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josemarco

MARÍA MOLINER

MARÍA MOLINER

      En un lugar privilegiado de las atestadas estanterías de mi despacho, se encuentran los dos volúmenes del Diccionario de Uso del Español de la filóloga y lexicógrafa aragonesa María Moliner (Paniza, 1900 - Madrid, 1981). Este diccionario intentaba ser mucho más cercano al hablante que el encorsetado y escueto diccionario de la Real Academia. Y esta mujer emprendedora y tenaz logró con creces culminar una empresa que le supuso esfuerzo, sacrificios y sinsabores.

     Todo esto viene a cuento porque el domingo tuve la oportunidad de ver en el Teatro Principal de Zaragoza la representación de la obra El Diccionario, con un texto inédito de Manuel Calzada y con el papel estelar de la gran actriz Vicky Peña. No me imaginaba que el proceso de elaboración de un diccionario sirviera de guión inspirador a una excelente obra de teatro. Gracias a ella volvía a rememorar mis conocimientos sobre María Moliner, evoqué la dedicatoria de la edición de 1984 - "A mi marido y a mis hijos les dedico esta obra terminada en restitución de la atención que por ella les he robado" - y desempolvé de nuevo sus páginas para leerme su didáctica presentación - en la que recuerda el título original: Diccionario Orgánico y de Uso del Español - y comenta sus intenciones, sus innovaciones y sus peculiaridades.

     La obra teatral nos presenta a una mujer que se enfrenta a circunstancias políticas, familiares y sociales adversas, especialmente durante la guerra civil y en la larga y oscura posguerra, para culminar lo que podemos considerar como una proeza. Esta mujer republicana, pionera universitaria en los inicios del siglo XX, nos ha dejado una estela de tenacidad y de ser capaz de superar las dificultades. No sé si esta obra supondrá un inicio de reconocimiento a su labor en la potenciación del léxico de la lengua española. Lo que me quedó claro al final de la representación es que el tiempo acaba poniendo a cada uno en su sitio, y que la lucha, el trabajo y la constancia pueden obrar milagros a pesar de las crisis económicas o de los vaivenes sociales.

AMNESIA

AMNESIA

     ¿Vivimos en un país amnésico? ¿Ha explotado de lleno la tan cacareada burbuja inmobiliaria? ¿Hemos olvidado de un plumazo nuestro pasado? ¿No fuimos capaces de avistar a tiempo la punta del iceberg? ¿Podrémos salir a flote de este naufragio político, social y económico? ¿Es necesaria una rebelión cívica? ¿Vale la pena una dosis cotidiana de indignación ciudadana?

     Estas y otras muchas preguntas se plantea - y nos propone - el escritor Antonio Muñoz Molina en su útimo ensayo Todo lo que era sólido. El novelista de Úbeda, autor de obras inolvidables como El invierno en Lisboa o El jinete polaco, vuelve al ensayo como a su territorio natural para compartir con los lectores una serie de reflexiones sobre la crisis y sus lamentables consecuencias. El autor se ha documentado minuciosamente para sopesar las causas de la problemática actual de nuestro país. Partiendo de documentos periodísticos y de la tradición literaria, nos invita a un debate imprescindible con unas palabras directas, apasionadas al más puro estilo de los ensayos de George Orwell o Virginia Wolf.

     Con un ritmo ágil, con un estilo personal e inconfundible, el autor de Ardor guerrero nos dibuja los perfiles de una España gris, cabizbaja, aplastada bajo la oscura losa de la crisis. Muñoz Molina se remonta a los primeros años de la democracia para analizar los porqués de la actual situación. Y nos deja al final una sensación agridulce, con ningún atisbo de autocomplacencia o de inquietudes positivas. Afirma en las primeras páginas que hay cosas inaplazables y reclama un debate necesario e imprescindible sobre la actual situación.

     Transcribo las primeras líneas del ensayo, como aperitivo para los que deseen compartir estas clarividentes reflexiones: "Qué lejos se nos queda ya el pasado de hace sólo unos años... Era cuando creíamos vivir en un país próspero y en un mundo estable imaginábamos que el futuro se parecería al presente y las cosas seguirían mejorando de forma gradual, o si acaso progresarían algo más despacio...Pero necesitábamos imaginar que las cosas eran sólidas y podían ser tocadas y abarcadas sin desaparecer entre las manos, y que pisábamos la tierra firme y no una superficie más delgada que una lámina de hielo, que el suelo no iba a desaparecer debajo de nuestros pies".

HUELLAS

HUELLAS

                                        No es fácil olvidar
                                       las huellas del pasado
                                       sin retorno.
                                        Huellas de soledad y de misterio,
                                       huellas de vida
                                       huellas de amor sincero.

                                        A veces se reflejan
                                       ... como una sombra dulce
                                       en el recodo gris de las
                                       mañanas.
                                       Pero su sino es
                                       ir a contratiempo
                                       de la vida que fluye
                                       acelerada.

                                        Huellas que son heridas
                                      del tiempo y la memoria.
                                       Huellas que son estrías
                                      en este árbol añoso
                                      y efímero
                                      que es la vida.
                                       Huellas que son cadenas
                                      que nos atan esclavos
                                      a los sueños oscuros,
                                      a los delirios sordos,
                                      al peso de las sombras,
                                      a la hora violeta
                                      del ocaso.

LA MAGIA DEL MONCAYO (II)

LA MAGIA DEL MONCAYO (II)

     Hace casi cinco años y medio, el once de noviembre de 2007, ascendí por primera vez al Moncayo acompañado de mi hijo Javier, al pico más alto de la provincia de Zaragoza, todo un símbolo y una aspiración para los amantes de la montaña y de la naturaleza. Así terminaba mi impresión de esa ascensión ilusionante - y que podéis leer en este mismo blog: El descenso ha sido rápido y francamente maravilloso. Hemos dejado la cumbre con una cierta nostalgia y con el deseo de volver. Tal vez en primavera y, si puede ser, con ese manto de nieve que atraía e inspiraba a Antonio Machado. Pero el Moncayo tiene más tesoros escondidos. Lo importante es descubrirlos poco a poco. Y degustarlos. Como ese exquisito menú con el que hemos culminado una mañana de aventura y de regreso a la montaña. A una de nuestras montañas más legendarias.

     Han transcurrido cinco largos años para que cumpliéramos estos deseos de volver en primavera con ese manto blanco que cubría la machadiana espalda del pico del Moncayo o de San Miguel (2312 metros). Era un reto, una promesa, una secreta aspiración que logramos ayer, día de San Jorge, día de Aragón. Ha sido una ascensión agridulce, marcada por el recuerdo, por las huellas secretas de la memoria. Una ascensión dedicada a Nieves, a su presencia, a su prematura ausencia, a su impuso vital, a su afán de superación, a su talante solidario. Desde la cumbre volvimos a contemplar un paisaje inolvidable. Pero ya no era lo mismo que la primera vez. Han transcurrido días, meses, semanas marcados por el horizonte de la incertidumbre y por la presencia de una incómoda soledad. Pero nos hemos sabido levantar, nos hemos mantenido erguidos, hemos seguido las huellas del optimismo y hemos ascendido paso a paso la cumbre de los días agrisados y otoñales.

     El Moncayo nos marcó ayer una pauta para la superación, para la lucha contra el paso del tiempo, con el recuerdo de Bécquer y de Machado, con la visita al castillo de Trasmoz y a su recoleto cementerio, con el aliento de una brisa suave, con la contemplación de una nieve virgen, con el cortejo de pinos, hayedos y robledales, con el rumor de la fuente cristalina e incontaminada, con el brillo plateado del sol sobre la nieve, con el cansancio dulce y el suave rumor de los pasos sobre las piedras grises y apizarradas. Un día para recordar, una nueva aventura para romper el lastre de la rutina cotidiana, un regreso al pasado a través de los sueños de futuro y de un presente que se acelera sin tregua ni respiro.

MOMENTOS

MOMENTOS

                                    Nunca dejes
                                  que la vida desfile sin recato
                                  delante de tus ojos.
                                   No te resignes 
                                  al rumor cotidiano
                                  de los días sin luz ni amaneceres.
                                   Aprovecha el momento
                                  del amor,
                                  ... de los sueños,
                                  de las horas sin tregua.

                                   ¿Es que esperas acaso
                                  besar el infinito
                                  olvidando el presente acurrucado
                                  al filo del silencio?

                                   La vida es un regalo
                                  envenenado.
                                   Pero no te resignes.
                                  Aunque el ocaso vista de violeta
                                  tus latidos de luz
                                                         primaverales.

EL TESTIGO INVISIBLE

EL TESTIGO INVISIBLE

     En estos tiempos de crisis política, social y cultural, en estos tiempos de inquietud y desasosiego, es un placer tener entre las manos la última novela de la escritora uruguaya Carmen Posadas, que nos acerca a una época convulsa de la Europa de principios del siglo XX. El testigo invisible una obra que reúne todos los ingredientes para cautivar al lector desde el primer momento. El testimonio de Leonid Sednev, deshollinador imperial y único testigo del asesinato de la familia imperial rusa el 17 de julio de 1918 por un grupo de militares de la revolución bolchevique, sirve de cañamazo sobre el que la autora - que ya obtuvo el premio Planeta con Pequeñas infamias en 1998 - plasma con notable acierto la historia de los últimos días de la vida del zar Nicolás II y de toda su familia.

    La novela comienza con una carta profética de Rasputín a Nicolás II pocos días antes de su muerte: "Ya no estoy entre los vivos, me matarán en breve, pero mi muerte se replicará en la vuestra como los círculos concéntricos que produce una piedra al caer en las aguas de un estanque". Precisamente Grigori Efimovich, más conocido como Raputin, personaje de gran relevancia en esa época: visionario, libertino y, para muchos, uno de los mayores responsables de la Revolución rusa. El conocimiento del trágico desenlace desde el principio, no impide que la lectura de la novela pierda un ápice de interés. Carmen, a través de la memoria del anciano deshollinador, que agota los últimos días de su vida en Montevideo, nos acerca a los últimos años de la vida del zar, de su mujer, de sus hijas y de todo lo que gira en torno a la vida de esta familia cada vez más. "Lo que voy a contar son mis recuerdos - confiesa este testigo privilegiado - pero, con la ventaja que da el paso del tiempo, he podido rellenar puntos oscuros con memorias y testimonios de otros que merecen mi confianza".

     El jueves pasado estuvo Carmen Posadas en Zaragoza presentado la novela en el ámbito cultural del Corte Inglés. Volvió a dar muestras de sus dotes como comunicadora, de su bagaje cultural y de su sencillez y naturalidad. Su última novela es un escalón más en su dilatada trayectoria como ensayista y narradora. En su página web - www.carmenposadas.net - podemos encontrar más información cobre la autora, sus creaciones y sus próximos encuentros con los miles de lectores y admiradores.

PASOS

PASOS

     Han desfilado durante la Semana Santa por las calles y avenidas de toda la geografía española. Han sido levantados y transportados por valientes costaleros o empujados por vecinos y devotos. Muchos de ellos se han tenido que quedar un año más en el interior de las iglesias, debido a las inclemencias del tiempo. Y ahí seguirán en silencio y penumbra durante otros doce meses. Un silencio que se ha roto estos días con las saetas o con las jotas o con el sonido sordo de los tambores y el afilado rumor de las cornetas.

     Muchos de estos monumentos son obras de arte que aún conservan el sedimento de los siglos y la huella de distintas generaciones. Han cambiado mucho las costumbres y los hábitos de los jóvenes de hoy. Pero, a pesar de todo, reaccionan con tristeza y con lágrimas en los ojos los cofrades que han estado esperando con ilusión el día en que la lluvia impide desfilar por el pueblo o la ciudad en una procesión.

     En Aliaga se realizó la procesión del Domingo de Ramos, la del Viernes Santo y la del Encuentro el día de la Pascua de Resurrección. Ya no son las procesiones de los años sesenta, multitudinarias y acompañadas por cornetas y tambores. Ahora predomina el silencio, la oración y el entorno paisajístico. A lo lejos se divisan las catorce cruces del calvario, recién pintadas. Y en el puente sobre el Guadalope se encuentran las imágenes de la Virgen y de Jesús Resucitado, antes de llegar al Santuario de la Virgen de la Zarza, rodeado de un entorno arcádico e idílico en el que predomina la soledad y el silencio.

      Pasos, imágenes, procesiones,...Metáforas del paso del tiempo, símbolos que perviven a pesar de todo, anticipo de la primavera, testigos mudos del pasado, imágenes grabadas en la retina, sedimentos de emociones y tesoro de nostalgia.

TAMBORES

TAMBORES

     Un elemento esencial en la Semana Santa aragonesa - y en otros lugares de España - son los tambores. Los bombos y tambores se han convertido en un símbolo y en una realidad. Dicen que simbolizan los estruendosos truenos que conmocionaron la tierra después de la muerte de Jesús en la cruz. Y la realidad es que estos tambores retumban cada viernes santo en numerosas poblaciones aragonesas del Bajo Aragón y acompañan a las procesiones en combinación con las cornetas y carraclas.

     Ayer en volvieron a redoblar en la plaza mayor de Calanda cientos de bombos y tambores. Un sonido que ensordeció a los miles de vecinos y visitantes y que rompió cinco minutos de solemne silencio. Si Luis Buñuel levantara la cabeza, se alegraría al comprobar cómo se mantiene esta tradición y cómo los jóvenes y niños toman el relevo de los mayores con seriedad y entusiasmo.

     Siempre me ha emocionado el sonido rítmico y persistente de los tambores. Desde mi infancia he llevado interiormente ese ritmo constante y repetitivo, siempre distinto, siempre renovado. Es como un latido del corazón, como un símbolo de la tenacidad de los aragoneses, como un viaje metafórico hacia el pasado y hacia el futuro.

     El sonido insistente del tambor tiene ecos, tiene ritmos, supone solidaridad, implica pequeños retos, surca las calles y las avenidas de pueblos y ciudades, rompe el silencio de las madrugadas, evoca tristeza y desolación y, como contraste, anticipa un clima festivo. Todo un homenaje, una tradición, una seña de identidad de sus habitantes en estas fechas que oscilan entre lo religioso y lo festivo.

      Ayer en Calanda la lluvia respetó esta rompida colectiva a pesar de que el cielo encapotado presagiaba el agua que cayó poco después. Pero los tambores y bombos siguieron recorriendo las calles empinadas de esta localidad bajoaragonesa. Eso mismo hicieron la noche anterior en La Puebla de Híjar, Híjar, Andorra y en todos los pueblos de esta ruta turística que recibe cada año a más visitantes y admiradores. 

RAMOS

RAMOS

     La Semana Santa siempre ha ocupado un lugar especial en mi vida. No sólo como celebración religiosa, sino como hecho cultural y como vehículo de nuevas vivencias e impresiones. Soy consciente de que no sólo me ocurre a mí. Son muchas las personas que evocan e incluso siguen viviendo estos días con un no sé qué de devoción teñida de nostalgia.

     Esta mañana, mientras veía desfilar por la calle don Jaime de Zaragoza a una de las procesiones más emblemáticas de la Semana Santa de esta ciudad, recordaba los domingos de Ramos de mi infancia en Aliaga. En vísperas de la celebración, ya nos asomábamos a la ermita de la Virgen de la Zarza para ver cómo preparaban el paso de la borrica con Jesús sentado encima y los adornos consiguientes como aparejo del animal. Ere uno de los pasos más simpáticos y una de las procesiones más alegres, lejos de la tristeza lúgubre de la procesión del Viernes Santo. En la misa del domingo de Ramos nos entregaban un ramo de boj - siempre eran de este duro y austero arbusto que abundaba en nuestro término municipal, aguas abajo del Guadalope - que llevábamos orgullosos durante la misa y la procesión, y colocábamos luego en el balcón de nuestra casa hasta la misma fecha del año siguiente. Decían los vecinos que el ramo bendecido llevaba la paz y el sosiego a los hogares.

     Varias décadas después, los ramos de olivo se alternan con las sofisticadas palmas - como vemos en la fotografía - que llenan de ilusión a los niños ya que contienen pequeños regalos y algunos dulces de colores llamativos. Es la fiesta del estreno, el día de la manifestación, la antesala de unas jornadas que, al parecer, han perdido el reclamo religioso pero siguen manteniendo el gancho turístico por su exotismo o suntuosidad. 

     En muchos pueblos de España habrán desfilado hoy de nuevo los pasos de Jesucristo sentado en una borrica. Es una estampa idílica, casi popular, que podría sugerirnos un toque de sencillez tan necesario en estos tiempos de crisis. No sé si muchos captarán esta vertiente. De momento me quedo con la imagen contrastada de un ramo de olivo - símbolo de la pervivencia - en manos de una persona mayor y de una palma ornamental en manos de un niño encantador.

 

ADIÓS A UN POETA VITAL

ADIÓS A UN POETA VITAL

     Todavía tengo el enlace del poeta Antonio Pérez Morte, que falleció recientemente en Sabiñánigo, donde residía y creaba. La noticia me ha dejado helado. Se nos va un amigo, un poeta, un amante de la vida y de Aragón, la tierra que le vio nacer en Zuera en 1960.

      No lo llegué a conocer personalmente, pero sé que vivía por y para la literatura, me animaba a seguir adelante con mi blog y me comentaba con especial sensibilidad algunos de mis poemas y artículos. Antonio era un poeta del paisaje, de la amistad, del amor, de la denuncia. Y creía que la literatura era un remidio contra la soledad y las sombras de la noche. Tenía una fe ciega en la literatura como consuelo y contagiaba a sus amigos esa vocación de poeta desde dentro.

      Han sido muchas sus colaboraciones en la prensa y en revistas tan emblemáticas como Trébede, Rolde o la excelente Turia. De entre sus obras destacan Escombros o De puño y letra. Pero no podemos olvidar los poemas escritos en su blog y que quedarán ahí como una huella imborrable de su presencia vital y esperanzadora.

      Como homenaje a Antonio, plasmo este poema que recoge en su blog Marta Navarro y que supone a su vez un homenaje y reconocimiento a los poetas aragoneses:                                        

                       Tomaré de Seral el amor a la palabra,
                       de Pinillos pasión, fortaleza y constancia.
                       La humildad, la intuición de Lucianico Gracia,
                       para cantar cada día con su voz asombrada.

                       La verdad de Ildefonso, sus dudas más largas.
                       La soledad de Guillermo, siempre solidaria.
                       Con Miguel me hundiré en sus preguntas eternas,
                       cuando huya con “sumido” a una isla desierta.

                       De Luesma, la luz, la sed… la tristeza
                       de cantar Aragón, Sinfonía Incompleta.
                       De Labordeta la rabia y también la ternura
                       de quien canta por amor y por amor denuncia.

                       De Julio Antonio el amor, amores de leyenda,
                       de Navales elegancia y de Ferreró belleza.
                       La rebeldía de Guinda, su palabra desnuda.
                       De Rosendo, paisajes, reflexiones y fábulas.

                       La experiencia de Alegre, el misterio de Prat.
                       La memoria de Rodríguez, la artesanía de Trisán.
                       La nitidez de Vallés, la construcción de Esquillor,
                       la utopía entrañable de Emilio Gastón.

                       La rotundidad de Petisme, la sencillez de Teresa,
                       el compromiso de Rey y la esperanza de Serna.
                       De Ciordia ironía, transparencia de Blancas.
                       La hondura de Vilas y la amargura de Salas.

                       La fuerza de Andú, de Saldaña su magia.
                       La melancolía de Antón, de Alcubierre nostalgia.
                       De Lasala, sin duda, las confesiones más tiernas
                       y también la emoción y la inquietud de Sopeña.

ESCAPADAS

ESCAPADAS

     Ha quedado atrás el turbulento, extraño y paradójico mes de febrero. Lo abandonas con alivio, como quien quiere emprender un nuevo viaje hacia la vida, hacia el renacer, hacia la primavera. Es verdad que el invierno todavía persiste, pero los signos de la nueva estación son ya evidentes: naturaleza exuberante, campos de cereal reverdecidos, ríos con un caudal copioso y luz crepuscular.

     Para disfrutar del paisaje, de la luz, de otros horizontes más abiertos que el cemento y el asfalto cotidiano, lo mejor es emprender una escapada aprovechando el día festivo entre semana. Esta vez la ruta elegida no ha sido el Pirineo, sino la comarca de las Cuencas Mineras, que todavía conserva retazos blanquinosos de la reciente nevada que ha llenado de esperanza a los agricultores y ganaderos. El destino elegido es Aliaga, tu pueblo de toda la vida. Pero intentas aprovechar del paisaje que flanquea esta ruta de hora y media: campos de Belchite con sus olivos centenarios, hondonada fecunda de Muniesa, pintoresquismo de Hoz de la Vieja, vega fecunda del río Martín, desolación ante la vista de la central de Escucha, campos teñidos de blanco en Valdeconejos y el encanto de la Val, con sus pequeños pueblos y sus huertas y bancales.

     Una vez en Aliaga, disfrutas de su paisaje familiar, siempre nuevo y sorprendente. Y contemplas y recorres toda la geografía de tu infancia, inundada de recuerdos y colmada de nostalgia: el castillo, la porra, el calvario, las calles empinadas, las casas solitarias, la ermita, el cementerio, el merendero y el río. Un Guadalope resucitado - como se observa en la foto -, vital, arrollador, intrépido. Ha dejado de ser el cauce desolado del pasado verano y se enriquece de un deshielo acelerado que se ha llevado por delante el encanto romántico del paisaje nevado.  En cambio, todo es agua, vida, oro para los campos y para los pantanos del Bajo Aragón.

    Ha sido sólo una breve y fugaz escapada. Y regresas a la ciudad con el ánimo templado, con la ilusión renovada y con un pequeño poso de nostalgia al abandonar estos núcleos rurales cada vez más solitarios y despoblados.

FELICIDAD

FELICIDAD

     En su columna de hoy en Heraldo de Aragón la escritora Irene Vallejo nos habla de la ambición, el afán por poseer y dominar, como camino equivocado para lograr la felicidad. Se adentra como siempre en el meollo de la sabiduría de los clásicos para mostrarnos cómo el afán desmedido de tantos gobernantes y monarcas por extender sus dominios les llevaron a un continuo desasosiego y a una inquietud lindante en ocasiones con la angustia.

     Todos sabemos por propia experiencia que, en este mundo capitalista en el que vivimos, el afán de tener no es el camino para ser felices. Pero casi siempre tropezamos en los mismos despropósitos y contradicciones. Por eso es bueno que volvamos de vez en cuando a los clásicos - y no sólo a los griegos y latinos - para beber en las fuentes de la experiencia, apuntalar nuestra frágil esperanza y libar un poco de néctar de la felicidad.

     A veces nos resulta fácil ser felices en un momento determinado. Pero esa felicidad se nos antoja efímera y tornadiza. Y por ese mismo motivo buscamos más, deseamos más, aspiramos a más. Y esta aspiración es la que nos sumerge en un clima de ansiedad. Aspiramos a mejorar en todo los sentidos. Y eso es bueno, en principio. Pero nuestro nivel de insatisfacción es tal, que los logros alcanzados no nos llenan ese vacío interior tan humano.

      ¿Qué es la felicidad? ¿Puede alcanzar el ser humano una felicidad plena en esta vida? Pienso que la felicidad es algo muy difícil de definir y valorar. Y que es muy difícil alcanzarla, porque su misma caducidad la transforma en pérdida y en añoranza. Añoranza que a veces es nostalgia y otras melancolía. Por eso me gusta decir que, si en algún momento hemos sido felices, ha sido precisamente por su brevedad. Y porque hemos dejado de lado la ambición, los sueños inalcanzables y la vanidad que nos puede aportar el dinero, la fama o el prestigio social.

MAREAS

MAREAS

En estos días desapacibles de finales de febrero, en estas fechas tan significativas desde el punto de vista social y político, llaman la atención la irrupción de las mareas ciudadanas que rompen la monotonía cotidiana e invitan a los ciudadanos a una rebelión pacífica, solidaria y reivindicativa.

En el diccionario de la Real Academia aparece una acepción que ya anticipa y contempla este tipo de movimientos: "Multitud, masa de gente que invade un lugar". Y esa es, en cierto sentido, la filosofía de estas agrupaciones ciudadanas que intentan luchar por sus derechos, enfrentarse al desmantelamiento sistemático de lo público y evitar así el desmoronamiento de lo que tanto ha costado conseguir.

Una de las mareas que mejor se están organizando es la Marea Verde. Gracias a las redes sociales, cada vez son más los alumnos, profesores y padres que defienden una educación pública de calidad, con todo lo que ello supone. Porque desde hace unos dos años, la tijera de los recortes ha sido implacable y se están llevando por delante al profesorado interino, los profesores de apoyo y numerosos programas educativos que ya estaban muy arraigados.

En Aragón, la Marea Verde está consiguiendo que la opinión pública vuelva los ojos a esta triste realidad: favorecer a la enseñanza concertada en detrimento de la pública. Es una política solapada, pero claramente partidista e ideológica. Aunque lo nieguen los interesados, no se trata sólo de ahorrar unos millones de euros, sino de un retroceso evidente en la tarea educativa: incremento de la ratio, falta de atención especializada, mayor carga horaria para el profesorado, impago del periodo vacacional para los interinos,... Todo ello está creando un clima de desconcierto en todos los ámbitos. Y los perjudicados son los de siempre: el alumnado. La filosofía de la nueva ley de educación - la LOMCE - va por ese camino: muchos planes de mejora, pero sin un soporte económico adecuado, recortes en becas y en ayudas, eliminación de la optatividad, implantación de la obsoleta reválida,...Todo para favorecer a los más pudientes y no a los que tienen una mayor capacidad.

Hay otras mareas que siguen este mismo camino: la marea blanca en Sanidad, la marea naranja en Servicios Sociales, la marea negra en Justicia,... Todo puede confluir en una marea multicolor en pocos meses. De todos modos, una pregunta queda en el aire: ¿serán capaces las distintas mareas de hacer reflexionar a los gobiernos central y autonómico sobre estos problemas cada día más acuciantes? Es de esperar que no llegue el agua al río y de que las mareas no se conviertan en violentos tsunamis.

SUEÑOS

SUEÑOS

     El sueño siempre ha sido un motivo recurrente en la literatura, en el cine, en el teatro o en la pintura. Afirmaba Francisco de Goya, el aragonés universal, que el sueño de la razón producía monstruos. Precisamente el dramaturgo Buero Vallejo representó con éxito Un soñador para un pueblo en la que aparece como protagonista el genio de Fuendetodos. Y es que el sueño es un aliado de la genialidad, de la fantasía y de la imaginación. El sueño es, en cierto modo, una representación surrealista de la vida. Y si no que se lo pregunten a otro soñador aragonés, el cineasta calandino Luis Buñuel.

     Es evidente que a todos nos gusta soñar sueños dulces, felices, reconfortantes. Porque muchos de nuestros sueños son caminos abiertos desde el subconsciente, desde lo más profundo de nuestro ser, para reconciliarnos con la vida, con los seres queridos que se han ido, con amigos que han desaparecido como por arte de magia. Soñar es abrir horizontes al futuro. Un futuro incierto y, a pesar de todo, esperanzador. Pero también es intentar curar heridas del pasado, avivar la memoria, bucear en nuestros sentimientos más íntimos.

    El motivo del sueño tiene raíces bíblicas: el sueño de Adán para que naciera Eva - "Entonces Yavé Dios hizo caer sobre el hombre un sueño letárgico y mientras dormía tomó una de sus costilla..." - Y ha ofrecido desde siempre una simbología religiosa. En la obra calderoniana La vida es sueño, el despertar es la otra vida para el creyente, y la efímera vida terrenal es como un sueño que linda en ocasiones como pesadillas. Pesadillas que han alimentado muchos argumentos narrativos y cinematográficos. Pesadillas que han servido de fuente para tantas películas de terror.

     Tengo la costumbre de recordar la mayoría de mis sueños. Al menos durante las horas inmediatas o en instantes de duermevela. Y he comprobado que la mayoría de mis sueños son surrealistas, buñuelescos, dalinianos. Se convierten casi siempre en aspiraciones frustradas, en reencuentros imposibles o en utópicas vivencias. Entre los motivos más recurrentes está la presencia de mis seres queridos, la nostalgia de vivencias infantiles, los amores imposibles, los temores inquietantes o la crudeza de algunas vivencias cotidianas. Muchas veces esos sueños se transforman en pesadillas y me persiguen durante unas horas. Pero la memoria, que es sabiamente selectiva, elimina los malos presagios y sólo se queda con un poso dulce, melancólico, anostalgiado. Decía un pensador que nos gustaría en ocasiones que los sueños se convirtieran en realidad y que la relalidad se transformara en sueño. Paradojas de la vida. Materia prima para los amantes del arte y de la literatura.

     Esta noche se celebra la gala de los premios Goya. Numerosos actores, actrices, directores, productores,...soñarán con tener entre sus manos una estatuilla de otro soñador. Muy pocos los conseguirán, pero la mayoría vivirán del sueño durante las horas previas y tal vez en otros momentos posteriores.

    

CADUCIDAD

CADUCIDAD

     Cada vez me sorprenden menos estos meses de febrero turbulentos, caprichosos y paradójicos. No tengo muy buenos recuerdos de este mes, marcado por el frío, los carnavales y el inicio de la cuaresma. Tal vez el único recuerdo positivo sea el nacimiento de mi hijo, fecha irrepetible e inolvidable. Lo demás creo que pertenece al ámbito de lo caduco y perecedero.

     Febrero es un mes caduco, anodino, ancajado entre el primer mes del año y el mes que sirve de pórtico a la primavera. Y es que "febrerillo el loco", como le ha bautizado el refranero popular, nos suele traer pocas alegrías a los que soñamos con una anticipada primavera y aún tenemos esperanzas e ilusiones. Es verdad que es un mes de celebraciones populares - San Blas, Santa Águeda, el jueves Lardero, San Valentín,... - pero, a pesar de ello, no le luce en su cartel de mes anodino y con fama de malos augurios.

     Hay que decir, sin embargo, que febrero es el mes de la natalidad, el mes del amor y, según algunos, el mes adolescente - por eso de ser más breve que los demás. Por eso su brevedad es tal vez el mejor encanto. Brevedad como anticipación - salen las primeros brotes primaverales - brevedad como símbolo de lo efímero, brevedad como destino inexorable de estos 28 ó 29 días.

       De todos modos, lo caduco y perecedero está presente en todos los meses, en todos los días, en todas las horas. Caducan aceleradamente las horas, se esfuman los días, se aceleran las semanas y se acumulan los meses y los años. Lo caduco y efímero es un signo de los tiempos, es un sino vital, es una inevitable e irremediable realidad. Por eso a veces nos gustaría que no caducara la vida, que no caducaran los momentos felices, que no caducara el amor.

      Nos gustaría, eso sí, que caducara la crisis, que desaparecieran de un plumazo los casos de corrupción, que no se hablara nunca más de desahucios, de recortes irracionales, de paro inasumible, de un futuro cada vez más incierto para las generaciones más jóvenes. Esa caducidad es la que no acaba de llegar lamentablemente. Y lo peor de todo es que, según vaticinan los expertos, la crisis y sus secuelas aún no ha tocado fondo.

      Dejaremos de momento los malos augurios y nos centraremos en ese presente que se esfuma después de cada pulsación de las teclas del ordenador. Pensaremos en la paella dominical y en la tarde lánguida asaeteada por un sol cada vez más cálido y esperanzador. Al parecer, todo es según cómo se mira: subjetivo, plural y ambivalente.

DEL PELIGRO DE SUERTE

DEL PELIGRO DE SUERTE

    Tengo entre mis manos el segundo poemario de la poeta zaragozana Marta Fuembuena.  Del peligro de suerte es un libro audaz, críptico, misterioso y muy sugerente. Marta, que recibió en 2009 el premio Candy Warhol por La excusa de los días, nos sorprende de nuevo con una poesía más allá de la razón, lindante con el azar y abierta a un futuro incierto, desafiante y estremecedor.

    La poeta cita al chileno Vicente Huidobro como aperitivo poético: "Hay que saltar del corazón al mundo / Hay que crear un poco de infinito para el hombre". Y es la utopía, el ansia de infinito, la búsqueda de la irrealidad lo que recorre gran parte de estos versos aparentemente sencillos pero preñados de un hondo lirismo. A Marta le gusta jugar con las metáforas, retorcer el lenguaje, huir de los tópicos, navegar por ese mar turbulento en que se ha convertido la vida. Una vida que es Peligro que es Suerte, dos palabras que encabezan sendas partes de esta antología.

     Desde la Visión primera (y última) del primer poema hasta el Peligro de suerte que cierra el libro, la poeta aragonesa se rebela contra lo efímero de la vida - "Estamos hechos de polvo esmeralda / y del otro / que es gris / ausente / nada" - y recurre a la pasión o a la aventura submarina buscando un supuesto consuelo que permanece oculto cual un escarabajo verde debajo de la almohada.  Los sueños se entrecruzan con una realidad teñida de rojo y negro. El rojo de la pasión, el negro de la muerte. Una muerte en vida, una vida ajena convertida en círulo futurista.

     Porque anochece a destiempo y la vida está surcada de falacias. De ahí que la suerte se convierta en una apuesta por el todo o nada - "Todo para que las luces nos iluminen /  y nos cieguen / todo para que se queden" -. De ahí que aflore a veces el recuerdo infantil, la batalla contra el olvido o la queja amarga de una generación "Dormida sin laureles / reventada de domingos".  Se trasluce en los últimos poemas la interinidad del ser humano en el mundo, el triunfo de lo efímero  - "El paso del tiempo / es la bomba que no se dejó caer" -, la inevitable existencia en un ámbito cada vez más hostil e insolidario ("De este mundo no nos vamos, nos echan").

    Eso y mucho más es lo que se desprende de estos poemas escritos a contratiempo, sin tregua, con un profundo análisis de la realidad más palpitante. Una poesía conceptual y visual al mismo tiempo, unos versos heridos por imágenes surrealistas y metáforas audaces, unas palabras transfiguradas en brasa, en llama, en doloroso mar de amor y en oleaje desasosegado.

     Plasmo uno de los poemas que dan título al libro como botón de muestra de esta densa antología:             

                                          LA SUERTE DEL PELIGRO

                                   Aprender a ir hasta allá dentro

                                   negro de la risa dormida

                                   última estancia de reencarnación posible.

                                   Recorrer la mecha expectante

                                   cuando todavía se oigan voces

                                   dejarse amamantar por la fiera

                                   y no evitar desangrarse.

                                   Aprender a ir hasta allá dentro

                                   al interior de las paredes sin nombre

                                   cuando de otros sean los gritos

                                   que nos paralizan.

VIAJES

VIAJES

     Viajar es abandonar por unas horas lo cotidiano, es iniciar una nueva aventura, es una oportunidad de disfrutar del paisaje, de embeberse de nuevas perspectivas, de intentar tocar el techo de los sueños.

     Hoy nos hemos acercado a uno de los valles más agrestes, solitarios y encantadores del Pirineo aragonés: al valle de Zuriza. Eso sí, después de una visita obligada a Ansó - todo historia y arte - y al imponente monasterio de Nuestra Señora de Siresa. La sinuosa carretera que surca el valle de Zuriza, dejando a la izquierda el río Veral, estaba flanqueada por gran cantidad de nieve. Su espesor iba en aumento a medida que nos adentrábamos en el valle. Tanto es así que hemos tenido que regresar antes de lo previsto. Hemos regresado inundados del blanco de la nieve, de la altivez de las hayas desnudas, del verde infinito de pinos enhiestos y desafiantes, de la sublime severidad de las rocas, del murmullo cantarín de un río que  promete una fecunda primavera.

     Porque, como decía Antonio Machado, hay de disfrutar del recorrido, mirar hacia el horizonte de los sueños, atisbar la luz crepuscular, embeberse del cielo azul y de la tierra amarronada. Por eso hemos hecho una parada en la histórica Ayerbe, con su espectacular torre del reloj y su recoleta plaza dedicada a Ramón y Cajal. Y hemos dejado a la izquierda los imponentes mallos de Riglos, esas eminencias ocres que tanto sedujeron a los viajeros románticos José María Quadrado y Francisco Javier Parcerisa.

     Viajar, surcar el paisaje, adentrarse en caminos sinuosos y poco transitados, contemplar la franja de los Pirineos, borracha de nieve, ascender y descender por los puertos olvidados, evocar otros viajes, otras rutas, otros encuentros. Y soñar con la cercana primavera, cuando las cascadas canten al unísono y reviva la vida aún adormecida.

    (FOTOGRAFÍA: Entrada de las escuelas de Ansó) 

 

TRENES

TRENES

     Hay trenes legendarios, trenes históricos, trenes literarios y trenes cinematográficos. Todos ellos tienen un denominador común: simbolizan el progreso, la huida del presente, la evasión, la mirada fugaz y el fragor de su maquinaria más o menos obsoleta.

     Los literatos siempre se han hecho eco del rugido más o menos quejumbroso del tren. Y muchos de ellos - como Leopoldo Alas Clarín - en su excelente cuento Adiós Cordera a finales del siglo XIX, presentan este nuevo símbolo del progreso como una amenaza contra el apacible e idílico medio natural del norte de España. Ya en el siglo XX, hasta el propio Antonio Machado poetiza sobre este medio de locomoción que le acerca desde Soria o Andalucía a la capital de España.

    En la obra El tragaluz, de Antonio Buero Vallejo, aparecen diversas alusiones a un tren que, recién acabada la guerra civil, se alejó definitivamente de las aspiraciones de muchos españoles. Perdieron el tren del progreso, el tren de la esperanza, el tren de una vida más o menos acomodada. El traqueteo del tren se repite cada vez que  el padre de estos dos hermanos antagónicos, se asoma al tragaluz del semisótano en el que vive y evoca derrotas, fracasos, una dolorosa depuración y la trágica muerte de su hija pequeña.

    La obra se representó con éxito en 1967. Ahora está casi olvidada, como tantas creaciones de Buero Vallejo. Tres años antes, me subí por primera vez a un tren, desde Caspe a Barcelona. Lo llamábamos la cafetera, por el humo que despedía la chimenea de la locomotora y que entraba por las ventanillas en cada uno de los túneles. Eran trenes de posguerra, de miseria, de supervivencia.  Hoy se habla mucho de los AVE, esos trenes de alta velocidad que han eclipsado los trenes tradicionales y están dejando morir lentamente líneas tan antiguas como la de Canfrac. La Diputación General de Aragón acaba de comprar una estación abandonada desde hace años. Va a intentar reflotarla y convertirla en un lugar turístico. No sé si lo logrará. Pero lo que está claro a día de hoy es que la línea desde Huesca hasta la población pirenaica está tan abandonada que sólo nos sugiere nostalgia y una notas de romanticismo. Una vuelta hacia el siglo XIX de Clarín, un duro castigo del progreso que prefiere alternativas más rentables y políticamente correctas.

EN VILLAMAYOR

EN VILLAMAYOR

     A unos quince kilómetros de Zaragoza se encuentra el municipio de Villamayor - barrio de la capital hasta hace pocos años -. Hoy nos esperaba el equipo de fútbol local para disputar el primer partido de la segunda vuelta de juveniles. El San José, en el que milita Javier desde hace 9 años, se ha impuesto con autoridad por cuatro goles a uno. Ha sido un partido disputado, entretenido y competido, a pesar de la diferencia en el marcador. Javier llevaba el brazalete de capitán y, desde el principio, ha intentado animar, motivar y dar algún pequeño consejo. Todo el equipo ha brillado a buen nivel, especialmente Alex, portero del San José, que ha realizado tres paradas providenciales. Lástima que el viento y el estado del terreno de juego hayan deslucido el espectáculo.

    Desde el recinto deportivo, se veía la cumbre nevada del Moncayo - esa espalda machadiana - y un poco más cerca, se divisaba la torre mudéjar de este municipio, enhiesta, altiva, contundente. Mientras los jugadores preparaban el encuentro, me ha acercado hasta la base de esta torre y he hecho esta foto desde una perspectiva cercana y desafiante. La calles de la parte antigua todavía guardan un encanto de otros siglos y la amplia plaza aparece desierta en esta mañana no tan desapacible ni invernal como pronosticaban nuestros hombres y mujeres del tiempo.

    Mañana deportiva, recreativa, lúdica e invernal. Mañana dominical algo desapacible, pero con un cielo claro u límpido. Eso sí, la papelera de Montañana continuaba humeando y llegaban hasta este lugar elevado los efluvios tan conocidos y, al parecer, inevitables en la comarca.

    

VERSOS DEL ALMA Y DE LA TIERRA

VERSOS DEL ALMA Y DE LA TIERRA

    Tengo entre mis manos el primer poemario de la poeta aragonesa Marta Domínguez (Zaragoza, 1981). La autora compagina su labor docente en Sevilla con su colaboración den revistas y en diversos medios de comunicación. Forma parte de la antología de poetas aragoneses en 2005 y mantiene un blog de poesía y de prosa poética www.laflordegnido.blogspot.com

     Historia transida y poesía renovada (Ediciones en Huida, Sevilla, 2012) reúne veinticuatro poemas preñados de lirismo, emoción y compromiso. Tal como afirma en el prólogo Jesús Soria, nos encontramos ante un "yo" lírico, "que se está reconociendo en su auténtica identidad de muerto en vida".

     Marta bucea desde el principio en las contradicciones de un mundo caótico e incierto y camina como un funambulista por la cuerda floja del destino. Son veredas de sueños, travesías oscuras y desasosiegos cotidianos: Por evitar salir del paréntesis entre dos nadas / avanzo cada día diez nudos a mi muerte. Es un yo íntimo que queda atrapado por una engañosa tela de araña o aparece envuelto en una fría mortaja. Mediante un acertado e iconoclasta lenguaje surrealista, se identifica don una amapola mutilada, reflexiona sobre su labor creativa - Llega el baile de letras deslizantes / en la estrofa, / y reclamos extasiados / al final de la cesura - y se refugia en una misteriosa cotidianeidad - Y mientras, en mi Comala, / cotidiana dejadez consentida / veo desde el andén irse trenes / cargados de palabras / por el túnel de un metro / cálido y frío.

    No olvida la poeta los ecos machadianos, ni los ecos oscuros de su ciudad natal - La ciudad que duerme y despierta / sorprendida por las cimas del Moncayo. También le desasosiegan las huellas de la guerra civil - La guerra nos cambió, trazó fronteras infranqueables / mientras los niños eternos de la canción no querían reírse - con un guiño al gran Miguel Labordeta. La vida, la muerte, la luna, la noche, el más allá...Todo ello aderezado de imágenes sorprendentes y de sensaciones oníricas dalinianas y buñuelescas.

    De este jugoso ramillete de poemas, selecciono uno de los primeros que compuso Marta y que destaca por su sugerencia y sencillez.

                                          Cae la lluvia

                                          con su necesaria verticalidad

                                          que azota

                                          detrás de mi ventana.

                                          Llueve, llueve...

                                          Sobre el farol todo es mar

                                          que cae en gotas

                                          hasta el fango y cubre el suelo

                                          donde se hunde el alma

                                          en su oleaje.