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LITERATURA

EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS

EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS

     Hay novelas que, a pesar de su aparente sencillez, alientan en los niños y en los adultos el hábito por la lectura. Hay libros que nos sumergen durante unas horas en un mundo caduco, decadente, casi irreconocible. Hay relatos que nos recuerdan valores que, contra viento y marea, no pasan nunca de moda: la amistad, la solidaridad y, sobre todo, la libertad.

     En la novela El niño con el pijama de rayas, el irlandés John Boyne nos acerca, a través de los ojos de un niño de 9 años, al campo de concentración de Auschwitz, en plena Segunda Guerra Mundial. La amistad con el muchacho judío Shmuel, que está al otro lado de la valla, es capaz de romper todos los esquemas familiares, educativos y sociales. Bruno se lanza al vacío y desafía todos los impedimentos hasta que llega a identificarse con las víctimas de la tragedia y el horror.

     No he visto todavía la versión cinematográfica. La lectura de libro durante el fin de semana me ha hecho recordar películas como El pianista o La vida es bella. A Javier le ha encantado. Aunque, eso sí, el triste e inevitable final dejan en el lector un sabor de boca agridulce y un poso amargo.

 

LOS GIRASOLES CIEGOS

LOS GIRASOLES CIEGOS

    "Superar exige asumir, no pasar página o echar en el olvido". Así comienza la cita de Carlos Piera, que sirve de antesala reflexiva a las cuatro historias entrelazadas - o cuatro derrotas - que conforman el único libro del madrileño Alberto Méndez (1941-2004). Los girasoles ciegos ya tuvo éxito desde su primera edición en el año 2004. Pero ha sido una excelente versión cinematográfica, dirigida por José Luis Cuerda, la que ha relanzado esta mirada retrospectiva a la época más oscura de la posguerra - desde 1939 hasta 1942 - como un aldabonazo inteligente a la memoria colectiva.

     Acabo de releer estas páginas redactadas con sencillez, con realismo y con una cuidada composición literaria. De entre las cuatro historias, me quedo con la última, la que da título al pequeño volumen. En la confesión escrita del diácono protagonista habla que está desorientado como los girasoles ciegos. Son páginas que reflejan como en un espejo cóncavo la crudeza de las situaciones, los contrastes ambientales, la sutil capa de la hipocresía social, la oscura sombra del terror, la eterna amenza de la muerte.

      Para abrir boca y despertar la curiosidad de aquellos lectores interesados - hayan visto o no la película - plasmo un fragmento de las palabras que evoca el niño coprotagonista. Estas líneas dibujan el perfil inconfundible de un país sepultado en el silencio, de una España de represión, marchas militares y ruido de sables. Son ecos intrahistóricos que se prolongarían tres décadas más:

     "Una de las cosas que más me sorprende es que, inevitablemente, todos teníamos recuerdos de la guerra civil, del cerco de Madrid, de los acosos de las bombas y de los obuses. Sin embargo nunca hablábamos de ello.

     En el colegio, Franco, José Antonio Primo de Rivera, la Falange, el Movimiento eran cosas que habían aparecido como por ensalmo, que habían caído del cielo para poner orden en el caos, para devolver a los hombres la gloria y la cordura. No había víctimas, eran héroes, no había muertos, eran caídos por Dios y por España, y no había guerra porque la Victoria, al escribirse con mayúscula, era algo más parecido a la fuerza de la gravedad que a la resolución de un conflicto entre los hombres".

      Los que vivimos la infancia en los años sesenta, todavía recordamos la fisonomía de la escuela rural de la época, las efigies de los "vencedores", el clima de silencio y la glorificación de todas las hazañas de esa guerra "incivil". La celebración de los "Veinticinco años de paz", en 1964 fue un hito glorioso que siempre quedará en mi memoria. Eso sí, hace tiempo que ha sido desmitificado por los hechos y vivencias posteriores.

 

UN NADAL AGRIDULCE

UN NADAL AGRIDULCE

     La periodista y escritora Maruja Torres (Barcelona, 1943) obtuvo anoche el premio Nadal de narrativa, que concede la editorial Destino. Un premio que va ya por su 65 edición y que comenzó ganando otra novelista afincada en Barcelona, Carmen Laforet, con la novela Nada. Maruja Torres - que reside en Beirut desde hace cuatro años - se ha consolidado como una excelente periodista y como una narradora comprometida. Con su novela Esperadme en el cielo, la autora inicia un viaje "fantasmal" al más allá y se reencuentra con dos grandes amigos, ya fallecidos: Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán. A partir de esta ensoñación Maruja hilvana los recuerdos y trenza la memoria de tantas vivencias compartidas en el barrio barcelonés del Raval o en el madrileño parque del Retiro. Maruja confesó anoche después de recibir el galardón, que era un Nadal agridulce porque evoca la ausencia de dos amigos y porque, si no hubieran fallecido, no habría escrito esta novela.

     Tuve la suerte de compartir unas horas con Maruja Torres hace cuatro años. Estuvo en el instituto "Ramón y Cajal" de Zaragoza con los alumnos de bachillerato. Se mostró natural, crítica, incisiva y con gran sentido del humor. Nos desveló su faceta de periodista y su intención de publicar alguna nueva novela. Había obtenido recientemente el premio Planeta con su obra Mientras vivimos y acababa de publicar la novela Hombres de lluvia. A los alumnos les impresionó la personalidad de esta escritora y su capacidad para comunicarse. La periodista barcelonesa no tuvo inconveniente en prolongar su estancia en Zaragoza. Confesó que se sentía muy a gusto y que estos encuentros literarios le ayudaban a romper con la rutina de columnista o colaboradora en distintos medios de comunicación.

UNAMUNO Y ARAGÓN

UNAMUNO Y ARAGÓN

     Hoy hemos hablado de Miguel de Unamuno en la clase de Literatura de segundo de bachillerato. Hemos leído un fragmento de su novela Niebla, una de sus creaciones más audaces y originales. Y hemos buceado no sólo en sus inquietudes existenciales sino en su amor por el paisaje de Castilla, como buen noventayochista. Pero don Miguel no sólo escribió sobre su querida Salamanca y sobre Portugal. Recorrió también otras regiones de España. Su estancia en Aragón la plasmó en este artículo publicado en el diario "El Sol" en 1932:

                                         EN SAN JUAN DE LA PEÑA
       ESTUVIMOS en Jaca, envuelta en reciente leyenda republicana, en encumbradas laderas pirenaico–aragonesas. La peña de Oruel, monumento —esto es: amonestamiento— natural, prehumano, por ser prehistórico, domina a la ciudad, y como que la ampara. Una ruda catedral, a base románica, montañesa. Y a su sombra los porches donde estalló la última contienda, de que guarda impactos la casa–cuartel de la Guardia Civil. Por Jaca fluye el Aragón, el río que dio nombre al reino y el que ensartaba dos reinos, el de Aragón con el de Navarra, pues en tierras de ésta rinde sus aguas al Ebro, al río ibérico que va de Cantabria a Cataluña.
    Nos fuimos, en privada romería, al monasterio de San Juan de la Peña, al que alguien llamó, con dudosa propiedad, la Covadonga aragonesa. Cruzamos arboledas de leño, de madera, no de frutos, donde el acebo hacía brillar sus erizadas hojas, como un arma. Y bajamos al viejo y venerable santuario. En un socavón de las entrañas rocosas de la tierra, en una gran cueva abierta, una argamasa de pedruscos que se corona con cimera de pinos. Y allí en aquella hendidura, remendado con sucesivos remiendos, el santuario medieval en que se recogieron monjes benedictinos, laya de jabalíes místicos, entre anacoretas y guerreros, que verían pasar en invierno, hollando nieve, jabalíes irracionales de bosque, osos, lobos y otras alimañas salvajes. Bajo aquel enorme dosel rocoso sentirían que pasaban las tormentas.    Los capiteles románicos del destechado claustro —le basta la roca por cobertor— les recordarían el mundo, un mundo no de mármol ni de bronce helénicos o latinos, sino de piedra, un mundo berroqueño, en que la humanidad se muestra pegada a la roca —como entre los egipcios— y no exenta de ella. En uno de aquellos capiteles, Eva hilando en rueca y su Adán guiando la yunta de bueyes —o toros—de labor, condenados a vestirse y a comer con trabajo. Y allí los monjes escribían en paz hechos de guerra, y al escribir historia la hacían. Que el hecho histórico es espiritual y consiste en lo que a los hombres se les hace creer que queda de lo que pasó en la leyenda. La leyenda empieza con el documento fehaciente, que hace fe, que hace creencia, y se agranda con la crónica. Como aquella del anónimo monje pinatense a la que Zurita llamó la más antigua historia general del reino de Aragón.
       En aquel refugio, casi caverna, bajo la pesadumbre visual de la peña colgada, se le venía a uno encima una argamasa de relatos históricos, de leyendas. Ramiros de Aragón y Sanchos de Navarra, cuando, en reconquista, brotaron mellizos los dos reinos pirenaicos. Y todo ello confusión. Bajo la peña, en la caverna, sepulturas de nobles y de reyes. Y un medallón con la efigie —característico perfil de carnero— del rey Carlos III, que hizo reparar el viejo santuario. Y entre las tumbas, a su pie, en el suelo, rota la losa, la de aquel don Pedro Pablo Abarca de Bolea, recio aragonés de rancio linaje, aquel conde de Aranda que llena el reinado del Borbón. En la rota losa se nos dice que habían de haber sido trasladados sus restos al panteón de hombres ilustres de Madrid, pero que allá volvieron. Y allí está, en el suelo, no en el muro, como su presunto antepasado. Allí el conde de Aranda enciclopedista, gran maestre de la masonería española, amigo de Voltaire, el que primero expulsó a los jesuitas de España, y consiguió, con Floridablanca, que el Romano Pontífice disolviera la Compañía de Jesús. Y allí desterrado en su nativa tierra, rindió su espíritu el último año del siglo XVIII. En el suelo de un claustro cavernoso, al abrigo de una peña, en las faldas del Pirineo que une a España con Francia, descansó el que nos trajo el revolucionario despotismo liberal. Su temple no fue otro que  el de los monjes que para historiar sus leyendas se cobijaron bajo la peña, en la caverna.                                                           
       Y allí, lejos de la engañosa actualidad que pasa y no queda —y su paso no nos deja verla—, se sintió uno envuelto en un nubarrón de visiones que pasaban como las sombras infernales y celestiales del Dante. San Juan de la Peña era la boca de un mundo de roca espiritual revestida de bosque de leyendas. Y empezó uno a meditar en cómo vuelve lo que se fue, y es la repetición el alma de la Historia, que se produce, como los vastos mundos estelares, en espiral. Vanse las leyendas, dando paso a lo que creemos historia. ¡Pero esté de Dios que se vaya la historia, la que creemos tal, dando paso a las leyendas! No nos quede lo que paso, lo que sucedió, sino lo que los hombres, por haberlo vivido, soñaron que pasaba, que sucedía, y trasmitieron, con sus sueños creadores, a sus sucesores.
      Sin detenernos en el monasterio de arriba, el del siglo XVIII, más que a tomar un tentempié, nos volvimos a Jaca. Y luego, pasado Hecho y aquel rudo monasterio de Siresa —cuna, dicen, de Alfonso el Batallador—, aquel templo sin capite- les ni adornos, especie de caverna hecha a mano de hombre, en el alto valle de Oza, entre hayas y abetos y pinos, al pie de los tajantes picachos de la frontera, que apenas huellan sino los sarrios —y alguna vez los contrabandistas—, oímos a uno de los protagonistas de la última proeza leyendaria, la de la sublevación de Fermín Galán, narrar lo que soñó que hizo mientras lo hacía y soñaba. Y todas las figuras leyendarias, todas las que soñamos para poder vivir historia, se perdieron en el bosque augusto que nos ceñía y que soñaba la tierra perdida en el cielo.

                                                                                 En El Sol, Madrid, 4 de setiembre, 1932.

     La descripción de la Jaca republicana y de San Juan de la Peña es sugerente, profunda y de un gran aliento lírico.

 

LEER EN VOZ ALTA

LEER EN VOZ ALTA

     Hoy dedica un artículo El Periódico de Aragón a hablar de los libros. Bajo el epígrafe El buen momento del libro en el mundo, el autor afirma: "El libro resiste, y muy bien. En los países desarrollados y en los que están en vías de desarrollo. La novela y el ensayo. Los dirigidos a públicos exigentes y los destinados al consumo masivo. Se lee mucho, se escribe mucho, de casi todo, y, sobre todo, se edita mucho. El libro sigue siendo la primera referencia cultural en el mundo".

     Sorprenden estas afirmaciones en la era de internet y en un momento de total dominio de los medios audiovisuales y digitales. Pero, aunque parezca una paradoja, estos mismos medios pueden contribuir a potenciar la cultura impresa. El problema es cuándo se lee, dónde se lee y cómo se lee. Luis Alberto de Cuenca conoce perfectamente la realidad de la letra impresa y va más allá de ediciones, ventas o certámenes literarios. En un sugerente poema que publica la revista cultural Turia - en su número 88 - aboga por compartir la lectura, por volver a la lectura en voz alta, con su entonación, su énfasis y su rescoldo emocional.

                     Siempre ando con un libro en las manos. Ya sea

                     uno viejo y gastado del siglo XIX

                     con láminas y pauta final para ubicarlas

                     en el texto, ya sea otro nuevo e intrépido

                     que recibí ayer mismo y huele todavía

                     a tinta fresca y joven, ya sea un libro antiguo

                     que viajó por el tiempo hasta esa estantería

                     de mi cada vez más poblada biblioteca...

                      El vicio de leer suele ser solitario,

                     pero puede, también, compartirse. Los griegos

                     de la época de Sócrates leían en voz alta.

                     Lo mismo hacía Nietzsche. A mí me gusta mucho

                     leer en compañía y en voz alta los grandes

                     libros de nuestra tribu, esa tribu perversa,

                     racista y miserable que disfruta creyéndose

                     superior. De ese modo, recuerdo haber leído

                     el Poema del Cid, Beowulf, los Nibelungos,

                     la Divina Comedia, los Salmos, la Canción

                     de Rolando, La isla del tesoro y la Ilíada,

                     tal y como los griegos leían hace siglos,

                     alto y claro, lanzando las palabras al aire,

                     porque la voz añade temblor de biografía

                     personal y caduca a tanta eternidad,

                     al vértigo solemne de tanta permanencia.

UN ESPACIO PARA LA LITERATURA

UN ESPACIO PARA LA LITERATURA

     Cuando se acerca un fin de semana invernal, sin compromiso alguno y con tiempo por delante, rescato mis libros casi olvidados en la estantería y vuelvo a mi pasión de siempre: la literatura.

     Esta semana ha estado marcada de modo especial por la literatura. Literatura en el aula, literatura en la biblioteca, literatura en la calle, literatura en Cálamo, literatura en la universidad, literatura en la red, literatura en la vida.

     Comenzó la semana con la lectura de algunos relatos y poemas del último número de la revista cultural Turia. El martes tuvo lugar en la librería Cálamo la presentación de Fotografías veladas, último libro de relatos de Antón Castro. El miércoles, dentro del programa Invitación a la Lectura, estuvo en el Instituto Ramón y Cajal el escritor madrileño Lorenzo Silva. El jueves contacté por correo electrónico con la joven promesa literaria África Vázquez, ganadora del premio de novela juvenil Jori Sierra i Fabra con su novela Con vistas al cielo para preparar un encuentro con los alumnos de primero y segundo de ESO, que se están leyendo la obra con mucho interés. Me ha respondido que vendrá con mucho gusto en marzo o abril. El viernes se habla también de literatura en la reunión anual de profesores de segundo de Bachillerato con los armonizadores de la selectividad. Se nos habla de cambios de cara al futuro, de nuevos planes, de proyectos inciertos. En el autobús dialogo sobre literatura con un profesor de la Universidad de Zaragoza. Compagina la docencia con la investigación literaria. Nos preguntamos por el futuro incierto de la Literatura. Y de las Humanidades.

     Esta tarde he dedicado unos minutos a leer mis blogs amigos, casi todos culturales y literarios. Nerea habla en sus últimas entradas de la literatura de los Siglos de Oro. Y del Lazarillo. Se va a Salamanca a contemplar lo que queda del toro de piedra que cita el autor anónimo. Tal vez le decepcione. Al menos, eso me pasó a mí. Pero Salamanca es una ciudad literaria y cultural. La literatura lo impregna todo. Merece la pena un viaje de fin de semana. En este mismo blog leo un breve y claro resumen el Plan Bolonia. Parece que las ideas de nuestros dirigentes políticos no van por el buen camino. Sólo buscan la rentabilidad económica. Todo se supedita a las empresas más rentables. Eso quiere decir - esperemos que no ocurra - que las Humanidades van a acabar postergadas, olvidadas, marginadas. Es una lástima que la literatura acabe así, sin espacio, sin apoyos, sin protagonismo.

     De momento, me voy a olvidar de esta controvertida ley y voy a comenzar este fin de semana literario con la lectura al alimón de Fotografías veladas, de Antón Castro y de algunos artículos de la revista Turia. La literatura se ha convertido en un espacio personal, al margen de leyes, normas y programas educativos.

LORENZO SILVA EN ZARAGOZA

LORENZO SILVA EN ZARAGOZA

     Los alumnos de bachillerato del Instituto Ramón y Cajal de Zaragoza han tenido la oportunidad de conocer y dialogar con el escritor madrileño Lorenzo Silva. El novelista de Getafe se ha mostrado tal como es. Su naturalidad y su saber estar nos ha cautivado a todos.

     Tras la presentación del escritor y periodista, Lorenzo nos ha hablado de su trayectoria literaria, de sus creaciones más importantes y de su colaboración en la revista "XLSemanal". A continuación, ha atendido gustoso a todas las preguntas que se le han planteado. La mayoría de las cuestiones giraban en torno a dos de sus novelas más representativas: El alquimista impaciente y La reina sin espejo. El autor ha comentado que la vida cotidiana le proporciona gran parte de sus argumentos y que desde muy pequeño disfrutó con la lectura. Los alumnos se han quedado impresionados por los protagonistas de los relatos y se han mostrado interesados por el cariz policiaco de sus novelas.

     La última obra de Lorenzo Silva, El blog del inquisidor, es un guiño de complicidad a las nuevas tecnologías y un buceo en la novela histórica. Eso sí, sin abandonar el afán investigador. Lorenzo ha confesado que sus estudios de Derecho le ayudaron a desenvolverse por esta vertiente de indagación, de suspense y de un cierto misterio.

NUEVO LIBRO DE ANTÓN CASTRO

NUEVO LIBRO DE ANTÓN CASTRO

     Acabo de asistir al acto de presentación de Fotografías veladas, último libro de relatos del escritor y periodista gallego, afincado en Zaragoza, Antón Castro. La librería Cálamo, en la plaza de San Francisco, se ha quedado pequeña para acoger a tantos amigos, admiradores, compañeros y familiares de este animador cultural, de este inquieto escritor enamorado de Zaragoza, de Aragón y de la literatura.

     Tengo entre mis manos un ejemplar - dedicado por el autor - de este libro de fantasmas, de sueños y de fotografías. Porque por sus páginas desfilan personajes reales y espectros de ultratumba. Antón ha sido capaz de crear una atmósfera de misterio ligada paradójicamente a la realidad más cotidiana. Hay personajes que reaparecen, como Patricio Julve, el retratista cojo turolense, y hay otros protagonistas que rasgan las fronteras del espacio y del tiempo para manifestar sus deseos más íntimos, como Gustavo Adolfo Bécquer.

     Voy a saborear durante los próximos días estos diecinueve relatos. Como decía Roberto Miranda en la presentación, Antón es capaz de crear ambientes únicos y personajes inolvidables. Como afirmaba Encarna Samitier, Antón construye una prosa preciosa y precisa, tras las huellas, como buen gallego, de Cunqueiro, Dieste y  de Wenceslao Fernández Florez.

    He leído la Nota Final del autor y quiero reproducir las últimas líneas: "Vistos así, ahora reunidos en una editorial como Xordica, a la que siempre le he tenido un inmenso cariño, compruebo que quizá haya una unidad de fondo, temas recurrentes: la fotografía, la interferencia entre Aragón y Galicia, la huella del mar y de la naturaleza, y la presencia constante de la novia del viento".

ROSENDO TELLO EN LA REVISTA TURIA

ROSENDO TELLO EN LA REVISTA TURIA

     No es la primera vez que escribo en este blog del poeta aragonés Rosendo Tello Aína (Letux, 1931), Premio de las Letras Aragonesas en 2005.  Me referí a él cuando le concedieron el premio (CINCUENTA AÑOS DE POESÍA, 14-12-2005), cuando participó en una campaña de poesía en la calle (CON LA VOZ Y LA PALABRA, 20-3-2006) y cuando realizó una lectura de sus poemas ante un público variopinto (LECTURA POÉTICA EN EL COSO, 8-11-2006).

     Esta tarde, al comenzar la lectura de la sección Poesía del último número de la revista cultural TURIA - que cumple nada más y nada menos que 25 años - me encuentro con un poema del veterano compositor que  me llama poderosamente la atención por su cadencia, profundidad, poder de sugerencia y trasfondo existencial. Su título, Rosas, piedras que germinan anticipa al lector unos versos que ahondan en el alma de las cosas, en la sensibilidad de lo aparentemente insensible, en el poder de lo inmaterial. Espigo las estrofas más sugerentes:

                    Hay días en que ocurren cosas raras:

                    el aire azul negrea de repente

                    y se quiebran los muros del jardín,

                    una blanca carroza arranca pedernales

                    de las nubes sombrías y las almas sombrean,

                    destiñendo la luz y cegando los ojos,

                    y los cuerpos se cubren de cerda transparente...

                    El tiempo que creímos ya desaparecido

                    resplandece de nuevo

                    a la luz virginal de la mañana,

                    con la música íntima de las rosas que aspiran

                    las fragancias del aire que regresa

                    para orientar los pasos borrados por la lluvia.

                    Eso tiene que ser y no un milagro

                    o fenómeno raro de la naturaleza.

                    Que el desconocimiento que tenemos

                    del alma de las cosas

                    no nos permite oír voces indescifrables

                    que suenan en el fondo de nuestras experiencias

                    cotidianas. Así en las soledades

                    de amarga despedida que sentimos llorando,

                    o en la materia frágil de una fotografía

                    que el tiempo amarillea y amarilleó la sangre

                    sagrada de los muertos y despiertan riendo

                    y diciendo en silencio:

                    "La vida sigue si el amor perdura"

                    Seres extraviados que en los trances de luz

                    reconocen la huella de sus almas ausentes

                    hablándonos en sueños y despiertos guiándonos.

                    Eso debe de ser y no tristeza,

                    según la convicción de que nunca entendemos

                    tantas cosas extrañas, o la melancolía

                    ahogada en el sollozo del recuerdo

                    que nos dice: "Sólo el amor perdura".

                    Rosas que mueren, piedras que germinan

                    y verdean al sol con fulgor de esmeraldas.

LABERINTOS LITERARIOS

LABERINTOS LITERARIOS

    Llega a mis manos el número 18 de la revista trimestral Laberintos, que edita semestralmente el Instituo de Educación Secundaria Elaios, de Zaragoza.   Este ejemplar está dedicado a los últimos doscientos años de la historia de una ciudad que acaba de celebrar el Bicentenario de los Sitios y la Exposición Internacional 2008.

     Leo, en primer lugar, un excelente artículo editorial titulado "La ciudad soñada" y continúo con las páginas de mayor sabor literario. La sección "Tres visiones literarias de Zaragoza" destaca por su originalidad. Los escritores zaragozanos Daniel Gascón, Ángel Gracia y Miguel Serrano Larraz desgranan sus recuerdos de infancia y juventud en distintas zonas de una ciudad que cambia día a día su fisonomía y aterosa los recuerdos.

    Al final de la revista, las páginas poéticas están dedicadas al joven compositor zaragozano Jesús Jiménez Domínguez. El autor de Diario de la anemia y Fermentaciones (Olifante, 2000) y Fundido en negro (Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola 2007) escribe dos poemas: "Las luces de Messina" y "Nocturno de Lisboa". Reproduzco el primero por su riqueza metafórica y por su aliento existencial.

                    El presente está tan cerca que a veces es difícil verlo.

                               Entonces el collar de los días nos estorba,

                               nos estrangula y sus cuentas nos queman.

                          Yo viajé hasta Italia para verme en la distancia,

                   para contemplar desde el otro lado las luces de la isla

                     como un extraño que ve las velas de un pastel ajerno.

                           También yo soy una isla en medio de la noche,

                     escribí en la postal que nunca envié a ninguna parte.

               El mar, como un cleptómano arrepentido, dejaba en la arena

                     las cáscaras, los restos de un tiempo consumido.

                   Los tomé y en un bar armé el cadáver, pero el muerto

                     se levantó como el viento se levanta de los árboles.

                         Lo vi salir por la puerta y era como si yo saliera

                               de mi piel o de un hospital de campaña.

                         De aquellos días que se fueron hoy recuerdo

                    las luces de Messina y los volcanes de las islas Lípari.

                        Y ahora, de nuevo, mi imagen en el espejo es ésta:

                        la de un ciego que se asomara al vacío de un cráter.

JUAN MARSÉ, PREMIO CERVANTES

JUAN MARSÉ, PREMIO CERVANTES

     El escritor barcelonés Juan Marsé acaba de obtener merecidamente el Premio Cervantes, uno de los máximos galardones de las lengua castellana. Son varios los motivos que ha aducido el jurado, presidido por José Manuel Blecua, para premiar a este novelista autodidacta que suma un reconocimiento más a su larga trayectoria literaria. Entre otros argumentos, el jurado ha valorado su vocación de escritor comprometido y el reflejo en sus novelas del castellano hablado en Cataluña.

    Desde la lectura de Últimas tardes con Teresa, novela inolvidable por su lenguaje, su presentación de personajes - especialmente Manolo, Pijoaparte - y por su recreación de una época de la posguerra, me he acercado con frecuencia a una prosa a caballo entre la tradición y la innovación. Obras como Si te dicen que caí o Rabos de lagartija me han dejado un buen sabor de boca como lector. Sus novelas se acercan sin recato a un entorno marginal y conflictivo e intentan renovar la narrativa acartonada de los años cincuenta. Al igual que su paisano y coetáneo, Juan Goytisolo, Marsé merece este reconocimiento como uno de los mejores narradores de la segunda mitad del siglo XX.

     Plasmo a continuación un artículo de Almudena Grandes en El País. Estoy totalmente de acuerdo con la opinión de esta periodista y novelista.

     Cuando llegué a la universidad, no lo había leído. Entonces, yo, como muchos españoles de mi edad -ya sé que otros no, que ellos eran lumbreras desde pequeñitos-, padecía una grotesca variedad de la estupidez, que me impulsaba a oponerme por principio a la cultura española. Como el franquismo envilecía cuanto tocaba, creía mantenerme al margen al opinar que los creadores nacionales eran mediocres, provincianos y, sobre todo, sospechosos de oscuras connivencias con la dictadura. Así de tonta era yo, así de equivocada pasé la adolescencia, hasta que unos años después, casi por azar, descubrí, entre otros autores de su generación, a Juan Marsé, y sus libros me cambiaron la vida.

     No se puede escribir desde la nada. La literatura es una tradición, y escribimos porque otros han escrito antes, y para que otros escriban después. Pero Marsé es mucho más que mi tradición literaria. Libros como Un día volveré, forjaron también mi conciencia cívica, mi compromiso político, y me enseñaron quién era yo y en qué país vivía. En sus páginas aprendí a colocar bien los adjetivos, pero también a dejarme llevar por la emoción, esa emoción oscura y ambigua, tierna y cruel, honda y, sobre todas las cosas, verdadera, que palpita en la mirada confusa de unos niños que juegan en la calle y miman sus secretos, exóticas postales del extranjero que son la libertad, la puerta imaginaria por donde escapar de la implacable sordidez de una realidad que termina atrapando por igual a las bellezas de barrio teñidas de rubio platino, y a los viejos revolucionarios incapaces de mantener vivos sus sueños.

     El Premio Cervantes no ha reconocido sólo la trayectoria de un escritor enorme. Para mí, y para otros novelistas de mi edad, Juan Marsé ha sido también un maestro imprescindible. Si no lo hubiera leído, quizás nunca habría llegado a escribir. Bendito sea.

JUAN GOYTISOLO

JUAN GOYTISOLO

     Noviembre, ese mes anodino, ese mes de transición, es sin embargo un mes de reconocimientos literarios. El primero de ellos ha sido la concesión al escritor e intelectual Juan Goytisolo (Barcelona, 1931)  del Premio Nacional de las Letras Españolas, que concede el Ministerio de Cultura.

     Siempre he admirado la prosa de este barcelonés rebelde y desarraigado. Durante mis tiempos de universitario en Barcelona, conocí al autor de Señas de Identidad, que acababa de publicar la originalísima Makbara y la presentaba en el paraninfo de la Universidad Central. El local estaba abarrotado y los estudiantes de Filosofía y Letras nos quedamos gratamente sorprendidos al escuchar la lectura en voz alta, clara y contundente de esta novela iconoclasta.

    Años después he vuelto a leer alguna de sus novelas, como la sugerente y alegórica Duelo en el Paraíso y he seguido con interés sus numerosos ensayos y artículos. El premio que ha recibido es un merecido reconocimiento a su dilatada trayectoria literaria. Creo que, sin duda alguna, Juan Goytiloso quedará para la historia como uno de los mejores intelectuales de la segunda mitad del siglo XX.

UN POETA SIN FISURAS

UN POETA SIN FISURAS

     No conocía a José Antonio Conde (Sierra de Luna, 1961). Este poeta zaragozano, que compagina su labor poética con la de artista plástico, ha presentado hoy en el Fórum de la FNAC el poemario La diferencia que cubre la trampa, su cuarto libro de poemas. Anteriormente había sacado a la luz La memoria del mármol (2003), Entre paréntesis (2004) y Exilios (2007).

     Tal como afirma en el prólogo Fernando Sanmartín: "José Antonio Conde es un poeta que escribe sin trucos; un poeta que conoce el himno de la caricia, lo profano; un poeta preocupado, a la vez, por la esencia, la caricia y la confusión".

    En el acto le han acompañado Manuel Forega y la joven poeta Almudena Vidorreta. La lectura de sus poemas ha sido breve e intensa como sus propias composiciones. Es un libro en el que José Antonio juega con el fuego y enciende la antorcha del amor, del erotismo y de la relación más profunda.

     Escribo dos poemas de esta publicación que, como afirmaba Manuel Forega el principio del acto, revela, una vez más, el buen estado de salud de la poesía aragonesa.

         Fingía,

Cuando la noche quebraba el halago,

La palabra más débil entre el cabello.

Fingía,

Cuando el mar dictaba sus pigmentos,

Con la voz anclada en el litoral del sueño.

No importa el vaivén homogéneo

Ni la cólera de Perseo.

La súplica del oleaje apenas duele.

 

 

He sido medalla en el hambriento,

Placenta consagrada a los perros

En el almanaque del roce.
 
He sido barro en la ingle,

Oración en el surco del placer,

Diluvio en la sed del masto.

He sido la diferencia que cubre la trampa.

UNA TRISTE NOTICIA

UNA TRISTE NOTICIA

     Leo en un medio de comunicación que el poeta granadino Luis García Montero abandonará su labor docente en la Universidad de Granada cuando termine el presente curso. Después de 27 años como catedrático de Literatura Española, el excelente poeta andaluz dice que no puede soportar más el ambiente hostil que se ha creado, debido al enfrentamiento dialéctico con un colega.

     Conocí a Luis la pasada primavera. Nos visitó en el Instituto Ramón y Cajal de Zaragoza dentro del programa Invitación a la Lectura. Los alumnos de bachillerato terminaron encantados de su capacidad para el diálogo y de su facilidad para contagiar el amor a la poesía. Es una pena que este poeta y crítico no pueda seguir derramando su sabiduría literaria en las aulas de la Universidad de Granada. Me entristece esta decisión. Y me entristece que el poeta y profesor no haya recibido los suficientes apoyos por parte de la institución docente.

     Seguro que a Luis no le va a faltar trabajo - en España o en el extranjero -. Pero es una pena que la envidia, el resentimiento y la falta de solidaridad originen estos problemas y acaben con tan lamentable decisión. Sus alumnos lo notarán. Y sus futuros alumnos no podrán disfrutar de esa prosa limpia y diáfana, de ese talante tolerante, de esa cercanía humana, de este talento poético.

    Plasmo una composición del poeta granadino como muestra de cariño y admiración:

                  RECUERDA QUE TÚ EXISTES TAN SÓLO EN ESTE LIBRO...

                    Recuerda que tú existes tan sólo en este libro,
                   agradece tu vida a mis fantasmas,
                   a la pasión que pongo en cada verso
                   por recordar el aire que respiras,
                   la ropa que te pones y me quitas,
                   los taxis en que viajas cada noche,
                   sirena y corazón de los taxistas,
                   las copas que compartes por los bares
                   con las gentes que viven en sus barras.
                    Recuerda que yo espero al otro lado
                  de los tranvías cuando llegas tarde,
                  que, centinela incómodo, el teléfono
                  se convierte en un huésped sin noticias,
                  que hay un rumor vacío de ascensores
                  querellándose solos, convocando
                  mientras suben o bajan tu nostalgia.
                   Recuerda que mi reino son las dudas
                  de esta ciudad con prisa solamente,
                  y que la libertad, cisne terrible,
                  no es el ave nocturna de los sueños,
                  sí la complicidad, su mantenerse
                  herida por el sable que nos hace
                  sabemos personajes literarios,
                  mentiras de verdad, verdades de mentira.

                   Recuerda que yo existo porque existe este libro,
                 que puedo suicidarnos con romper una página

 

 

 

MIGUEL DELIBES, UN ESCRITOR PARA LA HISTORIA

MIGUEL DELIBES, UN ESCRITOR PARA LA HISTORIA

     No es la primera vez que escribo sobre Miguel Delibes. El novelista vallisoletano sigue siendo uno de mis preferidos. No en vano consolidé mi hábito lector con la lectura de algunas de sus novelas. El Camino, Las ratas, Diario de un cazador y muchas otras me acercaron a una prosa ágil, fluida y a un léxico preciso.

     Ayer aparecía en un medio de comunicación una entrevista al escritor, que va camino de sus noventa años. Se lamenta de no poder dedicarse a la caza y a escribir, dos de sus actividades preferidas. Pero sigue manteniendo la mente despierta y el espíritu permeable. Es una buena noticia la próxima reedición de El hereje, su última novela. Su legado narrativo y sus artículos quedarán para la posteridad. Esta es la entrevista:

-¿Cómo recuerda la experiencia creativa de esta obra que acaba de reeditar, El hereje? ¿Fue muy diferente la elaboración de este libro a otros anteriores suyos?

--No tuve conciencia de estar iniciando algo nuevo. Se me representó la historia como una novela más. Y así la cogí y le di forma. Tenía, sí, una secreta fidelidad a la Historia Grande, pero esta misma fidelidad ni me agarrotaba a mí, ni se imponía a la historia principal.

--¿Piensa a menudo en esta obra? ¿Qué siente hacia este libro? ¿Qué lugar cree que ocupa El hereje en su bibliografía?

--La pienso mucho, quizá demasiado. No puedo negar que quedé satisfecho de este libro y hoy día sigo satisfecho. Para mí, la mejor de mis novelas cortas es Viejas historias de Castilla la Vieja y, sin duda, mi mejor novela larga es El hereje. Tal vez sea un absurdo considerar a la misma altura un relato que tiene 60 páginas y otro de 500 páginas, pero esa es mi opinión.

--Usted es autor de ficciones, pero El hereje fue una inmersión en la novela de encuadre histórico? ¿Le dejó buen sabor de boca aquella experiencia?

--Le digo que no lo tomé en cuenta. Me embarqué en esta aventura como en otras muchas. Pensando sobre ello, he llegado a la conclusión de que todas las novelas son históricas, pues responden a momentos históricos reales. No hay pues novedad en esto.

--La novela histórica ha seguido dando importantes títulos a la literatura española. ¿Cómo ve ese género en estos momentos? ¿Diría que la novela histórica goza actualmente de buena salud?

--Ya me he pronunciado sobre eso en otras ocasiones. Acostumbrado a hablar de caza, decía que en los últimos años la novela histórica "ha criado bien". Creo que esto es exacto. No soy quién para decir por qué razón.

--¿Hay algún acontecimiento histórico que de buena gana le gustaría novelar? ¿De ser así, cuál sería ese hecho?

--Más que hechos hay tipos grandes en la Historia. La revolución francesa, el 2 de Mayo, la propia guerra civil, dan tipos humanos importantes. Pero el tiempo corre demasiado deprisa para poder dedicarles tres años --lo que se tarda en hacer una novela-- a cada uno de ellos. Antes hacían las monedas redondas para que rodaran, ahora el dinero es de papel para que vuele.

--Prometió que El hereje sería su última novela y hasta la fecha lo ha cumplido. ¿Cómo ha sido su relación con la creación literaria estos años? ¿Cuánto hay de físico y cuánto de anímico en la distancia que le separó estos años de la creación literaria?

--Puede usted asegurar que esta promesa está cumplida. No habrá más novelas de Delibes. La operación de cáncer me respetó la vida pero modificó mi manera de ser. Fui sincero cuando dije que entró en el quirófano un hombre inteligente, y salió un lerdo. Esto fue exactamente así. Además de salud física, perdí también capacidad de concentración, orden mental, memoria y voluntad. Aunque intenté luchar, estaba acabado, mis esfuerzos eran inútiles. Tan torpe estoy que no me reconozco. Figúrese un Delibes retirado de escribir y de cazar perdices rojas. Ese no es Delibes, dirá usted con razón. Yo pienso lo mismo.

--¿Echa de menos escribir? Si volviera a hacerlo, ¿qué sería lo próximo que sus lectores tendríamos en nuestras manos?

--¿Qué hubiera escrito si hubiese seguido? Ni eso lo he podido averiguar. En mi cabeza solo cabe una seguridad: El escritor ha muerto antes que el hombre. Y ya va para 12 años.

--¿Qué pasajes de su obra literaria son los que les producen más satisfacción? ¿Hay alguno que cambiaría si pudiera volver atrás?

--Si algo tiene valor, es la obra en su conjunto. Hoy no cambiaría nada, o la haría otra vez nueva.

--El hereje retrata un momento y unos personajes cruciales para la historia. Le propongo trasladar esta trama a la actualidad. ¿Qué institución sería actualmente la Inquisición y quién sería hoy Cipriano Salcedo?

--Prefiero pensar que la historia no se repite y que algo aprendemos de los errores del pasado.

--Llevamos ocho años de nuevo milenio. ¿Qué impresión tiene de este mundo que está creando el hombre? ¿Qué cree que escribirá en su diario su nieto menor cuando tenga la edad que usted tiene hoy?

--No me gusta como va el mundo. Me dan lástima mis nietos, demasiado sensibles.

--¿Qué relación mantiene con la actualidad pública? ¿Permanece informado, sigue las noticias, ve la tele, lee periódicos?

--Informado, sí. Veo la tele, leo los periódicos y sigo las tertulias... Me entretienen.

--¿Y con la literatura cómo se lleva? ¿Lee mucho actualmente? ¿Qué títulos, géneros, autores o novedades recientes le interesan actualmente?

--Esta es la guinda de la tarta. Me falta vista. He tardado más de un mes en leer un libro de 500 páginas. Me temo que es una actividad a la que también tendré que renunciar.

 

    

HISTRIÓNICO

HISTRIÓNICO

     Hay muchas palabras en la lengua castellana desconocidas para el hablante medio, incluso para el hablante culto. Una de ellas es la que encabeza este post. Histriónico - según el Diccionario de la Real Academia - es un adjetivo que deriva de histrión. Este vocablo de origen latino presenta las siguientes acepciones: 1) Actor teatral. 2) Persona que se expresa con afectación o exageración propia de un actor teatral. 3) Hombre que representaba disfrazado en la comedia o tragedia antigua. 4) Prestidigitador, acróbata o cualquier otra persona que divertía al público con disfraces.

     Como esta palabra, hay miles en el diccionario - el "mausoleo de las palabras" - que el hablante medio desconoce y, por tanto, nunca utiliza. Por eso, cuando un grupo de alumnos de segundo de bachillerato se han de presentar al Concurso Hispanoamericano de Ortografía en su novena edición, necesitan haber leído mucho, tener conocimientos de las lenguas clásicas - cada vez menos valoradas - y demostrar una buena intuición.

      Esta mañana ha tenido lugar la fase autonómica de este concurso en el instituto "Corona de Aragón" de Zaragoza. Ignoro qué alumno o alumna ha ganado y participará el mes que viene en la fase nacional. Lo que he observado es que las dificultades no estaban tanto en las socorridas tildes o en las palabras homófonas. El problema ha residido en vocablos poco usados o casi desconocidos como el que encabeza este escrito. Esta ignorancia puede achacarse a muchos motivos, pero el más importante tal vez sea el olvido de nuestros clásicos en la enseñanza secundaria y en el bachillerato. Todo un reto para la palabra de moda en la enseñanza: competencias básicas. La ortografía - corrección expresiva - es una de ellas. Y es una pena que alumnos de segundo de bachillerato no escriban con corrección. Algo falla. El concurso de esta mañana nos ha vuelto a abrir los ojos a la realidad. Y, al parecer, lo ha logrado con creces.

ESCRIBIR EN LIBERTAD

ESCRIBIR EN LIBERTAD

     La palabra es como un dardo afilado, sutil y penetrante, que se introduce silenciosamente en los entresijos del alma. La palabra escrita - poesía o prosa - ha sido siempre a lo largo de la historia - parafraseando a Gabriel Celaya - "un arma cargada de futuro".

     Casi todos los escritores comprometidos - ¿hay alguno que no lo sea? - han tenido algún que otro problema con la censura o con la intransigencia a lo largo de su vida. Los escritos despiertan las conciencias adormecidas, incitan a la lucha legítima por la libertad, insuflan valentía de espíritu, alientan la autocrítica, denuncian las injusticias y ponen la engañosa realidad patas arriba.

     El último episodio de un escritor perseguido y amenazado por decir la verdad y sacar a la luz la cara oculta del crimen y de la barbarie ha sido el italiano Roberto Saviano. Con su obra Gomorra, un documentado reportaje sobre la Mafia ha despertado muchas conciencias y alertado de los peligros de esta organización criminal en el país europeo. El escritor está considerando la posibilidad de abandonar su país para salvar su vida. No sé si du decisión será la más correcta. Tal vez aliente más a los mafiosos. Pero está claro que, de tener que autoexiliarse, seguiría la pista de cientos de escritores que, a lo largo de la historia, han tenido que abandonar sus raíces para huir de la intransigencia.

     Es una pena que esto ocurra en pleno siglo XXI, en un país civilizado. En España ha habido varios ejemplos similares. Desde la Edad Media, muchos escritores tenían que ocultar su identidad o refugiarse en la clandestinidad. Algunos terminaron en la cárcel; otros, en el exilio. Una de las épocas más oscuras fue la de la dictadura de Franco. Pero ha habido otras más negras e intolerantes. Afortunadamente, se han superado los tiempos de la Inquisición. Pero la censura está ahí, agazapada y arbitraria. Y si no que se lo pregunten al escritor británico Salman Rushdie.

LA BARCELONA DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

LA BARCELONA DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

     Estoy leyendo durante estos días la novela El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón. Aunque el éxito de su obra La sombra del viento ha podido eclipsar este último relato, en algunos aspectos estilísticos y literarios no tiene nada que envidiar a la anterior.

     Hay dos protagonistas esenciales en la narración autobiográfica del joven David Martín: la ciudad de Barcelona y el libro como creación para la posteridad.  Cuando Ruiz Zafón describe Barcelona, su ciudad, evoca con maestría los avatares y vivencias de esta urbe durante la segunda década del siglo XX. Hay un párrafo inolvidable que quiero plasmar y en el que Zafón emula al mejor Eduardo Mendoza de La ciudad de los prodigios y a otros grandes novelistas europeos y americanos que han inmortalizado ciudades como Londres, París o Nueva York. El libro tiene sus lagunas y sus excesos: concesiones al folletín, descripciones repetitivas, morosos diálogos,... pero también presenta páginas inolvidables que quedarán para siempre en el haber de este joven escritor. Este fragmento es una de ellas.

     Aquellos eran años en que la sangre y la violencia en las calles de Barcelona empezaban a ser el pan de cada día. Días de octavillas y bombas que dejaban pedazos de cuerpos temblando y husmeando en las calles del Raval, de bandas de figuras negras que recorrían la noche derramando sangre, de procesiones y desfiles de santos y generales que olían a muerte y a engaño, de discursos incendiarios donde todos mentían y donde todos tenían la razón. La rabia y el odio que años más tarde llevaría a unos y a otros a asesinarse en nombre de consignas grandiosas y trapos de colores se empezaba ya a saborear en el aire envenenado. La bruma perpetua de las fábricas reptaba sobre la ciudad y enmascaraba sus avenidas empedradas y surcadas por tranvías y carruajes. La noche pertenecía a la luz de gas, a las sombras de callejones quebradas por el destello de disparos y el trazo azul de la pólvora quemada. Eran años en que se crecía aprisa, y para cuando la infancia se les caía de las manos, muchos niños ya tenían mirada de viejo.

PARÉNTESIS ESTIVAL

PARÉNTESIS ESTIVAL

Se desliza el verano entre naranjos.

Caminos polvorientos

surcados del silencio

de una tarde de agosto.

A lo lejos,

una ligera bruma

envuelve las pequeñas montañas

del Levante.

Eminencias desnudas.

Amenaza constante de cemento y asfalto en lugares

recónditos.

Se desliza el verano sosegado.

Verano de contrastes,

de altibajos,

de crudas paradojas.

Las playas, atestadas.

Las terrazas pobladas de turistas.

La crisis aparcada

indefinidamente.

Se desliza el verano entre quimeras.

Entre sueños, recuerdos

y nostalgia.

Un verano que apunta hacia el futuro.

Crepúsculo estival en el Levante.

La brisa es un regalo en estas

horas muertas.

Mientras tanto,

los problemas esperan,

se toman un respiro.

Y la vida discurre por caminos

abiertos.

ADIÓS A UN POETA

ADIÓS A UN POETA

Ha fallecido el gran poeta y dramaturgo mejicano Alejandro Aura. Quiero rendirle un modesto y sincero homenaje, publicando uno de los últimos poemas de su blog. Se titula: CASA DEMOLIDA.

Del viejo señorío sólo quedan estos viejos escombros que veo
y que celebro.
Aquí habrá estado la sala donde se recibía
(alguien aparecía con el servicio del té),
se hablaba en esta sala, de seguro, de los caminos del tiempo;
alguna mano rozó alguna mejilla,
alguna mirada rozó el lindero del silencio
y se concertaron almas con encanto.
Se habrán tratado también asuntos de negocios,
herencias, ires y venires de otras propiedades,
cuestiones entre caballeros,
damas en juego…

Me acuerdo de las plantas que escurrían por las ventanas
y de las que subían y bajaban por la fachada,
las trepadoras y las buganvilias.
Yo por aquí pasaba:
las rodillas raspadas, el cabello corto,
el miedo a los fantasmas,
el amor al diablo y el temor a Dios.
No se veía la gente de esta casa.

En esa parte llena de escombros
pudo haber estado el comedor
con una mesa de roble al centro,
y a la pared, una vitrina grande con las cristalerías;
quizás la familia tenía escudo de armas
que presidiera las horas de los sagrados alimentos.
En aquella otra parte, una escalera
(la ascención, la ascención, mis soledades)
que habrá llevado a donde esos pedazos de muro tapizado
lucían en su sitio, cobijando;
alguna vez abrieron la ventana
y vi ese tapiz en la pared de la recámara
y un gran espejo ovado;
allí se cumplirían amores,
conciertos de soledades espejeadas,
rompimientos y ayuntamientos de almas.
En esta y otras recámaras de la casa
habrán nacido, crecido, amado y muerto
dos o tres generaciones.
Yo recogía las buganvilias para el té.
Era muy antigua mi infancia.

La casa está demolida;
en unos días más
se llevarán todo el cascajo,
las armazones de las ventanas,
el bidet roto,
las tuberías semipodridas
que se arrojan como periscopios a la luz.