mismo que con las otras eras, esas pequeñas parcelas o bancales que tapizaban las colinas del castillo y que se trabajaban año tras año para extraer de la tierra un fruto escaso pero necesario. Los tiempos han cambiado tanto en las últimas décadas, que nuestros hijos sólo conocen una acepción de la palabra ERA: período de tiempo más o menos amplio en que puede dividirse la historia. Las demás acepciones sólo quedan en ese mausoleo de las palabras que es el diccionario. Y en la memoria de los que vivimos esa época irrepetible.

 

TEJADOS

TEJADOS

     Siempre me ha atraído y cautivado la contemplación de la silueta de los tejados y azoteas de un pueblo desde una eminencia. Los tejados son una metáfora de las ensoñaciones, de las esperanzas, de las ilusiones. La literatura, el cine y el arte en general están surcadas de tejados de todo tipo: tejados de zinc, tejados de uralita, tejados de pizarra o tejados rojizos de la clásica teja castellana.

    La reparación del tejado de mi casa del pueblo, me ha llevado estos días a reflexionar sobre esas Visiones y sueños de Torres con Quevedo por Madrid, sobre este Diablo Cojuelo satírico y picaresco y - ¡cómo no! - sobre la obra de teatro de Tennessee Williams, La gata sobre el tejado de zinc caliente, que logró una gran acogida a finales de los años cincuenta del siglo XX.

    Consulto el blog de Lola Mariné - http://gatosporlostejados.blogspot.com - y me llama la atención esta reflexión que la escritora plasma en su portada, a modo de bienvenida: El escritor, la escritora, como gatos por los tejados observan la vida a su alrededor desde la distancia, aparentemente impasibles; pero en algún momento, una palabra, un gesto, una mirada, empiezan a configurar en su mente una historia y no recobran el sosiego hasta que se sientan a escribirla.

    Todos hemos sido como gatos por los tejados en algún momento de nuestra vida. Todos hemos vivido aventuras infantiles en las que intentábamos saltar de un tejado a otro, o de una azotea a la del vecino para emprender una huida o buscar una experiencia fascinante. Pero no sé si nos hemos detenido de vez en cuando a observar desde la distancia el discurrir de la vida de un pueblo, de una aldea, de un barrio, de una pequeña ciudad. Desde los tejados, desde las azoteas, desde lo más alto de los edificios, muchos escritores han seguido la pauta de la escritora barcelonesa y han enriquecido su experiencia interior con nuevas visiones, nuevas perspectivas, nuevas percepciones.

     Esto me está ocurriendo durante estos días calurosos de julio en Aliaga. La silueta del pueblo se me presenta dibujada como en un cuadro realista. Lo demás es ya fruto de mi imaginación, de mis recuerdos, de mi memoria del pasado. Un tejado nuevo será pronto un cambio de imagen, un viraje distinto de los sueños, una mirada nueva de futuro.

(FOTOGRAFÍA: Vista parcial de los tejados de Aliaga, mientras destejan el mío)

MIRANDO AL CIELO

MIRANDO AL CIELO

     Hay días en que es mejor mirar al cielo. Tender la vista hacia el horizonte infinito y contemplar ese azul implacable que nos cura de las heridas y nos revitaliza por dentro. Es mucho mejor mirar al cielo que inclinar las pupilas hacia las miserias cotidianas. Hay tanta desolación en nuestro entorno, tanta miseria, tanta incertidumbre, que la contemplación de las montañas de la sierra en esta mañana dominical puede ser incluso algo terapéutico.

    Los fines de semana tienen últimamente muchas ventajas. Hay que destacar, entre otras, el obligado paréntesis de la rueda siniestra de la economía, que nos da un mazazo un día sí y otro también. Todo se encamina al borde del precipicio, todo está bajo sospecha. Hasta el clima parece que se ha puesto de acuerdo con las cotizaciones de la bolsa. Descensos, escasez de agua y cauces de los ríos desolados. Parece que estemos viviendo un verano de transición, un estío de sobresaltos, una estación incómoda. Casi sin querer ya anticipamos el otoño, un otoño caliente, un otoño de crudas realidades y oscuros presagios.

    Por eso hay que mirar al cielo, hay que contemplar las estrellas al anochecer, hay que pasar de puntillas por esta sequía pertinaz, por este bombardeo de noticias incongruentes, por esa escalada cruel de la prima de riesgo. Y hay que intentar sonreír, hay que intentar vivir intensamente el presente, hay que intentar soñar. Y valorar la amistad, las tardes dilatadas en el campo, las veladas alegres y despreocupadas, las tertulias, las lecturas amenas, el ocio bien empleado.

     Y hay que mirar también hacia el cielo para adivinar la llegada de alguna nube por el horizonte, que siembre de copiosa lluvia los campos, que revitalice los cauces de los ríos, que aleje para siempre el fantasma de la sequía. Para que el río Guadalope, mi río de toda la vida, no muestre esta imagen fantasmal y descarnada, con sus entrañas despojadas de vida y de alegría.

(FOTOGRAFÍA: Cauce seco del río Guadalope a su paso por Aliaga)

ODA AL GATO RURAL

ODA AL GATO RURAL

                                    Astuto, libre, audaz,
                                   penetras con tus ojos de misterio
                                   el fondo de los sueños,
                                   el fondo de la noche.
                                    Surcas las avenidas
                                   con la cautela gris
                                   de los susurros,
                                   recorres sin recato
                                   todos los vericuetos
                                   de aldeas solitarias.
                                   de pueblos silenciosos.
                                    Eres el nuevo rey
                                   de tejados rojizos,
                                   de azoteas sombrías,
                                   de oscuros solanares.
                                    Buscas la libertad.
                                    Ese es tu sino
                                   y el de todos los tuyos:
                                   insobornables siempre,
                                   nunca esclavos.
                                    Con el lomo erizado
                                   te rebelas altivo
                                   y huyes de toda mano amenazante.
                                    Sólo aceptas caricias
                                   cuando el hogar cercano
                                   te acoge y te regala
                                   al filo del invierno
                                   el alimento azul en las mañanas
                                   fugaces de la sierra
                                   y un calor infinito.

 
 

EL JARRÓN ROTO

EL JARRÓN ROTO

    El periodista y ensayista Javier Gomá nos ha regalado para este tórrido y convulso verano un ensayo que, con el título Todo a mil, recopila 33 microensayos publicados en el suplemento literario Babelia de El País.

    El escritor bilbaíno aborda todos los temas de actualidad - desde el educativo, al artístico o al literario -. En uno de estos breves artículos pone el dedo en la llaga al hablar de esta crisis que nos tiene a todos con un nudo en la garganta. Con el título "Yo no he sido", hace referencia al niño que acaba de romper un jarrón en el salón de su casa y, ante las preguntas de su padre, niega gimoteando toda evidencia y se atreve a culpabilizar al gato, al viento o a cualquier agente extraño.

     Señala Gomá que con la crisis ocurre algo similiar. Nadie se considera culpable ni causante de esta situación cada día más crítica. Todos intentamos señalar a otras personas - políticos, banqueros, ejecutivos, nuevos ricos - como responsables de este jarrón roto de la crisis. Y nadie, prácticamente nadie, echa mano de la autocrítica y reflexiona sobre el tren de vida que ha llevado en los últimos años, sobre la hipoteca para disfrutar de unas vacaciones, sobre las compras de apartamentos o coches de gama alta, sobre los créditos bancarios,...

     Es verdad que siempre hay unos más culpables que otros. Es cierto que una gran mayoría no se merecen cargar con las consecuencias de lo que está ocurriendo. Pero lo cierto es que la tendencia a acusar siempre al otro nos acerca a la mentalidad infantil del que niega lo evidente. El jarrón está roto. Y entre todos tendremos que buscar cómo recomponerlo. Ni el FMI, ni el Banco Central Europeo, ni los alemanes nos van a sacar las castañas del fuego.

     Una reflexión adecuada y una metáfora sugerente. Todo a mil es un buen libro para leer y saborear en los momentos de ocio que nos brinda el verano.

(FOTOGRAFÍA: Del blogodisea.com)

 

CORAZÓN SIN ARRUGAS

CORAZÓN SIN ARRUGAS

                                  Cuando despunta el alba,
                                 caminas por las calles solitarias
                                 de tu querido pueblo
                                 y adensas los recuerdos,
                                 los posos del pasado,
                                 las vivencias lejanas
                                 con una dulce y gris
                                 melancolía.

                                  Tienes la mente clara
                                 y tus ojos despiden
                                 un halo de nostalgia
                                 surcada por los años
                                 y por las estaciones sin retorno.

                                  Tienes el alma joven
                                 y un corazón alegre,
                                 sin arrugas.

                                  A pesar de los años,
                                 a pesar de los ecos solitarios
                                 de un pasado lejano,
                                 aderezas las horas
                                 con tu eterna sonrisa
                                 y el brillo juvenil
                                 en tus pupilas.

                                  Corazón sin arrugas,
                                 desafías el ritmo acelerado
                                 del tiempo que se esfuma
                                 desde el alba al ocaso
                                 por las veredas grises y empinadas  
                                 de este pueblo vacío.
 
(FOTOGRAFÍA: Del blog de Jesús García Peón, Diversidad funcional)

A VISTA DE PÁJARO

A VISTA DE PÁJARO

     Un paseo matinal por los alrededores de Aliaga lleva consigo el ascenso de alguna pequeña montaña y la contemplación del paisaje de este hermoso valle desde cualquier eminencia dentro del itinerario. La sierra tiene unas ventajas que el llano no nos ofrece. El ascenso rompe la monotonía del paisaje y nos ayuda a ver lo cotidiano de un modo distinto. Es como la vida misma.

    Hoy me he dirigido hacia la carretera de Camarillas. Desde la Porra, he tomado un sendero pedregoso que va ascendiendo progresivamente hasta la carretera. Un atajo que ha sido utilizado durante muchos años por los caminantes y por las caballerías. A mitad del camino, el abrevadero que llegó a saciar la sed del ganado está casi seco y abandonado. La misma sequía que el río La Val. Hace muchos años que no veía el cauce de este río tan desolado. Al llegar a la carretera, compruebo que hay una máquina excavadora y que la están arreglando. Quieren añadir un carril más a este tramo que no se ha reparado nunca. Me sorprenden estas obras en tiempos de crisis. Casi no pasan coches. Parece una ruta desolada y fantasmal. Eso sí. La vista que contemplo desde un mirador del Parque Geológico es impresionante: Aliaga en el fondo del valle, con la torre de la iglesia y la hilera verde de chopos cabeceros; hacia el norte Hinojosa de Jarque y Jarque de la Val, que parecen un mismo pueblo; y, sobre todo, cerros, colinas, pequeños picos y los plegamientos que indican que hace miles de años esta zona estuvo bañada por las aguas de algún mar oculto.

      Desciendo hacia el barrio de Santa Bárbara y me acerco a la partida de campos que bordean el río La Val. Compruebo con tristeza cómo la hierba va ganando terreno, los frutales pierden sus ramas, las paredes se desmoronan y las lindes desaparecen. El abandono y la soledad son el denominador común de unos campos que hace cuatro décadas producían todo tiempo de hortalizas y frutas de invierno. Al acercarme al cauce del río, compruebo de nuevo los devastadores efectos de la sequía. Cada vez se estrechan más sus márgenes y cada vez se parece más a una acequia. Sólo los chopos sobreviven a este deterioro del paisaje. A vista de pájaro se apreciaban mejor todos los detalles del valle, pero ya más cerca se pueden comprobar los efectos de los inviernos desolados y de la escasez de agua.

     Me quedo con la sensación agridulce de lo que fue y con la incertidumbre de lo que serán estas sierras cada vez más agrestes y solitarias. Eso sí, lo pintoresco del paisaje gana terreno día tras día.

 

DISFRUTAR DEL PAISAJE

DISFRUTAR DEL PAISAJE

     La VI Ruta Senderista de Aliaga, que se va afianzando en el calendario de rutas de Aragón, nos ha permitido a los participantes disfrutar una vez más del paisaje que forma parte de este extenso municipio turolense y compartir unas horas de aventura, de amor a la naturaleza y de ocio entre el silencio y la soledad.

     La mañana de este último día de junio ha amanecido fresca, soleada, veraniega. Poco a poco nos hemos ido alejando del pueblo y hemos atravesado el barranco Rubio hasta llegar a la masada López, donde nos esperaba un primer avituallamiento para reponer fuerzas. El sol comenzaba a calentar y la marcha entraba en su mejor tramo. Ese descenso progresivo hacia la Tosca ha sido agradabe, rápido y placentero. Pero, después de una nueva parada, quedaba lo más duro de estos 23 kilómetros de continua caminata: el ascenso hasta el embalse de la térmica por encima de la escombrera, que cubre de gris ceniza una de las colinas que bordean a la antigua central. Un último tentempié nos esperaba en el barrio de la Aldehuela y un último ascenso por un camino agreste y empinado, que recuerda el antiguo recorrido de las vagonetas que transportaban el carbón desde las minas hasta la térmica. El sol comenzaba a apretar cada vez más y los caminantes se han sentido aliviados al contemplar una panorámica inconfundible de Aliaga (como muestra la foto) que esperaba el regreso hacia las doce del mediodía.

    El día se completó con la tradicional comida en el pabellón del pueblo. Los casi doscientos comensales compartimos una gran paella valenciana y prolongamos la sobremesa que culminó con una foto de este gran grupo que es de esperar vaya creciendo en futuras ediciones. Hay que valorar la perfecta organización de la marcha, la buena señalización del itinerario y la atención personal en cada momento a cada uno de los participantes.

LUCES Y SOMBRAS EN ALIAGA

LUCES Y SOMBRAS EN ALIAGA

      Después de un fin de semana intenso en Aliaga, después de disfrutar de las cada vez más concurridas fiestas de San Juan, patrono de la parroquia de Aliaga; después de asistir a la inauguración del "porchegao" de la iglesia con la asistencia de las autoridades civiles y religiosas; en la madrugada del domingo surgió la alarma entre los vecinos y se confirmó lo peor: el antiguo molino harinero de Aliaga - que se remonta a 1920 - ha quedado casi destruido por un incendio del que, de momento, se desconocen las causas. Las investigaciones siguen su curso. Es de esperar que no sea intencionado. En ese caso, se encenderían todas las alarmas.

     Este molino estaba siendo rehabilitado para convertirlo en museo, en hostal y en restaurante. El presupuesto rondaba los dos millones de euros y estaba subvencionado por el Plan Miner. De momento, mientras se evalúan los daños, parece que lo más afectado es la maquinaria de madera y todos los elementos que iban a formar parte de este original museo. El hostal y el restaurante han quedado menos afectados y es de desear que el proyecto siga adelante. Eso sí, sin los retazos de historia artesanal que se podrían haber contemplado en su ubicación original.

     Las luces son muchas, el optimismo, también. Pero es una pena que esa sombra oscurezca la alegría que los vecinos compartieron durante tres días en los que la colocación del mayo, los toros embolados, las vaquillas, las verbenas, la enramada y la comida familiar volvieron a convocar a los que apreciamos este pueblo y lo llevamos muy adentro. Es una pena que Aliaga sólo aparezca en la prensa cuando las noticias son tristes, como ya ocurrió en el trágico incendio del verano de 2009.

 

NOCHE SIN LUNA

NOCHE SIN LUNA

                                    No busques en la noche
                                   el amargo sabor de la nostalgia
                                   ni la huella sin fondo
                                   de estas calles heridas 
                                   por la niebla.
                                    Acaso te equivocas
                                   si buceas sin tregua
                                   en el poso agridulce del pasado.
                                    Tal vez ya has olvidado
                                   que esa luna que oculta tu mirada
                                   es una luz sin fondo
                                   en las pupilas dulces del presente
                                   que acaricia la noche
                                   de este sábado incierto                                
                                   y desolado.
                                    Es tan largo el camino de los sueños
                                   que aún vale la pena
                                   surcar las avenidas
                                   sin destino
                                   antes de que el mañana
                                   impredecible
                                   nos sorprenda con nuevos sobresaltos
                                   y la luna despierte
                                   de su sueño fugaz de enamorada.
 
(FOTOGRAFÍA: senderos-musicales.blogspot.com)
 

UNA FAMILIA NORMAL

UNA FAMILIA NORMAL

      He disfrutado mucho con la lectura de la última novela del escritor Santiago Gascón, Una familia normal. Santiago Gascón es profesor en la Universidad de Zaragoza y colabora en diversas universidades europeas y americanas. Es también escritor y guionista: ha publicado también las novelas Agnus Dei (2000 y el libro de relatos Manila (Xordica, 2003). Hace poco más de un mes presentó la obra en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza y la semana pasada firmó y dedicó ejemplares en la caseta de Xordica en la Feria del Libro.

     La primera pregunta que nos hacemos los lectores al iniciar la lectura de esta novela que mezcla lo autobiográfico con la ficción es qué entendemos hoy en día como familia normal. Lo que queda claro a lo largo de la novela, en la que intervienen los cuatro miembros de la familia - Pepa, Darío y los hijos Guille y Fran - es que la familia se ha transformado progresivamente desde las últimas décadas del siglo XX. Santiago, que ejerce su labor docente como profesor de psicopatología en el campus universitario de Teruel, nos regala unas páginas llenas de reflexiones sobre la vida en pareja, sobre la educación de los hijos, sobre el paso de los años -esas crisis de los cuarenta o cincuenta -, sobre la rutina de la vida cotidiana, sobre los viajes de vacaciones y sobre el rumbo cada vez más incierto de la sociedad que nos rodea.

      La estructura del libro está muy bien lograda, con un final abierto que deja al lector con la miel en los labios. Quiero valorar, sobre todo, el punto de vista de cada uno de los cuatro coprotagonistas, esa visión caleidoscópica de la realida, tan distinta y, en ocasiones, tan distante. Como padre y educador, me han tocado más de cerca los problemas que plantea el autor, especialmente ese paso de los hijos desde la infancia a la adolescencia. Todo es en la novela como la vida misma. Eso sí, como dice Santiago en una entrevista, la vida supera casi siempre a la ficción.

     Una familia normal es una novela para releer, para embeberse de los azares de la vida cotidiana, para reírse hasta de uno mismo, para reflexionar sobre el presente y sobre el futuro. Es una novela diseñada como un traje hecho a mano para padres, educadores y, sobre todo, para adolescentes. Os dejo con un pequeño párrafo de la obra, un botón de muestra de esta prosa sencilla y sugerente:

"Papá se abrió una cerveza y dijo que éramos una familia de chiste. Yo le corregí. Somos una familia de teleserie americana barata. Papá se dejó caer en el sofá y se echó a reír. Pero aquella risa tenía algo de llanto".

(Fotografía de Santiago Gascón, del blog de Antón Castro)

LA TÉRMICA DE ALIAGA, RECLAMO PUBLICITARIO

LA TÉRMICA DE ALIAGA, RECLAMO PUBLICITARIO

         Ya me lo había comentado un amigo que reside en Barcelona. Pero no ha sido hasta este mañana cuando he podido comprobar con mis propios ojos que el perfil esquelético y abandonado de la central térmica de Aliaga - que cesó su actividad en 1981 - ha servido para ambientar un cortometraje con motivo de la celebración del 19º Festival de Música Avanzada y New Media Art de Barcelona (Sónar 2012)

         Los que no conocen Aliaga, los que no conocen el barrio de la Aldehuela, no se percatarán del detalle. Pero  a los que estamos acostumbrados a ver desde pequeños la silueta inconfundible de la térmica, nos sorprende esa imagen que, aparentemente, trasladará al espectador en la película La distancia, dirigida por Sergio Caballero, a las lejanas estepas siberianas.

         La imagen que figura en el dintel del establecimiento del centro comercial es la más representativa de otras muchas en las que podemos ver el asalto a la central por parte de tres enanos. En el blog de mi amigo Luis - http://teruelandia. blogspot.com - se puede contemplar un pequeño trailer de la película y varias imágenes de este paisaje desolado.

         Muchas reflexiones podemos hacernos a raíz de este imagen. Una de ellas puede llevarnos a desear algo que linda con la utopía: la restauración del edificio, la urbanización del entorno y la limpieza del lodazal del embalse del Guadalope.

 

UN GRAN COMPOSITOR DEL SIGLO XVIII

UN GRAN COMPOSITOR DEL SIGLO XVIII

     La edición de hoy de Heraldo de Aragón comenta en una de sus páginas culturales la recuperación en la catedral de Oviedo de la música olvidada del compositor aragonés Joaquín Lázaro. Me ha sorprendido, al leer su breve biografía, que nació en Aliaga (Teruel) en 1746, que fue infante del Pilar, que se ordenó sacerdote en Zaragoza, que estuvo en Oviedo durante cinco años y que murió prematuramente, con apenas 40 años.

     Es una buena noticia para la música sacra aragonesa que María Sanhuesa, profesora de Musicología de la Universidad de Oviedo, ha recuperado obras casi olvidadas del compositor turolense y ha hecho posible que el grupo Forma Antiqva incorpore la obra de Lázaro a su repertorio. Opina María, cuya familia proviene de Tronchón: "Es un compositor muy interesante. Su música es muy dramática y contrastada; muy teatral: expresa el texto y está llena de contrastes".

     No sé cuántos aragoneses, turolenses y aliaguinos habrán oído hablar de Joaquín Lázaro. Para todos ellos, esta semblanza de la Enciclopedia Aragonesa como recordatorio y como homenaje a este vecino de Aliaga:

(Aliaga, T., 1746 - Mondoñedo, Lugo, 3-IX-1786). Compositor de música sacra aragonés. No sabemos dónde ni de quién recibió su formación musical. Sin duda fue «infante» o niño de coro en alguna catedral, colegiata o iglesia aragonesa. Quizá estudiara incluso en la misma Seo de Zaragoza o en la basílica del Pilar. Lo cierto es que fue nombrado por oposición maestro de capilla de este último templo el 4-V-1771, sustituyendo a Cayetano Echevarría. Tenía entonces veinticinco años de edad y debía de ser a la sazón un músico muy bien formado y del todo cumplido.

Ordenado sacerdote a finales de 1772, recibió el título de racionero el 27 de enero del año siguiente. Pero ya se encontraba bastante quebrantado de salud y tuvo que salir de la capital para «tomar ayres». Cayó de nuevo enfermo en 1774 y 1776. Es evidente que el magisterio del Pilar, con la dirección e instrucción de los «infantes», las importantes funciones litúrgicas y las grandes solemnidades de la prestigiosa basílica, se le hizo cada día más difícil de llevar, por su poca salud. Decidió renunciar «por la tranquilidad de su ánimo y menos trabajo que tendría en el nuevo destino», aunque declaró sentir mucho ausentarse del Pilar, donde le sustituyó Manuel Álvarez. Aceptó entonces el magisterio de la catedral de Mondoñedo, que le fue concedido «sin pretensión suya» a finales de 1777. Después en marzo de 1780, opositó al magisterio de la catedral de Ávila, pero luego se enteró de la vacante de Oviedo, a raíz de la muerte de Pedro Furió, y, retirándose de la oposición abulense, se presentó a la de la capital de Asturias, que ganó en octubre. Más tarde, durante el verano de 1786, volvió a Mondoñedo para pasar una temporada de vacaciones y restablecer su quebrantada salud. Su estado empeoró sin embargo y el desdichado músico falleció, todavía bastante joven (a los cuarenta años de edad), siendo sepultado en la misma catedral mindoniense.

Compositor inspirado y fecundo, nos ha dejado muchas obras religiosas muy notables y a veces de gran extensión. Puede ser considerado como uno de los más eminentes maestros españoles de la segunda mitad del s. xviii. Casi toda su producción se conserva en el archivo musical de la catedral de Oviedo, ya que él mismo, por su testamento, había legado sus obras al cabildo ovetense. Otras composiciones suyas se encuentran en la catedral de Mondoñedo y en la de Jaca. Por fin, un salmo suyo figura también en el Archivo musical del monasterio de Montserrat. Añadamos que una colección de Divertimenti Musicaly del presbítero parmesano Girolamo Sertori, de 1758, contiene la Tersa (sic) Obertura con Violine, Viola, Corni, Oboesi E Basso Del Sigr. Joaquino L., quien debe de ser nuestro artista aragonés, el cual contaba sólo doce años de edad en 1758. Hubiera manifestado entonces una extraordinaria precocidad, lo que podría explicar su enorme producción ulterior.